The Project Gutenberg EBook of Nacha Regules, by Manuel Glvez

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Title: Nacha Regules

Author: Manuel Glvez

Release Date: November 20, 2019 [EBook #60748]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK NACHA REGULES ***




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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itlicas estn indicadas con _sub-ndices_.

Las reglas ortogrficas del castellano cuando esta obra fue publicada
por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realiz la
transcripcin.

Por ejemplo "vi", "fu", "di", en esa poca se escriban con acento
ortogrfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento
ortogrfico, como "rer" y "or", cuando la obra fue publicada no
lo llevaban.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripcin ha sido
el de respetar las reglas de ortografa vigentes al momento de la
publicacin de la obra. Slo errores evidentes de ortografa, impresin
y/o puntuacin, han sido corregidos.

La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
puesta en el dominio pblico.

El ndice de captulos ha sido agregado por el Transcriptor.


                   *       *       *       *       *


                             MANUEL GLVEZ




                             NACHA REGULES

                                NOVELA

                            [Illustration]


                             EDITORIAL PAX

                             BUENOS AIRES
                                 1919


                           DEDICO ESTE LIBRO

                       A LAS MUJERES DE CORAZN,
             PARA QUE NO IGNOREN CMO ES DE TRISTE LA VIDA
                     DE SUS HERMANAS QUE CAYERON,
             Y LES TENGAN PIEDAD Y LES OFREZCAN SUS MANOS
                 PARA LEVANTARLAS DEL TERRIBLE ABISMO.




                         NDICE DE CAPTULOS

             CAPTULO                               Pg

                I                                    7

               II                                   22

              III                                   33

               IV                                   47

                V                                   58

               VI                                   74

              VII                                   92

             VIII                                  107

               IX                                  118

                X                                  132

               XI                                  147

              XII                                  159

             XIII                                  169

              XIV                                  186

               XV                                  202

              XVI                                  215

             XVII                                  226

            XVIII                                  239

              XIX                                  251

               XX                                  264

              XXI                                  277

             XXII                                  287

            XXIII                                  302

             XXIV                                  313

             EPLOGO                               321




                                   I


Noche de Agosto. Buenos Aires arda en millones de luces, deliraba en
fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energa.
En Mayo comenzaron las fiestas. Vinieron millares de gentes desde todos
los rincones del pas, desde las repblicas vecinas. Y aun desde Europa
vinieron.

Durante los grandes das, el gento, en procesin monstruosa y lenta,
cubri el asfalto de las calles centrales. El pasar de las gentes era
infinito; las calles y las casas parecan moverse. Al atardecer, cuando
la multitud se espesaba, las calles producan la sensacin de algo
que se iba hinchando. Por las noches, cuarenta teatros e innumerables
cines y conciertos apretaban, en sus salas, desbordantes trozos de
muchedumbre.

En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad.
El cabaret porteo--slo el nombre de comn, con el de Pars--, es un
baile pblico: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jvenes de
las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la
vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, danza
all casi exclusiva, y la orquesta tpica--compadritos y mulatillos en
su mayora--, instalan entre el champaa y los smokings el alma del
arrabal. Los msicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean sobre las
maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes
se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandonen, con sus notas
bajas y oscuras, subraya los tangos de largas sombras dolorosas.

Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escndalo corta
de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y
enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de
parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas
y zigzaguear los revlveres. La "patota", protagonista usual de estas
escenas, es un grupo de jvenes malcriados. Su placer ms fuerte
consiste en molestar, insultar, agredir con los puos o con armas,
trastornar en gresca tabernaria las reuniones pacficas. Indignarse
contra los patoteros o querer repulsar sus agresiones, es ofrecerse
al brazo habituado o a la bala certera, que surgirn a traicin,
canallescamente.

Aquella noche de Agosto, en uno de estos cabarets, atestado de gente,
se bailaba con frenes. Dijrase que una gigantesca mano invisible,
desde lo alto de la sala, revolva las parejas insaciablemente. Todas
las mesas, ocupadas. Las botellas de champaa sacaban sus cuellos
aristocrticos de la prisin glacial que las ahogaba. Bajo las luces,
los colores de las toals femeninas se exacerbaban; y las carnes, que
los prdigos escotes mostraban, aparecan relucientes, vibrantes y
doradas. Tangos y ms tangos. Dibujbanse, con rapidez cinematogrfica
y en mezcolanza fortuita, actitudes elegantes e involuntarias
caricaturas. Los msicos, agitndose, gritaban "Qu me bats?", y
otras frases de malevos. Una pareja de tanguistas emergi del conjunto
entre aplausos. Sbitamente, el bloque movible se abri redondamente
en su centro, y all, rodeada por el brocal de los rostros, por las
palabras admirativas y pintorescas y por los aplausos, la pareja se
contorsion y se rehizo hasta el infinito, en matices minuciosos, bajo
la turbia ansia sensual de un tango ardiente, que el bandonen aplacaba
con el dolor de sus sombras.

Cuando esto ces, muchos ojos se amontonaron sobre un hombre
extrao, solitario en una mesita. Era extrao a fuerza de tristeza y
preocupacin. Era extrao, por su absoluta indiferencia hacia todo lo
que le rodeaba. Vesta de negro, con elegancia y severidad. Su rostro
era magnticamente atrayente. Se senta que ese hombre tena un alma.
Y que esa alma sufra. Por sus facciones se dilua una expresin
atormentada.

Fuera de su propia preocupacin, slo le acompaaba, en aquella su
soledad, el mirar disimulado de una lindsima muchacha que, con varias
personas, ocupaba una mesa prxima. Aquel hombre no estaba en el
cabaret. Sus ojos, cuando no eran para la vecina, ascendan a lejanos
mundos. Iban sin duda a buscar cosas muy distantes, para llenar con
algo la soledad de su alma o para drselas a aquella mujercita en la
punta de una mirada.

Los individuos en cuya compaa estaba ella, formaban una patota. Eran
cinco y tenan en su mesa tres mujeres. No pertenecan aquellos sujetos
a la sociedad aristocrtica, pero eran lo que se llama en Buenos Aires
"gente bien". Sus apellidos tenan representantes en la poltica y en
los negocios y salan con frecuencia en las crnicas sociales de los
diarios. Personalmente, no eran ellos distinguidos. Hablaban a gritos,
rean a carcajadas, usaban trminos compadrones, bailaban exagerando
los hombros, ostentaban su champaa y llevaban, en pleno invierno,
trajes claros y corbatas llamativas. Unos "guarangos" tpicos, pues.

La muchacha que haba impresionado al hombre solitario estaba triste.
Una dulce melancola circulaba por su rostro alargado, por sus ojos
ardientes y oscuros, por su boca, quizs un poco grande. Y todo en ella
completaba el melanclico atractivo de su persona: el enorme sombrero,
que le daba un aire ingenuo; la elegancia, un poco al desgaire, de su
vestir; la actitud de abandono y _nonchalance_ de sus largos brazos,
flacos pero bien modelados, y cubiertos hasta ms all del codo por
guantes blancos; su escote, que haca resaltar el dorado desvanecido
de la piel; sus cabellos de un color rubio amortiguado, que le caan
en guedejas formando un lindo marco a la tristeza de su rostro. El
hombre advirti que ella se esforzaba intilmente en alegrarse y reir
con sus compaeros. La tristeza se haba entercado en su persona, y a
su voluntad le faltaba fuerzas para alejarla. Hubo un momento en que la
tristeza aument hasta desbordar. Entonces sus compaeros lo notaron.
Uno de ellos, en quien ya el vino operaba, grit:

--Pero qu te pasa, ch? Avis si te est por dar el clera!

Era un individuo desgarbado y feo, chato, movedizo, chilln,
gesticulante. Llambanle el Pato. Sus amigos festejaron la gracia con
risotadas. La muchacha intent una sonrisa. Y por la ventana de esa
sonrisa, el hombre solitario vi el pozo interior del sufrimiento de
aquella criatura. Y su rostro se contrajo ligeramente.

--Metle champn, no ms, que es bueno pal dolor de barriga--continu
el Pato, alentado por el xito.

--No hags caso, Nacha--dijo una de las mujeres, framente, como por
obligacin.

Nuevas risas en el grupo y aun en las mesas prximas. La muchacha,
avergonzada, miraba con desconfianza y miedo hacia todas partes. Cuando
sus ojos se encontraron con los del hombre solitario, aument su
vergenza.

La orquesta concluy un tango. En la quietud que sigui, los patoteros
se burlaron de Nacha. Uno, que pareca el amante, incitaba a los dems.
Las mujeres se afiliaban hipcritamente a aquella bajeza. Casi todo el
cabaret lleg a tomar parte en la burla. En cierto momento, Nacha, que
ya no poda soportar aquello, se llev las manos a la cara. Entonces el
Pato gimi grotescamente:

--Ay, ay, ay!--, mientras algunos espectadores dislocaban sus hocicos
en un escndalo de carcajadas exageradas, o coreaban al llorn:--Ay,
ay, ay!

--Me ests poniendo en ridculo!--exclam el amante, dirigindose a
Nacha y agregando una palabrota.

Y otra vez, en la orquesta, un tanto. Las notas lnguidas, los ritmos
cojeantes, el espeso abejeo del bandonen, desalojaron a los gemidos
y a las risas. Ya las parejas se hamacaban, o se deslizaban con los
cuerpos rgidos y los rostros graves. El dueo de Nacha se levant para
bailar con ella. La infeliz resista, y l, tomndola de los brazos con
violencia, la plant en medio de la sala.

--Dejme! No puedo bailar...

--Vas a bailar, te digo! ...ciendo papelones!

--Mir que no puedo, por favor...

Pero el sujeto ya la haba tomado de la cintura y entraba con ella en
la rtmica agitacin. El hombre solitario se haba estremecido al ver
aquella brutalidad. Dentro de l una lucha se agrandaba. Muchos pares
de ojos, convergiendo en este hombre, pregustaban inquietamente un
drama.

Nacha, sin nimos para bailar, no tard en desasirse y en volver a
la mesa, que estaba sola, pues sus compaeros danzaban. El sujeto,
sonriendo de rabia, se sent a su lado, la injuri y la amenaz.
Hablaba adelantando la mandbula inferior, apretando los dientes y
haciendo con los labios contorsiones de enojo y de desprecio.

--Me la vas a pagar esta noche!--se le oy mascullar una vez, mientras
la sacuda de un brazo.

El hombre solitario examinaba a aquel sujeto alto y corpulento,
cariancho, afeitado, con una cicatriz en la barba, de grandes espaldas,
de piel oscura, de ojos chicos, duros y algo indgenas y de modales
autoritarios y antipticos. Gran perla en su corbata-plastrn, polainas
blancas sobre los botines de charol y enormes anillos en los dedos.
Individuo de sos que abundan entre la gente portea. Rastacueros,
exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con alguna muchacha
bonita, pues si no lo hicieran as, si no tuvieran "hembra", se
sentiran sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con
otros amigos y sus queridas. Beben champaa, hacen ruido, molestan,
hablan a gritos, "titean" a algn "candidato" ocasional. Son rumbosos,
agresivos, audaces. Cuidado del que mire a sus mujeres! Cuidado del
que detenga en ellos los ojos! El revlver les abulta el muslo derecho
y es habitual apndice de su mano. A las mujeres las tratan como a
bestias de placer, sin delicadeza, ni ternura, ni simpata humana. Y
sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque
los consideran muy machos, porque saben lucirlas y porque la violencia
del instinto es tan grande en ellos que les hace inagotables en el
amor. Algunos de estos hombres tienen ttulo de abogado, o llevan un
apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por
Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes
civilizadas. En Pars iban siempre acompaados de prostitutas, y
escandalizaban en las tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su
coraje criollo. Tipos repugnantes, mezcla de brbaros y civilizados, de
compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana del
gaucho Juan Moreira. Seres sin escrpulos, sin moral, sin disciplina,
sin ms ley que su capricho y su placer!

Mientras tanto, Nacha, con las manos en el rostro, lloraba. El patotero
se enfureca, levantaba la voz, y la amenazaba cada vez con mayor
enojo. La llamaba histrica, farsante, ridcula; y deca que todo
lo aguantaba, menos los lloriqueos y los papelones. En el hombre
solitario se iba desdibujando la inmovilidad de su silueta. Sin duda ya
no poda soportar tanta maldad.

La fina espada del violn degoll el tango que agonizaba. Los patoteros
y sus mujeres retornaron a la mesa. El llorn, ante las lgrimas de la
vctima, volvi a sus ayes gemebundos. De pie, con los puos sobre los
ojos y en la actitud de un pelele estpido, berreaba grotescamente.
La bulla explotaba en todos los lugares del cabaret. Cada tomo del
cabaret rea. La vctima termin por habituarse al espectculo, y las
lgrimas, en vez de subir a los ojos, fueron cayendo muy adentro. Y
hasta fingi indiferencia, levantando los hombros y haciendo con los
labios un desdeoso gesto. Pero aqul que la miraba ley en sus ojos,
todava enrojecidos, la confesin de un hondo sufrimiento.

Cuando el nuevo tango aplast bajo sus pies innumerables la farsa
innoble, otro de los patoteros, un muchachn flaco y alto, de cintura
entallada femeninamente, quiso bailar con Nacha.

--Ya he dicho que no quiero...

--Qu?--exclam el amante, abalanzndose sobre elle y agarrndola de
los brazos, resuelto a levantarla.

--Por favor, no puedo, no puedo...

--Qu no puedo, ni no puedo!

La lucha dur un segundo. El hombre triunf. Arrancndola de la silla,
la sac del sitio y la empuj hacia el centro de la sala, para que su
amigo la tomara y bailara. Pero el perverso lo hizo con tal fuerza,
que la arroj al suelo.

En el mismo instante ocurri algo inaudito. El hombre solitario, que
al comenzar la lucha se haba puesto de pie, avanzaba ahora. Avanzaba
serenamente hacia el brutal sujeto. Estupor. Sensacin. Por entre la
masa de los espectadores culebre un temblor de inquietud. Un anillo de
siluetas ansiosas encerr a los protagonistas. Cortse el tango. Sobr
un gemido del bandonen, que entristeci de negruras el ambiente.

--Qu hay?--escupi el patotero al rostro del intruso, mientras en sus
ojos con algo de indio, y ahora ms achicados y endurecidos que nunca,
surga una chispa de odio brbaro, de maldad primitiva y ancestral.

Asombraba la impavidez del intruso. Frente al victimario de Nacha,
permaneca sereno, casi indiferente. Apenas si un lacnico tic de los
labios y un temblor en las manos denunciaba su indignacin. Mirando
fijamente a su interlocutor, dijo con firmeza y lentitud:

--Exijo que no maltrate a esa mujer.

Nadie supo si esto era inconsciencia o coraje. De regular estatura y
ms bien delgado, pareca que debiese ser devorado por aquel hombrn
semibrbaro que era el patotero, y por sus cuatro compinches que, en
ley de patota, le acometeran a golpes o a balazos. La estupefaccin de
los cinco hombres, sorprendidos de que uno solo se atreviese con ellos,
haba paralizado sus movimientos.

--Qu dice?--pregunt el patotero, como si no hubiese odo bien.

--Que le exijo...

Un sbito y unnime ataque de los cuatro patoteros guillotin su frase.
Simultneamente removise la concurrencia. Rod alguna silla. Unos
contra otros, aplastronse muchos cuerpos sobre la estrecha puerta de
salida.

--Aprtense! Nadie toque a ese hombre!--rugi despticamente el dueo
de Nacha.

Garras ansiosas y puos vibrantes quedaron en el aire. Luego el mandn,
como sus amigos permanecieran junto al intruso con su asombro y sus
deseos agresivos, los impeli uno a uno, hacia la mesa. Despus se
encar con los espectadores. Sin duda tuvo intenciones provocativas,
pero viendo all una multitud, se limit a decir:

--... pasao nada, seores! A bailar!

Y dirigindose a la orquesta, grit:

--Siga la msica! Tango!

La orquesta, que se haba deshecho ante el escndalo, se rehizo
instantneamente. Recogida en s misma unos segundos, empuj con
presteza un tango al medio de la sala. Y la gente, parte por temor al
mandn y a su patota, y parte queriendo olvidar un incidente que era
lgico terminara a balazos, bail en seguida. Pasado el peligro, a
todos convena suprimirlo para que no volviese.

Mientras tanto, los dos hombres, de pie, hablaban.

--No me conoce usted--dijo el sujeto, sobando sus anillos, como para
entretener las manos rencorosas que, estremecidas, ansiaban dar el
salto.--Pero yo lo conozco. Usted es el doctor Fernando Monsalvat.
Y bueno, seor Monsalvat; voy a darle un consejo, sabe? No se meta
con nosotros, y vyase. Inmediatamente, sin chistar. Usted es ms
viejo que yo, tendr ms o menos cuarenta aos; yo tengo treinta y soy
ms fuerte y estoy acostumbrado a estas cosas. Adems, ah estn mis
compaeros, salindose de la vaina, como quien dice. Vyase a su casa y
no se exponga. Y si le doy este buen consejo, es porque tengo razones
para drselo.

Los patoteros se preguntaban con los ojos quin sera aquel hombre. Se
preguntaban qu razones tendra su amigo para impedir que le rompiesen
el alma. La muchacha, sentada, no quitaba los ojos de su defensor. La
orquesta tocaba un tango sollozante, cortado de silencios, lgubre a
veces por el grueso esfumino del bandonen. Innmeras parejas bailaban,
abrochadas las mujeres a los hombres. Monsalvat haba odo con
indiferencia a su interlocutor. Y replic, sereno:

--Nada s de su consejo. Lo que quiero es que no maltrate a esa infeliz.

--Qu...? Infeliz?

Retrocedi fulminantemente, como en impulso de ataque. Sus ojos
picotearon con rapidez a su alrededor. Una mano busc el revlver. Pero
la tranquilidad de Monsalvat le detuvo. Perplejo, azorado, creyse un
poco en ridculo. Aquel hombre ni le provocaba, ni le tema. Vi que la
gente, aun sus amigos, no advirtieron su actitud, y decidi suavizarse.
Se calm otra vez. Pasaron dos o tres minutos. Monsalvat segua all,
fuerte en su silencio y en su serenidad. De su alma surgan efluvios
misteriosos que comenzaban a penetrar en el espritu de su enemigo.
Iba ste desconcertndose. Abandon su aire bravucn y dijo, riendo
falsamente, en tono despreciativo:

--No lo toco porque le tengo miedo, sabe? Usted parece muy tigre. Y me
da lstima por mis compaeros. No quisiera que se los comiese vivos...

Call, comprendiendo la miseria de sus palabras y su inoportunidad.
Fastidise contra s mismo. Luego se acerc ms a su interlocutor, y
colocndole una mano sobre el hombro, le dijo:

--Mire, seor Monsalvat... Agradezca que... Bueno, no se lo digo...
Agradezca que soy quien soy. Pero para que vea su equivocacin al
juzgarme, va a hablar con ella ahora mismo. Puede preguntarle lo que
quiera.

Se apart y trajo a la muchacha. La present. Ella, aterrada, plida,
sonrea absurdamente. Sin duda imaginaba algo malo, perentorio, fatal.
Sus ojos, temblorosos, se anidaron por un instante en la mirada vasta
y profunda de Monsalvat. Pero la voz del dueo los arranc de aquel
refugio.

--Este seor,--profiri el patotero--me cree un asesino. Ms o menos.
Bueno... Decle si ests contenta o no con tu suerte. Decle la verdad.
De qu tens miedo?

Monsalvat miraba a Nacha con encanto y tristeza. Pero apenas la vea.
Sus ojos, empapados de una piedad dolorosa, haban rehecho la verdadera
imagen de aquella muchacha de la vida. Ella no se atreva a mirarle y
levantaba la vista hacia su hombre. A Monsalvat pareca no interesarle
aquel interrogatorio, cuyo resultado adivinaba.

--Respond: no ests contenta?

--S, s estoy contenta--dijo ella, con voz apenas perceptible.

--Y por qu? Porque vivs tranquila, tens casa... No es as?

Nacha comprendi que era necesario hablar, declararse satisfecha. De
otro modo, el enojo del patotero contra el intruso rebotara hacia
ella. Y se solt a hablar, a borbollones, casi incoherente.

--S, estoy contenta. Cmo no estarlo? Tengo una casa, vivo feliz...
Ya no ando de aqu para all, rodando, como antes. En mi casa hay lujo,
gasto la plata que quiero. Tengo dos sirvientas. Qu ms puedo decir?
Ahora s lo que es la tranquilidad, despus de tanto sufrir... Despus
de...

Y continu, ya lanzada. Hablaba como en el vaco, sin dirigirse a
nadie. Hablaba para ella misma, para distraerse con sus propias
palabras. No para Monsalvat. Ella deseaba que Monsalvat no la oyese.
Pareca una sonmbula. Era un hablar, un hablar...! Monsalvat no la
escuchaba. La miraba, y nada ms. Bastbale sentir a su lado toda
su dulzura. Bastbale la suavidad, el temblor de sus palabras y la
melancola de sus ojos. El tango les daba a las palabras y a los ojos
una ardiente tristeza. El bandonen los ennegreca con el humo de su
desoladora amargura. Y hasta el dueo de Nacha pareca sensible a la
influencia letrgica y adormecedora de aquella msica.

--Bueno, basta--interrumpi el patotero.--Ha visto? Se ha convencido?
No le dije que estaba haciendo un papeln?

Luego, echndose hacia atrs, solt una carcajada llena de altanera.
Haba cesado el tango y su influjo sobre las almas y las cosas. Haba
recobrado el sujeto su personalidad. Dirigindose a su querida, la
empuj hacia sus compaeros. Sentados a la mesa, ellos esperaban la
conclusin de la escena.

--Y ahora, vyase de aqu en seguida. Pero antes, quiero decirle quin
soy. Le interesa, amigo. No se vaya. Podemos otra vez encontrarnos y...
Mreme bien...

El individuo se puso serio. Su mano derecha apart el smoking y busc
la cintura. Luego dijo, en voz baja y grave:

--Soy Dalmacio Arnedo, el Pampa Arnedo, como me dicen.

Monsalvat se estremeci. Sus facciones se convulsionaron.
Instintivamente alz una mano, pero en seguida la dej caer. Los
patoteros se arrojaron sobre l. Al mismo tiempo, alguien grit:

--La polica!

El cabaret hirvi en agitados remolinos. Luego, fu una calma inquieta,
una paz que se improvis para los ojos turbios de la autoridad.

Desde un principio, se haba formado entre los espectadores un partido
en favor de Monsalvat. Su actitud frente a la patota le di enormes
simpatas. Algunos comprendieron la fuerza de este hombre. La situacin
de la muchacha infundi lstima, si bien nadie se senta con nimos
para salir en su defensa. Dos o tres personas, entre las ms apiadadas
o prudentes, haban llamado a la polica, para que se instalara all,
en previsin de un escndalo.

Los patoteros, al grito de alarma, volvieron sbitamente a sus
lugares. Monsalvat, mirando al individuo, mascull un "canalla!".
Arnedo, desde su mesa, le contemplaba con sonrisa maligna, mientras
sus amigos, sentados, hacan ruidos con la boca y se retorcan y
brincaban, simulando una desaforada alegra. Nacha miraba a su defensor
con lstima. Quin era ese hombre? Qu quera de ella? La polica
comprob, en rpida ojeada, que el orden "no haba sido alterado". Y
se fu en seguida, solemne de prudencia, satisfecha de aquel inseguro
remiendo de paz que su presencia haba hilvanado en el cabaret.
Monsalvat volvi a su mesa y pag el gasto. El Pato comenz a cantar,
con la msica de una zarzuelita en boga:

--Ya se va, ya se va, ya se va!

Los dems patoteros, y aun algunos neutrales, corearon. Monsalvat,
al levantarse, vi que la muchacha tambin cantaba y rea. Se detuvo
un instante como para arrojarle una mirada de reproche. Dos lgrimas
asomaron a sus ojos. Y silenciosamente, sin apresurarse, sali del
cabaret, mientras el llorn volva a su primer estribillo:

--Ay, ay, ay! Ay, ay, ay!




                                  II


Fernando Monsalvat encontrbase en una encrucijada de su vida. Hasta
entonces--y tena cerca de cuarenta aos--, nunca vacil en su
camino. Pero ahora pareca que todo hubiese cambiado en l y que una
transformacin fundamental estaba operndose en su alma. Haba vivido
toda su vida sin juzgar el mundo de que formaba parte. Haba sido un
hombre ms o menos feliz. Pero desde haca algunos meses miraba todas
las cosas con espritu crtico y se consideraba desgraciado.

Era hijo natural. Su padre perteneci a una familia aristocrtica y
posey muchos millones. Haba muerto repentinamente, sin testar, cinco
aos atrs. Su madre, hija de unos franceses que tenan un pequeo
comercio, haba sido seducida a los diez y ocho aos. Su padre, como
el chico era inteligente y distinguido, y su descendencia legtima
formbanla slo mujeres, le di una buena educacin. A fin de que no
viviese con la madre, mujer inconsciente e ignorante, llena de ideas
absurdas, intern a su hijo en un colegio. Slo en las vacaciones
vea el nio a la madre. Fernando recordaba las visitas de su padre
a la casa, las discusiones con su madre, los consejos que a l le
daba. Una vez le llev a una de sus estancias cerca de Buenos Aires,
una propiedad inmensa como un estado, con bosques maravillosos, con
una casa que era un magnfico palacio, y con galpones repletos de
toros gigantescos y lanudas ovejas. Pero ms que todo, recordaba cmo
su padre le llevaba casi a escondidas, y cmo no haba contestado
claramente cuando un amigo, en el tren, pregunt quin era el
muchachito. Ms tarde, en el colegio, aprendi su situacin por algunos
chicos que conocan a la familia legtima de su padre. Desde entonces
comenzaron sus primeras timideces y vergenzas a causa de su condicin,
y esto influy en su vida poderosamente.

Cuando sali del colegio entr a estudiar Derecho. Fu un alumno
excelente, y desde antes de recibirse ingres en un famoso estudio de
abogado. Socio ms tarde del abogado, gan dinero y algn prestigio.
Pero por una cuestin de conciencia abandon el estudio y se fu a
Europa, donde permaneci dos aos. Al regreso, teniendo treinta y dos
y no deseando continuar en la profesin, obtuvo un consulado para una
ciudad de Italia. Haca seis meses que haba vuelto, despus de siete
aos de ausencia, ahora para quedarse en el pas.

La madre de Fernando viva an. Enferma y envejecida, pareca achacosa,
pero no pasaba de los sesenta aos. Su hijo la vea poco. Ocupaba ella,
en la compaa de una sirvienta mulata, casi una negra, un departamento
bastante pobre, en una casa de varios pisos, frente al parque Lezama.
Fernando tena tambin una hermana.

Fernando Monsalvat haba vivido como cualquier hombre decente de su
condicin social. Trabaj en el estudio de abogado con gran tenacidad,
y como cnsul se desempe notablemente. Desde nio tuvo aficin a
los libros. Se haba dedicado a la sociologa; de cuando en cuando
publicaba algn artculo. Sus opiniones eran tenidas en cuenta y se
las comentaba en ciertos crculos intelectuales. Hombre mundano, a
pesar de su timidez y su desconfianza, frecuent los clubs en Buenos
Aires, los grandes teatros, las carreras. A bailes asisti poco,
pues, sin duda por ser hijo natural, no le invitaban en todas partes.
Cuando estudiante vivi de una buena pensin que le pasaba su padre.
Ahora, a la vuelta de Europa, se encontraba sin ms recursos que los
provenientes de una propiedad que su padre le regalara al recibirse de
abogado y que le rentaba trescientos pesos mensuales.

Hasta qu punto la condicin de bastardo haba influido en su
temperamento y en su orientacin en la vida, era algo increble. Cierto
que, siendo estudiante en la Facultad, algunos muchachos distinguidos
no quisieron ser sus amigos, y que ms tarde, en sociedad, fu
desdeado en varias ocasiones. Pero l exageraba hasta el absurdo la
realidad de estos desprecios. Si alguien no le saludaba en la calle,
al pasar, atribua el hecho al propsito de ofenderle. Si en un baile
una muchacha solicitada por l rehusbase a darle el brazo, alegando
tener excesivos compromisos, Monsalvat pensaba: "No quiere mostrarse
conmigo porque sabe mi origen". Cuando en los exmenes le clasificaban
con una nota inferior a la que crea merecer, no dudaba de que la
culpa la tena su condicin de bastardo. Y as en todo. Jams pas
un da que no tuviese una preocupacin de esta ndole. No se irritaba
contra los dems; al contrario, le pareca natural que, dadas las
ideas dominantes, se le tuviese en menos. Pero se senta humillado,
disminuido.

Todas estas cosas le obligaron a aislarse y contribuyeron a afirmar
su vocacin por el estudio. No tuvo nunca verdaderas amistades. Se
consider solo en la vida; solo espiritualmente, pues relaciones le
sobraban. Era un hombre correcto, y, no obstante su frialdad aparente,
amable y simptico, aunque con frecuencia se manifestase un poco hurao.

Lo nico que varias veces le hizo creerse menos solo, fueron sus
aventuras con mujeres. Era en cuanto a mujeres un hombre raro. Al revs
de todos los jvenes de su tiempo, apenas conoca a las muchachas "de
la vida". No haba entrado sino ocasionalmente en una casa pblica.
Pero haba tenido varias amantes: entre ellas alguna dama de la
sociedad distinguida. Tena el don de agradar a las mujeres: una voz
acariciadora, unos ojos profundos. Saba despertar la compasin; y
como nadie ignora, es el deseo de compadecer lo que ms pierde a las
mujeres. Pero Monsalvat no siempre las busc: algunas le buscaron a
l. En dos o tres casos crey haberse enamorado; ilusin, y nada
ms! Tampoco ellas le quisieron apasionadamente: todo era instinto,
sensacin; modesto amoro, cuando mucho.

En todas las dems cosas de la vida pudo considerrsele un modelo y una
excepcin. Muy caballeresco, muy sencillo, sin antipatas para nadie,
bondadoso y servicial, lleno de delicadezas. Jams debi un centavo,
ni adul a quienes podan darle algo, ni tuvo deslealtades para con sus
amigos ni devolvi mal por mal, ni se condujo en caso alguno en forma
que no fuese clara y sincera.

Fu, pues, Fernando Monsalvat un hombre til y honesto. Sin embargo,
desde haca algunos meses consideraba que haba vivido mal. Crea
haber llevado una existencia egosta, mediocre, estril para el
bien. Se avergonzaba sobre todo de sus artculos sobre cuestiones
morales y sociales, pensados con espritu de casta, con el criterio
individualista, insincero y convencional, que dominaba en la Facultad y
obtena los aplausos de los polticos hbiles y cultos. Se despreciaba
por haber seguido la corriente, por haber vivido y pensado como los
hombres de su mundo. Qu gran obra de bien haba realizado? Vivi
para s, trabaj para ganar dinero, escribi para obtener prestigio
y alabanzas. Viva ahora atormentado secretamente, disgustado de s
mismo, de la sociedad y hasta de la vida.

Cmo le haba sobrevenido semejante crisis de conciencia? En los
espritus nobles y generosos tales situaciones son naturales: hay
momentos en la vida en que hacen examen de su conducta, y entonces
abominan del pasado. Pero cuntos cambian de rumbo? Generalmente
todo queda en el fondo del alma; y descontentos, pesimistas, tristes,
continan por el mismo camino, viviendo aquella misma vida que odian.
Monsalvat sentase acometido por la necesidad de un ideal y de una obra
que rescatase sus treinta y nueve aos intiles. Iba a seguir como
antes, su existencia de egosmo y de complicidad con el mundo?

Pero Monsalvat haba llegado a su tragedia interior no naturalmente
sino por motivos poderosos.

Dos pequeos hechos de igual ndole, ocurridos en Pars, ennegrecieron
el nimo de Monsalvat. Convencido de que no deba permanecer en
su soledad, quiso casarse, para lo cual intent pretender a una
aristocrtica muchacha con la que hiciera gran amistad en Roma. Pero
apenas la familia y an la propia interesada vieron las intenciones
de Monsalvat, se esfum toda la simpata; alguien lleg a insinuarle,
tal vez por encargo de la muchacha o de sus padres, que l no poda
pretenderla. Luego, en el hotel donde se alojaba, conoci a otra
compatriota. Amistad, primero; un poco de flirt, despus. Se interes
Monsalvat y hasta crey haberse enamorado. Defini sus pretensiones,
y fu tratado como un insolente, como si con su actitud intentara
humillar a la preclara casta. Monsalvat, ante situaciones de esta
especie, no sufra por s mismo, no se avergonzaba de ser lo que era:
sufra por la injusticia de los dems.

Monsalvat senta un profundo disgusto de que fuese su propio
sufrimiento lo que le hubiese llevado a abrir los ojos con respecto
al mundo de que formaba parte y a su impvida injusticia. Motivos
egostas, llamaba l a sus razones. Pero en realidad no lo eran, pues
a l le preocupaba su caso por lo que tena de general y de humano.
Por otra parte, nuestras razones egostas influyen casi siempre en la
realizacin de las grandes cosas.

Unos seis meses antes de aquella noche del cabaret, Fernando Monsalvat,
con su dolor y su desilusin a cuestas, haba llegado a Buenos Aires.
Al principio se asombraba de juzgar a las gentes y a las instituciones
con tan gran rigor. Por qu todo lo vea malo? Pesimismo? Pero luego
comprendi que sus juicios severos eran la simple obra del espritu
crtico que haba surgido en l. Hasta entonces acept las cosas
como inmutables. La vida le haba ofrecido cuantos goces quiso. Tuvo
dinero, fu amado, alcanz algn prestigio. Nada le importaron ni las
imperfecciones, ni las iniquidades del mundo. Demasiado lleno de sus
libros, de su vida, de sus placeres, no advirti los trgicos lamentos
subterrneos de los que geman all abajo. Viva en un mundo feliz, en
una sociedad sin angustias. Pero ahora se le estrujaba el corazn y, en
la soledad de sus das, clamaba inquietamente por tantos aos estriles.

Una tarde, la casualidad le hizo comprender hasta qu punto haba
sido egosta su vida. El automvil en que iba se haba detenido
al doblar una esquina, en la plaza Lavalle. Una multitud avanzaba
cantando. Era domingo. Todas las puertas cerradas. La cancin avanzaba
por en medio de la calle, y tambin por entre los rboles. Avanzaba
irritada, exasperada, tumultuosa. Monsalvat no vea sino las mil bocas
frenticas de aquella cancin que le intimidaba y a la vez le atraa,
y una bandera roja que pareca el alma de aquella cancin. Baj del
automvil. Y en esto, un clarn brutal desinfl la multitud, como el
pinchazo de un pual en una odre. Sonaron tiros. Los sables policiales,
ciegos, enloquecidos de sangre, golpeaban las bocas proletarias que
contestaban rabiosamente, dolorosamente, cantando su cancin. Pero la
violencia de arriba fu ms fuerte que la ingenua violencia de la
cancin. La multitud se derram por las calles prximas, se deshizo.
Los sables buscaron ansiosamente a los que se escondan en los huecos
de las puertas cerradas. Los ojos de los que huan volvanse enormes de
espanto. All, en la calle, quedaba el crimen, solo, brutal, desptico,
monstruoso. Nadie recoga los muertos ni los heridos. Las casas de
los bienhallados, de las familias de abolengo, de los burgueses y
comerciantes permanecan cerradas, mudas. Monsalvat, enfermo de
indignacin, con el alma hecha un clamor, crey advertir en aquello una
complicidad horrible.

Su transformacin, sin embargo, era puramente interior. Algo haba
cambiado su vida: no frecuentaba el club, no iba a fiestas, no vea a
la mayor parte de sus antiguos amigos. Pero en los seis meses, qu
haba hecho de positivo? Haba descubierto, acaso, su verdadero
camino? Estas preguntas le atormentaban sin cesar, y le suman en
largas horas de meditacin.

Slo haba resuelto no trabajar como abogado. Para qu necesitaba
ganar tanto dinero? Para guardarlo? Para gastarlo en vanidades?
Pens que pudiera darlo. Pero, a quin y cmo? Un amigo, abogado
ilustre, que estimaba el saber jurdico de Monsalvat, quiso asociarle
a su estudio; pero l no acept. Prefera un empleo, y lo pidi al
Ministerio de Relaciones Exteriores, donde su preparacin, adquirida
en siete aos de consulado, sera muy til, y donde se le apreciaba
grandemente. El Ministro le prometi un empleo y Monsalvat lo esperaba
para aquellos das.

Mientras tanto, vagaba por las calles, triste y distrado. Huyendo de
sus relaciones y de las fiestas del Centenario, gustaba recorrer los
barrios pobres, los arrabales. A veces, en algunos festejos populares,
se meti entre la multitud. Oy las conversaciones de la gente y habl
con varios hombres y mujeres. Se sorprenda de encontrarse tan bien
entre ellos. Se senta pueblo. Y era en efecto pueblo, por su madre,
hija de obreros que llegaron a pequeos comerciantes. Un da fu a
ver aquella casa,--un pequeo conventillo--de cuya renta viva. Se
indign contra el encargado. Aquello era un antro inmundo e inhabitable
donde se hacinaban unas quince familias de desgraciados trabajadores.
Cmo nunca se le ocurri verlo? preguntbase, disgustado contra s
mismo. Pero luego record que lo haba visitado varias veces, antes
de su segundo viaje a Europa. Slo que entonces aquella miseria le
pareca cosa natural y hasta excelente. No eran acaso situaciones
como aqullas las que despertaban las ambiciones de los obreros y
los llevaban a trabajar con herosmo y a enriquecerse por la fuerza
de su voluntad? No eran esas situaciones el primer escaln de la
fortuna, en este pas privilegiado "donde no se haca rico slo el
que no quera serlo?" Monsalvat recordaba avergonzado sus antiguas
ideas del liberalismo econmico, de ese inicuo sistema que pareca
inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres. Ah,
sus magnficos artculos de otros aos, cunto dara por no haberlos
escrito! Tuvo intenciones de hipotecar el conventillo con el propsito
de transformarlo en una casa higinica.

En sociedad, y sobre todo entre los hombres, el estado de nimo de
Monsalvat fu tomado a la burla l apenas hablaba de sus ideas y sus
preocupaciones, pero su aislamiento y algn artculo reciente en
que explotara su sentimiento de protesta, indignando a las gentes
distinguidas que le aplaudieron antes, revelaban algo raro en l, que
la sociedad comentaba encarnizadamente. Unos decan que estaba loco;
otros le consideraban enfermo. Ms de una persona seria le mir con
miedo, como a un enemigo de las instituciones.

Pero Monsalvat no era enemigo de nadie. Demasiado bueno, los
sentimientos de rebelda no duraban mucho en su corazn; se
transformaban, a poco de nacer, en una indecible pena, en una angustia,
en un desasosiego fsico y moral. Slo se odiaba a s mismo, slo se
rebelaba contra sus aos egostas.

Qu quera ahora? Qu buscaba? Dnde pensaba hallar su camino? No
saba. No saba absolutamente nada de lo que pudiera ocurrirle. Senta
a su alrededor un vaco enorme. Una sensacin de infinita soledad le
acompaaba incesantemente. Horas enteras pasaba meditando en su destino
futuro. Su corazn se haba sensibilizado de un modo extrao, y todo su
ser pareca estar ya pronto para una fundamental transformacin de su
vida.

Una noche la curiosidad le llev al cabaret. Ignoraba lo que fuese
aquello. Hzole impresin el espectculo. Los tangos, en la orquesta
tpica, causronle una emocin intensa. El cabaret le pareci una
nota de color en la aridez inmensa de Buenos Aires. Aquella noche se
sinti ms solo que nunca. En el cabaret y en los tangos encontraba,
no saba por qu, la misma tristeza profunda que l llevaba en su alma.
A veces, cuando el bandonen surga como desde un hondo abismo, la
msica del arrabal, la msica aqulla que haca pensar en crmenes y en
paisajes de miseria, le hablaba de desolaciones, de desesperanzas, de
la amargura del vivir.

Aquella noche sus ojos encontraron los de Nacha por primera vez.
Se miraron sorprendidos, algo azorados, como si se conocieran. La
muchacha se haba turbado. Bajaba los ojos, enredaba sus dedos unos
con otros. Monsalvat permaneci en el cabaret dos horas, insistiendo
en aquel flirt. Jams le atrajeron las mujeres fciles, cuya ausencia
de reserva consideraba nada femenina. Pero aquella criatura tena
tan lindos ojos! Pens que tal vez ella pudiera amarle. Pens que su
soledad sera menos grande si una mujer le comprendiese. Al salir del
cabaret la sigui en un auto. Ella y su amigo entraron en la casa donde
seguramente vivan. Monsalvat baj del coche y esper un momento, en
medio de la calle, bajo la oscuridad de la noche. Ella sali al balcn
y permaneci all un instante, mirando a veces hacia la calle.

Monsalvat retorn al cabaret algunas noches. Pero no la vi. La
sensacin de su soledad se le hizo aguda. Su inquietud aument.
Parecale que el mundo le rechazaba. Le fu ms urgente que nunca el
encontrar el sentido de su vida.

En esta situacin se encontraba Fernando Monsalvat, en los das
anteriores a la escena del cabaret.




                                  III


Cuando sali Monsalvat del cabaret era la una. Apenas puso un pie en la
vereda, el fro, que esperaba a la puerta como un ladrn, le salt a la
garganta y al rostro. Se abroquel con el cuello del sobretodo y ech a
andar lentamente. Su paso vacilaba un poco, y su mirada, siempre en el
suelo, avanzaba por la vereda sin desviarse, como siguiendo un riel. En
la primera esquina se detuvo un instante, pensando.

Pasaba gente. Sala de los espectculos retardados y de los cafs.
Tranvas atestados, carruajes, automviles. La calle,--viviendas
familiares, comercios dormidos, estaba pobre de luz. En los puntos ms
negros, mujeres solitarias y anhelantes esperaban escondidamente el
paso de los hombres. Monsalvat sigui una cuadra hacia el sud, por la
calle en sombra, hasta que le envolvi el polvillo de oro del barrio
luminoso. Las inmensas vidrieras de los cafs exhiban multitud de
mesitas y de bustos humanos, bajo una espesa humareda de cigarrillos,
ardientes ondas de luz y densas marejadas de tango. En las esquinas
de las calles, restos de aglomeraciones se estaban ah estpidamente.
Mujeres de ojos giles, algunas lindas y elegantes, torcan hacia
las sombras, encabezando pequeos grupos de hombres, dispersos y
disimulados. Bocinas de automviles, conversaciones en todos los
idiomas. El timbre de un tranva detenido acribillaba la noche,
impacientemente, con pinchazos sonoros. Pero a pesar de toda la vida y
la luz del barrio, ya no duraban en su integridad ni el ansia de vivir
ni la energa de las primeras horas nocturnas. Aquel sobrante vital,
que an se retardaba, apegado a su noche como a un vicio, difunda en
la calle una invasora sensacin de cansancio.

Monsalvat segua caminando. Insensible a la vida de aquellas calles
luminosas, no vea sino sus propios sufrimientos. Iba cada vez ms
lentamente, como quien apenas puede andar porque lleva una agobiante
carga de sensaciones dolorosas. Quera ordenar estas sensaciones,
quera recordarlo y comprenderlo todo; pero no lograba sino exasperar
su dolor y aumentar el peso de su carga. Sufra como jams haba
sufrido. Hasta el imaginar las mutuas miradas con Nacha le haca
sufrir, pues la vea desgraciada, vctima de su urgencia de vivir y de
la ajena perversidad; desleal y mala para con l, que la defendiera.
Le haca sufrir el recordar sus momentos desesperados, cuando se
senta incapaz, cobardemente incapaz de librar a Nacha de los ruines
que la humillaban; el recordar sus momentos de dolor al mirar tanta
tristeza en un ser humano. Le haca sufrir el pensar en aquel minuto
de angustia, cuando sinti que una cosa desbordante, imperativa,
enorme, creca en su alma y en su corazn, le arrancaba del asiento, le
empujaba hacia los miserables que maltrataban a Nacha, y penetraba todo
su ser de un coraje desconocido. Y sobre estos dolores multiformes,
le haca sufrir abrumadoramente, destacndose por encima de todos,
hacindolos ms intensos y ms crueles, ennegreciendo su vida, el
recordar que haba conocido al hombre que enga a su hermana, a aquel
Dalmacio Arnedo que haba tal vez llevado a la depravacin a la infeliz
Eugenia Monsalvat; el recordar que haba soportado su nombre, sus ojos
y sus burlas; el recordar su angustia cuando la perdicin de Eugenia;
y ms que nada, el recordar lo poco que hizo por educar a su hermana
menor que l, lo poco que hizo por salvarla cuando fu perdida y lo
poco que hizo hasta entonces por encontrarla, por arrancarla de la
infamia en que tal vez viva.

Caminaba lentamente, por la calle luminosa, cuando sinti que le
tocaban un brazo. Era Amlcar Torres.

--Dos palabras, Monsalvat. Entremos aqu, eh?

Penetraron en un caf inmenso. Una orquesta de seoritas, con la
sensibilidad lnguida de su valse tzigano, endulzaba las miradas de
los hombres y les haca entreabrir las bocas beatficamente. Torres y
Monsalvat se sentaron.

--Yo fu quien di parte a la polica--dijo Torres, marcando slaba por
slaba, con acento muy expresivo, exageradamente enrgico, y sonriendo
luego de pronto, con afectada malicia.

Era mdico, y pareca un moro con sus encrespados cabellos negros,
sus cejas retintas, sus ojos muy oscuros y adentrados y sus dientes
blanqusimos. Llevaba un bigote espeso, de guas cortadas. Sonrea
siempre, unas veces con tristeza, otras con irona, otras con adoptada
malevolencia.

Monsalvat no contest. El mdico cambi de postura, colocndose de
lado. Mont una de sus largas piernas sobre la otra, de modo que
ambas, sobresaliendo del territorio que podan naturalmente ocupar,
obstaculizaban el trnsito.

--Y he venido siguindolo--dijo, torciendo la cabeza para hablar de
frente a Monsalvat,--porque es indispensable que le advierta una cosa.
Cuidado con esa gente, eh? Si los conozco! Capaces de asesinarlo! Y
he visto que... usted... y la muchacha... eh?

Hizo un gesto sealando sus ojos y los de Monsalvat. Nuevamente haba
pasado de la expresin enrgica, un poco exaltada, a una expresin
sonriente y maliciosa. Y vuelta la cabeza a su posicin primera,
obligado as a mirar de reojo, agreg:

--No niegue, hombre. Si he visto todo! La muchacha es linda, no hay
duda. Pero... cuidado, eh? Lo pueden saquear...

--No estar exagerando usted, Torres? A m me parece que la muchacha
no es de sas que...

--Que... qu?--pregunt el mdico, mirando siempre de reojo y
sonriendo burlonamente.--No la conoce.

Y en seguida se coloc de frente a Monsalvat. Adopt un rostro
colrico, y con acento misterioso y grave, como quien hace una
afirmacin transcendental, pronunciando sealadamente cada slaba,
exclam, mientras levantaba la mano derecha y mova el dedo ndice en
el aire:

--Por sa... eh?... se ha hundido ms de uno!

Y retorn a su anterior postura cmoda, con aire indiferente y
filosfico.

Monsalvat no crea. Los dulces ojos de Nacha negaban esas miserias de
que hablaba Torres. Pero, y si fuese verdad? Ansiaba saber, necesitaba
saber. Cada segundo que iba pasando, creca en l una pasin de saber.
Sin embargo, no preguntaba nada. Torres le adivin sus deseos, y, feliz
de mostrar su sabidura en vidas ajenas, habl largamente de Nacha y de
su amante.

--Ese Arnedo, el Pampa, como le dicen, es de avera. Tipo de meter
bala y falsificar firmas. Se ha escapado raspando, dos veces, de ir
a la crcel por estafador. Y usted ha visto cmo trata a su querida,
eh? La tiene dominada. Un tirano. Un salvaje. Pero... le deja un poco
de libertad para que... eh?... para que ella enamore a individuos
con plata. Despus, por medio de ciertas combinaciones... eh?...
me comprende?... le sacan a la vctima los pesos que quieren. No se
asombre. Estas mujeres...

--Cmo se llama ella? Quin es?--interrumpi Monsalvat, disgustado
de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo
monstruosidades en las que l no poda creer, no quera creer.

--Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha
Regules le dicen. La madre tena una pensin de estudiantes, que
todava existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...

--Cunteme de Nacha, mejor.

--Ah, quiere saber su historia, eh? Cmo le interesa!--dijo el mdico
socarronamente y gozndose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de
mostrar tanto inters por una muchacha de la vida.--Le contar algo
de lo que s. Pero no todo, eh? Lo ms interesante lo reservo. Bueno.
El caso es que Nacha, en la pensin, se enamor de un estudiante. Huy
con l de la casa. Una barbaridad, porque all mismo hubieran podido...
eh?... El tipo la us dos aos, creo. Despus la abandon en un estado
que... se da cuenta? Nacha fu al hospital. El hijo naci muerto.
Al salir del hospital entr ella en una tienda. Quera ser honesta.
Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, eh? Una miseria. Y hay las
multas. Y hay tambin el gerente que exige... comprende? Total, que
con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compaeras, acab por
frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces ms que en la tienda y
con un trabajo... eh?... relativamente fcil y agradable...

Y guiaba un ojo, mirando a Monsalvat.

--Y usted, cmo sabe esas cosas?

--Ah, eso no se dice...

Nacha haba sido amiga de un ntimo de Torres. Una vez que l
la atendi como mdico, ella le cont su historia. Pero Torres,
misterioso, lleno de cbulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar
sus fuentes informativas. As crea dar ms valor a sus noticias, y
saboreaba el placer, para l exquisito, de intrigar a su interlocutor.

Monsalvat no haba cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a
su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos
recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su
lugar vea a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez;
vea a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; vea
a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se vea a
s mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo
artculos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat
caa cada vez ms abajo, se venda al primer pasante, y mientras
millones de mujeres padecan idntica miseria; y vea al mundo de
los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo,
orgullosos de su dinero, de su fcil virtud, robando a los pobres sus
mujeres, comprndoselas, pervirtindoselas, y gozando egostamente de
sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres
como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma
como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentculos de
aquellos monstruos apocalpticos que se llaman el Hambre, la Miseria,
la Prostitucin.

--Y despus?--exclam Monsalvat, notando que Torres le observaba,
y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en
aquellos momentos imaginaba como un smbolo de las desgraciadas.

--Despus? Dej la tienda. Y sabe por qu? Porque quera ser
decente! Decente... eh? Se ocup entonces en trabajos ms modestos, no
recuerdo cules, hasta que fu a dar a un caf-concierto como camarera.
Fjese! Decente y camarera... Se da cuenta?

Monsalvat, sombro de sufrimiento, casi mudo de indignacin contra la
sociedad, insinu que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y
ser honesta demostraba algo en su favor.

--Buena? S, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas
infelices. Yo las conozco, comprende?, y puedo asegurar que tienen
corazn. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus
ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, as como lo oye...

Ahora Torres ya no sonrea. Sin duda se haban metido en su espritu,
desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos
de los innumerables que tena del mundo de las tristes, algunos
recuerdos de bondades, de extraas lealtades, hasta de herosmos:
oscuros, silenciosos y bellos herosmos.

Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. All estaba exigindole que
fuera a salvarla. Y l la salvara de su vida lamentable, de sus horas
futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espritu se instal
el deber de hablar con ella. Cmo la vera? Dnde? Para decirle qu?
Lo ignoraba. Pero l la vera, l la salvara. Y la salvara no slo
por ella, no slo porque era un pobre ser humano desgraciado, no slo
porque era linda y se haba mirado con l. La salvara por su hermana,
por l. S, por l mismo.

--Son simples vctimas estas infelices--agreg Torres.--Nacha me
cont una vez que en la tienda, en las fbricas donde trabaj, en
las oficinas donde peda empleo, en todas partes, los hombres la
perseguan. Y es que nosotros los hombres... eh?... somos todos,
hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. No le
parece, ch? Y dgame si una mujer que apenas gana para comer, que vive
miserablemente, puede resistir a la tentacin de un individuo amable,
tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No,
ellas no tienen la culpa...

Monsalvat, ahora, vea al mundo como un astro siniestro, poblado por
seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de
perversas sombras. l mismo era un criminal. Haba seducido, haba
comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprenda que era un
canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los
hombres que all estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella
modistilla que sedujo, aquella obrerita que fu su amante, seran
tambin rameras, ms o menos disimuladas? Y por culpa suya? Se
venderan tambin? Habran perdido todo derecho al aprecio del mundo,
todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? Y por
culpa suya? Se despreci a s mismo enormemente, y este desprecio le
hizo soportable su dolor.

Mientras tanto, el valse de _La viuda alegre_ flotaba lnguidamente
sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes,
armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella
msica se le envolva a su cuerpo, se le envolva hasta el infinito,
como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprima
ms y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancola de
placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada comps,
de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a
Monsalvat le tornaron triste estas msicas de los bares y de los cafs,
pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas
melodas heran su alma lamentablemente.

--Y despus?

Torres, que haba callado, contest a la pregunta casi mecnica, casi
inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto saba de Nacha. La unin
con un poeta bohemio, un muchacho romntico, Carlos Riga. La miseria
espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no
soportaba el hambre y que crea perjudicar al amante, quedando a su
lado. Luego, el convencimiento de que era intil querer ser honesta.
La prostitucin disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta
que un da acept la idea de que viviendo con uno slo, era infiel a
Riga, al que adoraba. Y se entreg "a la vida", frecuent las casas de
citas. En una casa la encontr Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho
trato adquirido en "la pensin" de su madre, con cierta cultura que se
le pegara cuando vivi con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha
era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.

--Qu tristezas!...--exclam Monsalvat lgubremente.--Y habr muchas
como ella que...?

--Miles y miles! Lo s porque soy mdico. Mdico de polica,
comprende? Y mi tesis, eh? fu precisamente sobre prostitucin.

Habl del tema, con los detalles ms horribles. Monsalvat, que lo
ignoraba, tena sus ojos, sus odos, sus sentidos todos, su alma entera
y todo su cuerpo, vidamente, en las palabras del amigo. Torres habl
de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aqullas
otras, vctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales:
del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habl luego de
las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad,
sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del
traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradacin obligatoria,
sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada
por la sociedad y por el Estado y protegida por las policas. Habl
Torres de cmo los traficantes engaaban a las muchachas en Austria
o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos
Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cmo las mujeres
eran vendidas a otros traficantes en pblica subasta; de cmo estos
hombres ganaban millones, tenan clubs, daban varios miles de votos a
los polticos y se codeaban con personajes; de cmo las mujeres eran
violentadas, atormentadas, y de cmo Buenos Aires era un vasto mercado
de carne humana.

Monsalvat no poda hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida.
Veala abandonada, luchando por no caer, cayendo quiz. Veala luchando
de nuevo, por no caer ms abajo. Y hundindose al fin en el lodo, tal
vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta...
No poda hablar Monsalvat. Inmvil segua oyendo, segua viendo. El
mundo era una pesadilla lgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:

--Y qu se hace para remediar...?

--Qu se va a hacer? Nada. Sera preciso deshacerlo todo. Construir de
nuevo la sociedad...

Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraa un brazo de su
amigo, con los ojos hmedos de emocin, con la voz solemne de los
grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:

--Pues se deshace todo, se destruye todo... Y se levanta una nueva
sociedad!

Torres asinti con su expresin, sugestionado por la fuerza moral
que senta en Monsalvat, por el ambiente de emocin que acababa
de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad
que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asinti... Pero en
seguida vino la reaccin. Se defendi en su interior contra el lirismo
ingenuo de Monsalvat. Mir a su alrededor. Volvi enteramente a la
realidad. El hombre instintivamente generoso desapareci. Surgi el
hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las
ideas y los sentimientos de todos, que empez a encontrar ridculo
todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoteras, su dolor por
cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgi en
seguida, casi encima, el mdico. No era todo eso cosa de nervios, de
desequilibrio? Y dijo, escptico, superficial como antes:

--Es un problema complejo, sin solucin...

Monsalvat no le oy. No oa sino una voz milenaria que le gritaba su
culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana
lgubre, hueca, desesperada era su corazn. Sus ojos vean el mundo
como un escenario trgico. La tragedia de su madre, primero: de su
madre engaada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus
hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, despus.
Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro ms doloroso,
ms horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus
padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de
la vergenza, los clamores del hambre.

--Qu le pasa?--le pregunt Torres.--Ser mejor que nos vayamos. Son
las tres de la maana.

Monsalvat accedi a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidi
de Torres, que iba hacia el norte, y l baj hacia el sud, hacia la
Avenida de Mayo, donde viva.

En cuanto lleg al hotel, se acost. Pero no durmi en toda la noche.
Sin saber por qu, recordaba la matanza de los proletarios en la
plaza Lavalle, y su cancin se mezclaba molestamente, quitndole el
sueo, con uno de los tangos del cabaret. Despus, en una especie
de semisueo, fu una cabalgata de imgenes espantables, un gemido
aullante que se acercaba y creca y se acercaba cada vez ms, y era el
gemido de la humanidad sufriente. Ya de da, dormit unos instantes;
pero esta sombra de sueo le trajo una pesadilla que le atorment el
corazn. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras
preciosas, y con unas fauces de bestia apocalptica y unas garras
trgicas, estaba all, en su cuarto. Apenas caba. Se acercaba a la
cama, abra sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre
repugnante, donde yacan infinitas generaciones de los tristes del
mundo, era la Injusticia Social.

Monsalvat se levant tarde. Estaba tranquilo. Senta una nueva vida en
l. Las cosas todas tenan una nueva vida, un nuevo sentido. Cul era
la nueva vida? Lo ignoraba. Pero saba que en su interior comenzaba a
crecer ahora una gran claridad.

Almorz y sali a la calle. Pens, sin decisin, en ir a casa de su
madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en direccin
distinta. Iba distrado, impregnado su espritu de serenidad. No
adverta por cules calles andaba. Cuando se enter, vi con asombro
que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuy el hecho a una
voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que haca una
cosa buena, entr en la casa.




                                  IV


Nacha no haba podido dormir. Pocas veces en su vida de sufrimiento
pas una noche tan angustiosa. Al llegar del cabaret, Arnedo se acost
sin decir palabra, Aquella mudez de indio aterroriz a Nacha. El miedo
de ser abandonada y de tener que refugiarse en "la vida", el miedo a
aquel hombre malo y violento, se mezcl entonces a las inquietudes
de ese da: a la inquietud por su antiguo amante, Carlos Riga, el
poeta bohemio que agonizaba en un hospital; a la inquietud por aquel
hombre del cabaret, apasionado y noble, y cuya accin caballeresca
slo mereci de ella una burla, una burla de miedo, de timidez; de
inconsciencia; a la inquietud por algo que esa noche creci en su alma
extraamente y que ella debi ocultar a Arnedo como si fuese un crimen.
No haba dormido un solo minuto. Presenta su desgracia. Adivinaba que
el Destino quera su perdicin. Un film incoherente y fragmentario,
hecho de reminiscencias de esa tarde, de retazos de su vida, de
sufrimientos futuros, de inmensos miedos, de raquticas esperanzas,
pasaba ante sus ojos. Pasaba a veces precipitadamente, a veces con
ritmo de locura, a veces lento y doloroso como una trgica paz.

Cmo haba ansiado que aquella noche transcurriera rpidamente!
Para que no quedaran ni huellas de las horas de tormento que estaba
viviendo, imaginaba sepultarlas bajo eternidades de olvido. Mientras
tanto, esperando el amanecer, a cada rato encenda luz para ver la
hora. Vi las cuatro, las cuatro y media, las cinco... Nunca, nunca
tard tanto el da en llegar! Ms de una vez pens que el reloj
atrasaba; se levant para mirar si amaneca. Pero todo estaba oscuro
y sombro; apenas si una vaga lividez, all en el fondo del cielo,
presagiaba la posibilidad del amanecer. Cundo llegara la maana,
para traer un poco de luz a su tristeza!

Toda la noche vi al hombre del cabaret. Cmo la miraba! Nunca la
miraron de ese modo. No haba en los ojos de aquel hombre los deseos
que ella advirti siempre en los dems. Era otra cosa, otra cosa...
Sobre todo desde que comenzaron a burlarse de ella. Pero por qu la
miraba as? Ya algunas noches antes, estando en el cabaret con el
Pampa y sus amigos, sus ojos se encontraron con los de ese hombre. Su
mirada se sinti atrada por la de l. No haba podido evitarlo. l la
sigui, sin duda para ver dnde viva; esper en la calle y ella sali
un instante al balcn. Quin era? Pretenda separarla de Arnedo y
llevarla con l? Y por qu quiso defenderla, perjudicndola? l era
culpable, en gran parte, del enojo de Arnedo. Ella lo odiaba al Pampa,
pero no podra dejarlo. La tena dominada. La insultaba, la abofeteaba,
y ella, en lugar de rebelarse, segua ms sumisa que nunca. Qu
extraa, la vida! Nacha pensaba que jams se entendera a s misma. A
veces crea tener en su interior otra persona que la obligaba a las
cosas inexplicables que haca contra su voluntad. Y si no, por qu
se condujo tan desagradecidamente, tan vilmente con ese hombre que la
haba defendido, que se interesaba por ella, que la quera, tal vez?
Por qu cometi esa indignidad? Durante toda la noche haba tratado
de no pensar en el desconocido. Pero era intil. En sus actitudes, en
sus ojos y en sus palabras vea algo de grande y de fascinante que
le diferenciaba de cuantos ella conoca. Qu coraje y qu rareza el
atreverse con la patota! Se senta incomprensiblemente atrada hacia
l. Tema encontrarle alguna vez y al mismo tiempo deseaba verle de
nuevo. Y para qu deseaba verle? No saba, no saba y no deseaba
saberlo.

Pero si esta preocupacin era absorbente, no lo era menos el imaginar
su porvenir. Ah, si el Pampa la arrojase de su casa! Era horrible
tener que buscar otro hombre, mendigar una proteccin, caer quizs en
lo que tanto tema. Decase que aceptara los favores del sujeto ms
perverso, del ms brutal, antes que vivir pasando de mano en mano. Lo
que llamaban "la vida" se le presentaba como un fantasma aterrador.
Ella se haba dado a "la vida" en dos ocasiones de su existencia, y
saba que el vivir as significaba un atroz tormento, inagotables
temores, la angustia del maana. Prefera morir antes que resignarse
a aquello. Ella quera ser buena, ser honesta, y nada envidiaba tanto
como la situacin de las mujeres que tienen la enorme dicha de poder
vivir normalmente. Ella no se arrepenta de lo que haba sido, de lo
que era todava. Era suya la culpa? Un miserable la enga; su madre,
dominada por un hombre inconsciente y falto de toda simpata humana,
se neg a recibirla, arrojndola as al vicio; y en las tiendas, las
fbricas, en todas partes donde estuvo empleada, la persecucin de
los hombres y la penuria de los sueldos la oblig a envilecerse. Pero
ella no guardaba rencor contra nadie. A su madre ya la haba perdonado
y hasta le encontr razn. No, nadie tena la culpa. Todo era obra
del destino, que la condenara a ser mujer de la vida. Una implacable
fatalidad la haba empujado violentamente hacia el mal. Intil
defenderse, luchar. El mal era ms poderoso que la voluntad de una
pobre mujer. El mal la haba vencido, arrojndola torpemente sobre un
infame lecho de alquiler.

En cuanto al poeta bohemio que fu su amigo, el recordarlo atenuaba un
poco los sufrimientos de la noche. Fu bueno, leal, compasivo. Tena
un gran corazn, saba las ms bellas palabras de consuelo que se
inventaron en el mundo. Riga la haba hecho ms inteligente y le haba
enseado a aceptar sin protesta las injusticias del destino. Y ahora,
estara murindose? Habra muerto ya, tal vez? La tarde anterior
haba ledo en un diario la noticia de la enfermedad del poeta. Y esto
la aniquil, poniendo en su alma tal tristeza que en toda la noche del
cabaret no pudo desasirse de ella un solo instante.

Nacha crease casi culpable de la muerte de Riga. Porque ella le
abandon precisamente cuando l ms necesitaba su apoyo. Por qu hizo
eso? Por qu esa eterna contradiccin en su vida? Dej su casa cuando
ms quera a su madre y a su hermana; adoraba a Riga, y huy de su
lado; senta simpata y admiracin por aquel hombre del cabaret y se
burlaba de l. Por qu era as? La noche entera pens en Riga, desde
el instante en que le conoci hasta el minuto trgico del abandono.

Fu en la casa de huspedes de su madre. All se hicieron los dos
bastante amigos. Ms tarde, perdida ya ella, supo las desgracias del
bohemio, y en medio de las gentes infames o groseras que le rodeaban
le record como una alma noble y pura. Aos despus se encontraron,
cuando ella trabajaba como camarera en un caf-concierto. Riga pasaba
por momentos de inmensa angustia. Se vieron algunas noches, se contaron
sus penas, se emocionaron por sus mutuos sufrimientos. Y se unieron.
Vivieron juntos tres aos, adorndose, adorndose en medio de la
miseria, del dolor, de la desesperacin. Los dos trabajaban, pero el
Destino, que quera ensaarse en ellos, fu ms fuerte y los venci. Y
cayeron, cayeron... Riga se hundi en el vicio, dej de escribir. Ella
padeci hambre, quitndose el pan de la boca para que l no pereciera.
Pero lleg un da en que todo deba concluir. No era posible padecer
ya ms. La vida y la juventud reclamaban sus derechos. Y entonces ella
se fu, llorando, sufriendo hasta ms no poder, destrozada fsica y
moralmente.

Poco antes de las siete salt otra vez de la cama sin que Arnedo la
sintiera, y, envuelta en su kimono, sali a la puerta del departamento.
Vivan en un cuarto piso. Se acerc al ascensor y toc el timbre para
llamar al portero. Cuando el hombre subi, le pidi ansiosamente el
diario _La Patria_, al que se hallaba suscrito Arnedo; y como le dijese
que an no llegara, lo mand comprar con urgencia. Mientras el portero
iba en busca del diario, Nacha, inquieta, no haca sino asomarse a la
ventana de la calle y salir a la puerta del departamento. La maana
estaba neblinosa y el cielo tena un color amarillento, sucio. Haba
mucha humedad y los vidrios y las maderas sudaban largas gotas. Nacha
tuvo un doloroso presentimiento. Qu poda anunciar un da semejante
sino tristezas? Plida, temblando, corri hacia la puerta, donde ya el
hombre esperaba con el diario.

Abri el peridico, busc vidamente... All estaba la terrible noticia
que le traspasaba el corazn y la estremeca y le apretaba la garganta
como una garra implacable. Sin fuerzas, pudiendo apenas caminar, fu
hasta la salita y se arroj en un sof, con el diario en la mano. Se
senta deshecha. All permaneci mucho tiempo. Lloraba, lloraba la
pobre Nacha... Aquel muerto, que el diario despeda con frases de
cario, era Carlos Riga, el poeta todo corazn, todo bondad, que haba
sido su amante y su amigo en los mejores aos de su vida; el muchacho
ingenuo que haba purificado a su alma de lo material; el idealista que
la haba llenado de ilusiones y de ensueos; el hombre bueno que jams
tuvo para ella una palabra que no fuese afectuosa. Ah, cmo no iba a
llorar la muerte de un alma como aqulla! Ella no lo vea jams, no
poda verlo, pero deseaba saber que viva para no ser del todo mala y
no caer en el fango completamente.

Cmo llor! Y era que aquella muerte se llevaba para siempre las
nicas horas felices de su existencia de esclava, de su horrible
existencia de paria. Se llevaba su sola esperanza de redencin!
Toda su vida iba a ser trastornada ahora. Era llegado el momento de
hacer examen de conciencia, de recordar, de recordarlo todo, todo...
Y estaba tan olvidada del pasado! Pero no porque hubiese querido
olvidarse de su madre, de su hermana, de los aos de la casa de
huspedes, de las dulces horas de amor que viviera con Carlos Riga.
Era que para poder vivir necesitaba olvidarse de todo aquello. Una
continua lucha por olvidar haba sido su vida!

Cuando Nacha se levant del sof, despus de haber ledo infinitas
veces el carioso suelto de _La Patria_ en elogio del poeta muerto, ya
no tena lgrimas, de tantas que haba llorado. Compuso su rostro, pues
tema que el Pampa ya estuviera en pie y viese su fisonoma alterada,
y se dirigi a su cuarto de vestir. No oa ruido ninguno en el
dormitorio, y se asom. El Pampa roncaba, ignorando el drama interior
que se desarrollaba a su lado. Entonces Nacha fu a su ropero y sac el
libro de Riga. Ella lo haba comprado antes de ser su amante. Despus
l le puso una dedicatoria, amorosa y sentimental, que ocupaba las dos
primeras pginas en blanco. La ley apresurada, temiendo que Arnedo
se levantase, hoje el volumen varias veces y termin por besarlo
enternecidamente, con los ojos en lgrimas.

Luego volvi a la salita, tom su desayuno, habl con la cocinera,
intent escribir a su hermana. Despus no supo qu hacer. Habitualmente
se quedaban en la cama hasta las once o las doce. All se desayunaban
y lean el diario. Pero aquella maana no hubiera podido permanecer en
el lecho comn, junto al Pampa. Tampoco poda quedarse en el cuarto de
vestir. Temblaba de encontrarse frente a frente con Arnedo, pues saba
que l iba a pedirle cuenta de su tristeza de la noche anterior y de su
empeo en no bailar. Se fu al comedor, que era el cuarto ms alejado
del dormitorio. Crea retardar as el momento que tema. Permaneci
all casi una hora, pensando en Riga, imaginando lo que el Pampa le
dira. Se vi golpeada por su querido, arrojada de la casa a puntapis.
Qu iba a pasar? Varias veces pregunt a la sirvienta si el seor se
levantaba. Por ella supo cundo se despert, cundo pidi el desayuno,
cundo fu al bao. Era de extraar que no preguntara por ella, y
este silencio le aterrorizaba. Por fin, a las doce, sabiendo que iba
a terminar de vestirse, se prepar a esperarle. Estaba intranquila,
turbada, muy nerviosa.

Luego, oy sus pasos en el escritorio, cuarto vecino al comedor. Sinti
que abra la puerta. Desde all, mirndola apenas y sin darle los
buenos das, el Pampa la llam por medio de una sea.

Nacha, al entrar en el escritorio, sinti sobre ella los ojos
agujereantes de Arnedo. Qued cohibida. No saba adnde mirar. El
Pampa la observaba con una dura sonrisita perversa, complacindose en
turbarla y afligirla. De pie, apoyando su espalda en una mesa, Arnedo
tena ambas manos en los bolsillos del pantaln y la galerita sobre la
nuca.

--Quiero saber ahora mismo qu te pasaba anoche.

--Nada, estaba enferma, te lo dije...--habl ella sentndose.

El Pampa, como si no hubiera odo, se puso a silbar un tango. Nacha,
muerta de miedo, apenas poda hablar.

--Enferma, eh?

Los ojos del sujeto se clavaron sarcsticamente en los de la muchacha.
Hubo un silencio que a ella le pareci inacabable. Oa el sonar de unas
llaves que el Pampa agitaba con la mano dentro de un bolsillo. El Pampa
finga sonrer, cuando de pronto, en un impulso de exasperacin, casi
gritando y acompaando su exclamacin de palabrotas, exclam:

--Enferma! Te penss que me vas a engaar, sarnosa?

Nacha, asustada, se retiraba hacia el sof. Le temblaban las piernas y
las manos. Tartamudeando, medio llorosa, le pidi que no gritara as,
que ella no haba querido ofenderlo.

--He de gritar, desgraciada! Ya te he dicho que no permitir que
tengas amores con nadie. Tenas anoche esa cara de idiota porque te
gusta alguno, quin sabe si el sarnoso que sali a defenderte. Y no he
de tolerar que me pongs en ridculo. Me has odo? Yo no mantengo una
mujer para que vaya a lloriquear, a los cabarets y a hacer papelones.

--Estaba enferma, te digo.

--Mentira, he dicho! Si volvs a repetir ese pretexto, te rompo el
alma.

--Perdonme, Pampa... No grits as...

Arnedo empez a pasearse por el cuarto y a vociferar como un
energmeno. De su boca salan las ms groseras interjecciones. Sus
ojos brillaban terriblemente. Nacha pens en decirle la verdad: que su
tristeza era debida a la agona de aquel hombre a quien tanto quiso;
pero tuvo la certidumbre de que Arnedo no le creera. Adems, no tena
razn para sospechar que su sentimiento hacia un hombre a quien nunca
vea, y por lo mismo que Arnedo no poda comprenderlo, irritase ms al
Pampa? Prefiri callar, soportar en silencio sus injurias y su enojo.

Al fin, Arnedo decidi marcharse, ya algo apaciguado. Dijo que no
volvera para almorzar. Y sali sin mirarla. Nacha le sigui hasta la
puerta, sumisa, llena de miedo todava. Hasta se le acerc, como para
que l le diese un beso o le hiciera un cario; pero Arnedo la apart
con desdn y golpe tras s la puerta del departamento. Nacha, apenas
sali el Pampa, se ech a llorar. Necesitaba este desahogo. Y qued
contenta, pues el encuentro "haba salido bien" para ella.

Durante el medioda y las primeras horas de la tarde, no pens sino en
Riga. Haba resuelto ir al cementerio, quera ver dnde lo enterraban.
Se vestira de negro, muy sencillamente, a fin de no llamar la
atencin. Deseaba tambin ser digna, en aquellos momentos siquiera, del
poeta humilde que tanto la haba querido.

Haba terminado de vestirse, a eso de las tres, cuando la sirvienta
vino a anunciarle que preguntaban por ella.

--Quin es? Qu quiere?

--Un seor. Pero se niega a decir quin es.

Nacha tuvo un presentimiento. El corazn comenz a latirle
apresuradamente.

--Y no sabe que yo no recibo a ningn hombre? Un seor, dice? Bien
vestido?

--S, seora.

--Dgale que no estoy. Pero espere... S, dgale que no estoy, no ms.

La sirvienta sali, para volver en seguida.

--Seora... no ha querido irse... no ha querido por nada,--deca la
muchacha alarmadsima, haciendo grandes gestos con los brazos.--Se ha
entrado en el escritorio. Es un seor bien vestido, pero...

Nacha, nerviosa y con un poco de miedo, se dirigi al escritorio. Su
estupefaccin fu inmensa al encontrarse frente al hombre del cabaret.




                                   V


--Quin es usted? Qu quiere conmigo?--pregunt Nacha, pasado el
primer momento de asombro y al ver a su visitante silencioso.

--Quin soy? Un hombre cualquiera, que la ha visto sufrir y que se
interesa por sus desgracias.

--Pero seor... Debi comprender que no deseaba volver a verlo. No
puedo recibirlo. Me hace un mal viniendo aqu. Me expone a un disgusto
serio, tal vez a perder mi situacin.

--Su situacin es lo que usted ms detesta...

--Cmo sabe? No es cierto. Aqu vivo tranquila, tengo casa, soy
libre...

La mirada del hombre la hizo interrumpirse. Callaron. El visitante no
apartaba sus ojos de Nacha. Ella vea que l intentaba hablar, pero
evidentemente no se atreva. Por fin, emocionado, y con una voz dulce y
triste, empez:

--Nacha... s que as es su nombre... no me ha dicho la verdad. Ni vive
tranquila, ni es libre. Usted sufre. Anoche he comprendido hasta qu
punto sufre. Desde que la he visto he sentido por usted una profunda
lstima...

--Ah, s?--exclam Nacha, riendo falsamente.

Estaba resuelta a no continuar aquella conversacin. En aquel instante
se encontraba molesta ante ese hombre que se haba entrado en la casa,
que la estaba comprometiendo y que todava se permita declararle que
senta lstima de ella.

--S, una profunda lstima--repiti l, que no se di por aludido al
verla reir.

--Qu bueno! Sabe que es un tipo notable?--dijo Nacha, riendo siempre
forzadamente.

--Vida dolorosa la suya!--continu el visitante, como si hablara solo
y no hubiese odo las palabras de Nacha.--Vive en la humillacin, en el
sufrimiento, en el terror constante de lo que vendr. Eso no es vivir,
Nacha.

--Ser morir, entonces? Sabe que me divierte? Lstima que deba irse
en seguida! Porque si el Pampa lo encuentra... Ojal viniera pronto!

Estaban an de pie, en medio del cuarto. El visitante oa con tristeza
a Nacha, que desahogaba su nerviosidad en palabras y palabras,
precipitadamente, mezclndolas con un incesante reir simulado y con
incoherentes movimientos de las manos y de los brazos.

--Se ha credo que yo me interesaba por usted...? Qu gracioso! No se
haga ilusiones. Da risa pensar! Porque usted est loco. Solamente un
loco hace estas cosas... Adems, yo lo quiero al Pampa. Ah tiene lo
que somos las mujeres! Me trata mal, me desprecia, me pega... Y bueno:
yo no he de abandonarlo por cualquier monigote que se presente...

El hombre, por toda respuesta, le tom una mano y la condujo hasta el
sof. La hizo sentar. Y con la misma voz de dulzura, de sinceridad y
de afecto que haca unos instantes, le habl as:

--Si usted, Nacha, no se rebela contra ese hombre, es porque teme una
vida peor. Sufre intensamente slo de pensar que maana, el da en que
la abandone, tendr que andar de mano en mano.

--Eso no. Con qu derecho me insulta? Yo soy una mujer honrada, sabe?
Honradsima.

Y encontrando, sin duda, cmicas sus palabras, se ech a reir de
pronto. Pareca que en aquella risa mala mostraba Nacha un gran
desprecio de s misma y a la vez el orgullo de vivir como viva. Su
interlocutor la compadeca cada vez ms.

--Por qu es as, Nacha?

--Cmo?--exclam ella, sin cesar de reir.

--Quiere aparentar lo que no es! Quiere parecer mala y es buena.

Nacha, bruscamente, se puso seria. Baj los ojos al suelo y as estuvo
unos segundos. No se mova. Revelaba una honda preocupacin. Al cabo
levant los ojos, y con lentitud, serenamente, mir al desconocido. Le
mir hasta el fondo de los ojos y qued asombrada de la limpidez y de
la paz que haba en ellos. Baj los suyos otra vez, y otra vez volvi
a levantarlos hacia l. Al cabo de un largo silencio, con voz suave y
triste, hablando lentamente, le pregunt:

--Quin es usted? Dgame cmo se llama...

l le dijo quin era.

--Fernando... Monsalvat...--repiti ella, como si quisiera grabarse
este nombre.

Y agreg, con una dulce sonrisa y con acento suave:

--Por qu ha venido a esta casa? No es para traerme ningn mal?

--Es para traerle bien, amiga ma.

La muchacha volvi a sonreir y de nuevo baj los ojos para mirar en
seguida a Monsalvat.

--Amiga ma... Qu lindas palabras! De veras, sera mi amigo? Amigo
del corazn? No sabe el bien que me hace, hablndome as! No sabe
el bien que me hace dicindome que no soy mala! Pero s, soy mala.
Solamente que hago todo lo posible para que me crean peor.

Baj an ms la voz, y, un poco avergonzada de sus palabras, dijo:

--Las mujeres de la vida tenemos necesidad de aparentar otra cosa.
Parece que as nos olvidamos mejor... Parece que as fusemos otras
mujeres. Yo hasta creo que puedo no culpar a la de antes, de lo que
hace la desgraciada que soy ahora...

Qued en silencio, profundamente pensativa.

--Por qu tanto empeo en olvidar?--pregunt Monsalvat.--No sera
mejor recordar, ya que para ustedes el presente es tan triste?

--Triste? No, no es triste. Con el criterio del mundo, puede ser; pero
en la realidad, no. El presente es para nosotras peor que triste: es
vaco, es inconsciente. Vivimos en el aturdimiento, vivimos casi... sin
saber que vivimos...

--Pero recordar el buen pasado, soar... por qu no?

--Recordar?--pregunt ella con una expresin tristemente dolorida,
como si un mundo de viejos sufrimientos se hubiese agolpado a su
imaginacin.--Para qu recordar? Para sufrir?

--S, amiga ma: para sufrir. Si ustedes no sufrieran, seran criaturas
odiosas. Si son dignas de simpata y de piedad, es porque sufren. Por
eso, ustedes deben desear, buscar, bendecir el dolor...

Nacha se llev las manos a la cara. Monsalvat, en medio de la pena y de
la compasin que experimentaba, psose contento. Aquel dolor de Nacha
significaba para l una esperanza.

--Pero no--exclam Nacha, de pronto, exaltndose otra vez.--Nosotras no
tenemos el derecho de sufrir.

--No hay derecho ms respetable para el ser humano.

--Pero no ve que debemos estar siempre alegres, bailar, reir, dar
caricias? Cmo podramos ser mujeres de placer si sufriramos?
Dejndonos dominar por el dolor, nos volveramos antipticas, porque en
nuestro oficio no ser expansivas y alegres, no estar dispuestas para
las bromas o las caricias, es ser odiosas, es como si robramos el
dinero que se nos paga.

Una sonrisa de amargura apareci entre sus labios. Monsalvat la
escuchaba doblado, con un codo en la rodilla y la mano en el mentn,
mirndola fijamente, como si quisiera beberle el alma.

--Nosotras necesitamos hacernos otro modo de ser--continu
Nacha.--Necesitamos cambiarnos el carcter como nos cambiamos el
nombre. Acaso nos mudamos nombre por vergenza o por temor de nuestra
familia? No, no es eso. Nos ponemos otro nombre porque as nos parece
que no somos nosotras... Es como en el carnaval. Usted se disfraza y
hace y dice cuantos disparates se le ocurren. Y se avergenza despus?
No, porque le parece, una vez quitado el disfraz, que no era usted
mismo...

Despus de un breve silencio, Monsalvat pregunt:

--Y anoche? Por qu esa tristeza suya?

Por su conversacin con Torres, l saba cul era el motivo. Sin
embargo, esper la respuesta con ansiedad.

--Ah tiene las consecuencias de sufrir. No se va al cabaret para estar
triste y para llorar como una sonsa. El Pampa tena razn en su enojo.
Pero yo, qu iba a hacer? Estaba llena de dolor... Un verdadero amigo
de otro tiempo, el nico hombre que he querido de veras, se estaba
muriendo. Hoy es un da de tristezas para m. Suerte que estoy sola!
As podr recordar muchas cosas lindas. Hoy puedo darme el placer de
sufrir...

Al oir estas palabras, Monsalvat se estremeci. Se senta feliz de que
Nacha sufriese, pero al mismo tiempo aquel amor hacia el bohemio le
infunda una vaga tristeza. Interrumpi a Nacha para decirle que haba
conocido a Carlos Riga.

--Lo conoci? De veras? Dnde, cundo?

Desde este instante, Nacha consider a Monsalvat como a un hermano. La
extraa simpata que experimentaba hacia su visitante lleg al colmo.
Le tom una mano y le rog que le contase todo lo que supiese de Riga.
Le miraba con una gran ternura. Los ltimos restos de desconfianza
haban desaparecido. Ahora le hubiera contado toda su vida, mostrado
toda su alma. Haber conocido a Riga! Qu mayor ttulo para alcanzar
su amistad?

Hablaron de Riga largamente. Monsalvat refiri que le conociera por
Eduardo Itrbide. Pero no fueron amigos. Monsalvat jams frecuent
los crculos literarios y bohemios que frecuentaba el poeta. Nacha
exalt las cualidades de su amigo: el alma ms bella que hubo nunca,
el ser ms generoso, el corazn ms lleno de bondad. Pareca que se
iba emborrachando al acordarse de Riga. Hablaba como aturdida, en un
monlogo atropellado, frentico a veces, en frases cortadas. Lleg un
momento en que los ojos se le llenaron de lgrimas, en que temblaba, en
que una grande emocin la conmovi intensamente.

--Y pensar que esta mujer, que esta mujer miserable que le habla, lo
abandon... A l, el ms bueno de los hombres! Y todo por miedo a la
pobreza, al hambre... Yo he sufrido mucho, pero mucho, Monsalvat...
Sufr cuando el hombre que me deshonr quiso que evitramos nacer al
hijito que yo llevaba en mi vientre. Mi hijito, que era para m la
nica seguridad de la vida, lo nico que poda acercarme a mi madre,
lo nico que poda volverme a la vida honrada... Cmo sufr! Usted
ahora me ve llorando y me tiene lstima, y esto no es nada al lado de
la angustia de aquellos das, cuando supe que haba tanta maldad en los
hombres, tantas miserias en la vida. Padec entonces horriblemente... Y
sin embargo, tampoco eso era nada al lado de lo que sufr al abandonar
a Riga...

La pobre muchacha se puso a llorar con tal ansia que era como si toda
la casa temblase con su llanto. Monsalvat, penetrado de un gran dolor,
le deca palabras consoladoras. Y l mismo no saba de dnde sacaba
aquellas palabras, pues jams las oy ni las pronunci en su vida. El
intenso sufrimiento de Nacha le haca a l un extrao bien.

--Me acuerdo de aquella maana en que lo dej. Me acordar en todos los
das que me d Dios. Vivamos en un cuarto pobrsimo, oscuro, chico,
sin aire, el cuarto ms miserable del ms miserable conventillo! Ni
muebles tenamos... Apenas nos quedaban dos catres, viejos, rotos,
sucios... Yo no haba dormido esa noche. La pas llorando, meditando mi
plan, imaginando la pena de l cuando no me encontrase...

Se detuvo un momento, porque el llanto la ahogaba. Aspir el aire con
toda la fuerza de sus pulmones, y prosigui:

--Al amanecer me vest y arregl un atadito con las pocas ropas que
tena. Todo fu hecho con calma... con toda la calma imaginable.
Quera retardar el momento terrible. Por fin lleg. Iba a dejarlo, a
l, que tanto me quera! Cmo me cost resolverme! Lo mir. Dorma
profundamente. Me acerqu en puntas de pie, lo bes en la cabeza... No
s lo que pas por m en aquel momento. Deb recostarme en la pared,
porque el mundo se deshaca para m. Me faltaba el corazn. Cre que
me iba a morir. All estuve un largo rato, sin moverme, estupefacta.
Cuando tuve fuerzas para apartarme de all, me sent en mi catre
llorando. Deb llorar lo menos una hora. Despus comenc a salir. Cada
paso me costaba un dolor en el alma. Avanc as, paso a paso, un paso
cada siglo, ahogada en llanto, mirndolo siempre a l... Por qu lo
dej? Por qu, Dios mo, comet esa infamia? Por fin, llegu a la
puerta; y cuando cre que nadie de la casa poda verme, ech a correr,
ech a correr como una loca, baj la escalera... no, me arroj escalera
abajo, y cuando estuve en la calle, ca en el umbral y me qued all yo
no s cunto tiempo llorando...

Monsalvat tena que luchar consigo mismo para no emocionarse.

--Tiene que contarme su vida, toda su vida, desde que dej la casa de
su madre...

Nacha resisti un poco, pero termin hacindole la confidencia plena de
sus desgracias.

--Yo tena veinte aos, pero era una chica. No saba otra cosa que
pelearme con mi hermana y cambiarme sonrisas y miradas con los
pensionistas de mi madre. Uno de ellos, que se llamaba Belisario
Ramos, consigui enamorarme. Yo lo consider mi novio y no dudaba de
que se casara conmigo. Una maana se fu de la casa. Convinimos en
encontrarnos esa tarde en la plaza del Once. "Para hablar de tantas
cosas", me dijo l; "para combinar nuestros planes, ya que ahora nos
ser difcil vernos." Me hizo subir a un carruaje y me llev muy lejos,
a una casa cerca de la Chacarita. Yo no me imaginaba lo que l haba
planeado. Intent la violencia contra m. Yo me defend, llor, le ped
por favor que me dejara. Todo fu intil. Era fuerte, era hbil y yo
estaba enamorada. Qu otra cosa poda suceder si no lo que sucedi?
En fin, haba pasado mucho tiempo, y yo, afligida por mi madre y mi
hermana que me esperaran, quise salir de all. Me dijo entonces que
era demasiado tarde para volver a la casa. Me desesper, llor otra
vez. Una mujer, duea de la casa, vino a aconsejarme, a convencerme
que me quedara all con Ramos, que viviramos juntos... Yo pens que
ante mi madre y toda la gente de la casa, ya estaba deshonrada. Qu
iba a decir si volviese? Cmo explicara semejante tardanza? Me
qued, resignada a todo, deseando que la polica viniese a buscarme y
me llevase a casa. Y viv con Ramos, que es el hombre ms canalla que
hay en el mundo. No trabajaba en nada; el dinero con que comamos era
el que l peda prestado y no devolva jams. A los dos meses quiso
explotarme. Llev al cuarto a algunos estudiantes que tenan dinero,
y me dejaba sola con ellos, para que yo los enamorase. Un miserable
de la peor especie! Por fin, despus de ao y medio de la tarde
funesta, supe con alegra que iba a ser madre. El canalla pretenda
que no dejsemos nacer a nuestro hijito, a ese hijito mo que sera mi
nica dicha en la vida. Discutimos, me peg brutalmente. Al ltimo,
me abandon. Yo le escrib a mi madre, y mi madre no quiso orme. El
abandono del padre de mi hijo fu para m algo monstruoso. No slo por
dejarme as, sino por la crueldad que eso significaba, por la maldad
que mostraba aquel hombre. Me despreci por haberlo querido y tuve
una enorme lstima de m misma. Me enferm, fu al hospital, perd mi
hijito, que naci muerto...

Se detuvo, fatigada, sufriente, dominada por la emocin. Monsalvat
la contemplaba tan bonita, con su aire bastante distinguido, con su
aspecto modesto, realzado ahora por aquel sencillo vestido negro que
se haba puesto para ir ms tarde al cementerio. Monsalvat vea que
era muchacha buena y honesta en el fondo, una vctima de la voracidad
masculina, del egosmo, de la injusticia social.

Nacha refiri luego sus esfuerzos para trabajar y vivir honestamente.
Entr en una tienda, donde padeci mucho. Como no saba hacer nada,
le dieron la ltima categora de las vendedoras. Veinticinco pesos
mensuales y once horas de trabajo. Tena un inters en lo que vendiese;
pero como las vendedoras primeras se acaparaban todas las ventas,
lo que ella ganaba en tal concepto era una miseria. No tena, pues,
ni para comer. El gerente le hizo el amor, amenazndola con echarla
si no se le entregaba. Las compaeras eran casi todas vctimas como
ella, pero haban resuelto su situacin: tenan amantes que les daban
dinero, o frecuentaban las casas de citas. Eran unas perdidas, muchas
de aquellas muchachas. No hablaban sino de regalos, de alhajas, de
vestidos y de obscenidades. Un da, una de ellas, con la que haba
hecho gran amistad, le dijo que era intil querer ser buena y resistir.
Todas caan, tarde o temprano, porque se era el destino de las
muchachas pobres, porque as lo queran los ricos. Era una excelente
muchacha, trabajadora, buena, todo corazn; le declar que ella, para
sostener a su madre viuda y sus cinco hermanitos, necesitaba acudir dos
o tres veces por semana a cierta casa oculta donde iban seores serios.

--Era inevitable que yo me perdiese--continu Nacha.--Qu iba a
hacer? Tena a dos pasos la tentacin. Luch algunas semanas, pero las
deudas, el hambre, la necesidad de vestirme bien, el lujo que vea a mi
alrededor, hasta la creencia absurda de que as me libraba del gerente,
contribuyeron a perderme. Y un da, le ped a mi amiga que me llevara
a aquella casa...

Baj los ojos, avergonzada. Monsalvat le rog que siguiera, dicindole
que ella no tena la culpa, que eso deba ocurrir fatalmente. Nacha
sigui, refiriendo todo lo que haba sufrido durante las primeras veces
que acudi a aquella casa.

--Y vivi mucho tiempo de ese modo?--pregunt Monsalvat, aprovechando
un silencio de su interlocutora.

--Seis meses. Pero un da, sent tanta repugnancia de semejante vida,
que dej la tienda y no volv ms a aquella casa. Trabaj en costuras,
fu corsetera, hice flores artificiales... No tuve suerte. Fu bajando
poco a poco, aceptando cada vez los oficios ms modestos. Y siempre
llena de deudas! Mientras tanto, no haba hombre que no me pretendiese.
Por huirles cambi de oficio en ms de una ocasin. Les tuve odio,
miedo, repugnancia. Por fin, despus de varios aos de un continuo
padecer, vine a caer como camarera en un caf-concierto. All fu ms
insoportable la persecucin de los hombres, pero ganaba bastante con mi
trabajo y tena un cuartito limpio y decente, con muebles mos. All,
una noche, despus de un ao, me encontr Riga...

--Y despus?

--Despus que abandon a Riga? Pues... volv a caer, esta vez para
siempre. Viv unos meses con uno, un ao con otro, hasta que termin
por entregarme completamente a la vida. En una de esas casas reservadas
me encontr Arnedo y me sac.

Quedaron silenciosos un largo rato. Nacha estaba inmvil. Tena los
ojos enormemente abiertos. Qu miraba? En qu pensaba? Monsalvat
crey que haba llegado el momento trascendental, y dijo:

--Ahora, Nacha, tiene que cambiar de vida...

Ella, sin mudar de posicin y sin mirarle, movi dos veces la cabeza,
lentamente, de derecha a izquierda.

--Cmo? Y su arrepentimiento...?

--Yo no estoy arrepentida--contest ella pronunciando slaba por slaba
y mirando a Monsalvat.--No estoy arrepentida porque no he buscado el
mal.

--Pero no lamenta la vida...?

--Dios sabe que he sufrido espantosamente. Cmo no he de lamentar una
vida tan desgraciada?

--Y entonces, por qu no quiere dejarla?

--Quiero, pero no puedo. Mi destino es ser una mala mujer.

Monsalvat sinti en ese instante que el sentimiento de su corazn
asomaba a sus labios, pronto a persuadir y a inflamar el corazn de
Nacha en el vehemente anhelo del bien. Le tom las dos manos, que ella,
con un dbil movimiento de resistencia, intent negarle.

--Nacha, hay que cambiar de vida inexorablemente. Es preciso que usted
sea usted misma, que recupere su personalidad, que viva. Que viva,
comprende? Que pueda soar, amar, recordar... Su alma exige ser libre,
y la libraremos de la esclavitud... Piense en todo lo que ha sufrido.
Pues todo eso no es nada, absolutamente nada, junto a los padecimientos
trgicos que le esperan. La juventud pasar pronto para usted, y un
da se encontrar vieja, enferma, fatigada, hecha un harapo humano. La
devorar la tuberculosis, le contagiarn males horribles; y si no se
vuelve idiota, se quedar paraltica. Pero antes, ir cayendo, cada
vez ms abajo, ms abajo... Llegar un da en que ser definitivamente
esclava. El traficante que acecha en cada esquina le echar sus garras,
y, una vez en la casa triste de las mujeres explotadas, se volver una
simple bestia de placer. Y all no hay vida verdadera, ni esperanzas,
ni porvenir. No hay ni amor, porque no es amor el instinto criminal
del compadrito que la maltratar y la robar. Ser vendida como un
mueble, en subasta. Cunto vale esta mujer? Tanto. Llvesela, es suya.
Y rodar hasta los antros ms inmundos para servir de placer a los
hombres ms abyectos, a los ms repugnantes. Despus, nadie la querr
por vieja y por fea. Los hombres ms asquerosos le tendrn asco, y
su esperanza ser morir en un hospital, sola, sin una lgrima que la
llore, sin una palabra de piedad en su agona. Nadie sabr que dej
usted el mundo. Ser arrojada en su tumba, como se arroja dentro de la
tierra un perro muerto...

--No siga, no siga, por amor de Dios! Es espantoso!

--Es la verdad, Nacha. Es lo que le espera si no cambia de vida.

--S, s. Quiero ser otra. Y usted me ayudar, usted, que es tan
bueno...

La infeliz criatura lloraba desesperadamente, con sollozos cortados,
retorcindose, echando hacia atrs la cabeza, estirando los brazos y
levantndolos como en una trgica imprecacin al cielo.

Llamaron a la puerta. Nacha se estremeci, sobresaltada. Se arregl
rpidamente para ocultar su llanto y se dirigi a la puerta de la
habitacin. Era la sirvienta, que traa una carta de Arnedo. Aterrada,
no se animaba a abrirla. Se la entreg a Monsalvat, quien la ley.
Arnedo comunicaba que aquella noche ira a comer con cuatro amigos.
Nacha tom el papel y se qued inmvil, muda, mirando a lo lejos.
Monsalvat le habl, pero ella permaneca en silencio, con el ceo
arrugado, sin mirarle. Una expresin trgica pareca esculpida en su
rostro. Temblaba toda entera, ligeramente. De pronto, llevndose las
manos a la cabeza, exclam:

--No, no, no! No puede ser! Es una locura! Vyase, vyase
ahora mismo. No quiero verlo nunca ms. He estado loca. Vyase
inmediatamente!

Monsalvat la miraba estupefacto, sin saber qu pensar de aquella
actitud. Crey que perda para siempre a Nacha. Intent hablar,
explicar. Pero era intil. Ella le sealaba la puerta, implacable,
resuelta, con una energa desconocida. Monsalvat tuvo que salir. Y
se fu con el corazn destrozado y con la certeza de que una gran
catstrofe haba cado sobre su vida. Nacha ni siquiera le dijo adis.

Las dos lneas de Arnedo haban bastado para que Nacha volviese a la
realidad, es decir, a lo que ella crea la realidad. Lo que imaginaba
una locura, una cosa imposible, era la realidad verdadera. La otra, la
que ella viva, era una realidad fugaz e inconsistente.

En un esfuerzo enrgico abandon sus lgrimas y sus recuerdos. Se
sinti otra vez la Nacha de antes, Lila, la bailarina de tangos y la
mala mujer de la vida. Desech por un instante hasta la memoria de Riga.

Pero luego, hacia las cinco, su corazn pudo ms que su voluntad.
Repentinamente, con desesperacin, como con temor de volverse atrs,
se puso en un segundo el sombrero, baj a la calle, se fu en un
automvil al cementerio.

Lleg en el momento de los discursos. Se situ lejos del lugar,
disimulando para no ser notada. Vi con infinita tristeza que apenas
veinte personas haban ido a despedir al poeta. Cuando todos partieron,
se acerc al nicho donde fuera colocado el cadver de su amigo. Con el
pauelo en los ojos permaneci all largo rato. En su inmovilidad, su
humilde traje negro, su llanto silencioso, su actitud de sufrimiento,
pareca una imagen del Dolor. La tarde estaba oscura. Lloviznaba
y haca fro. Cuando arreci la lluvia, Nacha se apart de all
lentamente y volvi a su casa.




                                  VI


Monsalvat no se explicaba cmo, despus de los acontecimientos de la
noche anterior y de aquella tarde, poda encontrarse en el palacete de
Ruiz de Castro, comiendo en compaa de personas mundanas. Parecale
que se traicionaba a s mismo, que no era fiel a su transformacin
espiritual. Y qu abismo entre la vida dolorosa de Nacha y la vida
feliz de las lindas mujeres que le rodeaban! Y qu abismo entre su
dilogo atormentado, trgico, sufriente con la pobre muchacha y las
conversaciones, elegantes y risueas, que burbujeaban en aquella mesa
aristocrtica!

Era curioso que el contacto con la realidad le hubiese hecho olvidar
sus sensaciones pasadas. Slo tena en este instante una vaga idea de
cuanto sufriera y de cuanto le aconteciera. Pensaba haber vivido horas
de exaltacin, tal vez de alucinante delirio. Pensaba haber vivido
horas de obsesin, dominado por un poder extrao, sin advertir la
existencia de las cosas que le circundaban, ajeno en absoluto a lo que
no fuesen sus preocupaciones.

Haba salido de la casa de Nacha en un estado que no poda definir, y
en el que se mezclaban la excitacin, la desesperacin, el sufrimiento,
la lstima de Nacha y de s mismo, y el fastidio contra s mismo.
Anduvo vagando por las calles hasta que, un poco tranquilizado, acudi
al Ministerio para informarse del empleo que le ofrecieron y buscar
distraccin. All encontr a Ruiz de Castro, que le invitara haca das
para una comida en su casa y que le exigi su presencia. No se neg.
Por qu negarse? Iba acaso a abandonar la sociedad para siempre? Y
ahora estaba all, rodeado de mujeres elegantes y de hombres de mundo.

Ruiz de Castro, ex-condiscpulo de Monsalvat, era un hombre
extremadamente amable. Su ocupacin principal consista en hacerse
simptico a todos: viejos y nios, hombres y mujeres. Tena un aire a
la vez donjuanesco y algo afeminado, unos grandes y bellos bigotes,
un cuerpo erguido. Llevaba altos cuellos, las ms ricas corbatas,
anillos magnficos. Jams se le vi con un traje que no pareciese
recin llegado de la sastrera, y no dejaba los guantes ni en los ms
terribles das del verano. Dueo de una pequea fortuna, se haba
casado con una viuda millonaria, y daba comidas y pequeas reuniones,
donde congregaba a personas de la ms alta sociedad. Abogado, famoso
_causeur_, muy inteligente. Lea mucho, entenda en cosas de arte
y considerbase muy por encima de su medio. Sus invitados eran
todos hombres de positiva cultura: mdicos y abogados prestigiosos,
profesores universitarios, polticos de talento, algn literato.
Ellos y sus mujeres, _amateurs_ en arte, gustaban hablar de cuadros
y esculturas, de msica y de versos. Naturalmente, lo argentino para
nada se tomaba en cuenta. Aquella noche se discuti sobre Zuloaga,
cuyas obras de la Exposicin Universal apasionaban a los artistas y a
los diletantes; sobre Rodn; sobre la msica de Debussy y de Strauss.
Las mujeres parecan tener mayor conocimiento y sensibilidad que los
hombres. De las diez que all haba, todas elegantes, todas bellas,
todas inteligentes--eran argentinas!--una escriba con real talento,
si bien no publicaba; otra conoca el arte y la literatura de Francia
mejor que la mayora absoluta de los escritores argentinos; y otra,
una muchacha, vecina de Monsalvat, haba hecho estudios filosficos,
siguiendo en Pars los cursos de Bergson.

Monsalvat juzgbase un extrao en este ambiente. A algunas de las
jvenes damas no las conoci hasta entonces, si bien tena relacin
con los maridos. Su presencia all era debida al cario que senta por
l Ruiz de Castro. Su amigo que, como buen argentino, y sobre todo
como buen porteo, admiraba ingenuamente el xito, se habitu desde
la Facultad a considerar como un ser excepcional a aquel muchacho que
obtena la ms alta clasificacin en sus exmenes, que daba en clase
eruditas conferencias y que iba a merecer la medalla de oro. Ruiz de
Castro, adems, vea en su amigo el prototipo de la distincin. Le
encantaban los modos absolutamente naturales y sencillos de Monsalvat,
su accionar sobrio y elegante, y aqul su deseo de no llamar la
atencin, ni por el vestir ni por el hablar, cosa que no era en l
buscada y que le preocupase en todo momento, sino algo espontneo y
oportuno. Ruiz de Castro fu quien ms contribuy a vincularle en
la sociedad. Le oblig a entrar en el Jockey; y le haca invitar a
bailes, seguro de que Monsalvat no hara jams un mal papel y deseoso
de que la sociedad reconociese el valor espiritual y personal de su
amigo. Pero Monsalvat amaba demasiado la modestia y tena un temor
del ridculo que llegaba a lo enfermizo. En el horror de "estar mal"
o de llamar la atencin, callaba sus opiniones, por interesantes que
fuesen. Reservado y desconfiado de s y de los dems, nunca dejaba ver
el fondo de su alma. No fu, pues, conocido y apreciado sino de algunos
ntimos y de las mujeres que le quisieron. Para stos era un espritu
profundo, noble, generoso; un ser sin ambiciones, modesto y sencillo;
un hombre de vida interior y de muy fuerte cultura. Para los dems, era
un individuo gris, montono, poco interesante.

Los temas de la conversacin separaban a Monsalvat de sus compaeros
de mesa. Jams le atrajo el arte, y de literatura conoca muy poco.
Haba ledo enormemente; pero novelas, versos, crtica, slo por
rara excepcin. As es que cuando aquellas mujercitas se extasiaban
ditirmbicamente hablando de Chabas o de Loti, l se senta fuera de
lugar y hasta se avergonzaba en su interior.

Monsalvat no pensaba ni quera pensar en nada de lo que le apasion
durante la tarde y la noche antes. La actitud de Nacha, arrojndole de
la casa, le haba humillado y le haba hecho desear la normalidad. Se
crea un estpido, y vea que era intil pretender regenerar a esas
mujeres. Tampoco se acordaba de su hermana ni del Pampa Arnedo, ni de
su conversacin con Torres. Parecale que el frac contribua a hacerle
olvidar todo eso y que le revesta de egosmo y de superficialidad.

En su condicin de soltero, uno de los dos nicos en aquella reunin
de jvenes matrimonios, Monsalvat haba sido colocado entre las dos
nicas "nias", como se llama absurdamente aqu a las muchachas. La
de su derecha, Elsa, era una criatura deliciosa, rubia, virginal, de
una frescura adorable. Sus hombros un tanto anglicos dbanle cierto
aire ingenuo, de pintura boticceliana, que no estaba de acuerdo con
las rosas ardientes de sus mejillas y sus labios. Pero, al revs de
las pinturas primitivas, no haba en sus lneas nada de anguloso
ni de rgido. Las curvas de su cuerpo, la cada de sus hombros, el
corte de su cara, la forma de su nariz y de su boca, eran de lneas
suaves, tendiendo a la redondez. Al hablar hacalo con una candidez
encantadora. Monsalvat la conoci en Pars, haca cinco aos. All pas
ella largo tiempo y all se educ. Poco antes de llegar a Buenos Aires
haba seguido los cursos filosficos de Bergson. Tena un singular
conocimiento de autores y de libros. Monsalvat, en Pars, haba vivido
en el mismo hotel que ella, y una vez que entr en su departamento vi
con asombro que la virgen boticceliana lea el _Satiricn_ de Petronio,
las novelas de Willy y otros libros igualmente cndidos. Tena
veinticinco aos de edad y varios centenares de adoradores. Gustaba
enamorar a los hombres. Sus grandes y trasparentes ojos azules, de una
belleza extraa, miraban de tal modo que no haba un slo hombre capaz
de resistir a su encanto. Les sonrea maliciosamente, les alababa su
talento o su distincin y aun su belleza. Escuchaba, sin turbarse ni
alterarse, las mayores enormidades, que ella sola provocar. Nunca se
comprometa excesivamente de palabra, pues todo cobraba en sus labios
un tono candoroso. Se la criticaba mucho. Elsa se azoraba discretamente
cuando una crtica llegaba hasta ella, y sonrea para mostrar la poca
importancia que conceda a esas cosas. No tena ilusiones respecto al
amor y al matrimonio. Como no senta el amor, no crea en l. Y el
matrimonio le interesaba poco. Qu idea poda tener del matrimonio,
ella que vea a todos los maridos, aun los que pasaban por ejemplares,
hacerle el amor apenas los provocaba y hasta perder la cabeza y cometer
tonteras? Juzgaba el mundo peor de lo que era, al travs de las
novelas francesas y de las cosas que le contaban algunos amigos, por
el placer enfermizo de decrselas a una mujer. Vea en todas partes
el instinto, la perversin. Era que ella no haba inspirado nunca un
sentimiento verdadero y noble, y no lo adverta a su alrededor. Y en
cuanto a sus amigas, interesbase tan poco por ellas que jams les
preguntaba sus intimidades sentimentales. Despreciaba en el fondo a las
mujeres, y las encontraba infelices cuando hablaban del amor de sus
novios o de sus maridos. Ella saba a qu atenerse, al respecto. En
ms de una ocasin, despus de oir alabar a alguna la fidelidad de su
marido, ella busc hablar aparte con el modelo de fidelidad, y en menos
de media hora, previas algunas miradas, Elsa lograba que l le pidiese
una cita o por lo menos que quisiera tomarle una mano. Monsalvat haba
tenido con ella dilogos audaces. Pero ahora, en plena crisis de su
conciencia, en pleno despertar de su alma, no hubiera podido, no
hubiera materialmente podido, renovar aquellas conversaciones.

La vecina de la izquierda, Isabel, tena una inteligencia vivaz y
careca de encantos fsicos. Aquella noche, sin embargo, estaba
realmente agradable. Saba sacar partido de sus pequeas ventajas,
sobre todo de sus ojos: giles, simpticos, confiados, interrogantes
y siempre prontos al azoramiento. Su cara era demasiado larga, su
boca demasiado grande. Tena dientes feos, pero no los ocultaba. Al
contrario, como era hbil en el arte de reir--una risa joven, sana,
sin malicia, sin maldad--los mostraba a cada rato. Su temperamento
y sus ideas se oponan con singular evidencia a los de Elsa. En
Isabel dominaba el espritu tradicional, la antigua familia de remota
alcurnia espaola, el cristianismo, mientras Elsa proceda de las
nuevas familias, del espritu moderno, pagano y cosmopolita, de la
actual Buenos Aires. Al contrario de Elsa, Isabel era toda ilusiones
y entusiasmo. Discuta con exaltacin, apasionadamente. No sospechaba
el verdadero espritu de Elsa, y cuando oa hablar de ella rea, un
poco asustada y un poco avergonzada. Juzgaba al mundo muchsimo mejor
de lo que era. En su trato con los hombres, slo se interesaba por
los solteros. Pero la idea de casarse ella, le aterraba, la haca
enrojecer. No sospechaba las injusticias del mundo. En todo caso,
crea que los pobres deban resignarse. Tena un respeto supersticioso
por los sacerdotes, cuyas palabras, de cualquier tema que se tratase,
eran el Evangelio para ella; y los imaginaba perfectos, santos,
absolutamente puros.

La conversacin entre Monsalvat y las dos muchachas haba sido
insignificante. Elsa pretenda hacerla entre ambos ms ntima, segn
acostumbraba con todos sus interlocutores. Pero l hua. Ms bien
hubiera hablado con Isabel. Pero, comprendera Isabel sus inquietudes,
ella que, educada en un medio dogmtico, jams debi dudar de nada?
Desentendido casi en absoluto de sus vecinas, hablando con ellas poco
menos que maquinalmente, atendi a algo que deca una joven dama,
sentada frente a l. Era una gordita bastante graciosa y letrada,
charlatana, criticona. Hablando de teatros, dijo:

--Ah, pero al Oden no se puede ir! No se puede ir sino a las noches
blancas. No es que a m me guste tanta blancura. Qu esperanza! Pero
es un horror las piezas que dan esos franceses... No se ve en el
escenario sino gente mal... Es una ofensa la que hacen a los abonados,
obligarlos a oir dramas entre obreros, atorrantes, ladrones, toda la
chusma, en fin! Yo no s para qu dan esas piezas...

Isabel, como casi todas las personas que oyeron, aprob. Elsa mir a
Monsalvat de reojo y le sonri. Monsalvat haba sentido una fulminante
indignacin contra aquella joven dama que mezclaba a los ladrones y a
los obreros y que no quera saber nada de las miserias humanas. Tuvo en
los labios una frase, pero pens caer en ridculo y se la guard.

--Dgale lo que piensa. Debe decrselo--dijo Elsa.

Entonces Monsalvat, sintiendo que tena el deber de hablar, adelant el
busto hacia adelante y contest a la gordita:

--Seora... esas piezas se dan para ustedes. Es la nica forma de que
ustedes, las seoras elegantes y distinguidas, adquieran alguna noticia
de los grandes sufrimientos humanos.

--Y a qu fin oir miserias?--exclam la cristiana Isabel.--Una va al
teatro a divertirse...

--Si el teatro y el libro no las enterasen...--empez Monsalvat,
pero varias voces le cortaron la palabra, entre otras la del mdico
Ercasty, quien refunfuaba y cambiaba signos de inteligencia con otros,
indicando a Monsalvat mediante rpidas miradas.

La voz de la gordita predomin.

--Y para qu quiere que nos enteremos, Monsalvat? Yo no necesito
enterarme. Que cada cual se arregle como pueda. Cuando yo tengo mis
pesares, y creo que todos los tenemos alguna vez, no voy a contrselos
a nadie; de modo que tampoco es justo que me obliguen a m a sufrir
con las penas de los otros. Adems, no se trata de penas morales, sino
de odios, crmenes, insultos a la sociedad. Si hay gentes que tienen
hambre, que trabajen; pero yo no quiero ir al teatro para enterarme de
cosas que no me interesan y no puedo remediar. Menos quiero ir para
que me echen la culpa. El otro da he visto una pieza imposible: _La
fille Elisa_. Pocas veces he estado ms disgustada. Qu tenemos que
ver nosotras con esas mujeres? No, no, Monsalvat. Usted defiende malas
ideas.

Ercasty tendi la mano a la gordita y la felicit. Luego pretendi
burlarse de Monsalvat, diciendo que le haban hundido. Ercasty era
mdico, pero nunca ejerci su profesin. Ocupaba un alto cargo
administrativo. Tena cuarenta aos, un vientre bastante pronunciado e
ideas ultrarreaccionarias. Muy inteligente, sola manejar ciertas armas
poco comunes en la sociedad argentina, como la paradoja, la irona,
el sarcasmo. Pero siempre que no le tocasen a l. Cuando le heran
se exasperaba violentamente. No transiga con la democracia, con el
liberalismo ni menos con el espritu individualista. Tena el culto de
la Sociedad. Viva segn las ideas de la sociedad, los sentimientos
de la sociedad. Una opinin contraria a los hbitos sociales, a las
ideas sancionadas, le pareca un delito. Fu muy amigo de Monsalvat,
haca aos, cuando Monsalvat, en aquellos artculos de _La Patria_,
que la sociedad aplauda, justificaba con talento y erudicin las
iniquidades que suelen justificar los diarios, las gentes distinguidas,
los escritores exquisitos y esos buenos catlicos que interpretan las
doctrinas de Jess a la medida de su satnico egosmo. Ahora Ercasty
odiaba a su antiguo amigo.

--No se convierta en abogado de esa gente, Monsalvat, por
Dios!--exclam la gordita.

--De qu gente?

--Pero de la chusma, de la gente mal, del pueblo, como dicen ustedes...

--Del pueblo soberano!--agreg Ercasty con desprecio.

--No los defienda--continu la dama.--Ya ve lo que quisieron hacer en
Mayo. Vienen al pas una infinidad de extranjeros distinguidos, de
embajadores, de seoras, hasta personas de la alta nobleza europea. Y
qu se les ocurre a esa gente? Vengarse de su haraganera, perjudicar a
su patria, haciendo fracasar las fiestas. Una infamia, no me diga. Qu
hubieran dicho esos extranjeros ilustres? Y aprovecharse de un momento
como se para conseguir ventajas! No tiene nombre, Monsalvat, no tiene
nombre.

--A todos los gringos huelguistas y perturbadores,--dijo el mdico,
bufando de enojo,--y a los malos argentinos que los seguan, yo, de ser
gobierno, los hubiera fusilado en la Plaza de Mayo. Hubiera sido un
espectculo interesante.

Monsalvat ya no poda continuar escuchando. Una violenta indignacin
comenzaba a hacer temblar todo su ser. l, habitualmente sereno,
tranquilo, sin odios para nadie, hubiera acogotado a aquel miserable
que hablaba de fusilar en masa al pueblo. Ahora ya no dudaba de
que todas aquellas gentes eran sus enemigos. Vea en ellos a los
representantes de sus viejas ideas, de esas ideas que ahora execraba.
Lea en sus rostros la satisfaccin insolente de vivir, la afirmacin
del egosmo ms inhumano, el espritu de iniquidad; la hipocresa, el
orgullo, la carencia de simpata humana. Para Monsalvat no haba en
aquellas vidas sino mentira. Esos hombres y esas mujeres no tenan
una existencia propia: vivan para los dems, pensando en los dems,
con la moral, el criterio, la esttica, todas las ideas de los dems.
Eran mentira sus opiniones, mentira sus sentimientos, mentira sus
gustos, mentira su amor y su odio. Haban tomado la vida como una
gigantesca farsa. Ninguno pens jams en vivir sinceramente, en buscar
un significado a la existencia. Con su filosofa acomodaticia, con
su economa poltica infame, con su caridad hipcrita, ellos,--es
decir, la sociedad, los bienhallados, las clases dirigentes,--eran los
culpables de que tantos desgraciados padeciesen hambre, los culpables
de la vida de Nacha, los culpables de todos los dolores que amontonaba
sobre el mundo la Injusticia Social. Cmo era posible que hubiese
necesitado llegar a los cuarenta aos para comprender todo esto? Cmo
era posible que durante una hora que llevaba sentado all, hubiese
olvidado sus sentimientos de la tarde? No se arrepenta de haber
asistido a aquella comida, pues ahora ya no dudara nunca de cul era
su lugar. l tena que estar frente al orgullo, frente a la mentira,
frente a la maldad. Todos aquellos compaeros de mesa eran instrumentos
de la Injusticia Social y haba que terminar con sus privilegios, con
sus ideas, con sus sentimientos. Haba que imponer a la fuerza, aunque
fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres. Haba que ensear
a esos hombres que se dicen cristianos cmo debemos amarnos los unos a
los otros. Y mientras los observaba y los oa, decase, recordando las
palabras que le salieran del alma en su dilogo con Torres, que era
necesario destruir, destruirlo todo, de arriba a abajo, para edificar
un mundo nuevo.

Y sus dos vecinitas? Aquellas criaturas resultaban para l dos
instrumentos del mal, dos monstruos de egosmo, dos almas vacas, dos
seres sin corazn. Una, el egosmo del placer; otra, el egosmo de una
casta. Monsalvat vea que no pensaban sino en ellas: en sus fiestas y
en sus vestidos, en sus lecturas y en sus cortejantes, en sus vicios o
en sus prcticas religiosas y sociales. Para ellas el mundo estaba bien
como estaba, y todo poda continuar del mismo modo hasta la consumacin
de los siglos. Ninguna aspiracin fuerte y espontnea al bien de los
dems, ningn acto para remediar los sufrimientos de los que all abajo
se retuercen en la angustia. Personitas de biscuit, nacidas para
adornar la sociedad en que viven, no queran conocer sino el buen lado
de la vida. Alguna vez, en el teatro o en un libro, tuvieron noticia
de la cruel tragedia de los nfimos; pero se apartaron con desagrado,
porque aquello no era para sus almas frgiles y aristocrticas.
Monsalvat asombrbase de cunta ignorada y cunta inconsciente maldad
significaba esa actitud ante la vida de los otros, y pensaba en el
clamor que va ascendiendo y ascendiendo y llenando colosalmente el
mbito de las ciudades y que un da, tal vez muy prximo, estallar en
venganzas formidables.

Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones
y sentimientos no seran obra de su condicin de hijo natural.
Seguramente que sus enemigos lo creeran as. Diran que l era un
amargado a causa de su bastarda, un vengativo que culpaba del gran
pecado de su madre a los dems y a la sociedad. Y sera as, en
efecto? No, no. Haba una justicia por encima de todas las razones
humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales
y de los propsitos de venganza, condenaba la Iniquidad y haba
decretado--no poda ser de otra manera!--si bien para un da lejano,
el fin de todo aquello que l odiaba.

Por fin, cuando ya no pudo soportar ms lo que oa, cuando ya no pudo
detener ms aquello que quemaba en su interior y que sala en llamas
a los ojos, habl. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le saba
tmido, enemigo de atraer la atencin, le miraba estupefacto. El
mdico estallaba en pequeos movimientos de indignacin, y pretenda
interrumpirle. Isabel pareca encontrar razn a Monsalvat, pero
dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oa sera contra
la religin. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella
emocin nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a
Monsalvat.

De qu hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que
unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que
unos vivan en palacios colosales, con parques magnficos, mientras
all en el inmundo, en el oscuro, en el fro cuarto del conventillo se
amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos
les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educacin;
y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de
todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez
mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres
mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida,
su salud y su alma, para poder vestirse y comer.

--Y por qu no trabajan?--interrumpi colrica la gordita, que haba
escuchado espantada a Monsalvat.

--Porque no les dan trabajo, seora. Porque los ricos prefieren
comprarlas. O porque el trabajo, tal como ahora se halla organizado,
es otra iniquidad que mantenemos egostamente. Yo no s cmo todo ese
mundo de abajo no ha venido todava a exterminarnos, a degollarnos en
masa! Es la justicia que merecemos. Viene con lentitud, seora, pero
ya llegar. Vaya preparando usted un lindo escote para ese da. Donde
ahora siente el calorcito de las perlas, sentir el filo de un sable...

Protestas e indignaciones. Elsa ri y aplaudi, divertidsima. Isabel
se convirti en enemiga de Monsalvat. Todo aquello, segn ahora
comprenda, estaba en contra de lo que opinaban los Padres. Qu
horror! La gordita le llam a Monsalvat anarquista, asesino y enemigo
del orden.

Se haban levantado de la mesa y se distribuan en pequeos grupos. La
gordita pareca empeada en discutir con Monsalvat. Ruiz de Castro se
acerc sonriendo.

--Estn arreglando el mundo?

--Es Monsalvat que se ha vuelto un anarquista peligroso.

--No hay nada tan peligroso como el decir la verdad--sentenci
Monsalvat.

--Pero ms peligrosos que la verdad suelen ser los soadores, no es
cierto?--dijo Ruiz de Castro, dirigindose a la gordita.

--Claro. Y si no, vea lo que ha dicho Monsalvat de esas mujeres. Por
poco no ha dicho que yo tengo la culpa de que... de que ellas se... en
fin, ya me entienden. Demasiado entienden ustedes de estas cosas! Yo
creo que a esas infelices les falta temor de Dios. Antes que dedicarse
a esa vida, debieran pedir limosna, colocarse como sirvientas,
recurrir a tantas sociedades caritativas, irse a la cosecha, qu s
yo! Trabajo no puede faltar. Lo mismo que los hombres. En lugar de
hacerse anarquistas o socialistas o andar de huelga en huelga, deban
conformarse con la voluntad de Dios, resignarse con su suerte. Qu se
ha de hacer!

--Es cierto!--exclam Isabel, arrastrando las ltimas slabas, como
muy impresionada, y con la conviccin de quien ha encontrado un
argumento definitivo.--Es ciertsimo! Por qu hacen huelgas? Es mal
hecho, eso.

La gordita, despus de un profundo suspiro, agreg con acento
melanclico:

--Cada uno debe aceptar el lote que le toca en la vida!

--Cuando es el suyo--dijo Ruiz de Castro sonriendo,--se puede pensar
as. Pero yo, en vez del lote suyo, preferira el que le ha tocado a su
marido.

--El mo?--exclam ella, sin darse por aludida.--Pero si nosotros
somos casi pobres! No dir que estemos en la miseria, pero fuera del
sueldo de mi marido como diputado, no tenemos sino unas rentitas
insignificantes y una estancia aqu cerca de Buenos Aires. Y sin
embargo, no me quejo de mi suerte. Otros tienen millones... Y bueno: no
los envidio, y me conformo con la voluntad de Dios.

Monsalvat no quiso oir ms. Ruiz de Castro segua dando bromas a la
gordita. Monsalvat continu en el pequeo grupo. Cerca de l, Ercasty
y dos amigas despellejaban a una joven dama de gran belleza. Ercasty
la acusaba de tener un amante. Furioso y justiciero, deca que esa
mujer ofenda a la sociedad y que era un deber higinico rechazarla,
hundirla. Sus vecinas aprobaban, por frmula. Monsalvat, que saba
las infamias del marido de la criticada, su abandono del hogar, sus
borracheras, sus trampas, encontraba humano y lgico que esa mujer
amase a otro hombre. Lo que no comprenda era la indignacin de
Ercasty. Por qu se converta en abogado de la sociedad con tanta
furia? Qu dolo monstruoso era la sociedad, que exiga el sacrificio
de los ensueos de amor, de los instintos naturales, de la necesidad de
cario? Qu dolo monstruoso, venerado tan absurdamente por hombres
cultos?

Qu le quedaba a Monsalvat por hacer all? Sentase desdeado. Estaba
de ms, no era aqul su sitio. Se despidi de los dueos de casa y se
fu. En la calle, el aire de la noche despej su cabeza. Se encontraba
aturdido, aplastado, medio enfermo. Camin a pie largo rato y se
seren. Pens que por ltima vez en su vida haba visto una imagen del
mundo de la injusticia. Su ruta se haba definido ahora enteramente. El
bien estaba all abajo, y la nica ocupacin de un hombre digno y bueno
era luchar por los oprimidos. S, l dara su vida y el poco dinero que
le quedaba por los tristes de la tierra. Le crean vengativo? l bien
sera su venganza.

Lleg al hotel a las doce. Sentase disgustado otra vez de s mismo.

Se quit el frac, lo arroj al suelo con desprecio y se puso a pensar
en Nacha. Por qu le ech de la casa, despus de haber aceptado sus
palabras y de haberle referido su lamentable historia? Se habra
enamorado l de Nacha? Sera el amor hacia ella lo que le llevaba a
las actitudes de esa noche? Ah, Nacha, Nacha! Qu no dara por verla,
aunque fuese por un milsimo de segundo!

Cuando sali de su ensimismamiento vi sobre su mesa una carta. Era de
su madre. Decale que estaba enferma, gravsima, y que senta venir la
muerte. Le rogaba que fuera a verla, apenas recibiera la carta. Unos
segundos despus, un auto, llevando a Monsalvat, volaba hacia la casa
de la enferma.




                                  VII


La madre de Monsalvat, Aquilina Severn, viva en el cuarto piso de
una casa de departamentos, frente al Parque Lezama. Aquilina fu en
su juventud muy bonita, pero ahora, a los sesenta aos, no guardaba
ni rastros de su belleza. Era hija de unos modestsimos comerciantes
franceses, y trabaj en una casa de modas de la calle Florida. Un da
la encontr en la calle el padre de Fernando, que la sigui, la enamor
pacientemente despus y lleg a seducirla. Aquilina tena veinte aos
cuando naci su hijo. Poco despus, su amante, Claudio Monsalvat, se
cas con una nia de su condicin social, pero esto no fu obstculo
a que pasara una pensin a Aquilina y a que la visitase de cuando en
cuando. Las visitas terminaron con una reanudacin de las relaciones,
y diez aos despus de Fernando naci Eugenia. Claudio haba
escriturado una propiedad a nombre de Aquilina, pero dej el mundo sin
testar a favor de sus hijos naturales. Aquilina quiso que sus hijos
interviniesen en la testamentaria, trat de pleitear con la familia
legtima de Claudio, pero Fernando, que estaba entonces en Europa, se
opuso enrgicamente. Aquilina vivi de los doscientos cincuenta pesos
que rentaba su propiedad, hasta que despus de la muerte de Claudio la
vendi, mal aconsejada por un procurador del barrio. El producto de la
venta aprovech a diversos vividores, y Aquilina se qued en la calle.
Su hijo la sostena ahora.

La madre de Fernando era una infeliz. No haba mujer ms crdula e
ignorante. Apenas saba leer: slo curs tres grados de la escuela
primaria. Las comodidades de que la rode Claudio fueron para ella el
mximo de la felicidad. Se crey una gran seora, digna de merecer las
envidias de todo el mundo. Sus padres no haban sido casados, de modo
que ella no tena las preocupaciones corrientes respecto al matrimonio.
Como los franceses, consideraba el amor y todo lo relativo a este
sentimiento con un respeto sagrado. Pero no era muy exigente en la
calificacin del amor, dndole muchas veces este nombre a lo que slo
era instinto o placer.

Con semejantes ideas la educacin de su hija debi resultar un
desastre. Fernando,--que desde los ocho aos fu interno en un
colegio, pasando con su madre slo las vacaciones y que a los
quince fu separado de ella por su padre para que viviese solo,
lejos de ese ambiente detestable,--se interes muchas veces por
la educacin de Eugenia. Aconsej a su madre que la mandara a la
escuela y le prohibiera ciertas amistades. Pero Aquilina le contestaba
invariablemente:

--Para qu? Qu va a sacar con eso? Yo no he estudiado y bien feliz
que soy. Yo s lo que hago y nadie tiene que meterse en estas cosas.
Ella estudiar si le gusta.

Eugenia tuvo, pues, a la calle por principal maestra. Pasbase el
da con otras chicuelas en la vereda o en los balcones, cambindose
miradas amorosas con los muchachos. Eugenia, con su cuerpo elegante y
sus bellos ojos negros, fu deseada por innumerables hombres, algunos
de los cuales llegaron hasta besarla por la fuerza. A los quince aos
saba cuanto hay que saber. Claudio Monsalvat apenas se preocupaba de
su hija, parte por considerarlo intil, y parte porque tal vez dudaba
de su paternidad. En la poca del nacimiento de Eugenia, Claudio
sospech de la fidelidad de Aquilina; pero por no hacer cuestiones y
porque Aquilina era la madre de Fernando, acept el presente que le
ofrecan.

Cuando Eugenia tuvo veinte aos se corrigi un poco de su haraganera.
Hasta intent emplearse en una tienda. Pero Aquilina se opuso,
dicindole que ganara una miseria, que se matara de trabajo y se
envejecera y que podra perjudicar a su padre y a su hermano. El
deseo de Aquilina era que Eugenia encontrase un hombre que la quisiera
y le pusiese casa. Comprenda que su hija no podra casarse sino con
un obrero o un inservible, y prefera un acomodo de sos, que ella
consideraba como cosa natural y que miraba sin el menor escrpulo.
Aquilina no era por ello una mujer abominable; deseaba para su hija su
propia situacin y la de su madre, que ella reputaba excelentes. Crea
romnticamente en los amores eternos, en la fidelidad, en las promesas
de los hombres. A su hija no le declar nunca sus intenciones, ni menos
a su amante ni a su hijo, pero Eugenia las adivin.

En la casa vecina moraba una familia principal y rica. Uno de los
muchachos la coma con los ojos a Eugenia y le demostraba sus deseos
mordindose el labio inferior y entornando los ojos. Pero no se animaba
a hablarla, tal vez por temor a Fernando, que en aquel tiempo visitaba
a su madre dos o tres veces por semana. Un da, Aquilina le dijo a
Eugenia, con un tono que revelaba un propsito inconfesable:

--A ver si te lo pescs, pues, al muchacho se. Es rico y tan buenmozo!

--Pero mam; cree que l puede casarse conmigo?

--No s, eso se ver despus. En todo caso, si es serio, fiel,
carioso, no importa que...

Se detuvo, al notar el disgusto y la tristeza en los ojos de su hija.
Porque Eugenia, aunque parezca raro, era en el fondo honesta. Anhelaba
encontrar un hombre que la quisiera y que se casara con ella. Pero por
lo que haba odo a la madre, crea que a los hombres era menester
atraerlos y "pescarlos", y de ah las miradas y las coqueteras con
todos los muchachos y las concesiones que les haca o estaba dispuesta
a hacerles.

Por aquel tiempo, Aquilina tom a su servicio a la mujer que desde
entonces, durante diez aos, la acompa. Era una mulata jacarandosa,
sensual, bien parecida, de grandes ojos y gruesos labios. Se llamaba
Celedonia y tendra unos cuarenta aos. Daba que hablar a todo el
barrio, y haca entrar de noche a sus amantes en la casa. Fernando,
aun ignorando este pormenor, quiso que su madre la echara; pero su
empeo fu intil. Para Aquilina, Celedonia no era una sirvienta sino
una compaera, la ms divertida de las compaeras. Le llevaba todos
los chismes del barrio: las trampas de los que pasaban por ricos,
las peleas entre maridos y mujeres, los amoros pecaminosos de las
seoritas y los de las sirvientas, las "cosas" de los seores, los
vicios de cada cual. En Carnaval se disfrazaba y concurra a los bailes
del teatro Victoria, donde se encontraba con otras gentes de su raza.
Volva a la casa medio borracha, al da siguiente, y luego se pasaba
la tarde contando a su patrona cuanto haba visto. Para Aquilina, los
relatos picarescos y un poco obscenos de Celedonia significaban una
ventana abierta al mundo de la vida alegre. Rea como una loca al oir
las zafaduras de la mulata. Gozaba con aquellas descripciones de cosas
para ella inaccesibles, y se dijera que envidiaba la felicidad de
Celedonia. Su hija sola escuchar a veces los cuentos de la mulata sin
que a la madre se le ocurriese hacerla retirar.

Poco antes de partir Fernando para Europa, en su ltimo viaje, Eugenia
conoci a Arnedo. El muchacho, audaz, dominador, elegante y muy
buenmozo, no tard en enamorarla. La primera vez que la vi, pasando
casualmente frente a la casa, le demostr su inters. Fingi asombro
al mirarla, como quien recibe una impresin muy fuerte. Se detuvo un
instante en la vereda y luego se instal en la esquina. Pas varias
veces frente a ella y termin por acercrsele. Eugenia, que estaba en
la puerta, sola, se hizo un poco hacia atrs, pero Arnedo le tom la
mano, al tiempo que le clavaba los ojos y le ordenaba:

--Qudese!

--Pueden venir.

--No me importa nada. La he visto y me he vuelto loco--exclam l con
simulado arrebato.

Hablaron. Se dijeron sus nombres. l declar una pasin fulminante,
al tiempo que acariciaba la mano de ella. Durante algunas noches
conversaron en el zagun, unidos de la mano. Eugenia no dud de la
pasin de Arnedo, quien le prometi que se casaran muy pronto.

Eugenia no quera ir a la cita que le exiga su amante. Le haba tomado
un poco de miedo. Pero como era un temperamento pasivo, dcil a la
voluntad masculina, y un tanto tmida,--sin contar con el placer que
naturalmente reciba en las caricias,--se prestaba a todo en el zagun,
hasta el punto de que Arnedo, viendo imposible la cita, resolvi all
mismo el problema que le preocupaba. Desde ese momento el muchacho
fu dueo y seor de Eugenia. La madre y la mulata saban de aquellos
amores, pero haban dejado hacer: la madre porque sospechaba que Arnedo
era el hombre que ella esperaba y confiaba en la habilidad de su hija
para atraparlo; y la mulata por pura aficin celestinesca.

Un buen da, cuando Fernando se encontraba en Europa, Eugenia huy con
Arnedo. Aquilina imagin que era el golpe anhelado. No se lo explicaba,
a la verdad, pues bien pudieron tratar con ella aquel asunto; pero
sospech que tal vez ahora los procedimientos haban cambiado. Por
su parte Eugenia, cuando vi que Arnedo la llevaba a su casa, a su
_garonniere_, pens que aquello sera "una cosa seria". Pero Arnedo
la dej despus de un ao. Eugenia volvi a vivir con la madre, que
slo le reproch su inutilidad para atrapar a los hombres. La muchacha
estuvo avergonzada durante algunas semanas, sobre todo en presencia de
sus conocidas del barrio. Esto pas poco despus, apenas la mulata le
consigui otro amante. A este amante sucedi otro, y otro ms tarde.
La muchacha no tard en asistir a una casa que le recomend la mulata,
hasta que se perdi completamente. Un da, viendo que no poda vivir
junto a su madre porque la perjudicaba, y adems porque le desagradaba
su tolerancia para con ella, se fu de la casa. Ni siquiera dijo a
dnde iba. Durante meses nada supo Aquilina de su hija.

A Fernando Monsalvat le ocultaron la primera fuga de su hermana la que
ocurri durante su primer viaje de dos aos. Pero como al no recibir
cartas de Eugenia l exigiese una explicacin, no hubo ms remedio,
poco tiempo despus de la definitiva escapada, que declararle la
verdad. Cuando volvi de Europa quiso saberlo todo. Le dijeron que
huy con un tal Arnedo y que nada ms saban de ella. A Monsalvat le
disgust tremendamente la actitud de Eugenia, sobre todo por lo que a
l podra perjudicarle si llegara a saberse. Este disgusto contribuy a
que no quisiera quedarse en el pas y a alejarle por siete aos.

Desde su llegada, Fernando visitaba poco a la madre, no obstante que
ella estuviera enferma, con las piernas paralticas. Aquella mulata
siempre junto a Aquilina, testigo inevitable de sus conversaciones, le
repugnaba. Una vez quiso echarla, pero Aquilina le rog por favor que
no lo hiciera. Adems, la mulata no precisaba de la autorizacin de
Aquilina para quedarse. La dominaba enteramente, era duea absoluta de
su voluntad. Manejaba el dinero de Aquilina, la cuidaba y acompaaba
fraternalmente, de igual a igual. Aquilina adoraba a su hijo, pero,
como la mulata le tena odio, no pudo impedir que le demostrara mala
voluntad y le alejara de la casa. Pero Fernando no dejaba por esto de
visitar a su madre. Lo que haca era llevar libros o diarios y leerlos,
ya que all de nada se poda hablar.

Cuando aquella noche Fernando lleg al departamento donde viva su
madre, encontr llenos de gente los cuartos. Adivinando que su madre
estaba moribunda, corri a su dormitorio con el corazn apretado. All
estaban la mulata y otra mujer haciendo curaciones y una muchacha como
de veinte aos, muy bonita y decente.

Monsalvat apart a las mujeres y se inclin para besar a su madre.

--Han llamado al mdico?--pregunt luego.

--Oh, qu mdico ni qu macana!--exclam la mulata
despreciativamente.--Ah tiene a Mamita Juana, que sabe ms que todos
los dotores juntos.

Fernando, sin contestarle, se dirigi a la puerta. Mir a los hombres
que all estaban y pregunt quin poda llevar una carta urgentemente.
Un sujeto encanecido y de larga barba, de espaldas encorvadas y vestido
miserablemente, se adelant, extendiendo una mano.

--Ya no se acuerda de m, doptor Monsalvat? Soy Moreno, el procurador
Moreno. Hemos trabajado juntos...

Monsalvat se acord en efecto de aquel hombre. Fu su procurador
durante pocos meses. Luego supo que viva miserablemente, de pequeas
gangas en los tribunales.

Monsalvat sac un lpiz que llevaba en el sobretodo, una tarjeta de su
cartera y se puso a escribir. Moreno hablaba, mientras tanto.

--Y aqu me tiene, doptor: viviendo, que no es poco trabajo. Ya se
acabaron para m aquellos tiempos en que trabajaba como procurador!
Crame doptor que, sin vanidad, me siento orgulloso de mi obra de
entonces. La ciencia jurdica de mi pas me debe algo. He intervenido
en grandes pleitos, y los he ganado. Digo los hemos ganado, porque la
verdad es que tambin debo dar su lugar al abogado. Pues ahora me ve,
doptor. Con diez hijos, pobre como las ratas, descendiendo la cuesta
amarga...

Moreno tena ademanes de persona bien nacida, y en medio de su miseria
revelaba su buen origen. Ola un poco a bebida barata, y no andaba muy
limpio. Pero en la oscuridad del corredor pareca mejor de lo que era.

--Lleve entonces esta carta, urgentemente. Se va en un automvil y
espera. Tiene que traer en seguida al doctor Torres.

Fernando le di el dinero y le recomend que se apresurase. E iba a
retirarse cuando una mujer que all estaba dijo:

--No lo deje ir solo, seor. Se va a meter a chupar en el primer
almacn...

--Es la compaera de mis luchas y privaciones--dijo Moreno
declamatoriamente.--Vea cmo me trata, doptor. Y me lo debe todo! Le
he dado diez hijos y mi nombre, elevndola hasta mi posicin social...

--Es un infeliz, seor. Y no tenemos diez hijos sino siete. Dice eso
para que usted le d plata.

La mujer hablaba entre enojada y risuea. Los otros hombres y mujeres
que all estaban, sin acordarse para nada de la enferma, rean.

--Mejor es que lo acompae mi marido--dijo una de las mujeres,
indicando a un hombre.

--Bien. Acompelo--dispuso Monsalvat.

Moreno adopt un aire grave y ofendido, y ponindose una mano en el
pecho declam:

--Doptor, lo que he odo es una ofensa que...

--Djese de historias, amigo Moreno, y vyase pronto--interrumpi
Monsalvat, retirndose.--Le pagar bien este servicio.

--Si usted lo manda, mi doptor, as lo har--dijo l, agachando la
cabeza humildemente.--Basta que usted lo disponga, doptor. Lo mismo que
en otros tiempos lejanos, que se fueron para no volver, el procurador
Moreno ser...

El hombre que le acompaara le agarr de un brazo y se lo llev.
La mujer de Moreno qued maldiciendo su destino, mientras las otras
seguan riendo. Fernando ya estaba en el cuarto de la madre.

Aquilina se hallaba verdaderamente grave. Ciento cuarenta pulsaciones.
Un ataque al corazn crea Monsalvat que fuese aquello. Qu hacerle?
Se acord de los paos fros y se los mand preparar a la muchacha,
que result ser la hija mayor de Moreno. La curandera permaneca en
el cuarto, entre gozosa de presenciar el futuro fracaso del mdico y
fastidiada. La mulata estaba a su lado, con la jeta larga, mirando
despreciativamente a Monsalvat.

--Djenme solo con mi madre--orden Fernando a las mujeres, que
salieron refunfuando.

Aquilina, al verse sola con su hijo, se puso a llorar. Hasta ese
momento no pens sino en el horror de morirse. El pnico le abra los
ojos desmesuradamente y le enturbiaba su mirar. Pero ahora, pareca que
la presencia de su hijo comenzaba a hacerle bien. Mientras lloraba,
Fernando hacale caricias en la cabeza y en las manos y la besaba.

--Hijo--comenz la enferma, cuando pudo hablar;--he sido una mala
madre. Quisiera verla, antes de morirme. Buscla ahora mismo, para que
venga maana. Mala madre, Dios mo! Se perdi por mi culpa. Yo saba
todo y todo lo permit...

Volvi a llorar. Fernando quiso consolarla, asegurndole que exageraba.
Fernando era sincero, pues no crea que en realidad su madre hubiese
consentido en la perdicin de su hija. No quera creerlo; no solamente
por afecto a Aquilina, sino principalmente por amor propio. Cmo
resignarse a tener como madre una mujer tan criminal? Pero l saba que
Aquilina no era criminal sino inconsciente, una pobre infeliz, echada a
perder por la ignorancia y por el ambiente que la rodeaba.

--S, una mala mujer--repeta Aquilina.--Despus que mi hija se dedic
a la vida yo la recib aqu en casa y acept la plata que me traa.
Y al principio, cuando Arnedo la dej, ella quiso vivir aqu, quiso
ser buena. Pero esa mulata la volvi a perder. Y yo lo saba todo,
todo... Perdonme, Fernando! Perdonme todo el mal que te he hecho
a vos tambin! Yo he visto ms de una vez que eras desgraciado por mi
culpa. Si hubiese sido una buena madre hubiera deseado morirme para
no perjudicarte. Pero no me importaba nada, sa es la triste verdad,
hijo. Felizmente, ya me voy. Ahora sers libre de esta cadena que debe
pesarte tanto. Pronto, cuando nadie se acuerde de esta pobre mujer, no
habr quin te reproche que seas el hijo de la Aquilina Severn. Ya
falta poco, Fernando. Siento que me muero. El corazn se me detiene...

Fernando apenas la escuchaba. Al principio, la terrible confesin de
su madre le hizo retirar la mano instintivamente. Luego se dobl sobre
s mismo y qued con los codos en las rodillas, las manos unidas y
los ojos cerrados. Aquello le causaba un dolor agudo, penetrante; un
dolor que senta en cada uno de los tomos de su ser. La confesin de
su madre le avergonzaba, pero a la vez le liberaba. Pareca que al
calmarse Aquilina con la declaracin de sus culpas, l sintiera tambin
que una cierta paz comenzaba a adentrarse en su corazn. Al principio
crey que su madre le repugnara, que la odiara. Pero al contrario:
ahora la amaba ms que nunca. Todo el anhelo de piedad que llevaba
dentro se concretaba en la madre, y termin llorando acongojadamente
y besando a Aquilina y abrazndola con un cario que fu la nica
felicidad de esa mujer en aquellos momentos dolorosos.

--Madre, yo soy el culpable, y no usted--dijo cuando ces el llorar
y la ternura.--Y a declararle eso, a explicarle la razn de mi
culpa iba a venir esta tarde, antes que usted me llamase. Yo soy el
culpable, s. Yo soy ms inteligente, ms culto que ustedes; tengo ms
conocimiento de la vida; ando entre gente muy superior a ustedes. Me
corresponda a m ejercer una especie de tutela sobre mi madre y mi
hermana, vigilarlas, educarlas si era posible. Yo deb ser enrgico. Y
no hice absolutamente nada de esto. Iba a la casa de ustedes lo menos
posible, para no recibir aquella sensacin de ser hijo natural que me
era tan molesta. Nunca me interes realmente por ustedes. Eugenia,
qu me debe? Qu consejos le d con verdadera sinceridad? Cundo
le habl con el corazn en la mano, fraternalmente? Y despus, cuando
aquel Arnedo empez a enamorarla, qu palabras eficaces le dije?
Deb quedarme junto a ustedes, acompaarlas para evitar lo que era un
peligro comn. Y en lugar de esto me fu a Europa, disgustado de mi
madre y de mi hermana, huyendo de ellas, dejndolas abandonadas.

--Yo te hice desgraciado. Has sufrido por mi culpa.

--Por su culpa, no. He sufrido por culpa de la soledad. Pero no
importa. Todo eso est ya lejos, madre. He llegado por fin a conocerme
a m mismo y a conocer la sociedad.

Aquilina se reagrav. Fernando, impaciente en espera del mdico,
dispuso que la mujer de Moreno le aguardase en la puerta de calle. Su
madre se ahogaba, necesitando oxgeno probablemente.

--Hay que buscarla--deca ella, casi sin poder hablar.--Necesito que me
perdone... Buscarla... Me muero, hija ma...

Fernando pensaba con horror en la existencia que tal vez llevaba
Eugenia. Sera una muchacha de mala vida? Record a Nacha, e imagin
que quiz ellas se haban encontrado y conocido. Nacha, Eugenia...
Extrao destino el suyo! Haba pasado toda su vida alejado de esta
clase de mujeres, y he aqu que ahora deba mezclarse con ellas, como
un hermano. Nacha, Eugenia... Amaba a Nacha? Y si no, por qu pensaba
en ella todo el tiempo, aun en medio de sus desgracias? Y a dnde
le conducira su amor? Si encontraba a Eugenia la llevara a vivir
con l. Y por qu no a Nacha tambin, para que viviesen los tres
fraternalmente? Eugenia, Nacha... La hermana y la que amaba. Mezclaba a
las dos muchachas hasta hacer de ellas una sola. Sus almas, sus vidas
y hasta sus rostros se convertan en uno, y de aquellos dos seres
desdichados sala un smbolo del dolor humano. Era la eterna vctima
del egosmo, de la ignorancia, de la maldad de los hombres. Era la
eterna vctima de los bienhallados del mundo.

La llegada de Torres le sac de sus pensamientos. El mdico le explic
la gravedad del caso y le envi a buscar oxgeno. Monsalvat se hizo
acompaar por Moreno.

En el carruaje, pregunt al procurador por Eugenia. Segn la madre,
Moreno saba su domicilio, pero lo ocultaba para obtener dinero. Y en
cuanto a Eugenia, no quera que supiesen dnde viva. Moreno asegur no
acordarse. Pero averiguara.

--Es algo difcil, mi doptor, pero basta que usted... Nuestra pobreza,
como comprender...

--Tendr el dinero que quiera. Pero maana mismo, entiende? maana
mismo la trae a la casa de mi madre.

Moreno prometi traerla. Y luego se puso a hablar de Eugenia, de su
belleza, del lujo que llevaba. Era una desgracia! Pero qu se iba a
hacer? Y agreg filosficamente, para consolar a Monsalvat:

--No hay que afligirse demasiado. Son cosas de esta vida, mi doptor!

Cuando volvieron con el oxgeno, Aquilina acababa de morir.




                                 VIII


Cuando Nacha entr en su casa sentase algo tranquilizada. El
arrechucho de la tarde, al expulsar con violencia a Monsalvat, haba
pasado casi enteramente. Cierto que aquello trastorn todas sus ideas,
hasta el punto de no querer saber nada de lo que haca un instante
fuera el ideal de su vida. El nuevo cambio, la impresin de dulzura
que senta, la tristeza profunda que le causaba el recordar su actitud
hacia Monsalvat, eran debidos nicamente a su visita al cementerio.
Pareca que el espritu de Riga la hubiese dulcificado, la hubiese
penetrado de bondad. En su mansedumbre de ahora, ni siquiera comprenda
aquel impulso extrao que le hiciera echar de su casa a Monsalvat.

Haba vuelto a desear ser buena. Dijrase que haba recogido en el
cementerio una leccin de bien. Despus de haber visto el humilde
fretro de su amigo, despus de despedirle con lgrimas silenciosas y
algunos padrenuestros, cmo haba de ser mala? Cmo no querer ahora
abandonar la vida que llevaba, y que no era sino el vestbulo--ah,
bien lo saba!--de otra vida peor?

Pero, cmo hacer? Nada se le ocurra que fuese realizable. Comprenda
que Monsalvat le hubiera dado la solucin, y se desesperaba,
maldicindose e injurindose, por haberle arrojado de la casa. Ella
confiaba en que Monsalvat no habra de ofenderse, que le perdonara
todo. Pero dnde encontrarlo ya que era poco probable que l la
buscara? Quin era? En qu se ocupaba? Qu amigos tena? Qu
lugares frecuentaba? No saba nada, absolutamente nada, fuera de su
nombre.

Por un singular fenmeno, Nacha empezaba a confundir a Monsalvat y
a Riga. Cosa extraa: no poda pensar en uno sin pensar tambin
en el otro! Las cualidades de Monsalvat se las aplicaba a Riga y
las del poeta bohemio a Monsalvat. Tal vez tuvieran algo de comn
espiritualmente, pero en lo fsico eran muy desemejantes. Monsalvat
daba una impresin de serenidad; Riga, al contrario, pareca todo
nervios y exaltacin. Por otra parte, Monsalvat era un espritu fuerte;
Riga, un dbil, un ablico. Monsalvat tena todas las condiciones para
triunfar en la vida, y en cierto sentido relativo haba triunfado; Riga
era de aqullos que nacen destinados al fracaso, era del nmero de los
vencidos de s mismos, de los vencidos de la vida. Pero fuera de estas
diferencias, los dos fueron buenos, generosos, nobles, sin envidia,
sin maldades de ninguna clase. Ah, qu suerte tuvo ella en haber
encontrado un amigo como Monsalvat, y qu desgracia tan tremenda, tan
irremediable el haberlo perdido para siempre!

Cuando a la noche llegaron Arnedo y luego sus amigos y sus amigas,
Nacha estaba absolutamente fnebre. Quera hablar, reir como los
dems, pero las palabras se le quedaban en la punta de los labios
y la risa se le converta en tristeza. No saba cmo ocultar sus
preocupaciones; y todo fu intil, porque Arnedo y sus amigos no
tardaron en observarlas. Arnedo pareca disgustadsimo. En cierta
ocasin, desde una pieza vecina, Nacha sorprendi al Pampa y a uno de
sus amigos este dilogo:

--Pero y por qu no la largs, hombre? Una mujer que todo el da se lo
pasa con cara de Viernes Santo...

--Antes no era as. Ninguna como ella para conversar, para bailar,
para dirigir la cocina, para vestirse, para entretener a la gente con
mil cantitos y musiquitas... Era antes muy divertida, Nacha. Y buena,
ardiente...

--Y qu le pasar?

--De todos modos estoy resuelto a dejarla. Te cont de aquello... el
asunto de Belgrano... Pues va as--dijo levantando el brazo con el puo
apretado.

--Entonces, ya tiene Nacha sustituta. Pero contme, hombre. Ha habido
hoy novedades?

Nacha no quiso escuchar ms y fu a la salita, donde se reuni con las
otras dos muchachas, algo menos triste despus de oir lo que haba odo.

En el comedor Nacha se esforz con ms xito por parecer alegre. Bebi
vino con exceso, pero disimulando. Ya no le importaba nada de Arnedo,
pues saba que su suerte estaba decretada, pero quera "dejar una buena
impresin de ella" en todas las personas que la rodeaban y a las que
nunca tal vez volvera a ver.

Mientras tanto, el recuerdo de Monsalvat y de Riga no se borraba de
su imaginacin. Vea a los dos en el fondo de la copa; en medio de
las puertas, mirndola tristemente y reprochndole con los ojos su
conducta; en frente de ella, a su lado. En una ocasin, habindola
hablado uno de los amigos de Arnedo, crey que era la voz de Monsalvat
y estuvo a punto de nombrarle al volverse. Pero en seguida se di
cuenta, y tapndose la boca con una mano se ruboriz ligeramente. Otra
vez le pareci que Riga entraba, y adelant el cuello hacia la puerta,
con cierto asombro de sus comensales.

Arnedo y sus amigos hablaban de las fiestas del Centenario de la
Revolucin, que an duraban; de teatros y cabarets, de la belleza de
las artistas, y de las carreras. Coman all tres mujeres y cuatro
hombres. Uno de los hombres llevaba smoking. Eran los mismos del
cabaret, los que se burlaron de Monsalvat; y como el suceso no era
vulgar, no tardaron en hablar de l.

--Pero, quin es ese idiota?--pregunt uno, aquel sujeto desgarbado,
flaco, feo, gesticulante y chilln que daba los ayes burlescos en el
cabaret y al que llamaban el Pato.

Todos los ojos se dirigieron a Nacha, los de Nacha miraron inquietos y
rpidos a las dems personas de la mesa.

--Es hermano--dijo Arnedo, dndose importancia--de una de mis mejores
conquistas. Se acuerdan de Eugenia?

Nacha se qued fra, helada. Sabra Monsalvat? Y dnde estaba esa
Eugenia? Estara en "la vida" tambin? Ah, era casi seguro. Ahora
se explicaba la actitud de Monsalvat, sus palabras emocionantes de
aquella tarde. Monsalvat no la quera en realidad; y no era slo por
ella, Nacha Regules, que tena tan hermosos sentimientos, sino por su
hermana. No haba en l sino lstima, porque tena una hermana as. Y
claro: cmo iba a querer un hombre como Monsalvat a una infeliz, a una
muchacha de la vida?

Otro de los comensales, el del smoking, un muchachn narigudo y
altsimo, apodado el Loro, afirm que Monsalvat escriba en _La
Patria_. Varias veces l vi artculos con ese nombre al pie. Los
cuatro hombres creyronse entonces obligados a expresar su desprecio
por Monsalvat. Un hombre que se pasaba las horas escribiendo y leyendo
deba ser forzosamente un sonso. El desprecio de estos muchachos era
sincero. Productos de la incultura que les rodeaba, vean en los
hombres de estudio a sus ms fuertes enemigos. No comprendan que se
pudiera vivir para otra cosa que para el placer, y entendan por placer
la satisfaccin de sus instintos primarios. Odiaban el libro y aun el
peridico, adivinando en la obra de la inteligencia una fuerza poderosa
que podra acabar con sus indiadas.

Mientras coman, trataban de ser graciosos. Pero las gracias, para
estos descendientes de Moreira, consistan en referir estpidos chistes
a los que llamaban cuentos alemanes, en arrojarse pelotillas de miga,
en ponerse a cantar o a gritar sbitamente. A lo mejor, el Pato se
haca el que lloraba; era su gracia predilecta. O el Loro se levantaba,
desapareca y volva con un sombrero de mujer en la cabeza. O el Pampa,
con el revlver al aire, haca como si pelease con una sin dejar ni un
segundo de vociferar enormidades. Y los dems coreaban con risas y con
incoherentes msicas.

Nacha, ya alegre enteramente, comenz a canturrear y a golpear con
el cuchillo en el vaso. Los compaeros la siguieron y en un instante
se formaliz una orquesta. El Loro se subi encima de la mesa para
dirigir; los dems se haban parado en distintas sillas.

--Ch, ch, sujet hermano--gritaba Arnedo al Loro, para que bajase de
la mesa.

La sirvienta, parada en el umbral, contemplaba aquella escena y se
retorca de risa. Era una baranda de gritos, chillidos, ayes, cantos,
golpes sobre las copas, interjecciones, malas palabras. Por fin Nacha
se puso a bailar la jota. Arnedo se le fu encima, y, abrazndola,
grit desaforadamente:

--As te quiero ver, mi negra! Ahora te reconozco!

--Sal, andte con la de Belgrano. Ya me pods echar porque tens quin
te tolere...

Arnedo se qued paralizado, mirando en redondo. Con su inteligencia
nublada no poda recordar a quin haba contado. Tena los ojos fijos
en Nacha, como traspasndola.

--Me vas a decir quin fu... ahora mismo. Si es que no me has hecho
seguir... Porque sos capaz, grandsima....

Nacha le miraba con asombro, sin comprender casi.

--Qu? Qu he dicho yo?

Arnedo iba a abofetear a Nacha, que se llev las manos a la cara, para
defenderse. Estaba hecho una furia. No le importaba que Nacha supiese
sus aventuras; l mismo se las haba contado ms de una vez. Lo que
le irritaba, humillndole en su criterio de compadrn, era que ella lo
dejase, y que hubiese encontrado un pretexto para ello. l crea que
Nacha se iba con Monsalvat; y esta idea de que su querida prefiriese a
otro, se le haca intolerable.

O te han contado stas?--exclam de repente, asaltado por una idea, y
encarndose con las otras dos mujeres.

--Yo no s nada--dijo una de ellas.

--Es la primera vez que oigo esa historia--asegur la otra.

Arnedo, que estaba de pie, junto a la mesa, se apoder de su copa que
quedara llena de vino y la vaci de un trago. Permaneci pensativo unos
segundos, y en seguida, llevndose la mano derecha a la cintura, le
grit a aquel de sus amigos con quin hablara aparte aquellas palabras
que sorprendi Nacha:

--Me haba olvidado... No puede ser si no vos el chismoso y el
traicionero. Mal amigo! Siempre te cre un canalla, y ahora me las vas
a pagar todas...

Haba sacado el revlver, y lo blanda arriba y abajo, en todas
direcciones. Los otros amigos le sujetaron el brazo, pero no le
quitaban el arma temiendo que hiciera fuego. La escena hubiera acabado
desastrosamente a no entrar Amiral. Este Amiral era el prototipo del
calavera pobre. Frecuentaba las _garonnieres_, los "cotorros". Siempre
se le vea junto a alguna pareja, sin compaera propia, naturalmente.
Beba el champaa que pagaban los otros, iba en los automviles de los
otros y hasta recoga algunas migajas de los amoros de los otros.
Muy alto, muy flaco, de brazos interminables, piernas esquelticas,
cara chupada, bigotes gruesos y torcidos hacia arriba, ojos saltones
que parecan de vidrio, el pobre Amiral estaba lejos de ser un tipo
interesante. Adems su eterna pobreza le converta en un ser ridculo.
Pero Amiral naci para la vida galante. En el siglo XVIII hubiera
sido un marqus enamorado y madrigalesco. Ahora slo era un infeliz.
Su prestigio, porque aunque parezca extrao lo tena, provena de
sus viajes a Europa. En nuestro pas nada procura tanto respeto y
buen nombre como el haber viajado por Europa. Cuanto ms tiempo
all, ms mritos. Amiral viajaba cada dos aos. Viajaba pobremente,
llevando l mismo su maleta, no usando jams coche, no dando casi
propinas. Generalmente se instalaba en Pars, donde viva a costa de
los argentinos. No conoca de Pars sino la vida galante, es decir,
la triste vida galante de los bulevares, de _L'Abbaye d'Theleme_, de
los cabarets y de las casas amuebladas de la Chausse d'Antin. Pero
en Buenos Aires todo esto le encumbraba gloriosamente, y l hablaba
con fruicin de la vida galante en Pars. Al oirle, se creyera que
fu amante de alguna gran cocota, pero en realidad a las mujeres de
este gnero apenas las haba visto dos o tres veces y muy de lejos. l
deca que en Buenos Aires "no haba ambiente", y sus amigos acataban
la autoridad de Amiral, y le compadecan y se compadecan por no estar
en Pars. Cuando en los crculos que frecuentaba se discuta sobre
mujeres, no era raro oir que se invocase la autoridad de Amiral:
"Amiral dice que en Pars...". Y ya nadie discuta ms.

--Pero, seores, qu es esto? Parece un campo de Agramante.

Entr riendo como siempre y haciendo vastos gestos con sus brazos,
que mova de adentro hacia afuera, los dos a un tiempo, describiendo
grandes curvas.

--No es posible... Muchachos distinguidos como ustedes, buenos amigos...

La intervencin de Amiral desarm a Arnedo, que guard el revlver.
Una de las mujeres quiso explicar el incidente, pero Amiral la detuvo,
oponindole sus manos, all en el extremo de sus quijotescos brazos
interminables.

--No, no, no... Nada de explicaciones. Todo terminado, jvenes amigos.
Y ahora, alegra y felicidad. Champaa! A ver usted, dos botellas de
champaa!

La sirvienta, que entrara en este instante, acat la orden del intruso
y se apareci con las dos botellas. Amiral brind por la paz y el
eterno amor de los esposos Arnedo, y volvieron otra vez las risas,
los gritos, los bailes, los ruidos, la msica de los cuchillos en las
copas. Arnedo exigi que Nacha declarase que no pensaba abandonarlo, y
Nacha dijo lo que le pidieron. Entonces, bajo la proteccin de Amiral,
se reconciliaron. Arnedo sac a Nacha de su asiento, llevndola al
suyo, la sent sobre sus rodillas y la acarici, entre las protestas
burlonas y las risas y gritos de los dems. "Ch, ch! Hasta ah no
ms... Ya basta. Mir que nos vamos", le decan los amigos.

La primera botella se haba ya terminado y estaban en la segunda,
cuando Nacha, que se iba poco a poco entristeciendo, se solt a llorar.

--Qu significa esto?--pregunt Amiral.

--Nada--dijo Arnedo.--Cada vez que se mama le da por lloriquear.

Nacha, completamente ebria, comenz a hablar. Los dems se rean como
locos viendo sus gestos, sus muecas, oyendo aquellas cosas incoherentes
que deca.

--Tanto que lo quise y se ha muerto!--gema Nacha, entrecortando las
palabras.--Estuvo aqu esta tarde, me dijo que me quera, y ya se haba
muerto. No hubo un hombre ms bueno ni ms santo... Ay, Dios mo!
Lo que hizo en el cabaret no lo hace nadie. Carlos Riga se llamaba!
Desgraciada que soy! Me dijo que sufriera... Era necesario sufrir...
Pero yo quiero vivir, vivir... Quiero vivir y sufrir. Me ofreci su
amistad! Y para qu? Para morirse? Todos los que quiero se mueren.
Se ren ustedes de m... Y por qu? No digo la verdad? Soy una
arrastrada, pero soy mujer, y he sufrido y fu madre y s lo que es el
cario... No me ir de esta casa...

--La ha agarrado lindo, la Nacha!

--Es mejor la tranca que el pasador!

Pero Nacha ya no oa ni comprenda. Los ojos se le cerraban de sueo y
no tard en dejar caer la cabeza sobre sus brazos y quedar all en la
mesa profundamente dormida.

Se levant muy tarde al da siguiente. La sirvienta le entreg unas
lneas de Arnedo. Le deca el amigo que no quera verla un minuto ms
en la casa, que poda irse con Monsalvat o con quien fuese. Necesitaba
el lugar de ella para otra, y le inclua un billete de cien pesos.

Nacha estaba serena, aunque avergonzada del espectculo de la noche
anterior. Se alegraba de que su amistad con Arnedo terminase as. Era
mejor concluir de una vez. Ahora le pareca que l tambin le tena
ley. Si no, por qu le escriba en lugar de echarla a puntapis o por
medio de la sirvienta? Era una delicadeza extraa en el Pampa. Tuvo la
tentacin de quedarse, por capricho nicamente. Pero no. Al diablo el
Pampa! Quera ser honrada, ensayara.

Escribi dos palabras a Arnedo, para asegurarle que no le guardaba
rencor ni antipata y para devolverle los cien pesos. Luego arregl su
bal, tranquilamente, sin pensar en nada. Cuando acab, lo hizo bajar,
y llamando un carruaje di la direccin de una casa de huspedes,
cuyo aviso leyera en _La Patria_. "Casa seria, de confianza", deca
el diario. Nacha haba sentido una gran alegra al tropezar con este
aviso. Ya se imaginaba que haba andado buena parte del camino de la
honestidad.




                                  IX


La muerte de su madre y todo cuanto ella le refiriera sobre Eugenia,
haban producido en Monsalvat como un sopor de la voluntad y del
entendimiento. Se dejaba vivir, se abandonaba a la corriente de las
horas que pasan, como una pequea planta en medio de un gran ro. No
soaba, no pensaba, no recordaba. Alguna vez, sin embargo, supuso que
aquel estado de pasividad espiritual deba ser anlogo al de Nacha, que
se dejara arrastrar por la vida sin pensamiento, sin voluntad y sin
ensueos.

Pero esta situacin no poda durar largo tiempo en un espritu como
el de Monsalvat. A los pocos das de la noche en que muri su madre,
ya comenz a sentir la necesidad de la accin. Dos preocupaciones le
acosaron: la de encontrar a su hermana y la de resolver la situacin de
las pobres gentes de su conventillo.

Una maana el corredor encargado de hipotecar la propiedad le refiri
que el asunto estaba ya arreglado. No haba sino que escriturar. El
Banco le entregaba cdulas por valor de cuarenta mil pesos. Monsalvat
se traslad inmediatamente al inquilinato.

--Por qu no ha cumplido usted mis rdenes?--le pregunt al encargado.

--Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale
n. Ah los tiene: son peores que los marranos.

Se trataba de diversas disposiciones higinicas que Monsalvat no
vea realizadas. El encargado era un aragons testarudo, insolente y
entrometido. Gustaba hacerse el gracioso, pronunciando algunas palabras
como los andaluces. Pareca inquieto por la presencia de Monsalvat.

--Pa qu va ust a hablar con ellos? No le dirn ms que mentiras. Hay
que darles lea, hombre, y no buenas palabras ni favores.

Pero Monsalvat, apartndole porque se interpona en su camino, se
dirigi a uno de los cuartos que vi abiertos. Viva all un italiano,
empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre haba
ido al trabajo. Monsalvat pregunt a la mujer si el encargado le haba
transmitido sus rdenes. La mujer dijo que no.

--No ve? Pa qu les pregunta n?--exclam el aragons, triunfalmente.

Y agreg, lanzando una carcajada:

--El pueblo soberano!

Monsalvat le exigi que se retirase, y el hombre, protestando, se alej.

--Cunto ha pagado este mes?--pregunt Monsalvat a su inquilina.

La italiana supuso que pretenda aumentarles el alquiler y crey del
caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades.
Monsalvat exiga que le dijesen cunto pagaba y la pobre mujer,
temblando, declar que veinte pesos. Las palabras de la vieja
disgustaron a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar slo la mitad
de los alquileres. Pero la vieja interpret al revs aquel disgusto del
patrn. Se enojaba porque pagaban poco, y ahora le subira el alquiler.
Esta Amrica!

Cuarto por cuarto, Monsalvat fu preguntando cunto pagaban los
inquilinos. Eran quince los cuartos; y como algunos habitantes no
estaban, pronto los recorri a todos. Luego se encar con el encargado
para reprocharle su desobediencia. Orden que reuniese a toda la gente
y que abandonara la casa ese mismo da. Cuando todos los inquilinos
presentes estuvieron reunidos en el patio, Monsalvat les comunic su
decisin: en adelante cada cuarto pagara la mitad del alquiler.

--Pero esto no durar mucho--continu--, porque he resuelto transformar
la casa. Quiero que ustedes vivan con comodidad y con limpieza y que
tengan aire y sol. Quiero que vivan como seres humanos y no como
animales. Cuando las obras comiencen, ustedes buscarn otro conventillo
donde vivir, y luego volvern a ste, convertido en una linda casa.

Monsalvat esperaba que sus palabras seran recibidas con entusiasmo.
Pero no fu as. Algunos torcan el gesto, otros cuchicheaban. Una
vieja se puso a hacer pucheros y un gallego protest contra el abuso de
querer echarlos de la casa para subir despus los alquileres. Monsalvat
llam al protestador.

--No comprende que lo que quiero es el bien de ustedes? Viviendo con
higiene, con aire y con luz se enfermarn menos y la vida no les ser
tan dura.

Pero el hombre no comprenda. Si ellos se encontraban bien, por qu
obligarles a aceptar lo que no pedan? Que vivan como los puercos? Y
bueno: acaso vivieron antes de otra manera? Eso que deca el patrn:
la higiene y el aire, eran buenos para los ricos. Los pobres estaban
tan conformes sin aire! Y respecto a la higiene, maldita la falta
que les haca. Adems, si la vida de los pobres era dura, no les
corresponda a los ricos pretender mejorarla.

--Cada cual en sus asuntos--termin el gallego.

Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados porque
no lo creeran. Ya conocan demasiado a los ricos. Todos iguales. Si
a veces cedan por un lado era para reventarlos por otro. As es que
poda el patrn marcharse con sus rebajas de alquiler y su reforma del
conventillo. No aceptaban la rebaja, no. Ellos no se moveran de all!

Y al decir esto, clavaba los ojos en Monsalvat, provocativamente.
Los que oan, que eran ms de la mitad de los habitantes de la casa,
aprobaron al orador. Monsalvat, lleno de tristeza y desaliento, les oa
decir: "Tiene razn", y vea en algunos las miradas de odio hacia l.
No quiso contestar al hombre. Para qu? Se limit a asegurarles que
ese mes slo pagara diez pesos cada cuarto, y se alej, dejando a sus
oyentes exaltados y discutiendo.

Mientras Monsalvat iba en camino de su hotel, pensaba que no deba
desanimarse. Al contrario, era preciso insistir, luchar contra ellos
en beneficio de ellos. Comprenda que faltaba la obra de cultura y que
sta deba ser paralela a aqulla que procuraba el bien material.
Pobres hombres los que vean las cosas como sus inquilinos! He aqu
que los haba embrutecido la triste vida que llevaban. Una organizacin
social vergonzosa los haba deprimido y explotado, y desconfiaban de
todo, hasta de las mejores intenciones y hasta de aqullos que slo
ansiaban su felicidad. Ahora ms que nunca Monsalvat comprenda cul
era su camino. Ya no dudaba de su deber del momento. El obstculo le
infunda fuerzas y se dijera que una gran luz llenaba todo su corazn.

Iba llegando al hotel cuando alguien, salindose de un carruaje, le
haca seas de detenerse. Era Ruiz de Castro, elegante, perfumado,
enhiesto, conquistador como siempre. Junto con l baj del coche
Ercasty. Salud a Monsalvat con afectada cortesa, que contrastaba con
el aire de desagrado que mostr al verle.

--Pero hombre,--exclam Ruiz, dirigindose a Monsalvat--no te imaginas
el toletole que armaste aquella noche. He tenido una interminable serie
de disgustos por culpa tuya.

Y rea sonoramente, muy divertido de todo aquello. El mdico miraba a
Monsalvat de arriba a abajo, observndole con descaro, o alzaba sus
ojos al cielo, sobre todo cuando Monsalvat hablaba.

--Tambin slo a ste se le ocurre defender a las locas. Las seoras te
han supuesto el calavera ms grande que existe en todo Buenos Aires.
Un libertino formidable, hijo!

--Es sensible que se equivoquen--dijo Monsalvat.

--Yo lo lamento en cuanto esa equivocacin es un error y todo error es
una fealdad y una llaga. Pero en cuanto a m, poco me preocupa. No
dejar de ser lo que soy.

El mdico se sinti molesto al oir estas palabras y abandon su actitud
pasiva. En su veneracin a la Sociedad, no admita que el individuo
fuese otra cosa que aquello como lo consideraba la sociedad.

--Eso es una estupidez--dogmatiz agresivamente.--El juicio pblico es
lo que vale, la sancin general.

Monsalvat no le contest.

--No me arrepiento de haber defendido a esas pobres mujeres--dijo,
dirigindose a Ruiz de Castro.--Te aseguro que no las conocemos. Las
imaginamos unas simples bestias, unos seres sin alma, sin personalidad.
Y nos equivocamos. Son seres que sienten, sufren, aman y odian lo mismo
que cualquiera de nosotros. Y aunque as no fuese, aunque estuvieran
bestializadas, de quin es la culpa?

--Una idiotez, echar la culpa a la sociedad de la vida de esa
gente--afirm rotundamente el mdico.--Hacen lo que hacen porque son
degeneradas...

--No son degeneradas; son vctimas. Muchas quisieron trabajar, y los
salarios irrisorios y las deudas las arrojaron al vicio. Algunas pocas
sern degeneradas, hijas de alcoholistas; pero del alcoholismo de los
padres, estamos seguros de no tener la culpa? No. La causa del mal,
como de otros males, est en m, en Ruiz, en usted, en aqul que pasa
en automvil. La causa del mal est en el propietario de la fbrica,
en el dueo de la tienda, en las leyes criminales que sancionan la
injusticia, y en nuestras ideas y nuestros sentimientos. La causa est
en nosotros porque nos falta simpata humana, sentido de la justicia,
piedad. Infinidad de esas pobres muchachas podran an ser salvadas,
pues no han cado enteramente. Y qu hemos hecho para salvar a una
sola? Esas muchachas tienen un alma, tienen derecho a la vida, poseen
un corazn. Ellas van a morir, como nosotros. Son hermanas nuestras.
Y qu hemos hecho? Les hemos dicho a nuestros hijos: no fomentes
el mal? Hemos entrado alguna vez en uno de los lugares donde viven,
con otro propsito que no sea el de satisfacer nuestro instinto? El
comerciante, el industrial, les tendi la mano cuando las vi a
punto de caer? Les aument el salario? Les dijo una palabra humana,
afectuosa, buena? Y nosotros protejamos a ese comerciante y a ese
industrial. Para que ellos puedan ganar millones, creamos impuestos
sobre el hambre del pueblo. Quines son los culpables? Podemos decir
que no hemos contribuido, siquiera con nuestra complicidad, a que la
pobre mujer se envilezca? Todos somos cmplices de infinitos crmenes.
Un collar de perlas representa la muerte de unos cuantos indgenas en
el golfo Prsico o en Ceiln. Y el ajuar de una novia contribuye a la
tuberculosis o a la prostitucin de una infeliz obrerita.

Ruiz de Castro se haba puesto serio. Era un alma buena, accesible
a las grandes cosas. No as el otro, que vea todas las cuestiones
desde el punto de vista aristocrtico. En este caso, l no pensaba que
Monsalvat pudiese o no tener razn; sus palabras eran inconvenientes y
en consecuencia le irritaba el oirlas. Para este individuo, un hombre
de su clase, un caballero, debe tener las ideas y los sentimientos de
su clase. Monsalvat, a su juicio, proceda como un plebeyo, como un
traidor al defender a los obreros y a las prostitutas, a los esclavos
de toda especie. Permita que se les defendiese en forma protectora
o con palabras paradjicas, pero nunca como lo hara un hombre del
pueblo o un revolucionario: atacando a la sociedad, insultando a la
gente distinguida, despreciando la tradicin. Este individuo hubiese
maltratado a Monsalvat en aquel momento. Pero como su coraje era de la
boca para afuera, limitbase a soltar improperios. Monsalvat senta
lstima de aquel hombre.

Cuando Ruiz y su acompaante se despidieron, Monsalvat se dirigi a la
puerta del hotel. En ese instante se volvi y tuvo una penosa sonrisa
al ver la boca del mdico, abultada de palabrotas. Iba a entrar en
el hotel, pero como todava era temprano--las once de la maana--se
encamin a la casa donde viviera su madre, para hablar con Moreno.

En la puerta encontr a la hija de Moreno. Qu penosa impresin le
produjo a Monsalvat la pobrecita! Se dijera una bella flor pisoteada y
llena de la suciedad del conventillo. En sus ojos se lea la vergenza
por aquel padre que tena, el dolor de la vida miserable, las angustias
del hambre. Ella y la madre cosan, bordaban, buscaban por debajo
de la tierra los centavos indispensables para aquel pan de cada da
que muchas veces faltaba. Ella, Irene, vesta y lavaba a sus siete
hermanitos y llevaba las costuras a los registros y las tiendas. Una
tristeza, su vida. Una tristeza sin ninguna esperanza. Decan en la
casa que el padre intent venderla y que ella, aterrorizada, huy con
su novio para evitar esa vergenza. Decan tambin que el novio la
enga. Y decan que cuando faltaba en la casa el pan, Irene, arreglada
con sus mejores galas, iba a buscar el dinero para comprarlo. Monsalvat
le haba tomado cario. La vi aquella noche tan humilde, tan dispuesta
a cualquier trabajo, tan afectuosa para con Aquilina, tan hbil para
preparar los remedios y drselos.

--Voy aqu cerca--contest a una pregunta de Monsalvat y con una
sonrisa triste.--Hay una mujer que ha perdido un hijito de dos aos. Es
viuda. No tiene trabajo.

--Quiere llevarle algo de mi parte? De nuestra parte?

Dijo Irene que ya ella le llevaba. Eran sus ahorros. Monsalvat insisti
tanto en saber cunto le llevaba, que Irene, aunque avergonzada,
no pudo ocultrselo. Le llevaba dos pesos. Monsalvat sonri con
lstima profunda y le puso en la mano todo lo que tena en su
bolsillo. Monsalvat hubiera querido darle a Irene aquel dinero, pero
no se atrevi a ofrecrselo. Sospechaba que en su casa sera tan
indispensable como en la casa de la viuda.

Moreno haba salido, como siempre. Apenas si iba all para dormir. Su
mujer tampoco estaba. Haba ido a buscarle trabajo, como mandadero, al
mayor de sus hijos. Monsalvat subi a los cuartos de Moreno. Quera
hablar a solas con Irene. Ella pareca emocionada de aquella visita.
Los cuartos estaban en desorden y pidi a su visitante toda clase de
disculpas. Los chicos entraban y salan, mugrientos, flacos, medio
desnudos. Irene revelaba su emocin en un incesante parpadeo que le
daba una gracia singular.

Hablaron de Eugenia Monsalvat. Irene la conoca.

--Cmo es? Dgame de ella todo lo que sepa. Es buena? Se acord
alguna vez de m?

Era muy buena Eugenia. Ella la quera mucho. Iba a la casa vestida con
mucho lujo. Decan que tena dinero a montones. Pero Eugenia trataba
de hacer todo el bien posible. Nunca se olvidaba de traer algo para la
madre de Irene. A Irene le llevaba tambin algn vestido u otro regalo
cualquiera. Y jams dejaba de darle los mejores consejos. Estaba linda,
muy linda. Ella la haba odo acordarse de su hermano. Deca que si
por algo deseaba no vivir como viva, era por su hermano, que sufrira
tanto de saberla en su situacin.

--Y dnde est ahora? Usted cree que Moreno la traer?

Irene enrojeci. A las preguntas de Monsalvat repuso, toda turbada, que
su padre no saba dnde se encontraba Eugenia. Nadie lo saba tampoco,
porque ella nunca quiso dar su direccin. Su padre quera sacarle
dinero a Monsalvat. Irene le rog que no se lo diera, pues lo quera
para beber, y l los haca a todos muy desgraciados en la casa cuando
beba. Era intil buscar a Eugenia. Nadie tena la menor idea de dnde
pudiese vivir. Slo quedaba esperar. Eugenia no tardara en aparecer
all, para visitar a su madre. Y entonces le diran que haba muerto y
que su hermano la buscaba.

--Dgale tambin, Irene, de la mejor manera, que su hermano la perdona
y que quiere que vivan los dos juntos.

Monsalvat se haba emocionado ligeramente al pronunciar estas palabras
y su emocin tuvo un eco inmediato, y para Monsalvat insospechado, en
el corazn de Irene. Ambos sintieron que aquella comn emocin los
acercaba, y se miraron profundamente. Monsalvat tuvo la adivinacin de
que la pobre muchacha lo amaba.

--Y usted?--exclam Monsalvat.--Por qu no tiene un empleo?

--He buscado trabajo pero no pude encontrar. Cosemos aqu, con mam.
Ella sabe bordar y me ensea. Pero ganamos tan poco, tan poco! Hay
das que no tenemos qu comer. Nuestra vida es muy triste. Y sin
esperanzas de mejorar!

Irene hablaba medio llorosa, como si todos los recuerdos de su miseria
se amontonasen frente a ella. Monsalvat callaba, dominado por la pena
y la emocin. Irene refiri su existencia detalladamente, relat
los malos tratos que les daba Moreno, sus sufrimientos cuando los
hermanitos lloraban de hambre.

--No puedo oirlos llorar. Se me parte el corazn. Soy capaz de todo,
con tal de que no padezcan, los pobrecitos.

De pronto Irene solt el llanto. Monsalvat intent consolarla, le habl
como un hermano. Pero de pronto, se levant para marcharse. La imagen
de Nacha, dominadora y bella, se haba instalado en su espritu. Irene,
al ver a Monsalvat que pretenda irse, le tom primero una mano y luego
se arroj a sus pies, llorando entrecortadamente y pidindole que la
llevase.

--Ser su esclava, su sirvienta. Usted socorrer a mis padres y a mis
hermanitos. Ellos comern su pan. Llveme, seor. Yo lo quiero, lo
venero. Si no me lleva, no s qu ser de m. Me ir con el primero que
pase. Ser como Eugenia. Tendr lujo, tendr carruaje, ayudar a vivir
a mi familia.

Monsalvat la oblig a levantarse. Quedaron frente a frente, ella
llorando, l pensativo, sombro.

--Hace un ao la hubiera llevado, Irene. Ahora, no me es posible. Pero
no es necesario que usted se humille para que yo favorezca a los suyos.
Tendrn todo lo que yo pueda darles, todo, Irene. Pero promtame no
hacer disparates. Yo ser su amigo, yo vendr a visitarla.

Irene, sin decir nada, se arrim a un ngulo del cuarto y se puso a
llorar con ansias, moviendo la cabeza con desesperacin. Monsalvat
sali del cuarto con el alma estrujada.

Durante todo el da, Monsalvat pens en Irene. Pero a la tarde resolvi
hacer dos visitas trascendentales: a Nacha y a Torres. No poda demorar
ms en ver a Nacha, y en cuanto a Torres, necesitaba rogarle que le
ayudase en buscar a Eugenia.

Fu primero a la casa de Nacha. Llam a la puerta, y qued fro,
cohibido, casi asombrado de encontrarse con Arnedo. El patotero lo mir
de arriba a abajo, estupefacto.

--Era entonces verdad que la sarnosa aquella andaba con usted! Y a
qu viene? A buscarla? Sepa que hace diez das la ech. Ahora andar
rodando por ah, como una putilla cualquiera.

Hablaba en tono que pretenda ser mordaz, ocultando el enojo que le
produca la presencia de Monsalvat. Pero Monsalvat haba recuperado su
dominio de s mismo. Y serenamente, declar que nada tena con Nacha.
La prueba era que ignoraba su salida de aquella casa. Si algo hubiese
habido entre ellos, no eran diez das un plazo demasiado largo para
pasarlo sin verse ni una vez?

--De todos modos--dijo Arnedo, convencido del argumento--, no tena
usted para qu venir aqu. Y ahora mismo le ordeno que se vaya. Si no,
lo echo por la escalera.

Monsalvat no se inmut. Le mir a los ojos con tanta sencillez, con
tanta paz, que Arnedo abandon su intencin violenta.

--Por qu tomar las cosas de ese modo?--dijo Monsalvat.--Yo quisiera
que usted me escuchase con un poco de paciencia. He venido a ver a
Nacha. Pero no con el propsito que usted ha podido suponer, sino para
traerle bien. Yo s que ella desea ser buena. No le parece que es
lo justo, lo humano apoyarla en su propsito? Si usted la ha querido
alguna vez, no le impida seguir el buen camino, djela que se salve.

Arnedo le escuchaba con las manos en los bolsillos y los ojos en el
suelo. Al principio tuvo deseos de reir, pues todo aquello le pareca
una ridiculez, "cosa de sonso". Pero luego acab por ponerse serio. Se
dijera que meditaba las palabras de Monsalvat.

--Pero no es por Nacha solamente que he venido. Quera tambin hablar
con usted. Quera preguntarle dnde est Eugenia Monsalvat.

Dijo esto con una grave elocuencia, en un tono casi solemne que
impresion al patotero.

--Mi madre ha muerto y ella me rog que la buscara, y debo cumplir el
deseo de mi madre, que fueron sus ltimas palabras. Nadie sabe dnde
est. Arnedo, haga usted una obra de bien y dgame...

--No s dnde est. Si llegara a averiguarlo...

Al despedirse, los dos hombres se dieron la mano. Arnedo acababa de
comprender a Monsalvat. Saba que no era un cobarde. Saba que lo
perdonaba. Saba que haba en l algo que no haba en los dems. Lo
acompa hasta el ascensor, y all le di otro apretn de mano.

Monsalvat fu a la casa de Torres. El mdico estaba en su consultorio.
Escuch los deseos de su amigo, sin mirarle, para no aumentar su
dolor y su vergenza. A Monsalvat no le import hablar de su hermana
ante Arnedo, pero ante Torres, qu tremendo esfuerzo le cost! Y an
faltaba lo peor: decirle que tambin quera encontrar a Nacha.

Torres iba a creer que estaba enamorado y tal vez se reira. Pero no
fu as, sin embargo. Cuando Monsalvat, reuniendo todas las fuerzas
de su espritu, le habl de la necesidad de buscar a Nacha, Torres
contest que era efectivamente necesario buscarla.

Y era que l tambin haba comprendido a Monsalvat.




                                   X


La casa de pensin donde Nacha se haba instalado perteneca a una
vieja solterona francesa, mademoiselle Dupont. A Nacha la haba
conquistado mademoiselle con sus modos amables, sus finezas, su
_politesse_, su solemne aspecto de virtud y austeridad. La pobre
Nacha no haba sido en su vida muy bien tratada, sobre todo durante
los ltimos aos; y ahora, al verse rodeada de atenciones, estaba
encantada. Atribua a cario y simpata las amabilidades de memoria de
mademoiselle, y consideraba que la francesa le haca un honor inmenso,
increble, al demostrarle su afecto. En realidad, mademoiselle era
tan arrugada de espritu como de cara. Su sentimentalismo, puramente
verbal, consista en el abuso de ciertas palabras y frases cariosas
o compasivas como _ma petite_, _ma cherie_, _oh quelle douleur_,
_tres gentille_ y otras. Al oirla se creera que para ella todo era
delicioso, encantador, exquisito, digno de compasin, de simpata.
En el fondo, hija de unos protestantes de Bayona, pero catlica, era
una mujer seca, egosta, y un poco ridcula. A todos sus pupilos
los trataba como a Nacha, y les prodigaba parecidas amabilidades.
Mademoiselle tendra cuarenta y cinco aos, pero representaba ms
de cincuenta. Era alta, rgida de movimientos, ligeramente rubia.
Tena un rostro un tanto hombruno, de facciones angulosas; la nariz
muy puntiaguda y el borde superior de los dos agujeros excesivamente
recortados hacia adentro. La cabellera le daba cierto aire fantstico;
usaba un peinado alto y anticuado que le cubra gran parte de la
frente, le tapaba las orejas, y en los lados se desflecaba hacia los
hombros y la cara. Cuando quera ser amable, hablaba inclinndose
ceremoniosamente hacia su interlocutor, y sonriendo siempre y achicando
sus ojuelos, ya pequeos de por s.

Mademoiselle sola visitar a Nacha en su cuarto.

--Siempre solita!--exclama juntando las manos y moviendo la
cabeza.--Permite un poco de compaa?

--Cmo no, mademoiselle! Con mucho gusto...

Sentbase junto a Nacha y le deca cunto cario le haba tomado, su
deseo de que nunca dejase aquella casa y el placer que le daba su
conversacin.

--Es una seorita tan buena, usted, Nash!

--Qu he de ser buena, mademoiselle!

La francesa continuaba en sus elogios, hasta que llegaba el momento de
las averiguaciones. Quera saberlo todo. Si Nacha tena familia, en
qu haba trabajado, de qu viva. Nacha temblaba cuando mademoiselle
comenzaba con sus preguntas. No saba qu contestarle. Si en lugar de
la francesa hubiera sido otra persona, se habra incomodado; pero como
era mademoiselle, atribua aquel testarudo interrogatorio al cario que
senta por ella, al deseo de serle til y de conocerla mejor.

--Para qu quiere saber?--exclamaba Nacha algunas veces.

--Oh, no es por nada, seorita Nash. No vaya a creer. Es que yo la
amo tanto! Usted es una seorita tan gentil, tan pura...

Cada vez que mademoiselle haca alusin a la pureza de su pupila, Nacha
se ruborizaba. La francesa observaba de reojo y quedaba compungida,
ruborizada tambin.

--Oh, yo veo bien lo que es usted! No como otras que yo he conocido.
Yo amo tanto la virtud que no comprendo cmo algunas mujeres... Yo
no s... Usted sabe, yo he sido educada en principios tan puros, tan
puros... Mis padres eran muy religiosos, y verdaderamente austeros.
Ellos me inculcaron sus principios, y por eso yo soy tan exigente en
esta materia que no permito, no acepto, la menor falta. Oh, no, no!
Todo, menos las faltas contra la pureza...

Nacha se preguntaba con terror si mademoiselle sabra algo de su
vida, y llegaba a la conclusin de que lo ignoraba todo, pues de no
ser as la habra arrojado de la casa. Con tantas declaraciones de
pureza y santos principios, confirmados por la austeridad y rigidez
de las costumbres, Nacha lleg a admirar a mademoiselle como a un ser
sobrenatural. Hasta la tom como modelo y dese imitarla. Sugestionada
por la francesa, no quera ni salir a la calle, pensando que en la
calle estaban la tentacin y el vicio.

Permaneca el da entero en su cuarto, recordando los incidentes de
los ltimos das, soando, preguntndose quin era Monsalvat y qu
pretendi de ella. Era realmente lo que pareca? O sera un farsante
y un sinvergenza, que se vala de un lenguaje noble y afectuoso para
quitrsela a Arnedo y llevrsela con l? Poda ser as, pues para los
hombres todos los medios eran buenos cuando se trataba de conseguir
una mujer de su capricho. Y que ella haba gustado a Monsalvat no
tena duda. Recordaba cmo sus ojos se cruzaron, la primera vez que
se vieron, a la salida del cabaret; cmo la haba seguido hasta su
casa; cmo haba vuelto al cabaret para verla; cmo haba salido en
su defensa. Porque ella no crea que por piedad o por lstima se
hubiese l expuesto a las injurias y a las violencias de la patota; un
hombre slo se expone por amor. Adems, Nacha recordaba las miradas de
Monsalvat, antes del incidente. No, no poda dudar; aquel hombre la
quera.

Pero ella, deba agradecrselo? No saba si amarlo o detestarlo. A
veces, crea que lo adoraba; pero otras, al pensar que estaba en medio
de la calle y que tendra que volver a la vida, lo odiaba con todas las
fuerzas de su alma. Por qu fu a la casa, a atormentarla? Por qu le
dijo aquellas cosas, sabiendo que una mujer como ella no puede cambiar
de vida, porque est maldita? Sera un perverso Monsalvat, que slo
pretenda hacerle mal?

Su cabeza se confunda entre todas estas preguntas e indecisiones. A
veces, se echaba a s misma la culpa de su situacin. Se reprochaba
haber arrojado de la casa a Monsalvat, en lugar de haber aceptado el
afecto que le ofreca. Debi ella haber pedido que concretara sus
propsitos, que le expusiera un plan y le dijese en qu forma estaba
dispuesto a ayudarla. Tal vez se hubieran entendido. Tal vez ahora
vivieran juntos... Y al pensar esto, Nacha senta un extrao rubor
subindole a la cara.

Mientras tanto, Nacha viva del dinero que le entregaron por algunas
alhajas. Se arrepenta no haber aceptado la suma que quiso darle
Arnedo. Al fin y al cabo, no era ella una... mujer perdida? Qu
tantos escrpulos para aceptar un dinero, ella, que venda su cuerpo
por dinero? Mademoiselle haba exigido el pago adelantado de la
pensin, de modo que tuvo que desprenderse de una pequea alhaja el
mismo da que se instal. Quedbanle otras, pero tan modestas, que no
le daran ni para vivir un mes.

Al salir para siempre de la casa de Arnedo no tuvo la intencin de ser
honrada. Convencida de que su destino era ser una mala mujer, tena
resuelto volver de nuevo a la vida. Pero ahora, dos cosas la detenan:
el recuerdo de Monsalvat, y mademoiselle. Mientras viviese en aquella
casa jams incurrira en una falta grave; sera cometer una deslealtad
para con mademoiselle. La virtud de la francesa la tena impresionada,
y le haba hecho admirar la Virtud. Encontraba un gran encanto, una
verdadera tranquilidad en vivir honestamente. No era la ausencia de
remordimientos lo que ms le atraa, sino la pureza en s misma.

Pero ms fuerte que todo esto, mucho ms fuerte, era el recuerdo de
Monsalvat. Ella lo haba arrojado de la casa, hasta crea haberlo
injuriado. Pero l la haba vencido, dejndole una marca para siempre,
inyectndole algunos conceptos y argumentos fundamentales que ella
jams olvidara. Con amor o sin amor hacia aquel hombre, el hecho
era que no pasaba un cuarto de hora que no pensase en l, y que
este recuerdo, mientras permaneciese en su espritu, le impedira
recomenzar "la vida". Si alguna vez, llevada no por exigencias de
dinero sino fisiolgicas o simplemente por hbito del vicio, pens en
caer de nuevo, inmediatamente la imagen de Monsalvat se le present a
sus ojos, tirnica y a la vez bondadosa, conminndola a abandonar la
tentacin.

Transcurri as un mes y medio. Nacha viva en el aburrimiento y en la
ms absoluta inaccin. Se levantaba a las once, almorzaba con los dems
huspedes, pasaba la tarde recostada en un silln, pensando, leyendo, o
dejando vagar a su imaginacin un tanto lenta, o en charla confidencial
con mademoiselle. No sala casi nunca. A la noche, despus de comer,
jugaba a las cartas con algunos de los huspedes y se acostaba muy
tarde.

No quera visitar a sus amigas, temiendo que le devolviesen la visita
y la comprometieran con mademoiselle. Y menos a sus antiguos amigos,
que podran ir a la casa con cualquier pretexto. Slo deseaba salir
para averiguar algo sobre Monsalvat. No tena la menor idea sobre sus
ocupaciones, sus amistades, su posicin, los lugares que frecuentaba.
Estaba segura de que al cabaret slo haba ido por excepcin,
casualmente quizs, y que, no teniendo esperanza de encontrarla a ella,
no volvera jams.

Con los pensionistas haba hablado de l, pero no logr ningn dato
porque ellos no lo conocan. Solamente uno dijo haber ledo artculos
suyos en el gran diario _La Patria_. Nacha habl por telfono a _La
Patria_, preguntando el domicilio de Monsalvat, pero le contestaron que
lo ignoraban.

Uno de los pensionistas, que sospech lo que era Nacha, le hizo el
amor apenas habl con ella dos veces. Era un empleado de un banco, un
sujeto meloso y pegajoso, feo, vulgar e inspido. La invitaba a pasear.
Quera que fuese con l a Palermo, al cine, a algn teatro, a tomar el
t en tal o cual parte. Nacha le manifestaba desprecio, pero el hombre
insista. Termin por ofrecerle dinero, de pronto, a boca de jarro, una
noche que conversaban en el balcn del cuarto de Nacha.

Las pocas noches que Nacha sali fu con mademoiselle. Una tarde
la francesa se empe en llevarla a una reunin. Nacha, curiosa y
deseando divertirse, acept. Fueron en carruaje a una casa de la
calle Independencia, lejos del centro. En la puerta, Nacha ley una
pequea placa puesta en la pared, donde debajo de un nombre haba estas
palabras: "Se ensea la felicidad". Dentro, en una sala de reducido
tamao, haba varios bancos y sillas y unas cuantas personas. Un
individuo idntico a los tziganos de las orquestas, de pie, frente al
auditorio, hablaba. En el instante de entrar, el individuo orden:
"Cadena general". Nacha no pudo menos de reir, porque aquellas palabras
le recordaban el baile llamado de lanceros. Mademoiselle la amonest
con una mirada seca y solemne. Los concurrentes, hombres y mujeres,
apenas oyeron la voz de mando, se dieron todos de la mano y as
permanecieron un instante hasta que el individuo, adoptando una actitud
llena de uncin, dijo que ya el espritu haba penetrado en l. Uno de
los presentes hizo varias preguntas al espritu y el hombre contest
a todas, en un tono quejumbroso, lnguido, como de ultratumba. Cuando
terminaron las preguntas, Nacha, que estaba asustada al principio,
quiso hablar con Riga para preguntarle qu deba hacer. Pero no se
atrevi, adems de que ya era tarde y el hombre di por concluida la
sesin.

Cuando volvieron a la casa no hablaron Nacha y mademoiselle sino de
la reunin espiritista. Mademoiselle crea a pie juntillas en todo
aquello. Y al mismo tiempo era catlica, muy devota, y hasta amiga
de unos Padres franceses que solan ir a la casa. Nacha preguntaba a
mademoiselle si los espritus lo saban todo.

--Oh, _oui_, todo, todo... El pasado, el porvenir, lo que a usted le
conviene, todo, todo...

--Mejor que las cartas, entonces? Y que las adivinas?

--Oh, mucho mejor, _ma petite_. Las adivinas, ciertas veces, engaan.
Pero los espritus, usted sabe, _ma cherie_, no engaan _jamais_. Cmo
quiere que un espritu engae? _Oh, c'est pas possible, mon amour!_

Nacha sola recibir la visita de una mujer que le sacaba las cartas,
una vez por semana. Pero eran tan vagas las respuestas que pens
consultar a la madre Antonia, la famosa adivina de Barracas. Ahora
prefera hablar con Riga, mediante el profesor de felicidad. Saba que
el poeta no iba a engaarla, pues era bueno, sincero y la quiso siempre
de veras. Sin embargo, en las otras dos o tres veces que fu a la
reunin espiritista no se anim a invocar el espritu de Riga. No fu
por vergenza o por pudor, sino porque temi que Riga se enojase y le
reprochara duramente su vida.

Una maana le ocurri a Nacha con mademoisselle un incidente pintoresco.

Nacha sola entrar en la pieza de mademoiselle sin llamar. Pero siempre
entr a la tarde, o a la noche, o en las altas horas de la maana.
Ocurri que aquella maana de octubre era domingo y Nacha, que haba
madrugado para ir a misa, quiso abrir la puerta de mademoisselle,
que resista como si estuviese atrancada con una silla. La francesa
debi gritar: "no entre", pero Nacha, oyendo mal, empuj. Y apenas
pis el umbral di un grito, y, cerrando la puerta bruscamente, huy
corriendo. Haba visto a mademoisselle incorporada en la cama, con los
ojos inyectados, y junto a ella dos tremendos bigotes que pretendan
ocultarse.

--Oh, seorita Nash, si usted supiera...--le dijo despus
mademoisselle, muerta de vergenza, colorada, tartamudeando.

--No se preocupe mademoisselle. Cmo cree que yo me voy a asombrar? Yo
s bien que una persona no puede vivir sin querer. Y menos una persona
tan buena como usted.

--Oh, no, no! Usted es una santa, _ma petite_. Yo he cometido un
pecado muy grave, muy grave.

Se afliga tanto que Nacha, para consolarla, le cont algunas cosas
de su vida. No le dijo que haba frecuentado las casas de citas,
pero s que tuvo muchos amantes. La francesa se iba consolando y a
la vez ponindose seria. Cuando Nacha termin, dijo que tena varios
quehaceres y se fu.

Nacha crey que su amistad con mademoisselle, despus de lo ocurrido,
sera ms ntima que nunca. Una semana despus, mademoisselle le pidi
el pago del mes que le deba.

--Oh, seorita Nash, no es por nada, usted sabe, pero las cosas andan
mal. Los pensionistas... algunos... no pagan puntualmente.

--Yo le pido que espere un poquito, mademoisselle. Un mes no es nada
para usted. Mire que estoy muy pobre. He vendido las pobrecitas alhajas
que tena. Buscar un empleo, trabajar... Pero no me apremie. S, sea
buena, por favor...

Y le tom una mano, cosa que mademoisselle sola antes hacer con
ella, y que haba hecho sin fin de veces aquel domingo cuando rogaba
a su pupila para que no revelase a nadie el tremendo secreto que le
sorprendiera. Mademoiselle retir la mano con alguna sequedad y se
levant.

--No, no puedo esperar, seorita. Maana me trae su pensin. No le
cuesta nada ganarla. Usted tiene amigos muy... benvolos, que se la
darn gustosamente. Oh, gustosamente! _C'est a._

Nacha enrojeci de vergenza y de ira y contest:

--Est bien. Maana tendr el importe de mi pensin.

Toda la noche la pas Nacha llorando.

Una de las cosas que ms le preocuparon fu la conducta de
mademoisselle para con ella. La crey una persona excelente, buena,
cariosa; y ahora vea que se haba equivocado. La crey una alma
pura, sin defectos, y haba sorprendido un secreto que estaba lejos de
certificar su pureza. Pero si no era pura, por qu afectaba serlo?
Nacha se desesperaba. Haba credo conocer la pureza de cerca, haba
imaginado que era cosa factible y bella la virtud, y ahora saba lo que
eran la pureza y la virtud.

--Porque mademoisselle--pensaba--, no slo se dice pura sino que
los dems tambin lo creen. S, lo creen, y la prueba es que tiene
sacerdotes amigos que vienen a visitarla. Si no fuese tenida por santa,
esos sacerdotes no vendran, no seran sus amigos... Entonces, quiere
decir que la virtud consiste en ocultar las cosas... S, as debe de
ser. Y ahora me acuerdo de muchos seores considerados como personas
respetabilsimas, que, en las casas de citas, me proponan... Claro,
as es. La virtud no existe. Los virtuosos, los honestos, los puros son
los que se ocultan, "los que se cuidan", como suele decirse.

Pero Nacha no lloraba por esto, aunque haba tenido una inmensa
desilusin. Lloraba porque sus esfuerzos por ser honrada, como ella
deca, eran intiles. Al da siguiente volvera a ser lo que fu. Y
todo por culpa de mademoisselle, que, pura y de tan santos principios,
la arrojaba en el mal tranquilamente y como pago de su discrecin.
Ya no dudaba de que el destino era cruel con ella, de que se haba
empeado en que fuese una perdida. Y bueno: lo sera, ya que no haba
otro modo de vivir, ya que todos se lo ordenaban.

Al da siguiente, a las tres de la tarde, se visti con su mejor
vestido y--cosa que desde un mes y medio atrs no haca--, se puso
en la cara crema Simn y en los labios un poco de rojo. Elegante,
voluptuosa, tentadora, sali a la calle y se dirigi en un coche al
escritorio de un abogado amigo, de aqul ntimo de Torres que durante
varios meses la protegiera.

--Cien pesos, nada menos--deca el abogado, moviendo la cabeza de
arriba a abajo, con los labios apretados y el inferior alargado en una
mueca de asombro.

--Para usted no es nada--arga Nacha, intimidada por la frialdad del
recibimiento.

--Es mucho m'hijita. Cien patacones en estos tiempos! Te dar
cincuenta... Es todo lo que puedo. Tantos gastos! Mi mujer es muy
gastadora, y despus las nieras, las amas, qu s yo. Un titeo!
En fin, yo creo que con cincuenta del _pis_ se pueden hacer muchas
cosas...

Nacha tom los cincuenta pesos desilusionada, y dijo que se los
devolvera. El abogado hizo un vasto gesto redondo sobre su cabeza,
como diciendo que no pensara en ello y se ocup en mirar a su
visitante. Debi gustarle, porque se puso un poco nervioso. La miraba
con los ojos brillantes, cuando ella se levant para irse.

--Ya? Pero no nos podemos despedir as. Eso no, m'hijita. Nunca te
acordaste de m, de aquellos tiempos?...

Nacha haba ido a pedir dinero a este hombre porque lo crea el ms
desinteresado de sus amigos y tena la esperanza de que por simple
simpata y amistad le prestase o le diese la suma que necesitaba. Y as
cuando el abogado se le acerc, la abraz y fu a cerrar la puerta con
llave, ella tuvo un gran disgusto. Intent defenderse, pedirle que la
dejara, decirle que ahora quera ser honrada; pero pens que no tena
derecho a nada de eso. Qu era ella, sino una...? Adems, no le haba
dado dinero l? Entonces poda hacer lo que quisiera. Eso era lo lgico
y lo humano.

Una hora despus, medio llorosa y muy triste, entreg a mademoisselle
los cincuenta pesos correspondientes a la primera quincena.

--Oh, pero aqu falta, seorita. Y la otra quincena? _Pardon_, yo no
puedo, absolutamente no puedo esperar.

--Unos das, dos o tres, nada ms--dijo Nacha, con rabia, mirando
agresivamente a mademoisselle.

--No, _pas possible_. Hoy estamos a catorce de octubre. Tiene su
pensin pagada hasta maana. Esperar slo hasta maana.

Haba pensado Nacha en recurrir a Torres, cuando al da siguiente, muy
temprano, la sirvienta le dijo que uno de los Padres deseaba hablarla.
Nacha fu a la salita. All el Padre la esperaba. Era un hombre
redondo. Redonda la figura, la cabeza, la cara. Redondos los gestos,
los gruesos y cortos dedos. Hablaba redondeando la pequea boca. Nacha
no sala de su asombro por aquella visita inimaginada.

--S, pues... es el caso... que... mademoisselle...

El Padre, de pie, pareca meditar en el modo de salir del paso. Miraba
al suelo y tena una mano derecha sobre la boca, retirndola slo para
hacer un molinete en el aire con los dedos o una ligera castauela.

--Usted sabe bien lo que es mademoisselle. Una seorita tan austera,
tan perfecta! Sus padres, desgraciadamente, no haban recibido la
Luz, eran protestantes. Pero buenas personas, gentes muy virtuosas, a
pesar de todo, que teman a Dios... La Providencia haba velado por
mademoisselle. Usted sabe que sus padres murieron y que la recogi una
ta, muy buena catlica, y que en casa de esta santa seora _devino_
catlica...

Nacha miraba con asombro al Padre, sin saber a dnde ira a terminar
todo aquello. El Padre tena actitudes pilluelescas, y a veces daba
tales saltitos que pareca que le hiciesen cosquillas. A lo mejor, no
encontrando una palabra, se detena, levantaba los ojos al cielo, los
bajaba, haca un molinete complicado, luego una castauela y un pequeo
salto cambiando la colocacin de las piernas, como en un cuadro de
baile. Pero ni por sas apareca la palabra, y el buen Padre deba
hacer un rodeo que resultaba a Nacha interminable.

--Y bueno, usted sabe, comprende que... En fin, seorita, me parece que
su vida no ha sido... cmo dir?... precisamente... ejemplar... No s
si me explico... Y usted sabe, comprende, que en esta casa, donde...
donde... cmo dir?...

Aqu una castauela, un blanqueo de los ojos y un par de movimientos
de costado. Preparaba un magnfico molinete cuando la palabra buscada
apareci, y radiante, feliz, exclam:

--Donde... resplandece... precisamente... resplandece la ms acrisolada
virtud... usted, con su vida, con sus costumbres, no... no... es
decir... en fin, que no conviene que permanezca aqu...

--En una palabra: me echa de la casa--dijo Nacha, roja de indignacin.

--Oh, precisamente, echarla... usted sabe... usted comprende...

--Est bien, Padre. Hoy mismo me ir. Y hgame el favor de dejarme sola.

El Padre le hizo una gentil y redonda reverencia, y sali. Pero apenas
haba puesto los pies en el corredor, volvi, oyendo que Nacha le
llamaba.

--Alguna cosa...?

Nacha haba pensado decirle quin era la virtuosa mademoisselle y las
exactas noticias que ella tena sobre su "acrisolada" pureza. Cmo iba
a gozar viendo la cara del Padre Chatelain al oir evocar la escena del
dormitorio! Ahora se vengara de aquella mujer perversa, hipcrita,
canallesca hasta ser repugnante.

--Y bien, seorita? Yo estoy esperando...

Pero Nacha se entristeci de pronto y pens que las miserias de la
vieja maldita no justificaban su venganza. No sera mala por nada
de este mundo. Que la echara a la calle la francesa, que contase a
los Padres cuanto ella le cont en secreto para consolarla, que la
injuriase, que hiciera con ella lo que quisiese, jams revelara a
nadie lo que prometi callar.

--No es nada, Padre. Djeme sola, no ms...

Apenas el sacerdote desapareci, la infeliz se arroj sobre una silla.
Y con el cuerpo doblado hacia adelante, las manos en la cara y los
ojos estupefactos, permaneci casi un cuarto de hora. Despus suspir
hondamente, sacudi la cabeza con violencia como para alejar algn
pensamiento triste, y exclam:

--Es mi destino!

Luego se visti ponindose el mismo vestido que el da antes y sali a
la calle. Detuvo un automvil que pasaba y le di la direccin de una
casa de huspedes de la calle Lavalle, donde vivan muchachas de mala
vida.




                                  XI


La casa de madame Annette, situada frente a una plaza, era lo ms
aristocrtico que Buenos Aires posea en el gnero. All acudan los
millonarios, los grandes polticos, los nombres de ms alta alcurnia
social. A veces se encontr medio ministerio, aunque no reunido en
consejo sino disperso en diferentes sitios de la casa. Y era voz
pblica que cuando en la cmara de diputados no haba qurum, sola
telefonearse a aquella distinguida mansin y que jams esta medida
poco reglamentaria dej de producir el ms brillante resultado. Desde
la entrada, no se respiraba all sino lujo: sedas, bordados, dorados,
muebles elegantes, ricas alfombras, espesos cortinados. Un persistente
olor a agua de rosa circulaba por los cuartos, cerrados, misteriosos,
invitando a los ms dulces coloquios.

Nacha esperaba en una pequea salita interior, en compaa de una
desconocida. Madame haba salido para recibir a un visitante. De pronto
apareci en el umbral una figura que era familiar a Nacha. Al verse,
las dos mujeres se saludaron y se besaron.

--Pero vos aqu... Cmo? No te casaste?--deca Nacha, un poco
avergonzada por Amelia, y en voz baja para que no oyese la desconocida.

--S, me cas, ch... Pero, qu quers? As es la vida!

Hablaba a gritos, riendo y con una desfachatez sin igual. Mova con
voluptuosidad su cuerpo de serpiente y accionaba sin cesar con sus
largos brazos un poco delgados. Ola fuertemente a violeta y vesta de
un modo algo fantstico y exuberante pero no desprovisto de elegancia.

--No me hags cargos. Escuchme un poco, hija. Te prevengo que me cas
dispuesta a ser honrada... No te exagero. El diablo harto de carne
dirs... Pero si vieras qu nene era mi marido! Un horror! Siendo
soltero, trabajaba. En un bazar. Pero despus de casarse dej el
empleo y pretendi vivir a mi costa. Quera que yo fuese la de antes.
Y vas a ver... Entonces, yo le dije: "Eso no, ch. Yo ser una tal
por cual, pero, darte de comer a vos? En la vida, hijito!" Lo ech,
vas a ver... Y entonces, volv a la vida. Y aqu me tens... Cmo me
encontrs? No me voy poniendo vieja, ch?

--Esplndida, Amelia. Ms elegante que nunca. Qu cuerpo!

--De primo cartello, verdad? Pero aqu, esto no se aprecia. Nada ms
que vejestorios. Un horror! Y a m que tanto me gusta la juventud,
la fuerza, el entusiasmo, el... Te acords de cuando era anarquista,
de cuando deca que era preciso vivir la vida? Qu tiempos aqullos,
Nacha! sos eran los buenos tiempos.

--Y ahora, ya no sos anarquista?

--Yo? Pero ests loca, m'hija. Esas son pavadas. Mir: yo he acabado
por convencerme de que nosotras, las mujeres de la vida, somos una de
las ms slidas columnas de la sociedad...

Haba dicho esta ltima frase declamatoriamente, con intencin
sarcstica. Luego, ante el asombro de Nacha, se puso a reir,
inclinndose muellemente hacia un lado, con sensual _nonchalance_.

Interrumpi el dilogo la llegada de madame. Al ver a Amelia, la
francesa la salud con adulonera y la llam aparte. Las dos salieron
inmediatamente. La desconocida mir a Nacha con intencin de hablarla.
Pero Nacha estaba absorta, pensando en las extraas causas que llevan
a la perdicin a una mujer. Amelia era pura franqueza y si dijo que se
cas en el deseo de volverse honrada, as deba de ser. Y he ah que
el marido, a quien ella, por honestidad, refiriera toda su vida, la
arrojaba otra vez en el vicio, ahora para siempre.

La entrada de una chica la interrumpi en sus pensamientos. Nacha mir
con encanto y a la vez con estupor a la deliciosa personita; una nia
graciosa, bella, con aire de ingenuidad. Como Nacha no le quitase los
ojos y quisiese como sonreirle, la chica le dijo, sencillamente:

--Cmo se llama usted? Qu buena parece!

--No soy buena, pero quisiera serlo.

La chica sentse al lado de Nacha y hablaron las dos con mutua
simpata. Nacha se enter con verdadero disgusto que la recin llegada
tena diez y siete aos apenas. Y como era bajita, muy delgada, frgil,
y tena aquel aspecto ingenuo, representaba menos an: catorce o quince
aos. Nacha pensaba con horror en el crimen infame que significaba
dejar que se perdiese una criatura as. No sabran los padres?
Y madame Annette, cmo aceptaba recibirla? Y los hombres que la
conocan, esos respetables seores tan amigos de madame, era posible
que no tuviesen una palabra de protesta, de indignacin o siquiera de
lstima? Ah, ella no comprenda el mundo! A ella y a todas las mujeres
como ella el mundo las despreciaba, las injuriaba, les arrojaba todos
los delitos y todas las miserias, y sin embargo ella se apiadaba de una
criatura como la que tena a su lado, y conoca muchas mujeres de su
clase que nunca hubieran permitido un crimen semejante. Nacha quera
preguntar a la chica algo importante, pero no se animaba. Sobre todo la
presencia de la otra mujer la cohiba.

--Pero decme--susurr Nacha dando a su voz un tono confidencial y
tomando una mano de su reciente amiga:--Por qu...? Cmo es que...?

La chica levant hacia Nacha sus grandes ojos claros e ingenuos,
interrogndola.

--Por qu vens a esta casa?--termin Nacha ruborizndose de su
curiosidad.

La chica puso una encantadora carita de pena, y alzando otra vez los
ojos hacia Nacha, y mirndola con franqueza, le contest naturalmente,
sin asomo de reproche hacia nadie ni de malicia:

--Me manda mi ta.

--Y hace mucho que hacs esta vida?

--Dos meses.

--Y antes, tuviste un novio, verdad? Te enga, te deshonr...

--No, nunca tuve un novio. Mi ta me oblig a venir...

--Pero es posible! De modo que aqu conociste el primer hombre?

--Aqu, s...

Nacha se quiso morir. Enrojeci de indignacin. La chica le cont su
breve historia. Sus padres eran espaoles y vivan pobremente en La
Corua. Haca como ocho aos lleg una hermana de la madre a aquella
ciudad; una seora rica, duea de una tienda en Buenos Aires. La chica
tena diez hermanos y la ta propuso a los padres llevrsela a Buenos
Aires, donde iba a prosperar; y los padres, naturalmente, aceptaron. La
ta fu muy buena para con la criatura, pero la tienda marchaba cada
vez peor hasta que vino la quiebra. Entonces, la mujer llam un da a
la sobrinita, y dicindole que estaban muy pobres y que necesitaba su
ayuda, le prometi mandarla a una casa donde ganara dinero con muy
poco trabajo.

--No tenamos ni qu comer--contino la chica. Qu iba a hacer mi
ta! Yo no saba de qu se trataba y vine. Pero al volver a casa le
dije a mi ta, llorando, que esa casa no era seria, y le cont lo que
haba pasado. Mi ta me rog que me conformara y me pidi que hiciese
su voluntad, asegurndome que ella era la responsable de todo. Pero a
m... no s... no me pareci bien todo eso. Yo pensaba que deba ser
una cosa mala lo que haca. Pero ella me convenca de que no. Segn
mi ta, todas las mujeres tenemos que ser as. Ser verdad? Qu le
parece a usted?

Nacha, acongojada, no saba qu contestarle.

--Y yo, har mal? Qu le parece?

Madame Annette entr de nuevo y se llev a la chica. Nacha se levant y
quiso ir hacia madame, pero al pisar el umbral del cuarto vecino vi
un hombre y se detuvo. Volvise entonces a la desconocida, y que hasta
ese instante le fuera antiptica, para exclamar:

--Qu iniquidad! No he visto nunca, en mi vida, una maldad igual a
la de esa mujer que explota a esta infeliz criatura! Es odioso esto,
repugnante!

--No se enoje tanto--expres humildemente la otra, cuando Nacha,
sofocada y fuera de s, se hubo sentado.--Es intil protestar. Yo he
visto tantas cosas que ya nada me asombra, absolutamente nada!

La mujer hablaba con acento extranjero, aunque correctamente. No era
bonita ni muy elegante, pero tena unos azules ojos maravillosos y una
gran expresin de inteligencia. Nacha, que hasta entonces no la haba
advertido en realidad, la observ y la encontr muy simptica, ms
an: extraamente simptica. En seguida hicieron amistad. Durante un
cuarto de hora hablaron sin cesar, hasta que la mujer acab por contar
su historia a Nacha. Perteneca a una familia honesta y conocida, de
un pueblo del norte de Francia. Un empresario de teatros, o un agente
suyo, sabiendo que ella cantaba bien y que sus padres se hallaban en la
pobreza, le ofreci un buen contrato para Amrica.

--Yo jams haba cantado en teatros, pero en conciertos y otras fiestas
haba adquirido un gran dominio del pblico y me anim, resuelta a ser
menos gravosa a mis pobres padres. Y llegu a Buenos Aires. Cuando
vi qu clase de teatro era aquel donde deba cantar, me sublev. El
Royal, usted se imagina! Pero por fin, pens que no dejara de ser
una muchacha honesta aunque anduviese entre bandidos y me conform.
Me llevaron a una _pension d'artistes_, donde tena la obligacin de
vivir. La primera noche me llamaron para presentarme a varios seores,
y vi... lo que se ve aqu, ms o menos... Comprend entonces lo que era
en realidad aquella _pensin d'artistes_. No me prest a las exigencias
de madame, y se produjo un escndalo maysculo. Abandon la casa, dej
a un lado el contrato y me ech al mundo a vivir, a seguir siendo
honrada. Ah, qu ilusin la ma! En ninguna parte hallaba trabajo. Por
fin en un bazar francs me dieron un empleo. All venda objetos de
lujo, obras de industria artistica. Pero result que tambin aquella
casa... En todas partes la tentacin! Me gust uno de los clientes, me
enamor, despus me abandon...

Se interrumpi para descansar de su fatiga. Quedse con una irnica
sonrisa entre los labios, mirando hacia adelante, pero sin ver otra
cosa que el vuelo de sus recuerdos.

--Cuando pienso en mis padres--continu--soy una desgraciada. Dara mi
vida por volver a verlos. Les contara todo, les pedira perdn, yo
creo. Pero cmo ir a Europa! Se precisa tanto dinero para eso!

Entr madame Annette.

--Nacha, venga usted. Voy a presentarle a un viejo amigo, un buen amigo
de esta casa. Pero, djeme ver. Est bien calzada? S, est bien.
Las medias podran ser mejores. Es lstima. Bueno, pero otra vez que
este amigo, que es una persona muy respetable, muy ilustrada, venga
a visitarla, pngase las mejores medias y los mejores zapatos que
encuentre en Buenos Aires.

Nacha iba a preguntarle algo, pero madame volvi a hablar:

--Prtese bien, m'hijita. Usted es una linda muchacha y debe portarse
bien. Muy complaciente, eh? Me entiende?

Madame dej a Nacha bajo la augusta proteccin de uno de los ms
venerables padres de la patria, y se asom al balcn de uno de los
tantos cuartos que daban sobre la calle. Mir con gran inters hacia el
fondo de la plaza, a travs de los rboles magnficos, como si esperase
algo importante. Esperaba, en efecto, la llegada de su hija, una
nia de diez aos, medio pupila en un colegio de monjas. Por qu no
vendra? Madame se enterneca pensando en el fruto de sus canallescas
entraas. Soaba a su hija como un modelo de perfecciones, un ser puro
y cndido, bien casada, feliz, respetada. Y todo se lo debera a ella,
madre admirable, que tuvo el arte de instalar un negocio como no haba
otro en Buenos Aires, una casa de verdadera distincin, de alegra;
una casa donde slo en champaa se ganaban cien pesos diarios. Madame
se preciaba de conocer la fuerza y solidez de las instituciones, y con
su talento administrativo, su _savoir faire_, su arte de francesa,
haba logrado realizar una fortuna, con el apoyo y la bendicin de la
Poltica, de la Alta Banca y de la Aristocracia.

Unas palmadas, asombrndola, la sacaron de su ensueo. Era el padre de
la patria, hecho una furia. Madame escuch sus quejas y fu a buscar a
Nacha, que haba huido a la salita donde estuvo antes esperando, y que
se arreglaba frente a un espejo.

--Nacha, cmo es esto? Quiere desacreditar mi casa?

--No, madame; pero no vuelvo ms.

--Usted es una tonta, mujer. Qu tantos escrpulos a su edad!

Nacha se puso roja como el fuego, y, con los ojos brillndole
enojadamente, grit a madame:

--No se meta conmigo porque doy parte a la polica. Usted est
corrompiendo una criatura de diez y siete aos. Es una perversa. Vieja
degradada... monstruo...

--Usted es quien va a la polica, sabe? Yo doy rdenes a la polica,
de modo que pierde su tiempo en denunciarme. Yo no he perdido a ninguna
mujer; ustedes se pierden solas. Se pierden solas porque les gusta el
vicio, porque son unas...

Pero era intil que madame se desgaitase y que corriese detrs de
Nacha, porque Nacha no oa y a cada momento se tapaba las orejas,
haciendo enfurecer ms a madame. Iba Nacha por los pasillos de la casa
taconeando fuerte y golpeando las puertas, sin olvidarse de soltar de
cuando en cuando alguna palabra ofensiva para la dignidad profesional
de la francesa. En esta forma, Nacha adelante y madame detrs, llegaron
a la escalera, que Nacha baj como una exhalacin. Al abrir la puerta
de cristales, una ancha y suntuosa puerta, vi a la vieja en lo alto
de la escalera y le sac la lengua, clasificando su oficio con ciertos
trminos que no suelen figurar en los censos.

--Vieja puerca, criminal!

--_Allez-vous en! Cochonne! Devergonde!_

Nacha subi a un carruaje y se fu a su casa. Apenas entr en su
cuarto se quit el sombrero y se arroj sobre la cama, llorando
convulsivamente. Temblaba toda entera, como si estuviese a punto de
que le diera un ataque de nervios. Aunque se esforzaba por ahogar su
llanto no pudo lograrlo del todo. Una muchacha que viva en la pieza
vecina entr alarmada, preguntndole qu le ocurra y ofrecindosele
para llamar al mdico.

--Djeme sola, quiero estar sola...

--Se enoj conmigo?--pregunt la muchacha dulcemente, una gordita de
ojos negros y piel morena y suave que se llamaba Julieta.

Nacha, conquistada de pronto por la bondad de la gordita se incorpor y
le di un par de besos, y sin cesar en su llanto le pidi que la dejara
sola.

--Y el mdico?--insisti la muchacha.--Es mejor que venga. Usted no
est bien.

--Bueno, que venga--contest Nacha, y volvindose contra la pared,
sigui llorando agitadamente.

El mdico lleg a la noche. La enferma no haba querido comer, y
continuaba en la cama, vestida an con su traje de calle. El mdico,
un muchacho petulante que les haca ojitos a las mujeres de la casa
y se cobraba en especie sus asistencias, dijo que toda era nervios.
Nacha haba sufrido un _detraquement_, y necesitaba reposo fsico y
tranquilidad moral.

En verdad que haba padecido la infeliz Nacha en los dos ltimos
das! El agravio que le hiciera la duea de la pensin; el haberse
desilusionado de la virtud; la cada en brazos del amigo a quien fuera
a pedir dinero, le haban causado un mal inmenso, le haban suprimido,
de golpe, brutalmente, toda su esperanza de transformacin. Pero todo
esto no era nada junto a su resolucin de retornar a la vida. Fu
obra de un momento, casi instantnea, pero qu enorme esfuerzo de
voluntad debi hacer, en medio de la desorganizacin de su existencia
y de la angustia que apretaba su corazn! Entre sus sufrimientos y
sus vacilaciones, nada le haba atormentado tanto como el recuerdo de
Monsalvat. Ms que la certidumbre de su vida fracasada, le llenaba de
desesperacin el pensar en aquel hombre a quien ya no dudaba de amar.
Su imagen, presente siempre a los ojos de Nacha, habase agrandado
gigantescamente ahora, ahora, en los momentos en que ella se perda!
Cuando entr en la casa del vicio, le pareci que la sombra de
Monsalvat, en medio de la escalera, quera impedirle pasar. Pero ella
haba cerrado los ojos y, bajando la cabeza, haba cruzado por entre la
sombra. Luego, durante el tiempo que all permaneci, no dej de verle
un solo instante. Si oa un ruido, crea que l entraba. Si una voz
surga de los corredores, tema que fuese su voz. Hasta lleg en cierta
ocasin a levantarse, creyendo haberle visto pasar.

Dnde estara ahora Monsalvat?, se preguntaba Nacha. Por qu no iba a
buscarla? Cmo no adivinaba que ella necesitaba su proteccin? Porque
sin ella sucumbira, caera hasta abajo, hasta lo ms hondo del mal,
hasta la ltima capa del lodo de la tierra. Por qu Monsalvat no se
apareci en la casa del vicio, como ella esperaba, para salvarla y
arrebatarla de all? Por qu no se apareca ahora, para, libertarla de
sus sufrimientos?

Se acord entonces de que Monsalvat le haba dicho, la nica vez que
hablaron, que ella deba sufrir. Sufrir para ser perdonada, para
rescatar su vida, para merecer el tesoro de la compasin! S, l le
haba dicho eso mismo. Se alegr de haber recordado aquellas palabras
que daban un poco de luz a su existencia miserable. Se prepar para
aceptar el sufrimiento, para resignarse al dolor, y se durmi un tanto
tranquilizada, ya sin lgrimas ni desesperaciones.




                                  XII


Setiembre! Primavera! Buenos Aires con sus calles arboladas, sus
parques, sus plazas, los largos paseos que forman al ro encantadora
vereda, floreca mgicamente, se manchaba de verde, de todos los
matices del verde. Se dijera que la mano del Infinito retocaba el
gigantesco cuadro un poco descolorido que le entregara el invierno,
exacerbando el esmeralda de los parques ingleses; agotando en las
copas de los parasos y en el musgo el amarillo de Npoles; arrancando
violentamente de las frondas el manto suave y aterciopelado hecho de
azules, de tierra de Siena y de tintas neutras, para vestirlas con
un ureo traje que el amarillo aurora y el sepia y el cobalto hacan
claro y vibrante; vaciando en los grandes parques todo el xido de
cromo de su paleta csmica; rejuveneciendo a los sauces, en un genial
abuso de esa gutagamba que nos trae el recuerdo de fantsticos reinos
tropicales; y haciendo estremecer los mediodas en ensueos de oro.
Oh primavera de Buenos Aires, llena de gracia y de armona, sin los
embadurnamientos de las tierras clidas, sin el cromatismo espeso de
los pases del sol, sin la pesadez de las comarcas donde la naturaleza
adormece las energas humanas! Oh primavera de Buenos Aires! El oro
llueve del cielo con musical ritmo y parece tambin surgir de los
rboles y las plantas y las hierbas; envuelve los edificios; exalta de
vigor y de luz los rostros humanos y enciende los ojos de las mujeres,
en ansias de amar. Oh primavera de Buenos Aires!

Para Monsalvat, sin embargo, era una primavera triste. Monsalvat no
senta aquella gloria de la luz, de los colores, de los sonidos. No
adverta el contento de las cosas, la cancin de dicha que asomaba
en los ojos de las gentes. Sentase solo, absolutamente solo en el
Universo. Era extrao al mundo en que vivi, mundo ahora enemigo. Era
extrao al mundo de los que sufren, por su procedencia y su situacin.
Muri su madre, no encontraba a su hermana, no encontraba a aquella
mujer en la que concretaba su nueva vida. Sentase solo, no tena
amigos. Los amigos de otro tiempo se burlaban de sus ideas y de sus
ideales. Hablaban de _pose_, creanle medio loco. Qu poda tratar con
ellos, que no fuesen los motivos triviales de la gran farsa social? No
le comprendan. No queran ni oirle. Su prdica deba ir hacia otra
parte, hacia aqullos que alguna vez impondran la justicia, hacia
aqullos que deban rebelarse alguna vez. Sentase espantosamente
solo. Si por acaso alguien hablaba de la belleza del da, l callaba,
contestando en su interior que todo aquello no tena existencia para
l. Qu haba fuera de nuestras sensaciones? Lo material, tena
realidad fuera de nosotros? Y bien: sus sensaciones le decan que no
haba a su alrededor sino tristeza, dolores, soledad, negrura en las
cosas y en las almas. Estaba solo! Jams sintise tan solo. El mundo
era su triste creacin, la obra de su alma sufriente. No; aquella
primavera era una estacin de amargura.

Mientras Nacha se ocultaba en la casa de pensin, con su ingenuo
propsito de otra vida distinta, Monsalvat la buscaba. Haba estado a
buscarla, en compaa de Torres, en aquella casa de madame Annette, a
principios de Setiembre, un mes antes que Nacha fuera all, llevada por
su triste fatalidad. Haba estado en la casa de otra mujer, Juanita
Sanmartino, y nuevamente la decepcin haba llenado su espritu de
tinieblas. Dnde estaba Nacha? Nadie saba nada. Torres afirmaba que
no haba vuelto a "la vida", pues si hubiese vuelto a la vida habra
ido a cualquiera de aquellas casas. Torres imaginaba que viviese con
otro, tal vez con algn antiguo conocido, tal vez con alguno que
encontr al acaso. Y mientras pensaba as mal de ella, ella slo
pensaba en ser honesta y en aquel hombre del cabaret, cuya imagen la
acompaaba en su reclusin.

Y Eugenia Monsalvat? Tampoco nadie saba nada de ella. Se cambi de
nombre tal vez? Habra muerto? Arrastrara por las regiones malditas
de la ciudad su vida dolorosa?

A fines de Setiembre, Monsalvat encontr un motivo de distraccin para
su soledad espiritual: su oficina. Acababa de ser nombrado segundo jefe
de una reparticin en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Pasaba
all las tardes trabajando. Algunos colegas, llevados por las leyendas
que ya circulaban sobre carcter y las opiniones de Monsalvat, solan
buscar su conversacin. Pero l, inaccesible y desconfiado, apartaba
hbilmente las insinuaciones indiscretas.

Una maana de ese mismo mes, Monsalvat fu a la casa donde muri su
madre. Quera hablar con Moreno, con la hija de Moreno. Desde aquella
maana que vi el amor de Irene, no quiso Monsalvat volver a aquella
casa. Tema a aquel amor de Irene. l era libre, y poda dejarse querer
y quererla. Ella no ignoraba lo que haca. No engaaba l a nadie,
pues, aceptando el amor de aquella muchacha bonita, apasionada, buena.
Se encontraba solo en el mundo, sin una alma amiga en el horizonte de
su vida. Porqu huir entonces de Irene? Era que pensaba en Nacha.
La haba buscado intilmente, no tena ninguna noticia de ella,
ignoraba si se acord de su amigo alguna vez. Sin embargo, l pensaba
en Nacha. Crea cometer una mala accin queriendo a otra mujer, y
sentase obligado respecto a Nacha, como si le hubiese jurado promesas
fundamentales. Tal vez haba terminado por enamorarse? Esta idea le
obsesion una semana. Se juzg ridculo, se despreci a s mismo,
intent abandonar todo lo que pudiera acercarle a Nacha. Pero no hizo
nada. Y, al contrario, ms pensaba en ella y ms ansiaba encontrarla.
En cuanto a Irene, no la haba olvidado. Aunque l no fu a la casa,
le envi dinero varias veces, sumas que parecieron enormes a la pobre
gente. Irene le haba escrito agradecindoselas y rogndole que le
permitiera ir a verlo a su casa, ya que l se negaba a visitarla.

Aquel da de fines de Setiembre, Monsalvat se encontr con toda la
familia Moreno. Esto le alegr, pues tema hallar sola a Irene.

--Mi doptor!--exclam al verle Moreno, extendindole los brazos.--Mi
gran doptor! El salvador de mi pobre raza maldita! El grande entre
los grandes! El faro luminoso de la ciencia jurdica! El excelso y el
bondadoso!

Monsalvat protestaba de elogios tan disparatados y quera apartar de
s los brazos obstinados de Moreno. La mujer rea de las palabras
del marido y a la vez estaba llorosa de emocin. Besaba una mano
de Monsalvat y le sealaba los nios, con los ojos hmedos de
agradecimiento.

--No admitimos su modestia, doptor. Queremos ser sus perros. Somos unos
pobres perros, todos nosotros, y nada ms. Pensar que Moreno, y la
familia de Moreno...! _Cuantum mulatur ab illo!_ como dijo Cicern. Ya
ve que no olvido mi latn. La cultura, doptor! He sido hombre de ley,
viv entre libros y sentencias. Y ahora, un perro vil, un borracho,
un...

Irene, en un rincn del cuarto, de pie, se cubri el rostro,
avergonzada. Desde que entrara Monsalvat, no se haba movido,
aguardando que pasara la avalancha de agradecimientos y humillaciones,
que prevea de parte de sus padres. Monsalvat tambin se senta
molesto. Por fin apart a aquella gente y extendi la mano a Irene.

--La flor de mi casta!--exclam Moreno, agregando
melanclicamente:--Ah, si no furamos pobres! No la entregaba sino a
un prncipe. Perdone, mi doptor. O a un doptor Monsalvat, que es tanto
como un prncipe, porque es prncipe de la jurisprudencia...

Ni Monsalvat ni Irene oyeron aquellas cosas. Monsalvat se haba
turbado y estremecido al notar en su mano la mano de Irene que
abrasaba, al sentir sobre su rostro los ojos abrumados de pasin de
aquella mujer que palpitaba y arda desde el extremo de sus cabellos
hasta la punta de los pies. Monsalvat qued paralizado frente a ella. Y
sin saber qu decirle, volvise para hablar con Moreno.

Despus de algunas frases sin inters, interrumpidas por las
adulaciones de Moreno, Monsalvat se despidi. Dijo que haba ido para
saber si Irene tena la noticia que l necesitaba.

--Se la voy a dar. Venga--dijo Irene con extraa energa, mientras
temblbanle los labios y echaban fuego sus ojos.

Monsalvat se despidi y sali al pasadizo que conduca hasta la
escalera. Un pasadizo oscuro y angosto. Moreno quiso seguirle, pero
Irene orden a su padre que se quedara.

--Ella lo manda. Ya ve, mi doptor, adnde ha ido a parar mi autoridad
paterna. Soy un simple perro. Obedezco y me retiro, de miedo al ltigo.
Procurador clebre, a esto has llegado! Tu carrera termin, el mundo
se acaba. Mi doptor, a sus pies!

En la oscuridad del pasadizo, Monsalvat e Irene caminaron uno detrs de
otro algunos metros. Luego se acercaron, se rozaron. Monsalvat sinti
el ardor violento de toda aquella mujer, sinti que algo fascinante
le atraa hacia ella. En lo oscuro, los ojos de Irene, enormes, se
entornaban y volvan a abrirse. Su cuerpo tena ondulaciones de
serpiente.

--La noticia, cul es?--pregunt Monsalvat con, la voz torturada.

--sta!--rugi Irene sordamente, con los dientes apretados, poniendo
sobre la boca de Monsalvat la pulpa roja de sus labios abrasadores,
absorbentes, estremecidos.

Monsalvat la bes tambin. Crey desvanecerse. Toda su voluntad haba
desaparecido. Escuchaba las locuras precipitadas, ardorosas de Irene.
Le rogaba hacerla suya, llevrsela. Le tomaba las manos, se apretaba
contra su cuerpo. Pero de pronto, Monsalvat reaccion. La imagen de
Nacha surgi ante sus ojos, y sinti que una fuerza poderosa, que
vena desde el fondo de su alma, le apartaba de Irene. Vi en aquella
muchacha apasionada, un peligro para sus ideales. Vi derrumbada toda
su obra. Vi perdida la sola justificacin de su vida. Dijo adis a
Irene, le pidi perdn y se dirigi hacia la escalera, fuerte, sereno,
inaccesible.

--No, no me deje as--clamaba Irene.--Yo ser su sirvienta. Yo lo
adoro. Me voy a morir, me voy a perder si no me quiere.

Monsalvat segua su camino sin oir aquellas voces de la tierra. Su alma
retornaba por el camino que lleva a la montaa.

--Es horrible mi desgracia!--grit Irene, arrojndose contra la pared,
sacudida por violentos sollozos y temblores.

Este incidente exacerb en Monsalvat el ansia de encontrar a Nacha.
Empez a recorrer los cabarets, los restoranes nocturnos, los teatros.
Todo intil. Pasaban los das y los das y ni la menor noticia de
Nacha. Comenzaba a desesperarse. Pens entonces que tal vez la calle
tuviese respuesta a su ansiedad. Y se hizo un hijo de la calle. Horas
enteras vagando. Horas enteras, por las maanas, por las tardes, por
las noches. Las calles del centro, aqullas por donde pasan las mujeres
de placer, conocieron su silueta atormentada.

Crea ver a Nacha, y apresuraba el paso. Segua a una mujer. No era
Nacha. Buscaba su rostro entre las muchedumbres que en Florida, por las
maanas, pasean su inactividad. Lo buscaba entre el gento de Florida a
la tarde, entre el gento que va marchando sin premura, por la calzada
sin carruajes, mientras estalla la luz de las vidrieras y empuja hacia
arriba las sombras que caen desde las altsimas casas. Lo buscaba entre
las mujeres, casi todas jvenes y bonitas, que disimuladamente recorren
Florida en busca de su pan, de su cario, de su placer. Lo buscaba, por
las noches, en las vas que convergen hacia los teatros, los cines, los
cabarets. Lo buscaba en los teatros, en los cines y en los cabarets.
Y as su sombra iba recorriendo las calles, como la de aqullos que
van buscando tmidamente una mujer ocasional. Iba insensible a los mil
ruidos de la calle, a los gritos de los vendedores de diarios, a las
bocinas de los autos, a los timbres de los tranvas, a los gramfonos
que sonaban en los comercios, al obstinado arrastrarse de los pies
sobre las veredas, a las voces del vendedor de juguetes, del vendedor
de lotera, de la florista. Iba insensible a las luces de los enormes
focos, a los avisos luminosos, a los letreros azules, rojos, verdes,
amarillos de las lamparitas que coronaban las casas, a veces cerca del
cielo, en un dcimo piso. Iba insensible al lujo de las vidrieras, a
las joyas prodigiosas, a las flores, a los libros. Iba insensible al
maravilloso espectculo que es la calle en la cosmopolita, complicada,
exuberante, estruendosa, enrgica, inquieta, dinmica Buenos Aires. Iba
insensible a todo. l no vea sino a Nacha.

Todo intil. Nacha no apareca. Y haba llegado Octubre. Mes y medio
sin verla. Desesperado, pens en dejarlo todo, en volver a su antigua
existencia, faltando al deber que se impusiera de encontrar a Nacha. Y
buscaba argumentos para justificar el abandono de "su deber". No era
Nacha una putilla? Y entonces? Se iba a enamorar de una mujer as?
Por qu concretar en ella un ideal, un deber, una razn de existir?
Acaso la perdi l? Y para qu quera encontrarla?

Monsalvat tena la sensacin de que Nacha iba a perderse
definitivamente. Y se echaba l la culpa de la perdicin. l fu a
su casa, l la aconsej, l la indispuso con su amante. Luego, l la
haba perdido. La buscaba para rehabilitarla, para llevarla al camino
del bien, para que recuperase su personalidad, para que volviese a
vivir, a tener esperanza, a amar, a soar. Era un ser humano y no deba
dejarlo en la esclavitud. Igual hubiera hecho con otras, si conociera
a otras. l conoca a Nacha y quera salvar a Nacha. Que los otros
salvasen a las que conocan. Pero tambin quera salvarse l mismo.
Quera salvarse de la sequedad del corazn, de la frigidez del alma, de
la inutilidad de su vida. Quera salvarse de su existencia de egosmo,
de las garras de la vanidad, de la red envolvente de la maldad humana.
Grandes acciones quisiera l acometer. Redimir a los esclavos del
trabajo infamante, a los esclavos de sus pasiones, a las esclavas de
los vicios ajenos y de la voracidad de los de arriba. Pero a falta de
grandes acciones, l contentbase con levantar a una pobre y buena
muchacha. Sembraba una semilla, solamente. Pero invitaba a otros para
que sembraran a su vez.

En medio de sus dudas, haba surgido en Monsalvat una gran esperanza.
Ahora tena dinero, e imaginaba que con dinero todo poda lograrse.
El Banco Hipotecario le haba entregado, a principios de Octubre,
cuarenta mil pesos por la hipoteca del conventillo. Pero ya una parte
de esta suma haba desaparecido. Su madre dej deudas y la mulata, que
fu sirvienta de ella, le hizo a Monsalvat un chantaje. Aconsejada
probablemente por Moreno, Celedonia le amenaz con publicar unas cartas
de Eugenia si no le daban dos mil pesos. Monsalvat tuvo que entregarlos
para recoger las cartas.

Una tarde de octubre, Torres, a quien encontr en la calle, le dijo:

--Una noticia. Nacha ha vuelto a "la vida". S que ha estado hace pocos
das en la casa de madame Annette.

Aquello era un dolor para el corazn de Monsalvat. Y sin embargo, era
tambin una luz. Parecale que Nacha estaba frente a l. Y estuvo
frente a l y a su lado, llenndolo todo, aquella tarde y aquella
noche, y el da siguiente y los dems das.

Monsalvat sufra ahora ms que nunca. Y era tambin ahora ms feliz
que nunca!




                                 XIII


Diez das estuvo Nacha enferma, en aquella pensin de la calle Lavalle.
Su historia circul en la casa, referida por Julieta, interesando
a todas las mujeres. Las muchachas de mala vida, pero que an no
han cado enteramente, son sentimentales y un poco romnticas y
simpatizan con los hroes y las heronas de las historias de amor.
Nacha, enamorada de un hombre con quien habl slo una vez, que no
saba en realidad quin era ni dnde estaba, y teniendo que ser infiel
a ese cario platnico y extrao, deba caer en gracia a aquellas
muchachas. Todas la compadecan en el fondo de sus almas y encontraban
natural aquel ataque nervioso que arroj en la cama a Nacha. Tener
que dedicarse a la vida, queriendo tanto a un hombre! Y cmo era ese
hombre? Qu hablaron aquella vez? Buenmozo, simptico? La enloquecan
a preguntas.

--El ms simptico de los hombres que he conocido en mi vida! El ms
bueno, el ms santo... Qu lindas cosas me deca!

Y refera la historia de sus breves amores por centsima vez. Detallaba
las miradas, las explicaba. Se detena en aquella larga conversacin,
cuando ella le cont su historia y llor a torrentes y l la conmin a
cambiar de vida.

--Pero vos fuiste una sonsa--le decan las muchachas.--Por qu te
reste de l en el cabaret? Por qu lo echaste? Si no lo hubieras
echado, ahora estaras con l...

--Es que nosotras somos as--deca otra.--Somos malas, el destino
quiere que seamos malas...

Y quedaban todas tristes, pensativas, imaginando aquella historia de
amor y recordando otras historias en que ellas fueron protagonistas.
Pero ninguna como la de Nacha, que les pareca ms hermosa que los
folletines. Y tanto les fascin el amor de Nacha, que todas llegaron
a envidiarla y a desear algo semejante, aunque les tocase sufrir como
ella y aunque padeciesen hambre y enfermedades.

La patrona de la casa, doa Luca, era una viejita pequea y
silenciosa. Tena dos piezas bien arregladas, pero sin gusto. All
pasaba todo el da leyendo. No coma con sus pensionistas. Era
tan tmida que no se atreva a visitarlos ni a buscar su amistad.
Perteneca a una familia provinciana muy principal, pero ella
usaba otro apellido. Parecale que, dada la clientela de su casa,
desprestigiara a su familia llevando su verdadero nombre. No era que
en Buenos Aires fuere muy conocida su familia ni menos que doa Luca
tuviese demasiado afecto a sus parientes. Era que la viejita tena un
respeto supersticioso por las buenas familias, y antes se dejara matar
que contribuir, al descrdito de un apellido que ella creyese ilustre.
Algunas de las muchachas haban logrado sacarle ciertos detalles
de su vida. Viuda de un militar que muri loco, perdi luego a su
nica hija. Pobre, sola, olvidada de sus parientes que no tuvieron
ninguna consideracin para con ella, se instal en la pensin de una
amiga. La pensin fu decayendo poco a poco, recibiendo una clientela
equvoca. Doa Luca no mir aquello con buenos ojos, pero no se
hubiera nunca atrevido a hacerle a su amiga una observacin. Cuando su
amiga muri, ella se qued con la casa. Estaba resuelta a no admitir
sino gente honesta, recomendada. Pero su timidez le impeda reclamar
las recomendaciones o dudar de su legitimidad. Crdula, adems,
aceptaba cuanto le decan las muchachas. Al cabo de los aos termin
por habituarse a su clientela. Las muchachas respetaban y admiraban a
aquella seora de aspecto severo, que frecuentaba las iglesias y tena
parientes encumbrados.

Cuando Nacha pudo levantarse, visit a doa Luca. Se le entr en su
cuarto, tranquilamente, sin mayores prembulos. La viejita, a quien
aquellos procedimientos intimidaban, no saba qu decirle. Pero eso
no era obstculo para Nacha, que tena la confidencia fcil y gustaba
referir su historia. Agradeci a doa Luca sus atenciones con
motivo de su enfermedad, las copas de Oporto, los remedios pagados a
la farmacia. Doa Luca la enter de que todo eso fu costeado por
tres muchachas: por Julieta, por Sara y por Ana Mara. Nacha qued
asombrada. De modo que aquellas muchachas, que quince das atrs no
la conocan, se sacrificaron por ella? Record las escasas ganancias
de Sara, que recorra las calles del centro y cuyo terror de la
polica impedale manifestarse a los transentes; la vida de escasez
de Julieta, que frecuentaba una casa muy reservada, donde ganaba
poco; la mala salud de Ana Mara, que deba gastar tanto en mdico
y en remedios, y comprendi que las tres se privaron de satisfacer
necesidades esenciales a fin de que a ella nada le faltase durante su
enfermedad.

Pero lo que ms le asombraba--pues ella hubiese hecho lo mismo que
Julieta y Sara, ya amigas suyas--, era la intervencin de Ana Mara.
La haba visitado slo dos veces, en los diez das de su enfermedad.
La primera vez entr en el cuarto con Julieta. Nacha se impresion
desagradablemente. Ana Mara semejaba un espectro. Muy flaca,
desencajada, amarilla, con los ojos enormes y como asustados. Nacha
la crey tuberculosa. Tena un tipo fino, de persona aristocrtica.
Nacha, durante aquella primera visita, casi no habl por mirar la
flacura de Ana Mara, la piel transparente de sus manos, sus hombros
puntiagudos, su pecho completamente liso. Hablaba Ana Mara con una voz
rara, lenta, melanclica, con quin sabe qu acento de ultratumba. Las
otras muchachas jams pudieron obtener datos sobre su vida. Aseguraba
llamarse Ana Mara Gonzlez, pero no era verdad. No tena ninguna
ilusin, ni voluntad de vivir, ni le interesaba nada. Julieta, por un
amigo, supo que Ana Mara haba vivido algunos aos con verdadero lujo.
Haba sido lo que se llama una gran cocota. Esplndida casa, dinero en
abundancia, automvil propio. Y despus, haca pocos meses, de golpe,
la decadencia. Haba en su persona algo de misterioso que impresionaba
a Nacha. La segunda vez que se vieron, fu a una hora en que Nacha
encontrbase sola en su cuarto. Ana Mara, mirndola fijamente,
con sus extraos ojos muy abiertos, quiso que Nacha le contara su
historia. Nacha refiri todo, desde que dej la casa de su madre. Ana
Mara no se interes por nada de esto, y no escuch siquiera. Pero
cuando Nacha comenz a hablar de Monsalvat, Ana Mara fu toda odos.
Escuchaba con toda su alma, con todos sus sentidos, con todos los
tomos de su cuerpo. Cuando Nacha concluy, Ana Mara se fu sin decir
palabra. Sali del cuarto como una sonmbula. Nacha comprendi que un
pensamiento absorbente la envolva, la haca enmudecer, guiaba sus
pasos, atraa sus ojos.

Desde esa tarde, a los tres das de llegar a la casa, Nacha no volvi
a ser visitada por Ana Mara. Con Julieta y con Sara solan hablar de
ella. Julieta--una gordita sonriente y suave, de ojos aterciopelados y
llenos de sombra y de labios muy rojos--conservaba an restos de pudor.
Era soadora y esperaba en una pasin que viniera a salvarla. Sin
embargo, tena a veces una expresin melanclica y sola manifestarse
pesimista. Pero no se consideraba vencida, y haba logrado reducir
sus relaciones con los hombres al mnimo indispensable para pagar la
pensin y otros pequeos gastos. Trataba de agradar a los mejores que
conoca--los ms serios y los ms buenosmozos--a fin de que ellos la
prefiriesen. De este modo, slo se vea con dos o tres amigos. Y esto
haca que las otras muchachas la considerasen como una mujer honesta.
Una de ellas era Sara. Tena Sara todo el aspecto de una muchacha cada
en el ms espeso y profundo lodo. Se dijera una fruta podrida. Pero
no era as, pues no llevaba un ao de perdicin. Pareca gastada por
el vicio. Gustaba de oir cuentos picarescos, de hablar obscenidades.
Cuando en el comedor alguno de los hombres que vivan en la casa les
daba a las muchachas una broma arriesgada, Julieta bajaba la cabeza y
hasta se ruborizaba, mientras Sara responda con alguna enormidad. Era
esbelta, delgada, gil, de piernas y brazos largos. En su bonita cara
alargada llamaba la atencin la boca: una boca grande, excesivamente
movible, un poco levantada en los extremos. Los labios, rojos como
la pulpa de las granadas, estaban siempre humedecidos. Para hablar
mova sin cesar la cabeza y la boca, y gesticulaba con los brazos y
las piernas. Raras veces se la vea sentada. Conversaba pasendose.
No poda decir una frase sin desplazarse dentro de un radio de dos o
tres metros, sin levantar las piernas como si empezase una danza, sin
manotear, sin reir y abrir la boca cuan grande era, dejando ver sus
desiguales y largos dientes. Careca de reserva, de pudor, y buscaba
a su clientela en la calle, en Esmeralda, en Corrientes, con una
inconsciencia que a Julieta le daba pena. Julieta la aconsejaba, pero
sus palabras resbalaban por la epidermis de Sara sin penetrar en su
espritu. No pareca darse cuenta de su situacin, de su vida, de la
diferencia entre ella y las mujeres honestas. En cuanto a los hombres
eran todos iguales para Sara. Todos le resultaban simpticos, pero no
trataba de acaparar a ninguno. Doa Luca la detestaba. La hubiera
echado, de atreverse a ello. Sara reciba hombres all mismo y varias
veces la haban pillado con pensionistas de la casa. En su cuarto,
sobre todo cuando la acompaaba algn muchacho alegre, sola cantar,
hablar a gritos, reir a carcajadas, con gran escndalo de doa Luca,
que cambiaba de colores y peda a los santos que le sacasen a aquella
pensionista tan comprometedora. Lo nico que infunda temor y respeto
a Sara era la polica. Una vez la arriaron en plena calle, y desde
entonces, en sus recorridas, se haba vuelto prudente. Ana Mara no la
soportaba. Varias veces, en la mesa, al oirla despotricar, se haba
levantado. Sara, manoteando y estremecida por sonoras carcajadas,
llambala madama Pompadour, nombre que nadie saba de dnde lo sacara y
por qu lo aplicaba a Ana Mara.

--Debe ser media loca, Ana Mara--sola decir Nacha.--Yo le tengo miedo.

--No, mir--arga Julieta.--Es una muchacha que sufre mucho. Quin
sabe de dnde habr cado hasta llegar a esta vida! Yo la compadezco.
Es tan buena, la pobre!

--Cundo no!--exclamaba Sara, riendo y pasendose por el cuarto.--Para
vos todas son buenas. A m me parece una orgullosa. Se cree superior a
nosotras.

--Y no es superior a nosotras?--preguntaba Julieta.

Nacha, ya casi sana, vea con terror el momento de su completa salud.
Porque entonces tendra que dedicarse a lo que tanto temiera, a lo que
detestaba, a lo que le era la vergenza y la degradacin. Hubiera dado
aos de su existencia por poder ser honesta. Y crea enfermarse de
nuevo si intentaba recomenzar "la vida". Pero no era tanto por esto, ni
por amor a la honestidad que deseaba ser honesta; era por Monsalvat,
cuyo recuerdo la acompaaba incesantemente, maana, tarde y noche,
despierta y en sus sueos, cuando hablaba con sus amigas y cuando lea
en la soledad de su cuarto. Y ahora, su amor a Monsalvat se haba
engrandecido, alimentado con el relato de su historia y los comentarios
con las muchachas.

Una tarde, cuando Julieta regres de la casa adonde iba todos los das,
Nacha le pidi consejo.

--Yo quiero ser buena--le dijo a Julieta, que la escuchaba
melanclicamente.--Es por l, vos sabs... Me ocupara en cualquier
cosa, entrara en alguna tienda... Te parece posible que yo sea buena?

Julieta sonri con su natural dulzura y tomndole una mano se puso a
acariciarla, mientras sus ojos se fijaban en el suelo.

--Por qu no me contests? Te parece imposible que yo... que
una mujer... por amor, pensando en un hombre a quien se adora...?
Imposible? Decme la verdad. Mir, si no me la decs, si no me habls
con el corazn... no sos mi amiga... Es imposible, s?

--Sera posible si dependiese slo de nosotras. Pero la gente nos pone
tantas dificultades! La gente no quiere que nos volvamos buenas, Nacha!

Las dos saban cun verdadero era esto, y permanecieron un largo rato
silenciosas, profundamente tristes, doloridas, mirndose como dos
hermanos que han perdido a la madre.

No obstante, Nacha tent un ltimo recurso: buscar a Monsalvat. Ira
hasta el fin del mundo, hurgara por debajo de la tierra. Pregunt
a los dos estudiantes que vivan en la casa, un par de bandidos y
haraganes que por nada se interesaban. Uno de ellos, el mono Grajera,
un negrito petizo, feo y charlatn, estudiante crnico de Derecho,
vividor, tramposo, conferencista sobre la tuberculosis en Catamarca,
profesor de patines en San Luis, periodista en Jujuy, actor del teatro
criollo en Santa Fe, inventor de un sistema para no pagar en los
hoteles y pensiones, era gran amigo de Nacha. Se haban conocido haca
aos, en la casa de huspedes de su madre. Grajera fu amigo de Riga, y
de ah la simpata de Nacha por Grajera, que era adems muy gracioso y
divertido. Nacha le encarg que averiguase el domicilio de Monsalvat.
Grajera tena buena voluntad. Lo que le costaba era acordarse del
encargo, realizar las gestiones. As es que nada consigui.

El otro muchacho, estudiante nominal, pues nada estudiaba, era un
cordobesito Belderrain, hijo de un clebre abogado y juez, de un hombre
austero cuya muerte fu en Crdoba un duelo general. Panchito, echado
de su casa, volvi a Crdoba cuando la muerte de su padre. Ahora estaba
otra vez en Buenos Aires, incorregible como siempre, carrerista,
mujeriego, entrampado en todas partes. Nacha le pidi tambin que
averiguase de Monsalvat. Pero Panchito no pensaba sino en el programa
de la prxima carrera, en redoblonas y candidatos y en otros asuntos
turfsticos. En un cuaderno apuntaba los detalles de las carreras: la
velocidad del viento ese da, el peso de cada caballo, el estado de
la pista y cuanto es posible imaginar. No obstante tanta ciencia en
carreras, Panchito perda infaliblemente.

Viendo que por medio de sus amigos nada lograra, Nacha recurri a una
echadora de cartas. Era una mujer horrible, amarillenta de cara, de
expresin estpida. Se la recomend Sara, dicindole que la mujer sa
adivinaba todo, que a ella nunca le haba fracasado. Nacha la llam
a la casa. Y ah estaba, llena de ilusiones, emocionada, silenciosa,
esperando el fallo de la individua.

La mujer sac una baraja mugrienta, mezcl las cartas e hizo cortar a
Nacha con la mano izquierda. Luego, con las diez y ocho primeras cartas
que salieron form una cruz de aspas, mientras deca en voz baja unas
palabras que Nacha no entendi. Despus hizo tres montoncitos y fu
descubriendo las cartas. La mujer pens un rato. En tanto hablaba, iba
sealando las cartas.

--As de oros y cuatro de bastos--dijo la mujer.--Esto significa el fin
de una enfermedad. Pero aqu est tambin el cuatro de copas. Es el
triunfo amoroso. Y triunfo completo, porque el dos de copas, lo ve?,
indica proposicin de casamiento. Despus... Ah, aqu aparece una mujer
morena, y una grave enfermedad.

--Una mujer? No puede ser, fjese bien.

--Es una mujer. No dice que haya amor. Pero es una mujer, seorita.

Nacha estaba pensativa, buscando la exacta interpretacin de todo
aquello. Estara enfermo Monsalvat? Querra tal vez a otra mujer?
Esta idea le fu insoportable. Pregunt por lo que le interesaba ms,
por el paradero de Monsalvat.

--Aqu est el rey de bastos, que quiere decir hombre moreno, firme y
generoso.

--l es, l es! Dnde est?

--No se sabe dnde est. Pero aqu tenemos el dos de espadas, seorita.
Esto es carta, noticia, llegada de una persona. El hombre moreno le va
a escribir o va a llegar de un momento a otro.

Nacha pag con gusto los cinco pesos que la mujer le cobr. Era el
ltimo dinero que le quedaba. Pero era feliz. Todas las cosas le
hablaron de esperanzas desde ese momento. Varias veces al da imaginaba
que Monsalvat apareca en la casa. Al da siguiente, como adivinara la
llegada de nuevos huspedes, sali al patio. Qued asombrada al saber
que un matrimonio, y una hija como de doce aos, parientes de Panchito,
haban llegado de Crdoba. Despus que los huspedes se instalaron,
todas las muchachas y algunos hombres se metieron en el cuarto de
Panchito. Queran enterarse. Panchito, medio dormido todava, recibi
acostado a sus visitantes. Grajera, en una cama opuesta, roncaba. Sara
intent despertar a Grajera. Propuso hacerle cosquillas, destaparlo,
echarle agua. Pero las dems muchachas se indignaron.

--Qu quieren que haga!--exclamaba Panchito, con su acento
cordobs.--Este animal se viene aqu. Yo le he dicho lo que es esta
casa. Y se ha quedado, no ms! Pero no me explico cmo... Ah, ya s!
No haba cado. Es cosa de mi vieja, claro. Como yo le escribo que
estoy en una casa muy decente, de una familia muy cristiana, donde me
hacen confesar dos veces por mes, la vieja le habr dicho a este bruto,
a este rural, que vive en el campo, en San Jos de la Dormida, que
venga a parar aqu.

--En dnde vive?--estall Sara, con la boca de oreja a oreja.

--En San Jos de la Dormida, pues. Un pueblito, all por...

El nombre del pueblo suscit una serie de chistes que estremecan de
placer a Sara. Panchito rog a las muchachas que se condujeran bien.
No quera que su parienta se enterase. Y luego ech a todo el mundo,
porque iba a seguir durmiendo.

A la tarde, Grajera y Belderrain entraron en la pieza de Nacha,
enfermos de risa. Ocurra que haban encontrado a Sara en gran amistad
con la cordobesa. Sara, recostada, con las piernas al aire, oa las
cuitas de la seora, los interminables relatos de sus enfermedades, el
temor de una grave operacin que iban a hacerle.

Doa Luca estaba encantada con sus nuevos huspedes. La cordobesa
le dijo que haba preferido esa casa porque saba que se trataba de
personas muy cristianas. La vieja agradeca, cambiando de colores
incesantemente. Pero sus nuevos huspedes la obligaban a darles bien de
comer. Y contra su deseo vise en el caso de exigir a Nacha el pago de
su pensin.

Nacha qued muy triste. Pero comprendi que doa Luca estaba en su
derecho. No poda permanecer all sin pagar. Pas la noche cavilando.
Imagin mil recursos: jugar, comprar un billete de lotera, pedir
prestado. Al da siguiente continu sus fantasas. Pero a las dos de
la tarde se visti de calle y se dirigi a la casa de la Sanmartino.
A Julieta no quiso decirle nada. Tena vergenza de que supiese. Pero
no por el hecho en s, no por la venta de su persona; sino por la
traicin--que eso significaba su acto--hacia aquel amor tan bello,
que pareca ennoblecerla y purificarla ante los ojos de las dems
muchachas de la casa.

Nacha conoca de otras pocas a la clebre Juanita Sanmartino. Era
italiana y pareca hermana de la reina Victoria. El mismo empaque, la
misma nariz ganchuda, el mismo peinado fantstico y un poco ridculo.
Tena como la Annette una hija. Y para lograr la futura honestidad de
su hija comerciaba con la deshonestidad o con la desgracia de otras
mujeres. La hija estaba all, entre las muchachas. Era una chica de
catorce aos, bonita, ingenua, inocente. El poder de la inocencia es
tan grande que subsiste an en medio de los pecados ms visibles. La
hija de Juanita no era tonta, pero no comprenda nada. En su candor
adorable crea que aquellos hombres y mujeres eran simples amigos que
se encerraban en los cuartos para hablar de secretos. Nacha volvi de
casa de Juanita aplastada, vencida. Pag unos das de la pensin y
despus fu a su cuarto y se ech sobre la cama, llorando.

Una presencia extraa la hizo levantarse. Ana Mara estaba frente
a ella, ms desencajada que nunca. Nacha di un pequeo grito. Ana
Mara quiso tomarle una mano. Pero Nacha, horrorizada del contacto, se
estremeci.

--Por qu... me... tiene... miedo?

La voz de Ana Mara pareca salir debajo de la tierra.

--Nacha... quiere contarme su historia?

Temerosa de Ana Mara, Nacha refiri su historia nerviosamente, con
precipitacin. Ana Mara se iba poniendo plida, cada vez ms plida.
Sus manos le temblaban. Sus ojos parecan absortos en quin sabe qu
lejanos recuerdos. Ya era de noche y no haba luz en el cuarto. Nacha
no se atreva a levantarse para ir a encender la luz elctrica.

--Siga... siga--rog Ana Mara, al ver que Nacha se haba interrumpido.

Nacha comentaba ahora el inters de Monsalvat por salvarla.

--A veces pienso que me debe querer enormemente. Qu hombre hace lo
que hizo l por m? Pero otras veces creo que no es por m. Creo que es
por su hermana, por una hermana que fu engaada y se perdi. Creo que
hizo por m lo que quisiera hacer por ella.

La expresin de Ana Mara era cada vez ms extraa. Qu vaguedad en
sus ojos! Qu misterio, qu anuncios de muerte en toda ella! Nacha,
aterrorizada, estaba a punto de llamar. Ana Mara no hablaba, inmvil,
casi inmaterial. Por fin se levant sin decir nada y se fu, vacilante,
teniendo que apoyarse en los muebles para poder caminar. Cuando Julieta
y Sara vinieron, Nacha les cont.

--Lo conocer a Monsalvat? Quin sabe si no ha sido su amante!--dijo
Sara.

--Ah, ya s!--exclam Nacha, estremecida.--Es su hermana! Pobre Ana
Mara! Es su hermana, su hermana!

Julieta se precipit en el cuarto de Ana Mara para averiguarle.
La encontr tendida en la cama, insensible, como si dormitase. La
contempl un rato. Ana Mara abra a veces los ojos, pero no deba
ver nada. Se dijera que estaba soando. Julieta le habl, asustada,
comprendiendo que aquello no era normal. Pero Ana Mara no contestaba.
Julieta permaneca indecisa, sin saber qu hacer, cuando vi que Ana
Mara se inquietaba, que deca cosas ininteligibles. Julieta entonces
llam a Sara y a Nacha. A las tres se les ocurri darle cognac. Ana
Mara empeor. Ahora se quejaba, aunque dbilmente. Pero a poco se
fu agravando, hasta llegar al delirio. Llamaron al mdico. Toda la
gente de la casa fu a curiosear. Unos entraban en la pieza. Otros
preguntaban a los que salan. Doa Luca, llena de escrpulos, no se
animaba a entrar. Cuando el mdico lleg, la enferma agonizaba. No
tard el mdico en comprender lo que ocurriera. En el suelo encontr
una jeringuilla de Pravatz. En la mesa de noche, un frasco de morfina.

Julieta y Nacha, antes que se arreglara el cuarto para velar a la
muerta, buscaron vidamente en los cajones algn indicio de su
verdadero nombre y apellido. No tardaron en encontrarlo. Atadas
con una cinta azul, hallaron cartas viejas. Casi todas tenan como
encabezamiento "querida Eugenia", y otras "tu hermano Fernando". Entre
las cartas haba tres retratos: el de un hombre de edad, el de una
mujer y de Fernando Monsalvat. Nacha se apoder del ltimo retrato.
Ya no quedaban dudas de que la desgraciada morfinmana era Eugenia
Monsalvat.

Nacha no haba visto morir a nadie, y aquella muerte le impresion
de un modo horrible. Vease agonizante, sola, abandonada de todo el
mundo. Recordaba cuanto le dijera Monsalvat e imaginbase que mora
sin que nadie tuviese para ella una palabra de compasin, imaginbase
que la arrojaban en la tumba con el desinters con que se arrojara
a un perro. Tal terror tena, que le era imposible quedarse sola ni
un instante. No quiso acostarse en toda la noche. Una vez que intent
dormir vestida, se despert a los pocos minutos, y, creyendo que estaba
encerrada en un cajn de muerto, di un grito que alarm a toda la
gente de la casa.

Permaneci la noche entera velando a Ana Mara. La cordobesa y doa
Luca dirigieron el arreglo del cuarto y amortajaron el cadver. Sara,
que despus de comer sala todas las noches a la calle, se qued,
silenciosa y llena de miedos fantsticos. Ella y Nacha se comunicaban
sus terrores. La cordobesa dijo que era necesario rezar. Y as los
hombres que haba en la casa contemplaron el espectculo de las tres
muchachas que, dirigidas por la cordobesa y emocionadas y llorosas,
rezaban el rosario en coro. Fu una escena desoladoramente triste. El
pobre cajn de pino, los dos nicos velones amarillos, aquel rezo por
la infeliz prostituta que muri en la miseria y lejos de su familia,
el dolor de aquellas mujeres que parecan llorar arrepentidas, todo
impresionaba a los tres o cuatro hombres que presenciaban el cuadro.
La vida de la muerta, triste como la vida de las desdichadas que
rezaban por ella, estaba all, en aquel cuarto de dolor. Se dijera
que los largos das de eso tan desesperante que se llama la "vida
alegre", que las noches de placer de Ana Mara, que sus besos y sus
risas y las copas del champaa que bebi en sus aos de gran cocota,
se haban convertido en crespones funerarios y ennegrecan las paredes
del cuartucho. Se haban convertido tambin en lgrimas y velaban los
ojos de las dems mujeres. Lloraban las pobres mujeres! Lloraban su
pasado, lloraban su futuro, lloraban su muerte en la soledad y en la
miseria. Y lloraban sobre todo lo que era peor que todo: lloraban su
desesperacin!

En un momento, cuando comenzaron las mujeres a rezar, los dos
estudiantes, ambos despreocupados, incrdulos, incapaces de comprender
lo que hay de serio en la vida, tuvieron una misma idea. Los dos
quisieron hacer algo por aquella muerta, quisieron asociarse a aquel
dolor. Y se persignaron casi al mismo tiempo, zurdamente, escondindose
el uno del otro. Los dos advirtieron la maniobra del compaero. Y lo
que en otra ocasin hubiera sido tema de chacota, slo les sac una
imperceptible sonrisa, una sonrisa dolorosa, penetrada de piedad. Los
dos saban que estaban velando el final de una vida trgica! Los dos
saban que estaban tambin velando la inquietud angustiosa de unas
cuantas vidas trgicas!




                                  XIV


En los odos de Monsalvat sonaban incesantemente, trgicamente, las
palabras del mdico: "Ha vuelto a la vida". Por qu no dira el
mdico: "Ha vuelto a la muerte"? Pero no. Haba dicho bien. Aquella
vuelta a "la vida", a la mala vida, a la falsa vida, es decir a la
muerte, no era acaso el principio de la vuelta a la verdadera vida?
Cuntas esperanzas de encontrar a Nacha! Todo el universo estaba
lleno de esperanzas. Los letreros de las calles hablaban de encontrar
a Nacha. Las bocinas de los automviles, los gritos de los vendedores,
todos los ruidos multiformes de la ciudad multiforme, le aseguraban que
pronto encontrara a Nacha. Si pensaba en lo horrible, en lo inhumano,
en lo doloroso de la vida actual de Nacha, Monsalvat senta el vaco en
su corazn. Ah, imaginar que en ese momento, ella tal vez se venda a
otro hombre...! Mejor no pensar en nada. Aquello era espantoso. Y sin
embargo, si aquello no existiese, quizs nunca la encontrara.

Comenz entonces, junto con el mdico, a buscar a su amiga. Fu un
viaje doloroso, un largo viaje doloroso a travs del mundo de las
desgraciadas. Una peregrinacin de su alma a travs de las tierras
bajas donde moran las mujeres que perdieron su alma. Un martirio de su
corazn, en medio de innumerables corazones martirizados. Y eso que
las primeras etapas de su viaje slo abarcaban los primeros crculos
de aquel infierno de las mujeres malditas! Eran los crculos sos, los
lugares que pudiera frecuentar Nacha. Haba otros crculos infernales
ms trgicos, ms monstruosos en el dolor y la bajeza.

Baj Monsalvat al infierno en compaa del mdico. La puerta del
infierno era la puerta de la casa de madame Annette. All podra
leerse las palabras del Dante: "Por m se va a la ciudad del llanto;
por m se va al eterno dolor; por m se va hacia la raza condenada...
Oh, vosotros los que entris, abandonad toda esperanza!" Pero no era
aqulla la nica puerta de este infierno. Haba infinitas puertas por
donde entraban las desgraciadas para no salir jams. Slo que en la
casa de la Annette estaba la puerta principal: la puerta de oro.

--Nacha Regules?--exclam la francesa, con azoramiento.--_Connais pas!_

El mdico insisti, comprendiendo la falsedad de aquella negativa.
Madame Annette, con sus modos ordinarios y su voz desagradable,
persista en su actitud. Monsalvat senta un indefinible malestar.
Cmo semejante mujer, antiptica, plebeya, malhumorada, consigui
poner aquella casa y mantener la clientela que deca el mdico? Qu
arte especial posea la bruja? Ah, seguramente que debajo del lujo
ostensible haba espantosos crmenes! Seguramente, que la bruja saba
satisfacer a su aristocrtica, su exigente, su refinada clientela,
con bocados exquisitos, logrados por los ms viles engaos y las ms
odiosas miserias.

--Llamo a las muchachas?--pregunt la francesa con brusquedad,
desconfiando de sus visitantes, pues a Torres apenas le conoca y haba
observado el disgusto de Monsalvat.

--Iremos al comedor. Las convidaremos con champaa--contest el mdico.

Tres mujeres entraron. Una, era aquella chica que all mismo conociera
Nacha. Monsalvat se estremeci al ver a la criatura. Sus ojos cayeron
como ltigos sobre el rostro de la Annette, que baj los suyos, ms
temerosa que avergonzada. Torres llam a la chica al sof donde l
estaba. La Annette sali para preparar el champaa y dejar solos a los
visitantes y a las muchachas.

Monsalvat habl con una magnfica morena de ojos indgenas, que dijo
ser paraguaya. Resabios de las razas nativas, de los guaranes, haba
en su rostro y en su hablar. No saba nada de Nacha. No la oy nombrar
jams. Monsalvat, que vea una vctima en cada mujer de la vida, le
rog su historia. Imaginaba toda clase de ignominias de parte de los
padres, del novio, de otras gentes. La muchacha declar que aqulla era
la gran vida. Placeres, libertad, dinero. No trabajaba, los hombres
le decan lindas palabras. Enorme sensualismo haba en sus ojos y sus
labios. Deba ser una satiresa, una vampiresa. Amaba el placer por el
placer. Elogiando su vida, echaba besos al aire, cruzaba los brazos
en el pecho y los apretaba con terrible lujuria. Bebi el champaa en
pequesimos sorbos, con infinita voluptuosidad, sacando la punta de
la lengua y movindola de un lado a otro picarescamente, mientras haca
estremecer sus flancos y guiaba un ojo a su vecino. Monsalvat habase
entristecido. Aquella mujer representaba para l lo irremediable. Tal
vez nadie la considerase vctima, y sin embargo lo era tanto como las
otras. Vctima de herencias mortales, vctima quizs de un alcoholismo
que provena de miserias involuntarias, de miserias materiales
impuestas por la sociedad, o de miserias producidas por el odio, por
los prejuicios, por la maldad. Todo se encadenaba en el mundo. Un mal
vena de otro mal. Por ello era necesario reconstruirlo todo, para
arrojar de la tierra el demonio de la injusticia, que hace infelices a
tantos seres y a sus hijos y a hijos de sus hijos.

Mientras tanto, Torres obtena algunos informes de su interlocutora. La
chica se acordaba de una muchacha buena, que estuvo all una tarde. Se
haba compadecido de ella, y se llamaba Nacha. Se haba ido enojada con
madama, porque... un cliente... cosas de ese seor... en fin...

Torres llam aparte a la Annette. Invent una historia desfavorable a
Nacha. La buscaban para hacerla meter presa. Madame, entonces, declar
que, en efecto, estuvo all una tarde.

--Mtala pronto en la crcel, porque esa mujer no es una persona
decente. Yo no debo a nadie un centavo. Yo educo a mi hija como una
buena madre. Yo tengo amigos entre lo mejor de Buenos Aires, usted
sabe. Y ella? _Une canaille! C'est de la merde, des gens comme a! Cr
nom!_

Salieron de all los dos amigos. En la puerta encontraron una conocida
de Torres, que bajaba de un auto. Era Amelia, cada vez ms picante y
ms fresca. Torres le pregunt por Nacha.

--Va a la casa de Juanita. Me han dicho ayer. Yo le confieso, ch
mediqun, que no la entiendo a Nacha. Ir a la casa de Juanita! Qu
pavada! No? Una debe conservar su situacin. No hay que descender sin
motivo. Ir a esa casa es rebajarse... Cierto que aqu una debe tratar
con vejestorios y con sonsos, pero... Y cmo me encontrs, mediqun?
Me pongo vieja? Bueno, hijo, te dejo porque me esperan arriba...
Adis. Muy buenmozo, tu amigo. Adis, viejo!

Era an temprano, las seis de la tarde, y decidieron visitar a Juanita
Sanmartino. Los recibi en una inmensa sala, llena de cortinados y de
pretenciosos muebles. La italiana, con su habitual prosopopeya, con el
cuerpo erguido, su cabeza de Reina Victoria, salud amablemente a los
dos hombres. Monsalvat, de pie, vea pasar por el corredor una chicuela
como de trece aos. Escondidas detrs de las persianas, algunas mujeres
espiaban a los visitantes. Monsalvat se hallaba emocionado. Crea notar
en todas partes, en cada rincn de la casa, en el aire, en los muebles,
las huellas de Nacha. Pero tambin adivinaba que all no la encontrara.

--Ha venido aqu algunas veces, esa muchacha--deca en tono amable,
moviendo la cabeza con lentitud, Juanita.--Muy simptica. Bastante
linda. Estaba aqu contenta. Pero ya no viene. Sin duda, ha hecho
alguna buena amistad...

Se interrumpi, mirando a los dos hombres, en el temor de haber
molestado a alguno de ellos. Monsalvat no haba podido evitar un
sacudimiento de todo su ser, como si le hubiesen aplicado una corriente
elctrica.

--Ha dejado de venir. S... no s por qu... A veces los clientes se
llevan a las muchachas de la casa. Les ponen un departamento... Pero no
creo que sea el caso...

Monsalvat palideci. La haba perdido otra vez? Torres pregunt quin
era el cliente que hizo amistad con Nacha, y la Juanita no vacil en
darle su nombre. Luego, cuando quedaron en silencio, el mdico mir a
su amigo y le hizo una indicacin con los ojos. Monsalvat comprendi.
Era el momento de averiguar de Eugenia. El hermano no se atreva. El
mdico entonces lo hizo. Nada supieron. Sospechando que se cambiara el
nombre, Monsalvat la describi. Pero era exacto el retrato? Tantos
aos sin verla! Juanita no pudo asegurarles nada. All estuvieron
varias muchachas del tipo que pintara Monsalvat.

Iban a salir. Juanita, sin faltar a su solemne dignidad de reina de
opereta en el destierro, les ofreci la casa. A Torres lo conoca desde
aos atrs, y no ignoraba la existencia de Monsalvat, cuyo apellido
ilustre haba visto en los diarios tantas veces.

--Y esa criatura que andaba por el corredor?--pregunt Monsalvat a
Torres con angustia, cuando estuvieron en la calle.

--Es la hija. Curioso, eh? Juanita se sacrifica por ella. Espera
retirarse del negocio, venderlo en buenas condiciones, cuando haya
amontonado una fortunita sabe? Para que su hija pueda ser virtuosa,
eh?, explota ella el vicio de los dems.

Monsalvat dijo que aquella nia no podra ser virtuosa. La curiosidad,
las conversaciones que oa, los carios que sorprendera, lo que
adivinaba tal vez...

--Te equivocas. Las muchachas de la vida estiman la virtud ms que
nosotros. Deliberadamente no dirn nada que ella no pueda oir. Ahora,
es probable, eh?, que algunas veces se distraigan... Adems, esa chica
debe considerar el amor, y estas cosas que no lo son, aunque algo se
le parecen, como un simple negocio... Ve que todas se venden... eh?
Todas las que ella conoce. Y ella tambin se vender, a un buen hombre
que tenga alguna fortuna. Se vender, pero no por veinte pesos sino por
cien mil. Se casar bien.

Monsalvat comenzaba a creer que jams encontrara a su amiga ni a
su hermana. Demasiado vasto aquel infierno! Demasiado oscuras,
intrincadas, revueltas las catacumbas del mundo subterrneo! Su
acompaante djole que no perdiera la esperanza. Y para que la tuviera,
le mostr una larga lista que sac del bolsillo. Una lista siniestra,
espantable. Doscientas casas del gnero de aqullas que visitaron;
aristocrticas unas, burguesas otras, modestas la mayora. En alguna
haban de hallar a las dos mujeres que buscaban! Monsalvat quedse con
la lista. Recorrera l una veintena de casas, aqullas donde las dos
muchachas pudieran tal vez acudir. Las recorrera l solo. No poda
permitir que el mdico perdiera su tiempo.

Pero Torres empese en llevarle a una casa donde seguramente les
daran noticias. Se anunciaron, y una sirvienta les hizo entrar en un
vasto dormitorio. All no haba el olor a agua de rosas y la elegancia
al por mayor de la casa de madame Annette, ni el lujo espeso y mediocre
en medio del que Juanita reinaba. Aqu todo era sencillo, sin llegar a
la pobreza. No tard en aparecer la duea de la casa.

--Florinda--dijo el mdico--, le presento al doctor Monsalvat. Mi amiga
Florinda, la ms simptica de las criollas...

--A sus rdenes, caballero. Puede mandarme. No le crea a este aduln.
Es un antiguo amigo... de otros tiempos, ay! que pasaron... Pero tome
asiento, seor. Muy honrada con su visita. Le ruego que me mande, para
servirle...

Florinda era una criolla cuarentona, alta, flaca, ms bien fea.
Casada y con un batalln de hijos, que vivan al fondo de la casa, y
el menor de los cuales tena seis meses. El marido ignoraba lo que
ocurra all. No tena la menor noticia del comercio de su mujer. Y
era tan prudente--tan bueno, deca Florinda!--que no preguntaba por
la procedencia del dinero que le daba de comer. Sala de su casa muy
temprano y regresaba a la noche, cuando no haba peligro de enterarse
de ciertas cosas. Admiraba y amaba a su fiel consorte, modelo de
esposas y de dueas de casa. Considerbala una gran seora. Sus
presunciones de distincin, su hablar dengoso y arrastrado, sus maneras
y palabras bondadosas, su pulcritud desconcertante, todo le encantaba a
aquel marido ideal.

--Me pregunta por Nacha, el caballero?--interrog Florinda, con su voz
finita y su acento ingenuo, suavsimo, un poco dormiln.--S, seor.
S, la conozco. Una seorita muy distinguida, muy formal, muy buena.
La conozco, caballero. Tengo el placer de conocerla. Yo le profeso un
gran cario. Porque yo s estimar a las personas que valen, a las de
condicin elevada. No me gusta la mala educacin. Y yo me permito creer
que la buena educacin no se aprende. Verdad, caballeros? No, no se
aprende. Se la adquiere desde la cuna. El buen nacimiento es el mejor
pergamino...

Hablaron un buen rato. A Torres le diverta aquella mujer. De cuando en
cuando el mdico soltaba alguna frase, alguna palabra de doble sentido
o un poco arriesgada, y Florinda bajaba los ojos, enredaba los dedos en
los pliegues de la bata y sonrea con rubor.

Florinda ignoraba el paradero de Nacha. Y a Eugenia jams la oy
nombrar. Los amigos salieron. Florinda los despidi con una infinita
serie de inclinaciones, sonrisas, palabras amables, ofrecimientos y
toda suerte de cortesas.

--Ah tiene una mujer que se cree honrada--dijo Torres--y ha vendido a
su propia hija. Curioso, eh?

--Todos somos culpables--exclam Monsalvat, como si continuase su
pensamiento.--En esa venta de la hija fu criminal el que la compr,
y fueron criminales los padres de la madre, y los padres y los amigos
del que la compr y los profesores que tuvo y los autores de los libros
que ley. Quin queda sin culpa? Quin hizo algo para que la venta
no sucediese? Y los que legislan, qu ley dictaron para evitar estos
males? Y los que vigilan, no fueron cmplices?

Torres no aceptaba este colectivismo de la culpa que predicaba
Monsalvat. El culpable de cada crimen era para l quin lo cometi
o quin fu cmplice directo. La sociedad? Bah! Estaba muy lejos
eso. Una abstraccin. No exista sino el individuo, y la sociedad era
un conjunto de individuos. Se despidi de Monsalvat, pues no quera
discutir con l. Monsalvat razonaba poco. Afirmaba. Y sus afirmaciones
eran dogmticas, rotundas. A veces, parecan las ideas y las palabras
de un iluminado.

Monsalvat se llev la lista que le entregara Torres. Y con ella
continu al da siguiente su viaje por las comarcas malditas.

Dos das ms tarde, habiendo cado por casualidad bajo sus ojos la
crnica policial de un diario, ley all la muerte de su hermana. El
diario lo contaba todo, daba el nombre de la morfinmana, la llamaba
gran cocota, y, despus de haber arrojado impdicamente a la vergenza
pblica un apellido estimado, aun moralizaba, con esa chirle filosofa
de diez centavos que suelen babear algunos diarios. Para Monsalvat
la muerte de Eugenia, y en semejantes condiciones, fu un terrible
golpe. Envejeci diez aos de repente. Se sinti an ms solo. Y
desde entonces, su empeo en encontrar a Nacha se hizo frentico y
exasperado. Apenas abandonaba su oficina, tomaba un taxi y all se iba,
todas las tardes, a buscar a Nacha. As pas todo Octubre.

Pero aquellos crculos infernales no eran para que impunemente los
recorriese el primer venido. Monsalvat no conoca esos ambientes.
Y padeci de mil maneras. Sufri burlas, humillaciones, insultos.
En algunas casas le sacaban dinero; en una lo robaron. Ms de una
vez no le dejaron entrar, y le cerraron la puerta arrojndole
dicterios y palabrotas. Sufri tambin por las infelices. Sala de sus
exploraciones por aquellas selvas del mal, con el corazn dolorido, con
el alma toda en sangre, con el cerebro oscuro, gastado, oprimido.

Y todo era intil! En ninguna parte conocan a Nacha. Y pasaba
el tiempo y la esperanza. Monsalvat tuvo, entonces, momentos de
escepticismo. Aor, en rpidos segundos de debilidad, su vida de
antes. Se crey vencido. Cay en honda tristeza.

Intent olvidar. Plane varios artculos. Pens en aquella
reconstruccin del conventillo, suspendida por la terquedad de los
inquilinos. Pobres gentes! Explotados desde muchos siglos atrs.
Explotados sus abuelos, sus padres, ellos. Y por esto, los infelices
no vean las buenas intenciones. No crean, no podan creer en ellas.
Imaginaban que los propsitos de Monsalvat ocultaban quin saba qu
nueva forma de explotacin. Consideraban abusivo el que se les arrojase
de all. Protestaban iracundamente contra el nuevo encargado, que
pretenda obligarlos a un mnimo de higiene. Monsalvat deseaba comenzar
pronto las obras. Si no, los cuarenta mil pesos que acababa de darle el
Banco Hipotecario desapareceran entre los verdaderos pobres a quienes
ayudaba y los falsos pobres que explotaban su buena fe y su simpata
humana.

Un atardecer, a principios de Noviembre, fu al conventillo. Chiquillos
mugrientos, desnudos, andaban por entre las sombras del patio. Algunas
mujeres esperaban a su hombre o a sus hijas. Guisaban frente a varios
cuartos. Un acorden sonaba hacia el fondo. El patio estaba obstruido
por cajones, tablas, canastas, por mil objetos diferentes. Los
chiquillos corrieron como locos anunciando al patrn. Se dijera que
avisaban a sus madres la presencia del enemigo.

Se llen el patio de gente. Muchos inquilinos haban vuelto ya de sus
trabajos. Una muchacha, bastante bien vestida, de gran sombrero, se
acerc al grupo. Monsalvat habl:

--Ustedes desconfiaron de m. No tenan razn, pero hicieron bien. Yo
no les habl con el corazn en la mano. Quise, pero no supe hacerlo.
Ahora yo les digo: ustedes son mis hermanos. Yo quisiera libertarlos
del sufrimiento. Pero yo no soy sino un hombre. Yo puedo hacer poco
por ustedes. Yo les dara esta casa, pero esta casa est en hipoteca.
Y est en hipoteca para que ustedes tengan aire, luz, higiene. Para
que vivan como hombres. Todo el dinero que me entregaron, ser para
convertir a esta casa infame en una casa habitable. Y entonces ustedes
volvern. Y me pagarn muy poco, menos que ahora todava. Slo me
ayudarn para el servicio de esa hipoteca. Yo podra vender la
casa, alquilarla a otro. Pero no puedo permitir que se les amontone
como a las bestias, que se les mantenga entre el lodo. Porque el
amontonamiento, el lodo, la falta de higiene, la ignorancia es lo que
hace persistir la explotacin. Yo les pido que no duden de m. Yo no
soy un enemigo. Soy un amigo que les tiende los brazos...

Pero ellos no comprendan. "Quiere burlarse", exclam una voz agria.
Alguien le grit que se callara y se fuera. Un viejo rea de aquella
broma. Los chicuelos, perdido el miedo, aplaudieron y gritaron.
Discutan los oyentes entre ellos. Todos seguan dudando. Un criollo,
que era tipgrafo y anarquista, iba a hablar en nombre de los que no
aceptaban el arreglo, cuando un tumulto se produjo.

--Es esta loca de la calle que nos quiere hacer traicin!--vocifer
una mujer enseando los puos a la muchacha elegante.

Todos se fueron hacia ella. La insultaron, la amenazaron, le dijeron la
palabra infamante. La muchacha se defenda enrgicamente. Pero al fin
se ech a llorar, y entonces los inquilinos se apaciguaron. Slo a las
mujeres les enoj aquel llanto. No comprendan que una mujer de la vida
pudiese llorar sinceramente. Las mujeres hubiesen querido maltratarla,
vengndose as de sus sombreros y sus trajes, que eran para ellas
lujosos. La muchacha defenda a Monsalvat, aseguraba que era bueno y
que deseaba el bien de todos.

Monsalvat, en otro tiempo, se hubiese asombrado de que entre tantas
gentes, buenas gentes en su mayora, slo una muchacha de mal vivir
le comprendiese. Pero ahora encontraba esto muy natural. Saba que
una muchacha de sas haba pasado por los ms grandes sufrimientos
por que puede pasar un ser humano, y saba qu escuela de bondad y de
comprensin es el dolor. Adems, una muchacha de la vida, aunque haya
nacido en el pueblo, no pertenece al pueblo. Tiene ntimo y continuo
trato con los ricos, y no tarda en adquirir los hbitos de vida de los
ricos, por lo cual la muchacha poda comprender a Monsalvat mejor que
las otras personas del conventillo. Y hay an algo ms: esas muchachas
han conocido innumerables hombres, y si bien han sido vctimas de
algunos y saben hasta dnde llega la perversidad de ellos, saben
tambin hasta dnde puede llegar la bondad de otros. Y finalmente, esas
muchachas, tolerantes para con todos los defectos, confiadas, algo
infelices, son atolondradamente optimistas, y a pesar de los golpes
terribles de la maldad, que ha destrozado su vida, no suelen, en su
fcil credulidad, dudar de las promesas de los hombres. Y as como no
les asombran las mayores maldades, porque estn habituadas a sufrirlas,
tampoco les asombran los actos ms bondadosos, porque estn habituadas
a ser objeto de ellos.

Monsalvat tuvo que marcharse. Comprenda que era imposible convencer
a aquella gente de ese modo. Pero volvi al otro da y al siguiente,
y todos los das. Se hizo amigo de cada uno de sus inquilinos. A los
que le deban el alquiler se lo perdonaba. Consigui trabajo, mediante
recomendaciones, a dos o tres habitantes de la casa.

Un da la muchacha que le defendiera le cont su historia. Era una
chica bajita, de expresin suave y un poco triste, de temperamento
pasivo y silencioso. Se conduca en la casa muy correctamente, y a
nadie le constaba su oficio, si bien lo haban adivinado.

--Tuve un novio que me deshonr, uno al que le dicen el Pato y que
le entra por llorar cuando se emborracha. Nunca supe su verdadero
apellido. Un canalla. Y de buena familia, seguramente! Tan canalla
que me llev a la casa de una tal Florinda. Qu monstruo de mujer esa
Florinda! Me tena encerrada; y para que no me escapase, me quitaron
el vestido que llev puesto. No poda salir, ni comunicarme con mam.
Florinda me obligaba a entrar en el cuarto con los hombres. Pero yo
lloraba de tal modo, que los hombres, seores de edad casi todos,
se compadecan y se iban sin tocarme, despus de haberme pagado. La
ladrona de Florinda me quitaba la plata, y le daba la mitad al Pato.
Qu gente! No? Pero yo fu dbil; me entregu a dos o tres muchachos
que me gustaron. Era que en mi desesperacin trataba de gustar a alguno
para que me sacase de aquella crcel. Y as sucedi. Un amigo, revlver
en mano, me sac de all. Me llev a vivir con l, hasta que despus
de tres aos me despidi para casarse. Yo me haba enamorado como
una loca, y al verme separada de l empec a hacer disparates. Quise
matarlo, en la casa donde l viva. l me quit el arma y me perdon.
Despus tom bicloruro, y me salv de la muerte por casualidad. Despus
me entr por la cocana, y una noche, en Armenonville, me desmay.
Asustada, dej la cocana. Dej tambin el cabaret a donde empezaba a
ir. Y aqu estoy, esperando siempre que l vuelva a m. Se ha casado,
pero yo s que volver. Y espero. Si no estuviese segura de que
volver, ya me habra suicidado.

Todos los esfuerzos que hizo Monsalvat para que la muchacha abandonara
el mal vivir, fueron intiles. No quera recibir favores de ningn
hombre que no fuese el que amaba.

Monsalvat le pregunt, una de las primeras veces que habl con ella, si
conoca a Nacha. Le contest que no. Pero una semana despus, contenta
y risuea, le dijo que acababa de tratarla.

--Nacha, no? Una delgadita, que fu amiga del Pampa Arnedo? Va a la
casa de la paraltica, una vieja enferma que anda por la casa en una
silla con ruedas. Yo voy all todos los das. Nos hicimos ya muy amigas
con Nacha. Sabe?

Monsalvat ya no oa. En la soledad del mundo, no escuchaba sino el
canto de su corazn.




                                  XV


Da de los que no se olvidan nunca, da transcendental, y a la vez
feliz y angustiosamente doloroso, fu aquel quince de noviembre para
Nacha Regules! La tarde anterior falt a la casa de la paraltica.
Haba cambiado de pensin, disgustada por la convivencia en la casa
con un individuo despreciable: un macr. Nacha ignor hasta pocos
das antes, el gnero de vida de aquel sujeto que se llevaba tan bien
con su mujer y era amable con las muchachas, y tena amistad con los
estudiantes. Pero una tarde vi a la francesa que saludaba tiernamente
a un hombre que entraba en su cuarto, mientras el marido, en el de al
lado, se haba puesto a leer diarios. Averigu. La enteraron de todo.
Eran cosas... que pasaban, le dijeron las muchachas. Ella protest, se
quej a la patrona. El sujeto vino a hablarle. Era un hombrn robusto,
rubio, de bigotes galos, ojos saltones y boca repugnante. Pronunciaba
mal el castellano.

--Ust habl mal de m, pego ust es equivocad. Yo soy hombge
honogable. Yo nunque he gobade un centav a personne. Nunque. Sa
pensad! Yo no debe tampoco un centav a personne. Sa pensad! Ahoga, lo
que hace mi mujeg, eso no impogte a personne. Es la vida pgivad...

Nacha no quiso hablar con l. Por no ofenderlo, le dijo que tena
razn. Pero dos das despus se fu de all. Por un motivo que tambin
la honraba, no iba a la casa de la Sanmartino. Un amigo que all
hiciera, le exigi un da ciertas torpezas que ella odiaba, por lo cual
no volvi ms. Desde entonces frecuentaba la casa de la paraltica,
presentada all por Julieta.

La tarde del quince de noviembre lleg a la casa de la paraltica
muy temprano, a las dos de la tarde. La paraltica estaba sola y le
rog que le leyera. Un noveln infame, en varios tomos. Nacha, que
llegara preocupada, triste, nerviosa, sin saber por qu, se distrajo
con aquel relato de aventuras ridculas, narradas en una forma que a
ella le resultaba cmica. Ley casi una hora. La paraltica, mujer
muy inteligente y sensata, despreciaba tambin aquellas historias de
asesinatos espantosos y espeluznantes escenas. Pero no tena otra cosa
para distraerse y se haca leer aquello. A las tres, la sirvienta, con
cierto misterio, llam a la seora. La paraltica se hizo conducir
en su cochecito hasta la primera pieza de la casa. Al rato volvi,
anunciando a Nacha una sorpresa.

--Quin es? Dgame quin es seora... Por amor de Dios... Si no me
dice, no podr ir...

El corazn golpeaba en su pecho como el badajo tumultuoso de una
campana. Golpes de temor, de dolor, de una ansiedad indefinible.
Aquellos golpes decanle que all estaba Monsalvat. Y temblaba toda
entera, asustada, vacilando entre huir o arrojarse en los brazos de
aquel hombre que amaba.

--Es un amigo suyo. Para qu quiere saber quin es? Yo no lo conozco,
adems. No s su nombre. S que es buena persona, y me basta. La est
esperando. Vaya pronto, mujer. Le aseguro que es un amigo... Pero,
qu le pasa? Tiene miedo de algn mal? Yo necesito saberlo. Porque
entonces no la dejo ir...

Estas palabras la decidieron. El temor de no verle se apoder de su
alma y de su cuerpo y la empuj por el corredor hasta la pieza donde la
esperaban. Segua temblando. Ignoraba an lo que le dira, qu actitud
iba a tener. Una ansia de llorar comenzaba a acumularse en sus ojos.
Todava en la puerta, dudaba de entrar. Crea desmayarse. Las cosas
se haban nublado. Oy la voz de la paraltica que le mandaba entrar.
Oy la voz imperativa de su amor que le mandaba abrir la puerta... No
supo ms. Alguien debi abrir desde adentro y cerrar despus. Temblaba
y lloraba. El corazn golpeaba en aquella campana vibrante que era su
pecho. Con las manos en el rostro, no vea a Monsalvat. Pero lo senta
a su lado. Senta su corazn junto al suyo!

Cuando levant los ojos, Nacha vi el sufrimiento de Monsalvat. Era un
sufrimiento formado de recuerdos dolorosos, y del presentimiento de una
fatalidad que se levantaba entre ellos. Era un sufrimiento que haca
ms intensa la dicha de encontrarse.

--Nacha... Aquella tarde me ech de su casa... Por qu hizo eso? Fu
entonces el comienzo de mi desgracia. Tal vez yo proced mal, y ahora
le pido perdn. Desde aquel da, slo he pensado en usted. El problema
de su vida ha venido a ser el problema de mi vida. La he buscado por
los lugares donde poda buscarla. La he buscado sufriendo...

Permanecan unidos de las manos, el uno frente al otro, de pie. Nacha,
en su emocin, bajaba la cabeza. No saba cmo conducirse con aquel
hombre bueno y sencillo. Pensaba que ella tambin deba ser sencilla.
No tena derecho a ocultarle nada, ni a disfrazar sus pensamientos ni
a mentirle. No prevea el fin de aquella entrevista. No haba resuelto
nada de antemano. Se dejara llevar por los acontecimientos? Si
Monsalvat quera hacerla suya, se le entregara en cuerpo y alma. Si no,
qu pasara? Monsalvat la haba llevado a un sof prximo, y all
hablaban ahora.

Monsalvat refiri cunto haba hecho por encontrarla. A veces le
pareca que aquella mujer no era digna de una pasin como la suya, y
temiendo el anlisis, temiendo que su pensamiento quedase con aquella
preocupacin, se interesaba ms en el relato, pona ms entusiasmo
y emocin. Todos sus sueos desfilaron tambin en larga caravana.
Su vida de otros aos, su vida de ahora. Explic los ideales que le
atormentaban y sin los que ya no podra vivir. Haba encontrado el
sentido de la existencia: darse a los dems, hacerlo todo por los
dems, vivir nuestra vida para los que necesitan de nosotros.

Nacha le escuchaba silenciosa. Ella, en ciertos momentos de ensueo,
imagin que su primera entrevista con Monsalvat, si alguna vez se
encontraban, pasara entre besos enormes y carios de una ternura
extrahumana. Para ella, eso era el mayor amor. Pero ahora comprenda
que haba otro mayor amor. Y estaba impvida, sorprendida, sin saber
si alegrarse o entristecerse. Aquel hombre no era de su mundo. Era un
enigma, era tal vez un ser demasiado superior. Jams lo comprendera.
Ella, una pobre muchacha de la vida, sin talento, sin virtud, sin nada,
cmo iba a alzarse hasta una alma como aqulla?

Y una tristeza inmensa embelleci su rostro. Monsalvat pregunt la
causa de esa tristeza. Nacha hizo un esfuerzo para no llorar. Toda su
energa la puso en dominarse. Y se venci a s misma. Ahora era fuerte.
Una resolucin acababa de definirse en su voluntad.

--Es que... yo no lo quiero a usted. No llegara a quererlo nunca. Yo
jams ser suya!

Monsalvat qued hundido en una estupefaccin dolorosa. No comprenda
nada, absolutamente nada. Su experiencia le enseaba que aquella mujer
lo quera. Haba sentido la presencia de un gran amor entre los dos.
La haba sentido con la misma evidencia con que pudiera sentir una
presencia humana. Y ahora... No, no era posible. Qu misterio haba
all? Estara Nacha dominada otra vez por Arnedo? Intent convencerla
de que s le amaba ella. Senta esa necesidad de convencer que sienten
en semejantes casos todos los que aman. Y como todos los que aman,
daba argumentos que pareceran dbiles, a veces ridculos, quizs
infantiles, mirados framente. La fuerza de esos argumentos resida
en el tono de la voz que los deca, en la sinceridad y la emocin del
sentimiento.

--No, no lo quiero. Es intil. Jams podr quererlo. Ha sido muy bueno
usted conmigo, muy generoso, muy leal! Lo quiero como a un amigo del
alma, nada ms...

Monsalvat comprendi entonces hasta dnde llegaba su pasin. Alguna
vez crey que lo que en l haba era slo el deseo de regenerar a
aquella muchacha, digna de otra suerte. El deseo de evitar que dejase
de ser una persona humana, cayendo al ms hondo abismo del mal. El
deseo de realizar una obra de bien, ya que hasta entonces slo de s
mismo se ocup. Y tambin crea amarla. Pero su amor apareca mezclado
con todos aquellos sentimientos y preocupaciones. Ahora vea con terror
que todos sus ideales, sus sentimientos, sus deseos de regeneracin
desaparecan o pasaban a un segundo trmino. Ahora, l era solamente
un hombre que amaba, y ella una mujer: la mujer amada. Nacha ya no era
una prostituta, una mujer que necesitase regeneracin. Todo esto no
exista, y slo quedaba el cuerpo y el alma de una mujer por la cual
dara su vida. Se olvid enteramente de todo. Una convulsin violenta
agit su alma y su corazn.

--S me quiere, Nacha. Y debe ser ma. Ma para toda la vida. Le
prometo hacerla feliz. Si hay en m alguna ternura, alguna bondad,
algn deseo de bien y de belleza, todo ser para usted, Nacha. Har lo
que usted quiera, lo que usted mande...

Se detuvo con temor. Hasta dnde iba a llegar? Pas por su
espritu la idea de ofrecerle ser su marido. Enrojeci, turbse
profundamente. Parecile absurda semejante idea. Pero luego, pensando
que slo por este medio lograra tener a Nacha, se aferr a la idea
desesperadamente. Nacha no habra de negarse a un ofrecimiento as.
Comprendera la magnitud de su cario. Un hombre de su situacin,
un hombre de talento, respetado, casndose por amor con una pobre
muchacha que haba cado. Nacha agradecera, estimara su sacrificio.

--Nacha--comenz Monsalvat con un acento augusto y solemne;--yo la har
mi mujer. Nos casaremos...

Nacha sinti una profunda conmocin. Quiso hablar y la voz sali hecha
un gemido. Qu horrible lucha! Lo amaba con una extraa pasin. En
este momento ms que nunca. Al oir sus palabras de bondad, ms que
nunca. Al oir su ofrecimiento, ms que cuanto pudo amarlo nunca. Una
voz le deca que cayera entre sus brazos. Algo le empujaba hacia l
desde adentro de su ser. Pero otra voz le deca que ella no tena
derecho, ella, una prostituta, para unirse a un hombre como aqul.
Aquella voz le gritaba que sera una criminal si aceptaba la unin con
aquel hombre, hundindole para siempre ante la sociedad. Aquella voz
le ordenaba el sacrificio. Le ordenaba ser aun ms sublime que l. Le
ordenaba vencerse, sufrir, someterse a su destino y no arrastrarlo a
l junto con ella. Voz espantosa, que surgi no saba de dnde! Voz
que vena tal vez desde aquella tarde, desde que oy las palabras de
Monsalvat, invitndola a sufrir para rescatar su vida! Voz formidable
que llen toda el alma de la torturada, la afligida, la triste Nacha, y
le orden hablar y levantarse! Su sacrificio habale dado una extraa
serenidad. Estaba plida como una muerta. Sonrea para no llorar.
Invocaba todo su amor para no ceder.

--Nos casaremos, Nacha!--clamaba Monsalvat desesperado.

Ella luchaba contra la voz que le aconsejaba ceder. Pero ya perda sus
fuerzas, ya iba a aceptar.

--Por qu, Nacha? Qu misterio hay en esto...? Yo la quiero, usted me
quiere...

La tentacin fu vencida. Nacha record otros momentos de su
existencia. Hizo un esfuerzo sobrehumano. Comenz a reir.

--No, jams podra quererlo. Amor ridculo! No le creo, adems. Esto
es una farsa indigna. Lo ech de mi casa y lo echara otra vez. Ha
querido burlarse de m, de una infeliz muchacha de la vida. Ha querido
ilusionarme, quin sabe con qu propsito! Pero ahora, me reir yo de
usted. Sabe? Me burlar, como en el cabaret. Yo, casada! Y casada
con usted, con un loco! Yo, una puta, convertida en seora honesta,
llevando un apellido ilustre!

Y se ech a reir, con una risa sonora, falsa, abominable.

Monsalvat se hundi en su asiento, con las manos en la cabeza, sombro
de dolor. No comprenda nada.

--Est loca, se ha vuelto loca,--exclamaba.

Nacha estaba a punto de desmayarse. Cuando le vi cubrirse el rostro,
ella se volvi hacia la pared para dejar salir un llanto breve y
desesperadamente angustioso. Algo desahogada, ms fuerte en su fuerza,
sentse en una silla y esper. Monsalvat no tard en levantarse. Estaba
plido l tambin. Se acerc a ella y le tendi una mano, casi sin
mirarla.

--Alguna vez...--dijo, con voz impresionante, rota, afligente,--alguna
vez... nos veremos?

--Nunca! Para qu? No lo quiero. Djeme sola. Olvdese, si es verdad
que me quiere. Y salga pronto. Estoy enferma. Djeme sola...

Monsalvat no quiso insistir. No hubiera tampoco podido hacerlo. Tom
su sombrero, y sali. Se fu como un hombre que est al fin de sus
fuerzas. Pareca un enfermo, tal vez un loco, quiz un borracho. Se fu
vacilante. Y cuando sali, qued su alma all en ese cuarto. Un inmenso
dolor qued en aquella pieza de vergenza y miseria, y la dignific, la
embelleci.

Nacha ya no poda ms con su sufrimiento. Se arranc el sombrero en un
gesto desesperado, destrozndolo. Y gimiendo con los gemidos de mil
dolores inmensos, llorando con el llanto de mil desgracias funestas, se
arroj sobre el lecho de impureza, hecha un doliente gemido, hecha un
doliente y clamoroso llanto.

La paraltica apareci en la puerta. Crey comprender el drama de
Nacha, y no le dijo una palabra. Prefiri alejarse. Quedse adentro un
cuarto de hora, conversando con las muchachas, un poco entristecida por
aquella tragedia interior que le recordaba viejos dolores ntimos de
su alma. Ella tambin, en su juventud, tuvo un amor all en Italia. Y
el amor qued trunco, violentamente trunco. Luego vinieron los malos
das, lejos de su familia, abandonada de todos. Se entreg a otros
hombres a quienes no quera. Sufri con toda su alma. Vino a parar
en la existencia infamante que llevaba, viviendo del vicio ajeno, en
un ambiente que en nada se pareca al dulce hogar de sus padres, de
sus buenos padres que habanse ido de la tierra llorando el deshonor
de la hija. Ahora, vieja, enferma, qu poda hacer sino seguir as?
No quiso entristecerse ms. Tena experiencia de la vida y saba que
la tristeza perjudica a los intestinos y al hgado. Y charl con las
muchachas, con la alegra de todas las veces en que haba comenzado a
ponerse triste.

Luego entr un amigo que sola colarse hasta all, para elegir su amiga
ocasional. Era un simptico muchacho que se prendara de Nacha. Pregunt
por ella a la paraltica, en secreto, para no ofender a las dems con
su preferencia. La paraltica se hizo conducir en su cochecito adonde
estaba Nacha. An segua ella llorando, hundida la cabeza en el lecho
impuro.

--Nacha... no llore tanto, hija. Para qu sufrir de esa manera? Oh,
los hombres no valen nada, mujer! Desprcielos. Usted vale ms que el
mejor de ellos. Porque usted tiene corazn. Mientras ellos, qu tienen?

Dijo una obscenidad, contestndose a s misma, y se puso a reir.

--Vaya, Nacha. Est un amigo suyo. Todos son iguales. Ninguno vale ms
que otro. Canallas y canallas! Ellos pierden a las mujeres y despus
las abandonan y las desprecian. Vaya, mujer. Divirtase un rato con su
amigo...

Le hizo una caricia en el hombro. Le dijo que lo mandara a ese cuarto
al amigo y se dispuso a salir. Nacha se irgui repentinamente. Secse
las lgrimas, y casi tranquila, fuerte otra vez, dijo:

--No, no seora. No lo mande. Ni a l ni a ningn otro. Voy a irme para
siempre.

--Por qu, mujer? Est enojada conmigo?--exclamaba atnita la
paraltica, vindola ponerse el sombrero.--No vuelve ms a esta casa?

--Ni a sta ni a ninguna otra. No estoy enojada, seora. Ha sido muy
buena conmigo. Yo se lo agradezco. No la olvidar nunca.

--Y entonces...?--pregunt la paraltica, desorientada.

Nacha callaba terminando de arreglarse. Luego bes a la paraltica, le
tom ambas manos y le dijo, llorosa, mientras la barbilla temblbale:

--Es que... quiero ser digna de ese amor...

--Ah, comprendo. Quiere ser honrada un tiempo para casarse despus...

La paraltica dijo esto sencillamente, convencida de que no poda
tratarse de otra cosa. Pero la expresin de Nacha le mostr que no era
eso. Algo ms grande, ms bello, ms raro, apareca en los ojos de
aquella sufriente criatura.

--Qu es entonces? Dgamelo. Ya sabe que yo la estimo, mujer. Y que
har por usted todo lo que me pida. Si quiere ser honrada y precisa
dinero para serlo, sobre todo al principio, yo har el sacrificio de
drselo. Economizar para drselo.

Conmovida, Nacha contest:

--Qu buena es usted, seora! Le agradezco sus palabras con toda el
alma. Y porque es tan buena, se lo dir. No, yo no pienso casarme.
Jams aceptara que l se sacrificara en esa forma. Pero l me quiere
con una enorme pasin. El destino me ha elegido para que me quieran de
ese modo tan grande, con tanta pureza. Y quiero ahora ser honrada. No
para casarme, sino para ser digna de esa eleccin, para ser digna de
ese amor, para ser digna de estar en sus pensamientos y en su corazn...

La paraltica la atrajo hacia s y la abraz. Nacha soltse en seguida,
a punto de llorar. Y sin decir una palabra ms, sali del cuarto
precipitadamente y se lanz escaleras abajo.

Haca muchos aos que no era tan feliz como en este instante.




                                  XVI


Una tarde, Torres, que acababa de almorzar con Ruiz de Castro en un
restorn de Esmeralda, crey ver a Nacha. Era ella. Nacha entraba en
la misma tienda donde estuviera empleada haca seis aos. Con ella
entraron otras muchachas. Faltaban pocos minutos para las dos, hora
en que las empleadas volvan a su trabajo. Hubiera ido a hablarla.
Pero Ruiz de Castro le narraba su aventura con aquella gordita
encantadora que discuti en su casa con Monsalvat. La defensora de las
instituciones. La entusiasta oradora cuyas palabras aplaudi tanto la
aristocrtica asistencia a la comida.

--Y qu tal, eh?--pregunt Torres, ms por vicio que por inters en la
conversacin, pues todos sus sentidos estaban en aquella silueta que la
alta puerta de la tienda haba devorado precipitadamente.

--Una gloria, hermano--contest Ruiz, que era un indiscreto.--Llor a
mares. Una delicia...

Torres lleg a su casa y en seguida fu a hablar con Monsalvat.
Vivan juntos. Monsalvat habase enfermado seriamente despus de su
entrevista con Nacha. Sus nervios, sin disciplina ninguna, le haban
llevado a una situacin anormal. Pasaba del ms profundo abatimiento
a la exaltacin. No dorma. No probaba la comida. Torres le indic un
rgimen. Pero como no lo cumpliera ni quisiera cumplirlo, un buen da
se llev al enfermo a su casa. Le hizo pedir licencia en el ministerio
por dos meses. l certific un surmenage agudo.

Torres no crea que el estado de Monsalvat fuese nicamente debido
a su pasin por Nacha. Conoca toda la historia espiritual de su
amigo, y vea all una serie de complejas causas. El brusco cambio
de su alma le haba afectado profundamente. Viva disgustado de s
mismo, reprochndose su inutilidad, su egosmo de los aos anteriores,
hasta su incapacidad para transformar el mundo. Torres haba hecho lo
imposible para demostrarle que fu un hombre verdaderamente til, que
no hubo en l tal egosmo. Haba sido mejor que casi todos los hombres
de su generacin, y la prueba era su prestigio. Monsalvat argumentaba
que todo eso sera verdad desde el punto de vista mundano, segn el
criterio de la mentira que dominaba la sociedad.

--Yo he sido un intil y un egosta--insista Monsalvat.--No menos
intil y egosta que los grandes polticos, los estancieros, los
abogados y los hombres de sociedad. Todos hemos sido egostas. No me
condeno slo a m mismo. Ya ves cmo tambin condeno a los dems. No
hay en el mundo sino maldad, egosmo, bajeza... Yo he participado de
todo eso. Por esta causa me desprecio, abominando de mi vida pasada.

Torres callaba para no exasperarlo.

Era tambin evidente que el conocimiento de la vida de su hermana, de
la degradacin a que llegara su madre y la muerte de ella, haban
perjudicado a su organismo gravemente. Luego, la pasin de Irene, el
asunto del conventillo, aquella excursin por el mundo de las vencidas,
contemplando miserias. Y, por fin, lo ms terrible de todo: el vicio y
la muerte de Eugenia, conocidos por la crnica de polica de un diario!
Claro que su amor por Nacha, su fracasada ansia por regenerarla, el
saberla en el vicio, tal vez por culpa suya, segn l pensaba, era la
causa principal de su desmoronamiento; pero todo lo dems ofreca una
importancia enorme.

Ahora, despus de dos meses de vida reposada, Monsalvat era otro.
La compaa de Torres, especialmente, le haba hecho un bien
extraordinario. Torres le obligaba a comer, le daba inyecciones para
fortificarle, le obligaba a tomar sol y aire y hasta se levantaba a
acompaarlo cuando los insomnios eran muy tenaces.

Torres le hubiera ya curado enteramente, pero la maldad humana lo
impeda. En los tres meses, Monsalvat haba recibido cuatro annimos.
En uno le llamaban hijo de puta, no como el que emplea esa frase sin
referirse a persona determinada, sino aludiendo a su madre. En otro
le decan que se haba entregado a la mala vida, viva de las mujeres
y era anarquista. Los dos restantes le amenazaban con el manicomio.
Cada annimo fu un gran disgusto. Exaltaciones, nervios, insomnios,
inapetencia. El primero, sobre todo, renov la eterna preocupacin de
su vida, lo que haba sido, segn l, la causa de su fracaso.

El mdico se preguntaba que quin mandara esos annimos. Porque
la situacin de Monsalvat no era para despertar envidias. En el
ministerio sus nuevos ideales haban trascendido; le miraron con
antipata, con desdn. Hasta el ministro desconfi de l. En la
sociedad distinguida haba perdido todo su prestigio. Ercasty le
desacreditaba con un mtodo, una constancia y una eficacia admirables.
Enterado, por amigos comunes, de los propsitos de Monsalvat respecto
a Nacha y a otras muchachas de la vida y de aquella afanosa bsqueda
por las casas malditas, propal infamemente la voz de que Monsalvat
haba cado muy abajo. Al principio no hubo sino insinuaciones. Pero
acab por decir que era un vulgar "canflinflero", un explotador de las
mujeres. No falt quien le supusiera en espantosos planes anrquicos,
ocupado en preparar asesinatos colectivos y bombas de dinamita.

Pero hasta su posicin pecuniaria estaba perdida. Los cuarenta
mil pesos que le dieron por la hipoteca del conventillo, haban
desaparecido. Pag deudas de la madre, algunas de importancia.
El chantaje de la mulata le llev dos mil. Moreno y su familia
consiguieron sacarle unos mil, poco a poco. En su recorrido por las
casas de citas dej como cuatro mil. Cada relato de tristezas y sus
correspondientes lgrimas, a veces de cocodrilo, costbanle cien pesos.
Como en ocasiones necesitaba disimular, llevbase a una muchacha a la
pieza que le destinaban. All era el asombro de ella cuando Monsalvat
no la besaba siquiera, interesado nicamente en saber de Nacha.
Arrancbanle dinero por noticias falsas. Una vez robronle la cartera
del bolsillo. Las obras de blanqueo y ampliaciones en el inquilinato le
costaron diez mil pesos. Monsalvat pensaba en el momento de pagar el
servicio de su hipoteca correspondiente al segundo semestre. Tendra
que vender la propiedad. Imposible ahorrar. Con su sueldo apenas viva,
y los inquilinos no pagaban o pagaban poqusimo.

Aquella tarde Monsalvat lea en la cama cuando entr Torres. Lea
los evangelios. Una inmensa serenidad en el rostro de Monsalvat. Una
inmensa serenidad en aquel cuarto de luz tibia y crepuscular. Torres
abri la ventana para que entrase el sol y el aire. Todo se anim. Las
cosas salieron de su recogimiento. Una colcha dorada, luminosa, se
extendi sobre el lecho.

--No ves?--pregunt el mdico que ahora se tuteaba con Monsalvat.--Te
pasas los das encerrado, casi en la oscuridad. As nunca te pondrs
bien. Y el rgimen de vida, eh? No lo cumples. Debes ir a Palermo.
Tomar sol. No leer ni escribir.

--Yo s lo que me conviene.

--Qu te conviene? Te ests volviendo misterioso...

Monsalvat sigui leyendo. Torres permaneci all unos segundos y luego
se retir sin decirle nada.

El mdico, desde haca un mes, observaba a su amigo con enorme
curiosidad. La inteligencia de Monsalvat se haba afinado y
profundizado. Estaba an dbil su cuerpo, pero su espritu era ms
fuerte que nunca. Razonaba con una lgica irrebatible. Adivinaba las
cosas por medias palabras. El mdico atribua todo esto al ejercicio
mental. Su amigo no hablaba casi con nadie, no sala, lea muy poco.
Pensaba, en cambio, todo el da. Pensaba y recordaba, buscando la
interpretacin a su vida pasada, buscando el sentido de su vida.
Analizaba los seres que conoci, con un encarnizamiento extrao.
Torres quedse estupefacto ms de una vez en que Monsalvat le adivin
sus pensamientos.

--De qu te asombras?--exclam en cierta ocasin Monsalvat.--Lo que
ocurre es que ahora estoy viviendo hacia adentro. Hasta hace seis meses
he vivido exteriormente, he vivido ms la vida de los otros que la
ma propia. Una vida objetiva, falsa, mentirosa. Como es la tuya y la
de casi toda la gente. Una vida materialista, sin trascendencia, sin
misterio, sin inquietud espiritual verdadera. Pero despus he abierto
los ojos y he comprendido. He analizado, he mirado para adentro. Y en
m mismo he encontrado muchsimas cosas que ignoraba. Ahora s lo que
tengo en m y lo que vale en m y lo que debo dar a los dems. Ahora
empiezo a sospechar por qu vivo...

--Ya saba yo que...

Torres se interrumpi. No quera terminar la frase, y fingi distraerse.

--Por qu no sigues? Te has olvidado lo que ibas a decir? Pero yo lo
s. Has querido decir que sospechabas que aquel amor y aquellas cosas
del ao pasado me llevaran al misticismo...

--Eh? No, no he pensado eso, precisamente.

Pero s lo haba pensado. Monsalvat saba que Torres, hombre ordenado,
normal en todo, sometido a la sociedad, detestaba los pensamientos
y las actitudes exaltadas, a los que daba el nombre de misticismo.
Comprenda la culpa de la sociedad en la miseria del mundo, porque era
bueno y sencillo; pero no aceptaba los herosmos por los cuales haba
de llegarse a suprimir la Injusticia. Admiraba a Monsalvat, pero al
mismo tiempo consideraba aquella pasin por redimir a los otros como
una chifladura. El hombre normal, segn Torres, deba aceptar las
cosas como estaban. El rebelde, el que ante la miseria de los de abajo
explotaba en un sollozo, o en una obra abnegada pero intil, era un
loco.

Desde aquella rpida visin de Nacha, Torres anhel hablarla. Esper
varias veces a la entrada y a la salida de las muchachas de la tienda,
parado en la esquina, como quien aguarda el tranva. La vi entrar y
salir y ella tambin le vi. Pero por qu le huira ella? Convencido de
que Nacha nada quera saber de Monsalvat, cuya ntima amistad con l no
ignoraba, abandon su empeo.

Pasaron varios das. Monsalvat no hablaba nunca de Nacha. Torres le
imaginaba olvidado de ella.

Una maana--era en Marzo--, Torres fu muy temprano al cuarto de
Monsalvat, para disuadirle de su propsito de marcharse.

--Irte para qu, eh? Te quedas aqu dos meses ms, hasta que no
queden ni rastros del surmenage que has tenido. Cosa seria, hombre!
Y a dnde vas a ir sin un cobre? Eh? Supongo que no volvers a tus
quijoteras, a desfacer entuertos, a redimir a los que no tienen
redencin posible. Todo eso es ridculo, porque no conduce a nada.
La accin de uno solo es tiempo absolutamente perdido. Y hasta una
inmoralidad. Como que es llenar la cabeza de la pobre gente con sus
ilusiones disparatadas. No, m'hijo. El mundo estar mal, bueno. Pero
qu se va a hacer? Hay que aceptarlo como est, tomar la vida por el
buen lado, y adelante. Eh?

Monsalvat no contestaba. Acostado, con el codo en la almohada y la mano
en la sien, tena los ojos en el hueco de la ventana. Pero no miraba
hacia all. Miraba hacia dentro, hacia muy adentro de su corazn. O
miraba hacia dentro de otros seres que no estaban all, de otros muchos
seres que l vea all mismo, intercalados entre su amigo y l. Las
palabras del mdico le llegaban desde muy lejos. Desde tan lejos que
apenas comprenda su significado. Mientras tanto, la ventana pareca
encenderse. Toda en oro, vibrante, ofreca a Monsalvat la Luz.

Son el timbre de la calle. Monsalvat, sin moverse, dijo:

--Es el cartero. Trae una carta de Nacha para ti.

Torres sonri de aquel presentimiento. Sonri forzadamente, con el
temor de que anunciase la verdad. Se levant e iba a salir, cuando el
sirviente entr con una carta. El mdico firm el recibo que haba
trado el mensajero, sobre una mesita que Monsalvat tena junto a su
cama. No advirti que Monsalvat no quitaba los ojos del pequeo papel.
Luego, abri la carta. Qued desconcertado. Monsalvat rea, gozndose
de la actitud cortada de su amigo.

--Es Ruiz de Castro que quiere verme. Un asunto. No dice
qu--tartamude Torres, guardando la carta en un bolsillo.

Y sali, confuso y perplejo, mientras Monsalvat sonrea an.

Nacha decale en la carta que deseaba hablarle. Pero no a la entrada
ni a la salida de la tienda. Pareca ignorar que Monsalvat viviese con
l. Era honesta. Viva muy modestamente en un conventillo. Ansiaba
saber de Monsalvat. Quera que l no la creyese una perversa ni
desagradecida. Si se port mal con l, fu por salvarle a l mismo. Por
salvarle de ella, del amor de una mujer indigna. Habanle asegurado que
estaba enfermo. Necesitaba saber si era verdad, si era por causa de
ella que estaba enfermo.

A la noche Torres fu al inquilinato. Una casa muy decente, habitada
por familias de modestos empleados.

--No sabe lo que he sufrido!--le dijo Nacha.--Una tarde nos
encontramos en una casa. Y yo...

Torres estaba enterado de aquel encuentro. Nacha entonces sigui:

--Pero usted no sabe por qu hice eso. Fu por tanto quererlo. Para
no hacerle mal. Para que l, un hombre distinguido y de bien, un
alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de
una... qu s yo! Desde ese da he sido honrada. Ahora vivo, aunque
murindome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por l y
para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que l no sufra. Para
que l me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera.
Para lo que sirvo!

Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una
lmpara triste, apartada a un lado. Torres sinti como si las sombras
del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogndole.
Vi mucha luz en el rostro de Nacha. Pens en la horrible fatalidad de
los destinos humanos.

Pero la emocin pas. Y el hombre mundano, el hombre cargado de
prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arroj de
aquella conciencia al hombre sencillo.

--No sabe lo que he sufrido!--repiti Nacha.--Desde esa tarde me gano
la vida trabajando. Pas das de hambre, de miseria. Despus entr
en la tienda. Once horas por da, y treinta pesos de sueldo. Tengo
un inters, tambin. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total
gano sesenta pesos, ms o menos. Y las once horas parada, sin poder
descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto
piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la ma. Y
todo por l. No para que l me quiera. No para ser digna de unirme a
l. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que l me
tiene...

Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de
Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella
honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era
necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira
para obtener este bien. Temi ser dbil, no atreverse a la mentira.
Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a
veces, mentir! Una voz le pregunt si crea que aquello que meditaba
era realmente una cosa buena. Vacil ante esa voz de su conciencia.
Pero record la opinin del mundo, la moral del mundo, los sentimientos
del mundo. Entorn los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una
mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:

--Es preciso no verlo ms, Nacha, eh? Nunca. l, adems se ha olvidado
de... S. Ahora l quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No
hay que destruirle sus buenos propsitos y sus ilusiones, eh?

Nacha no vea nada. Todo estaba oscuro. Slo sinti que una slaba
afirmativa sala mecnicamente de su garganta, que una mano suya se
alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rpido de su mano con otra
mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo
segua en la misma oscuridad, en la misma horrible, trgica oscuridad.

Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oy que
llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que all, frente a ella,
esperaba. Un golpe sobre su corazn y una luz interior le hicieron
levantar los ojos. Creyse enferma. Imagin que todo era un delirio.
Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba
dentro de ella, deshaca en polvo su voz.

--Nacha...--dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.

--No es un delirio? Dgame que no sueo...

Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban.
Las palabras jams expresaran tan intensamente lo que expresaban
los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se
poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos.
El cuarto adquiri una extraa vida, una vida misteriosa, la vida de
algo que se ha llenado de almas.

Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por
lo que fu y por lo que debi haber sido. Por lo que no quiso ser y
por lo que el mundo la oblig a que fuera. Monsalvat, junto a ella,
le acariciaba las manos. El cuarto segua poblndose de misterio y de
almas. Monsalvat tuvo all, frente a l, los distintos hombres que
haba sido en su vida. Les peda cuentas de su vida. Les vea el alma
hasta el fondo y los maldeca. Frente a Nacha desfilaban tambin las
distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aqulla que fu mala y
aqulla que fu buena. Aqulla que fu vctima, aqulla que fu dbil...

La luz de la lmpara se apag. En medio de la absoluta oscuridad se
vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintironse
desgraciados. La luz que haba dentro de cada uno buscaba la otra luz.
Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el
primer beso, uni a aquellas almas como a dos hermanos.




                                 XVII


All, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, haba instalado
Monsalvat su vida. Fu esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo
de la carta de Nacha, haba ido a la agencia de mensajeros, y all
logr saber dnde Nacha viva. Lleg al conventillo. Sus ojos ansiosos
leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio
era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza,
en el piso alto y sobre la calle, fu alquilada inmediatamente por
Monsalvat. Y as cuando apareci en el cuarto de su amiga, ya era
habitante de la casa.

Torres no logr saber adnde haba huido Monsalvat. Ignoraba el
domicilio de Nacha; y una vez que la encontr a la salida de la tienda,
ella fu impenetrable. Nada saba. No lo haba visto. Ni una sola
noticia de l. Nacha no se reproch estas falsedades. Quera tenerlo
a Monsalvat all cerca, su alma junto a su alma, su alma slo para
ella. Tema de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando
regresaba de la tienda, traa el corazn hecho una angustia, en el
temor de no encontrar a su amigo.

Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fu tambin
el ltimo. El sufrimiento haba espiritualizado el amor. Nacha, que
haba dado su cuerpo a muchos hombres, saba lo poco que vala el amor
fsico. Ella no poda ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio
como su cuerpo, una cosa que haba sido para quien quera pagarla.
Para Monsalvat, su alma, su corazn, lo poco bueno que haba en ella.
Para Monsalvat su ternura, que la senta infinita; para Monsalvat su
sufrimiento, que lo saba infinito. Y l tampoco la deseaba. Nacha,
de simple mujer, se haba inmensificado en smbolo. En ella estaban
todas las mujeres que padecan la misma pena, todas las vctimas del
egosmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas
del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez
dese a Nacha, eso fu pasajero, un sentimiento transente en su alma.
Reconoca que este sentimiento le haba llevado hacia ella. Vea aqu
la sabidura del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel
deseo, en momentos de vacilacin e inquietud de su conciencia, le
condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de
sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se haba
hundido. Pero para l, se haba salvado. Era un hombre bueno. Haba
encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los dems, sufrir por
los dems. Qu le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?

Pasaba as el tiempo. Nacha iba por las maanas a la tienda y regresaba
al atardecer. Monsalvat slo sala para su oficina y para llevar, all
donde haba alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la
oficina, reuna a los chicuelos del conventillo y les enseaba a leer.
Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueo, con un
libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran
para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel
ideal Amor, que ahora ya Nacha comprenda.

Pero una vez Nacha dijo sus dudas. Por qu sacrificar la propia vida,
la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria
del mundo, qu poda la obra individual, pequea y lenta? Y por qu
dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contest:

--No, Nacha. Sacrificarnos por los dems es un deber. Es la nica razn
de vivir. Si todos lo hiciramos as, piensa en lo bella que sera la
vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra
vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber
hacia aqullos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad.
Otros, casi todos, no cumplen. Y no slo no cumplen su ley de amor
sino que quieren ser egostas y malos. Pero esto mismo, Nacha, no nos
obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia
nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos
tenemos nuestra parte.

Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen
lejana. Luego, al cabo de un silencio, agreg:

--La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra
de bien nunca es perdida. Despertar otras almas, y cada una de estas
almas abrir los ojos a otras almas adormecidas. Y as, poco a poco,
llegar el da. El mundo se va preparando para la llegada del gran
da. Desaparecer la injusticia, la miseria no ser sino una palabra
olvidada.

Monsalvat escriba. Haba compuesto dos piezas de teatro que Nacha le
copiaba. Eran dos obras extraas, un poco incoherentes, atormentadas,
humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron,
pero no osaban representarlas. Alguien las calific de antisociales;
las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural,
haba en ellas demasiada simpata humana. La Bondad y la Justicia
constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.

Un domingo, Nacha recibi una visita. Julieta, aquella gordita de la
pensin de Lavalle, vena a contarle su dolor. No era ahora sonriente,
Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi
imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino haba
derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia.
Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulera de
los chiquillos. Julieta se ech a llorar con ansias. Nacha, sin saber
nada, lloraba tambin.

--Soy muy desgraciada. Nacha--habl por fin Julieta.--Era el miedo que
yo tena! Tanto pensar en esto, y ahora... No s qu va a ser de m.
Quera decrselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por...
Sufro tanto! No podr resistir mi sufrimiento.

Nacha mir a su amiga de arriba a abajo, indagndole en su cuerpo
aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. As lo dijo un gesto
negativo de Julieta.

--Qu, entonces?

Apenas la ltima slaba hubo salido de sus labios, Nacha sinti en
ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo
enrojecer. Sobresaltada, levant los brazos. Los ojos vieron la
tragedia. Una mano se estir hasta Julieta y oprimi con tremenda
fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza,
afirmando. Sufra como muchas vidas. Detrs de aquella lluvia de sus
lgrimas haba una noche infinita, enorme, espantable.

--Eso? Lo que hablamos en la pensin cuando...? No, no es verdad...
No puede ser, Dios mo!

Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombr la
enfermedad espantosa y maldita, el subterrneo veneno de familias
enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de
tragedias humanas.

--Eso mismo. No s cmo... Es un horror, Nacha! Dios me castiga! Mi
vida, qu ser? Se acab todo, todo, todo... Quedar paraltica, me
volver loca...

Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus
mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.

Entr Monsalvat, Julieta no lo conoca y se estremeci. Intent
levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha,
apenas lo vi entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo,
imperiosamente:

--Es l. No te movs. l te salvar. Contle todo; Decle cmo vino la
desgracia. Yo quiero que l te salve. Ser feliz de poder salvarte. No
llors ms, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos
como hermanos...

Monsalvat, inmvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sinti la
tragedia en s mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en
las voces de su corazn, permaneca de pie, junto a la puerta,
esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergenza
y sufrimiento, callaba. Nacha insisti. La envolvi en palabras
cariosas, se levant, la bes en la frente. Julieta entorn los ojos
y qued as un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida
desfil ante su dolor presente, y cuando abri los ojos vi a Monsalvat
en el lugar de Nacha.

--Cunteme todo--orden Monsalvat.

Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido.
Pero l saba ya hasta qu punto infunde confianza, y aun consuelo, al
que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es
necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias
como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una
mujer que llora. Y cmo se agradece la orden enrgica! Parece que
al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre
sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su
debilidad, un remedio para su dolor. "Cunteme todo, es necesario que
yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas,
sintense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el
hombre, pequeas, dbiles, sufrientes ante el hombre.

Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habl:

--Cuando vivamos en el Tandil ramos ricos. Mi padre tena estancia,
mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos
Aires. Pero un da, mi padre se suicid. Quedamos pobres. Nos vinimos a
Buenos Aires. Aqu, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos qued.
Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro aos de vivir
aqu, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tena
que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mam. Aquella vida era
triste para m. Ni paseos, ni placeres, ni diversin ninguna. Trabajar
y acompaar a mi madre. Tuve un novio. Me quera con toda su alma, me
dijo. Yo lo adoraba. Un da me llev no s adnde. Yo estaba enamorada,
crea que nos casaramos, y l hizo su voluntad. Qued pronto en una
situacin que era un continuo sufrimiento para m. Inventamos una
visita a una amiga, y se realiz el crimen que l quera. Es el dolor
de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importara sufrir. Volv a
casa, pero mis hermanas supieron todo. Un da, quisieron que mam me
echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debi decirme.
Yo no era eso. Yo haba cado por amor, me engaaron. Qu saba yo de
la vida, ni de los hombres! Mam intent defenderme, pero ellas dijeron
a mam que si me defenda, se quedaran sin madre. Me fu de la casa,
dispuesta a trabajar. Padec hambre. Una poca, dorm en un cuarto de
diez pesos. No tena para comer. Fu a una sociedad de beneficencia, a
pedir socorros. Dije que me mora de hambre, que tendra que perderme
si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven
deba trabajar. Que no faltaba trabajo...

El llanto comenz a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las
slabas limtrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocan aquella
historia. La haban odo muchas veces. Era la eterna historia de las
mujeres cadas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egosmo y
la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban
porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran
pobres, y la compasin habra estado en ellas. Julieta refiri su
lucha atroz por el pan. Quera ser honesta, y a cada paso la acechaba
un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecan trabajo, los mismos
labios protectores exigan su cuerpo. Ms bien no fuera bonita! Cay
defendindose, lleg a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella,
que tena hermanas casadas con ricos. Limpi letrinas y comi las
sobras, ella, que naci para ser una "nia" como las otras, una seora
como sus hermanas. Por fin, no pudo ms, y cedi. El vicio la posey
brutalmente. Rod por las casas de citas, fu sencillamente una ramera.
Pero aprendi a vivir, y limit su bajeza. Y entonces, dentro de su
vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. So en salir de all.

--Pero hace pocos das, me pidieron el cuarto en la pensin. Deba
mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No haba
tenido suerte. Despus, quince das con influenza. Y esa tarde que
me pidieron el cuarto, sal a la calle. Nunca haba hecho eso. Nunca
sal a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegu a caer tan abajo.
Pero me echaban del cuarto... No supe lo que haca, no pens. Fu mi
desgracia terrible. Ahora, qu hacer? Seguir en la vida, sera un
crimen. Trabajar... si no encontr antes trabajo, qu ser ahora? Y
sin embargo, ahora preciso ms que nunca, porque quiero curarme, porque
quiero ser buena y...

Un sollozo angustioso devor la palabra que segua. La cabeza cay
sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:

--Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca
nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueo de nada.
Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No
se aflija por su situacin. Yo le arreglar todas sus dificultades,
de cualquier clase que sean. Hablar con sus hermanas, hablar con su
madre, si as lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es slo
por usted que har esas cosas. Es por los dems, por todos los dems. Y
es sobre todo por m. Comprende?

Aquel da Monsalvat haba cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza.
Entreg el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al
fin lo guard, obligada por Monsalvat y Nacha.

Monsalvat dej solas a las dos amigas.

Al salir, vi en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con
las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra.
Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tena horror. Nadie
saba en qu trabajaba. Decase que era pesquisa policial. En sus
ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente
abierta, en su expresin viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su
aparicin espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacale ver todas
las degradaciones, todas las maldades, lo ms monstruoso que puede
caber en un ser humano, lo ms inhumano que puede caber en un hombre.
Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conoca su
vida. Durante una semana no durmi, aterrorizada; pero como el tiempo
transcurra sin ningn mal para ella, se calm. A Monsalvat le vigilaba
con ms descaro que a Nacha. Lleg hasta seguirle por la calle.

Cuando Monsalvat volvi al cuarto de Nacha, Julieta ya se haba ido.
Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat uni esta pena a la tragedia
de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufra preocupaciones que
siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran slo de ella,
su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa
institucin para cuya grandeza trabajaba, arrojbale por mes treinta
pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija
de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses,
los millonarios de Londres, recibieran magnficos dividendos. No
bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las
ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su
cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. Qu poda importar a los
accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus
empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecan. No lo ignoraban.
Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con
treinta pesos. Pero el dolo Dividendo exiga un monstruoso altar
construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de
humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban
ocanos de lgrimas. La libra esterlina deba sonar a besos vendidos,
a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos
llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma
de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la
calle.

Nacha padeca de pobreza. Cosa para particulares o para otras tiendas,
a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le dara todo,
absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin
comer. Monsalvat hubiera tenido la ms grande alegra en hacer eso.
Pero Nacha callaba. Le haba dicho que ganaba ms, lo suficiente para
vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra
quienes explotaban el trabajo de las mujeres.

Pero no era ste el nico sufrimiento de Nacha. Tena muchos ms. En
los ltimos das le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que
haba visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la persegua
otra vez. Lo vi una tarde, quiz por casualidad, a la salida de la
tienda. Ella huy entre una aglomeracin que en la esquina de la
tienda esperaba el tranva. Y como viese que l la buscaba, parado
en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes,
ella subi a un carruaje. Otro da, lo vi rondando la tienda, a la
hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compaera no
comprenda por qu Nacha le apretaba el brazo y le haca doler. Despus
lo encontr a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El da
antes, como ella entrara sola, un poco tarde, l le habl. Se acordaba
siempre de ella. La extraaba. Tena una voz cariosa y le hunda los
ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impeda decir
una palabra. Haba sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no
poda serle indiferente.

Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufra con toda su alma.
Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufra. Sus pensamientos la
atormentaban como si fueran instrumentos de inquisicin. Le hacan
dao en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedan trabajar de
noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces slo asumiera
formas vagas, distantes, nebulosas, se concret horriblemente. Pens
lo que no quera pensar. Dese morir para no pensar ms aquello. Era a
media noche, cosiendo.

Era la idea de que su destino no deba ser aquella vida que estaba
viviendo. Por qu no poda ser feliz? Por qu no poda, siquiera,
vivir tranquila? Por qu tanto sufrimiento? Qu le esperaba? Y
qu esperaba ella all? Resolvi que esa existencia era transitoria.
Indudablemente su situacin era un alto, tal vez un puente por donde
ira a otra parte. Pero, adnde? Por qu viva all, cerca de aquel
hombre? Casarse? No, jams lo imagin seriamente. Un sueo, un sueo
demasiado hermoso, que no tena ni aun el derecho de soarlo. Ser la
amante de l? Oh, nunca, nunca! Y l no lo deseaba tampoco. Entonces
se pregunt qu senta por l. Lo quera? Lo admiraba! Jams crey
que hubiese almas tan grandes. Monsalvat representaba para ella toda
la bondad del mundo. Pero, quererlo de otro modo, con los sentidos?
Al principio, cuando lo encontr en el cabaret, quiz s; pero ahora,
no. Ahora era un padre, un hermano, un hijo. Lo quera demasiado para
poder quererlo como a un hombre. Con enorme lstima, a veces. Le vea
perdiendo su vida por ella. Le vea dejando su posicin, abandonado de
los amigos y la sociedad, solitario, descuidando su empleo, pobre, y
todo por ella! Le vea arrojado de su mundo como un perro. Y entonces,
el mal pensamiento volva. Si ella huyese de l? Si ella supiese
que su destino no era el ser buena, y retornase a la vida? Y Arnedo?
Qu quera con ella Arnedo? Compar los dos hombres. Monsalvat, todo
alma, todo ternura, todo idealismo. Arnedo, todo fuerza, materialidad,
brutalidad. Monsalvat atraa su alma, sus pensamientos, lo mejor de
ella. Temblaba de pensar que el Pampa volviese a atraer su cuerpo, sus
sentidos que no lograban habituarse a la castidad, sus deseos que eran
lo peor que haba en ella. Temblaba de pensar que Arnedo ejerciese su
dominio de antes. Y sufra hasta el llanto incansable, por Monsalvat y
por s misma.




                                 XVIII


Un atardecer de Junio en que a causa del tiempo, fastidiosamente hmedo
y del calor sofocante que anunciaba tormenta, Monsalvat saliera al
balcn de su cuarto, vi venir a Nacha. Instantneamente presinti lo
anormal. Nacha pareca dolorida, enferma.

Se encontraron en el patio. Monsalvat pregunt qu pasaba. Lo pregunt
ms que con palabras, con los ojos, con su actitud, con su corazn que
gritaba dentro de l la pregunta, con su alma que ya adivinaba un gran
dolor. Nacha le tendi una mano, llorosa, derrotada, acobardada por la
vida. Fu su respuesta. Monsalvat comprendi que deba ser muy grande
su sufrimiento para que, delante de gente, Nacha, reservada siempre, le
tendiese as la mano. Las cabezas, asomadas a las puertas, sonrieron
de la pareja sufriente. Las mujeres, y algunos hombres que trabajaban
o hablaban en el patio, miraron y se echaron a reir. Alguno mir y se
hizo el disimulado, como si aquello que vea fuese algo malo, algo que
era indiscreto mirar. Pero Monsalvat y Nacha sufran tanto, que no se
separaron. Monsalvat condujo a Nacha hasta su cuarto, sostenindola de
un brazo. All ella refiri su dolor.

Haba sido en la tienda. Desde haca das estaba fatigada, enferma.
Y ocho, nueve horas sin sentarse! A veces la mandaban a otros pisos,
tres o cuatro pisos ms arriba o ms abajo, que deba subir cargada
con mercaderas, por la escalera, pues no tena derecho para utilizar
el ascensor. Esa tarde, bajaba con un maniqu. Advirti que no podra
bajarlo, que no tena fuerzas. La obligaron. Le cargaron encima el
pesado armatoste de madera. Baj un piso, desfalleciente, destrozada.
Se senta mal. Iba a dejarlo, ah no ms, en el rellano de la escalera,
cuando le mandaron decir, con otra empleada, que si no segua quedaba
expulsada de la tienda. Y sigui. Baj otro piso. Algunos empleados
rean al verla pasar. Otros la compadecan en silencio. Pero no pudo
ms. Amonton sus fuerzas que huan, que se dispersaban, y baj unos
escalones. Y entonces,--no supo cmo fu--, cay en medio de la
escalera, rod hasta el rellano. Perdi el sentido. Cuando despert
estaba rodeada de empleados. El gerente, con el reloj en la mano, la
miraba. El maniqu, en pedazos, era llevado por alguien. Pregunt si
poda irse a su casa. Le contestaron que se le descontara el tiempo
que faltaba para concluir la jornada. Y que se le descontara el
tiempo que haba durado el desmayo. Por eso el gerente miraba el
reloj y la observaba! No hubiera credo si no lo hubiese visto con sus
ojos, si no se lo hubiesen dicho. Aquella maldad tan enorme le di
fuerzas. Comprendi su triste esclavitud, el egosmo de esa gente. Y lo
comprendi todo mejor, cuando al salir le dijeron que deba pagar el
maniqu. Pagar? No haba entendido, asombrada, medio alelada, mirando
con ojos enormes. Cmo pagar? Pagar, s. Pagar todo el maniqu.
Pagarlo por mensualidades, que se le descontaran. Cada mes, cobrara
diez pesos menos. Diez pesos menos! No quera creer. Y cmo iba a
vivir con diez pesos menos? "Usted se arreglar", le dijeron. "Eso es
cosa suya". Ella call. Vi que era intil. Ellos tenan la fuerza, el
dinero, la tradicin. Deban tener razn tambin, pues tenan tantas
cosas, todas las cosas que dan la razn a los ricos contra los pobres!

Cuando Monsalvat sali del cuarto vi en frente a Mauli y otros
vecinos. Le miraron risueamente. El encargado, que acababa de dejar el
grupo y se alejaba hacia la puerta, trat de que Monsalvat no le viese.
Se detuvo en una puerta, disimuladamente, dando la espalda. Monsalvat
pas de largo, sin fijarse en l.

Y entonces el hombre volvi. Fu a golpear en el cuarto de Nacha.
Todava lloraba la pobre Nacha. Le hizo entrar. Era un hombre de
aspecto desagradable, a fuerza de parecer manso y dulzn. Miraba
siempre al suelo y de reojo; jams de frente. No rea nunca. Tena
modales de sacristn. Sola meter una mano en la manga del otro brazo,
y caminaba con los pies hacia adentro y sin hacerse sentir. Para con
la gente del conventillo no tena entraas. La familia que llegara a
deber quince das, quedaba expulsada, as tuviese enfermos graves. Era
cobarde, pero contaba para todo con la proteccin de la polica.

--Pues... he venido... seorita... o seora... tal vez sea ms
propio... a decirle que mi conciencia me obliga... a advertirle que...
Espero que comprender. Su conducta en esta casa no debe permitirla
una persona... honorable como creo ser, una persona en quien ha
depositado su confianza la respetable propietaria, la augusta dama
que...

Nacha no comprenda. Miraba a aquel sujeto odioso, hipcrita y
perverso, tratando de adivinar sus propsitos. No imaginaba qu pudiera
querer con ella aquel hombre.

--Vamos! Hgase usted ahora la inocente... Yo lamentara tener que
explicarle. Quisiera que usted, por s misma, advirtiese que sta
es... una casa decente... claro!... y no una casa de sas donde viven
mujeres... S, eso es. Mujeres como tantas... j, j! que usted
conocer... j, j! En fin... seorita... o seora... no quisiera
ms visitas de hombres. Para eso... j, j!... para eso estn...
naturalmente... las posadas.

--Usted se equivoca--grit Nacha, ponindose de pie bruscamente.

El hombre baj los ojos al suelo con exagerada humildad, se hizo ms
pequeo y dijo:

--Todos somos humanos y podemos equivocarnos... j, j! Pero...
conocemos su vida. Yo no digo nada. No es por nada. Pero... no negar
usted haber visitado cierta casa de la calle... en fin, adonde no iba a
rezar el rosario... precisamente. J, j!

Nacha, rabiosa, se acerc al sujeto. Le hubiera escupido en la cara,
le hubiera arrojado de all. Pero una mano invisible la detuvo. Pens
en el escndalo, en Monsalvat. Pens en que aquel miserable individuo
tena tambin la fuerza, como representante de la duea. Aquel monstruo
era el testaferro de una dama multimillonaria. l administraba para
ella, cobraba para ella. Con el fin de que ella no perdiese treinta o
cuarenta pesos, el hombre expulsaba a gentes hambrientas que deban
alquileres, las arrojaba a la calle. Arrojaba a infelices viudas,
abarrotadas de hijos. Arrojaba a enfermos, a moribundos. La cuestin
era que la gran seora cobrase sus rentas ntegras, para repartir
luego sumas enormes, cientos de miles, entre conventos y cofradas,
voluntaria y criminalmente ignorante de los trgicos dolores humanos de
donde provena su dinero.

--Yo... por m, podra usted quedarse. No me meto en vidas ajenas. Pero
la seora, j, j! no quiere mujeres de... de su clase...

Nacha no pudo ms y en su exaltacin, en su sufrimiento, le grit al
hombre, como si le escupiese:

--Cllese, monstruo infame! De qu clase? Fuera de aqu! Ahora
mismo! Canalla, cobarde, vbora!

El hombre abri la puerta. Y desde el umbral, casi a gritos, para que
le oyeran del patio, pero en actitud humildsima, sonriendo dulcemente,
gru como una bestia herida:

--De qu clase? De la suya... J, j! De la clase de... j, j!...
de las putas!

Nacha cay al suelo, aplastada, temblante. Y al mismo tiempo, una
risa horrible, satnica, espantosa, que vena del patio, penetr como
dos puales en sus odos. Su ser entero se irgui. Quiso gritar su
protesta. Pero cay, vencida, inutilizada. Y en seguida, un enorme,
infinito fro envolvi su cuerpo, su corazn, su alma. Tembl con
frenes. Temblaron sus manos, sus piernas, sus dientes, su ser entero.

Monsalvat no supo nada. Aquella noche tena lecciones, y apenas fu por
un minuto a la pieza de Nacha, cuando volvi de comer. Nacha disimul
cuanto pudo. Monsalvat habl de aquel asunto de la tienda, rogando a
Nacha que no se afligiese. Pronto vendera aquel conventillo suyo, y
todo ese dinero sera para ella.

Tres das a la semana Monsalvat daba clase a algunos obreros del
barrio. Al principio sus alumnos fueron tres o cuatro. Pero ahora
solan ir hasta veinte. Todos lean. l les ense a dos o tres. Ahora
les hablaba de diferentes cosas, de historia, de viajes, de moral. Su
elocuencia sencilla atraa a aquellos hombres sencillos. Algunas veces,
comentando un suceso del da o una pgina de un libro, les evocaba
una sociedad nueva, una era de amor entre los hombres, donde hubiese
justicia. Entonces la voz se tornaba suave, casi mstica, plena de
simpata humana y de fervor.

Pero aquella noche, Monsalvat no poda hablar a sus discpulos con
palabras como las de siempre. Aquella noche odiaba. La injusticia para
con Nacha, en la tienda, haba removido hasta lo ms hondo del pozo
de su alma. Una multitud de detalles dispersos y olvidados haban
vuelto a vivir en su interior, agrandados todos all en una existencia
subconsciente, unidos todos, viviendo juntos, en aquellos momentos, con
una tremenda intensidad.

Los obreros iban entrando en su cuarto. Daban la mano a Monsalvat y
hablaban con l unas palabras. Monsalvat les preguntaba por los hijos,
por la mujer, por la madre. Luego sentbanse. Algunos permanecan de
pie. Cuando fueron las nueve en punto, Monsalvat comenz.

--Hoy--dijo--he comprendido una cosa fundamental. Y es que yo,
al hablarles a ustedes de que el amor transformara al mundo, me
equivocaba. Me equivocaba funestamente. Porque el amor jams llegar
a ser. El amor no puede transformar el mundo. El amor no puede crear.
Hace mil novecientos aos oy el mundo la ms sublime palabra de
amor. La elocuencia de esa voz es tal, que ninguna la ha superado ni
ha de superarla nunca. Y si esa voz nada logr, qu hemos de lograr
nosotros? Si esa voz no ha sido comprendida por los hombres, no
obstante su prestigio, quiere decir que los hombres no comprendern
nunca ninguna voz que hable de amor. Es preciso entonces predicar el
odio. S, el odio. Predicar el amor es ser cmplice de la iniquidad.
Predicar el amor es trabajar para que todo siga como ahora, esperando
el advenimiento de lo que jams vendr. El amor es una cosa casi
siempre pasiva, inerte. El odio es accin. El odio nos dar la fuerza
y por la fuerza llegaremos a implantar el amor. Esto hay que hacer.
Por el odio alcanzar el amor. Por la violencia, que es el instrumento
del odio, imponer la paz, la fraternidad, la justicia. Por otra parte,
al usar el odio y la violencia, nosotros, los de abajo y los que como
yo estamos con ustedes, no haramos sino emplear los procedimientos
que ellos emplean. Ellos, los de arriba, nos desprecian, nos odian.
Ellos emplean la violencia en todos los momentos de su vida. Ellos
han organizado el odio y la violencia. Ejercen la fuerza no slo
ocultamente sino visiblemente. Yo he visto cmo ejercen violencia
sobre las vidas y la salud, imponiendo a otros hombres trabajos
monstruosos e infamantes. Yo s cmo ejercen violencia sobre los
espritus, condenndolos a una eterna ignorancia. Yo s cmo ejercen
violencia sobre las mujeres, sobre las almas y los cuerpos femeninos.
Aun los que vienen con palabras buenas nos odian y slo quieren que
contine nuestra esclavitud. No, mis amigos: el amor nunca vendra
a liberarnos. Oira la voz del amor el accionista ingls que cobra
enormes dividendos por su parte en los ferrocarriles, en las grandes
tiendas, en los frigorficos argentinos? Oiran la voz del amor, la
verdadera voz del amor, esos propietarios de conventillos, que arrojan
a la calle a mujeres y nios enfermos? No, nunca. Toda esa gente no
quiere entender ms lenguaje que el de los cheques y los billetes de
Banco. Pero hay otro lenguaje que pueden comprender, aunque no quieran
comprenderlo: el lenguaje de nuestra violencia.

Los discpulos escuchaban inmviles, bajo una intensa emocin. Algunos
parecan sufrir. Otros miraban a su maestro con piedad dolorosa. Otros,
sin duda, recordaban. Era evidente que ms de uno apenas comprenda,
que la inteligencia de casi todos ellos buscaba una relacin entre
el pasado y aquellas palabras. Haban sufrido la vida entera, haban
vivido siempre miserablemente, haban conocido ayer no ms el hambre;
pero los aos les habituaron a su existencia triste.

Hubo un instante de silencio. Nadie se mova. Nadie, ni Monsalvat, se
hubiera atrevido a hablar. Algo de grande, de augusto, estaba all,
entre aquellos hombres, como una cosa visible. Y todos miraban eso que
all estaba. Y eso estaba en todas partes. Estaba adentro de cada uno,
en los ojos del compaero, en el eco de campana remota y misteriosa con
que seguan sonando las palabras del maestro, en el rostro doloroso de
Monsalvat, en la quietud profunda, en el latir recio de los corazones.

El silencio continu an. Uno quiso hablar, pero mir a los otros y
call. Monsalvat tambin quiso hablar, pero mir a sus discpulos y
nada dijo. Continu todava el silencio... Al fin, comprendieron todos
que estaban de ms las palabras y se levantaron al mismo tiempo. Uno
por uno dieron la mano a Monsalvat. Nunca el maestro sinti las manos
ms clidas, ms vibrantes, ms vigorosas. Algunos tenan lgrimas en
los ojos. No se saba si estaban contentos o si estaban tristes.

Cuando se retiraron sus discpulos, Monsalvat tuvo la sensacin de
haber realizado una obra de justicia y de haber dado un paso hacia la
transformacin del mundo. Sentimental e imaginativo, sin el sentido
de la realidad, crea en la eficacia de las frmulas abstractas y de
las vaguedades que predicaba. En su ardoroso anhelo de reformar el
mundo haba algo de misticismo, y faltaban las frmulas concretas, los
mtodos de accin, la creencia de que era necesaria una disciplina. En
su exaltacin un tanto individualista y lrica, imaginaba que mediante
los justos y lgicos sentimientos de rebelda como los que predicara
aquella noche, y slo mediante ellos, pudiera llegar a organizarse una
sociedad mejor.

Al da siguiente, Monsalvat fu llamado por la polica. No se
inquiet, pero supuso que le hubiera denunciado el espa. Le condujeron
a la oficina del jefe, un militarote desptico y _poseur_, que adoptaba
aires de Bonaparte y tena el rostro afilado y seco. Monsalvat le
conoca. El jefe le trat con superioridad.

--Malos consejos, amigo--deca el militar, pasendose lentamente, con
la mano a la espalda y aumentando la natural rigidez de su esqueltica
figura.--Ideas disolventes... Incomprensible que un hombre de su
situacin conspire contra las instituciones, contra la patria. Como
si todo no estuviese perfectamente organizado. Como si cualquiera no
pudiese hacerse rico en este pas. Ideas sacadas de cuatro libros
infames, perniciosos. Cosas de esa Europa vieja y podrida, principios
sin aplicacin en esta tierra generosa, donde nadie tiene hambre, donde
nadie podr quejarse de injusticias...

Monsalvat, que observaba tercamente el artesonado, se estremeci.
Mir al jefe con azoramiento. Imagin que se burlaba. Pero advirti
su seriedad, su conviccin. Monsalvat, entonces, record haber odo
eso mismo mil veces, diez mil veces, un milln de veces. Y lo que era
peor, record haber escrito l mismo esas palabras, exactamente esas
palabras, esas mentirosas y cobardes palabras que slo parecan un
pretexto para seguir engaando, explotando, robando y asesinando, para
justificar todas las ignominias que ejecutaban en este pas los hombres
de presa, el infinito y poderoso mundo de los hombres de presa.

No era probable que Monsalvat escuchase ni contestase a aquel hombre.
El mismo jefe lo comprendi as, y termin la entrevista. Antes de
despedir a Monsalvat le hizo leer una ley social que an rega.
Monsalvat la repas en una ojeada y se fu, saludando al jefe con una
simple inclinacin de cabeza.

Este incidente, en apariencia ftil, entristeci a Monsalvat. Quedse
pensando en lo que haba llegado a ser, recordando todo el ltimo ao
de su vida.

En aquel cuarto de la polica, en la actitud del jefe para con l, en
el mero hecho de ser llamado, haba comprendido todo lo que perdi,
haba visto todo lo que fu y todo lo que haba dejado de ser. Antes,
tuvo posicin, dinero, prestigio, amigos. Ahora nada tena. Ahora
era un pobre diablo a quien la polica lo llamaba y lo amenazaba.
Y todo, para qu? En un ao, qu haba remediado? Sac del fango
a tres o cuatro mujeres, ense a leer a varios hombres, pero todo
esto, qu representaba dentro del ocano infinito del sufrimiento
y de la ignorancia de los hombres? Monsalvat era fuerte, fuerte en
su conviccin y en su fuerza moral, fuerte en su amor del Bien y en
su ternura y en su piedad: pero ahora dudaba. Conoca ya la infinita
amargura de la tentacin. En un instante de debilidad moral hasta pens
en abandonarlo todo y volver a su mundo, a su posicin de otro tiempo.
Una tristeza, vasta como el universo, le enfriaba el corazn, el alma,
la cabeza. Sentase en medio de un pramo horrible, lejos de todos,
olvidado de todos. Sentase espantosamente solo, en medio de la lgubre
y helada soledad del mundo. Y este hombre bueno, que haba buscado
aquella vida por el bien de los dems, que todo lo haba dado por
los otros, que se haba entregado a su obra con alegra, con fe, con
inaudito valor fsico y moral, acab por llorar... Llor por l mismo,
por su propia vida, por el fracaso de su existencia entera, ahora y
para siempre. Llor Monsalvat... Pero l an no saba que los hombres
ms fuertes desfallecen y que esas tristezas y esas breves lgrimas no
son sino un descanso, un alto que hace crecer las fuerzas para seguir
la jornada.




                                  XIX


Aquella misma tarde, mientras Monsalvat sufra de incertidumbre, Nacha
iba hacia Belgrano, donde viva Julieta.

Desesperada, atormentada por la angustia, parecale eterna la marcha
lenta del tranva. Sus nervios se exaltaban a cada detencin. Miraba
con odio a las mujeres que tardaban en bajar o subir, que tardaban
siglos, causndole un sufrimiento atroz. Dos o tres hombres que
estaban prximos a ella pretendieron flirtear, pero Nacha les clav
unos ojos tan duros y despreciativos que los sujetos, avergonzados, no
insistieron. A la media hora del viaje compr un diario. Pero no pudo
leer. No entenda nada. Hizo esfuerzos inauditos para concentrar su
atencin en la crnica de polica. Lograba leer dos lneas, un prrafo
y luego su imaginacin saltaba a otras cosas. Despus se daba cuenta de
que no lea, y nuevamente empezaba, siempre con idntico resultado. Por
fin estruj el diario y lo aplast con sus pies.

El tranva marchaba ahora por calles solitarias y con mayor velocidad.
Bajaron dos muchachas obreras y detrs de ellas se descolg un
individuo de mirada ansiosa, que sin duda las crey buena presa. Al
lado de Nacha un hombre lea una revista ilustrada y poco a poco,
maquiavlicamente, trataba de poner su pierna en contacto con la de
su vecina. A Nacha le distrajo un instante la pueril maniobra del
conquistador, pero acab por arrinconarse y apelotonarse en su sitio,
huyendo de aquella estupidez.

Al cabo de una hora, Nacha lleg por fin a Belgrano. Baj del tranva
y se hundi en la sombra silenciosa de las calles arboladas. Iba casi
corriendo. Pasaban los chalets elegantes, con jardines y magnficos
rboles, respirando una vida de paz y comodidades. En algunas calles
los rboles formaban techo. De los parques y jardines sala el
delicioso olor de las flores. Nada, fuera de los pasos de uno que otro
transente, interrumpa el silencio del barrio. Todo estaba penetrado
de dulzura y de calma. Pero no para Nacha. Aquel dolor y aquel terror
que la empujaban impedanle ver y sentir.

Julieta trabajaba en Belgrano, en una tienda de la calle Cabildo.
Ganaba muy poco, casi como Nacha. En cambio sus gastos eran
insignificantes, pues viva en casa de una familia amiga, que le
cobraba una miseria por darle un cuarto y la comida. Las gentes de
la casa eran de su pueblo; unos infelices, tanto el marido como la
mujer. Julieta los encontr por casualidad, cuando buscaba pensin.
Antes de quedarse, les refiri honestamente su vida y sus propsitos
de regeneracin. No quera engaarlos, deca ella. La mujer vacil un
poco, pero el marido, un socialista militante, afirm declamatoriamente
y con grandes gestos y frases oratorias, que all no se tenan
prejuicios y que l consideraba hasta un deber contribuir a la
regeneracin moral de cualquiera que la necesitase.

Cuando Nacha lleg a la casita, Julieta no estaba. Qued hablando
con el matrimonio, mientras un enjambre de chicos la rodeaba. El
buen hombre le haca mil preguntas, distrayndola un tanto de sus
cavilaciones. Nacha intentaba atenderle, seguir la conversacin; pero
no poda. A cada rato se quedaba con la mirada perdida, inmvil, la
expresin contrada. Ms de una vez abri los ojos enormemente, como
con pnico.

Por fin apareci Julieta. Entraron en su cuarto.

--Pero qu es esto? A esta hora?--exclamaba Julieta con
inquietud.--Te pasa algo? Ven, contme todo...

Se sentaron al borde de la cama.

--Vengo huyendo...--dijo Nacha, con una voz vacilante y poniendo sobre
el brazo de su amiga su mano que temblaba.

--Huyendo...? De quin?

--No s... Huyendo de Monsalvat, de Arnedo, de aquel hombre perverso de
la casa... Huyendo de m misma. Tengo miedo de m, Julieta. Si vieras
qu presentimientos! Te aseguro que todo est negro para m, que todo
est lleno de horrores, de crmenes, de... qu s yo!

--Presentimientos?

--S, presentimientos. Adivino que va a pasar algo, algo grave,
tal vez terrible para m. Julieta, Julieta, escuchme... Tengo el
presentimiento de...

No poda continuar. Temblaba toda entera. Sus ojos se haban agrandado
de terror. Julieta le deca que no hablara ms y la acariciaba como
una dulce hermana.

--No, no... Necesito decirte. Tens que saberlo, Julieta. Tens
que saber que este presentimiento mo, que me enloquece, que me
desespera... es el de que voy a perderme otra vez...

Julieta le pidi detalles. Ayudada por su amiga, Nacha refiri sus
temores.

Arnedo la persegua. Rondaba la tienda, la haba esperado a la entrada
y a la salida, le habl una vez. Pretenda llevrsela con l. Era
caprichoso, terco, vanidoso, malo, sin escrpulos. Siempre consigui
cuanto quiso. Qu podra ella, una pobre mujer dbil, contra aquella
voluntad poderosa? Qu podra ella, que senta hacia ese hombre una
atraccin inexplicable? No lo quera, no. Lo odiaba. Fu malo, brutal,
desdeoso para con ella. Sin embargo, jams lo hubiera dejado, y
ahora... ahora se ira con l si l insista demasiado. Y esto era
lo que la aterrorizaba: irse con Arnedo, perder todos sus esfuerzos
para ser buena; hacer sufrir a Monsalvat, a ese hombre que la adoraba
y haba dejado todo por ella; ponerse, otra vez, en el camino de la
infamia.

--Pero Nacha... Es preciso luchar. Parecas salvada, y me salvaste a
m. Por qu has de perderte si no quers?

--Ser mi destino... Siempre dije que mi destino era ser mujer de
la vida! Cada vez que quise entrar en el buen camino la fatalidad me
sac de all y me perdi. Ahora me parece imposible que yo pueda ser
honrada. Todo est contra m. Ya ves en la tienda... Qu vida aquella!

--Y por qu no se lo decs todo a l, a Monsalvat? Te adora, lo
arreglar en seguida. Estoy segura de que l puede ms que Arnedo. Que
lo haga poner preso. Vyanse de esa casa...

--Es que no sabs, Julieta! Ese hombre malo de la casa, ese Mauli,
sabe mi vida. La ha contado a toda la casa. Por eso me desprecian. Se
ren de m, me insultan. El encargado me ha dicho una palabra que yo
he merecido antes. Y si supieras! Ese Mauli es de la polica, segn
dicen. Es un espa. Y hoy, al salir de la tienda, lo he visto hablando
con el Pampa. Me qued helada, muerta, en medio de la vereda. Ellos se
escondieron. Parecan muy amigos. Quin sabe qu estaran tramando
contra m! He pensado una infinidad de cosas horribles. No hubiera
podido irme a casa. Por eso he venido aqu. Quiero estar lejos de esos
hombres, de Monsalvat, de m misma, de todos mis temores. Tengo miedo
que pase algo, hoy, maana, no s cundo...

Julieta insisti en que Monsalvat deba saberlo todo.

--No, no es posible. Cmo voy a decirle que soy capaz de irme con el
Pampa?

--Pero no lo quers a Monsalvat? No te entiendo, Nacha. Antes lo
adorabas. Toda la vida hablaste de l con admiracin, con fanatismo...
Y ahora...

--Ahora lo quiero ms que nunca. Lo he visto grande, bueno, perfecto. A
mi padre no lo querra ms. A Dios mismo no poda quererlo tanto. Pero
es amor de hija, de hermana, de amiga, qu s yo! Ha querido hasta
casarse conmigo...

--Y por qu no aceptaste, Nacha?

--Por eso: porque lo quiero demasiado. Ha perdido todo por m. Su
posicin, su fortuna, sus amistades, su salud. Y yo no puedo consentir
en que esto siga as. l debe volver al mundo, a su mundo, y dejarme a
m entre los de abajo. Una muchacha de la vida como he sido, no tengo
derecho a casarme con l, a anularlo para siempre. Si l fu generoso
conmigo, yo tambin quiero ser generosa con l. Si l se ha sacrificado
por m y su sacrificio ha sido intil, yo debo devolvrselo, obligarlo
a que deje una vida sin...

--Intil, Nacha? No somos honradas nosotras? l te ha cambiado en una
mujer honesta, y yo creo que ste es el bien ms grande que una puede
querer.

Nacha qued en silencio. Luego se acerc a Julieta y casi al odo le
susurr estas palabras, lenta y dolorosamente:

--Ser honesta, s, pero no soy feliz. Sufro ms que nunca. La
desgracia me persigue. Mi destino no debe ser esta vida, porque si lo
fuese yo estara contenta y tranquila.

Julieta no quiso continuar con el tema. Y volvi a decir que era
necesario enterarle de todo a Monsalvat. Trat de convencer a su amiga
y la convenci. Quedaron en que iran juntas a casa de Nacha, despus
de comer all rpidamente. Hablaran con Monsalvat, y Julieta aquella
noche se quedara a dormir con Nacha.

Monsalvat, mientras tanto, esperaba ansiosamente la aparicin de su
amiga. Haba llegado de la Polica, y al no encontrar a Nacha en su
cuarto se alarm. Una vecina le dijo que tal vez anduviera buscando
casa, porque el encargado "la haba puesto en la calle". Monsalvat
encontr al encargado all cerca, en el patio. Hablaron. Era ya de
noche. De los cuartos salan olor a comida, arrorrs de una madre que
haca dormir a su hijo, lloriqueos de chicuelos, el bordoneo de una
guitarra, las voces de dos viejos que discutan en genovs.

Monsalvat exiga explicaciones al encargado. El sujeto, hasta entonces,
fu humilde y aduln para con Monsalvat. Pero ahora, al saber que la
polica le llamaba al orden, pretenda imponrsele. Comenz a acudir
pblico. El encargado no abandonaba sus modos untuosos, y mostraba una
actitud de vctima, que pareca justificada por las palabras enrgicas
de Monsalvat.

--Seor mo... puede gritar si quiere, insultarme, hasta pegarme.
Comprendo que soy un pobre hombre, un hombre modesto, un infeliz. Pero
yo... debo obedecer. Y la seora, la respetable duea de esta casa,
una verdadera matrona... aunque el seor lo dude... una persona que es
la virtud personificada, no permite en sus propiedades ni... gentes de
ideas peligrosas... ni menos... mujeres como sa...

Al oir el insulto a Nacha, Monsalvat perdi el resto de serenidad que
poda quedarle. Apret los puos, como aprontndose para saltar sobre
el hombre.

--As es que le ruego... seor mo... que nos abandone. Lamentaremos
perder su honorable compaa... s... qu se ha de hacer! Y en cuanto
a esa... seorita... le dir, con perdn de las modestas seoras que me
escuchan, que no deseamos aqu busconas, es decir...

El coro, ya numeroso, ri a carcajadas. Monsalvat, exasperado, agarr
del saco al hombre y le dijo con una voz que temblaba:

--Miserable, ya tendr su castigo...!

Monsalvat no haba terminado la frase cuando mir a su izquierda.
Qued rgido. La cara de Mauli, que le miraba sonriendo perversamente,
all, junto a l, le revel su nulidad y su impotencia. Aquel hombre
siniestro era la autoridad, la ley, la fuerza, la razn. Aquel residuo
de calabozo era el orden social. Aquel montn de estircol era el
sostn de las instituciones. Era su enemigo hasta entonces oculto y
ahora visible, el enemigo de l, que all representaba la justicia
verdadera y la bondad humana!

Ante la palabra de Monsalvat, el encargado no reaccion. Pareci
hacerse ms humilde, ms poquita cosa. Pero sonrea, con una apenas
perceptible sonrisa de infinita perfidia e hipocresa. Con los ojos
bajos, y la voz llena de mansedumbre, susurr:

--El seor me ofende... pero yo acepto sus ofensas en castigo de mis
culpas. Dios me premiar mi humildad. En cambio, yo no ofender al
seor. Al contrario, si no se opone, influir con la respetable seora
propietaria para que... para que le pongan al seor un traje muy
bonito, le rapen la cabeza y le den unas duchitas fras...

La gente festej con explosivas risotadas la alusin al manicomio que
haca el encargado. Estimulado por el xito, el hombre continu:

--Y a la seorita... digo mal, perdn humildemente, seor mo,... a la
princesa del cuarto nmero veintids... yo la obsequiara con... con...

Monsalvat le haba vuelto las espaldas haca rato y trataba de abrirse
paso para salir, pero la gente se lo impeda, obligndole perversamente
a escuchar aquellas inepcias.

--Qu? Qu le dara?--gritaban las mujeres, deschavetadas en
carcajadas grotescas.

--Pues le dara... perdn por la palabra!... una libreta!

Ri aquella gente con grosera y brutalidad. Algunos aplaudieron. A
Monsalvat, que se abra camino a codazos, le arrojaban al rostro la
infame alegra. Al encargado le palmeaban, le pinchaban en el vientre,
le hacan repetir sus gracias. Monsalvat, lentamente, seguido de
aquellos hombres y aquellas mujeres, iba remolcando su dolor. No oa,
no vea, no senta nada. Si en algn momento su cario a Nacha le
orden la violencia, en seguida comprendi que con ello se perdera
para siempre, que perdera a su amiga. No, jams la dejara sola,
abandonada a la maldad trgica de los hombres. A la maldad de los ricos
y a la maldad de los pobres. Y segua su calvario, latigueado por las
palabras soeces, por las risas, por las miradas de satisfecha venganza.

Monsalvat, ya en su cuarto, pens en aquella humanidad. Ah, ahora
comprenda la inutilidad de sus ideales, la inutilidad de su obra!
Nada poda hacerse, nada, desesperadamente nada, mientras los hombres
fuesen malos. Pero quin tena la culpa de todo aquello? La tena la
sociedad, la tenan los bienhallados. Ellos dejaban a las pobres gentes
en la ignominia de su maldad natural. De su maldad natural, no. De su
maldad adquirida, de su maldad que provena del hambre, de la pobreza,
de la desigualdad, de la falta de higiene, de las enfermedades.
Monsalvat pensaba en aqullos que le ofendieron, que todava seguan
rindose bajo su ventana, y les absolva, considerndolos como simples
vctimas.

Llamaron a su puerta. Eran Julieta y Nacha.

Nadie las vi entrar, sino Mauli. El sujeto estaba en la vereda.
Intent disimular su presencia, pero apenas ellas pasaron el zagun
y subieron la escalera, corri a hablar con el encargado. Los dos
hombres, en puntas de pie, llegaron hasta el cuarto de Monsalvat y
miraron y trataron de oir por el ojo de la llave. Vieron a Nacha
sollozando, vieron que Monsalvat se pona triste. Pero no sintieron
compasin ninguna. Y se alejaron, al notar que las muchachas se
despedan.

Monsalvat al quedarse solo, se resisti a creer cuanto haba odo. Era
posible que Nacha no le quisiera ahora? Que pudiera irse con Arnedo,
sobre todo odindolo, como aseguraba? Monsalvat en algn momento
imagin haber soado. Durante toda la noche, tuvo a su lado como una
compaera inseparable, a la Desesperacin. Sus manos sintieron las
manos heladas de la amiga invisible, oyeron sus odos sus palabras
fatales, sus labios se estremecieron con sus besos abominables. Durmi
la Desesperacin en su lecho y fu su amante: una amante trgica,
horrible y ardiente.

Poco despus de la salida de Julieta y Nacha, Monsalvat haba ido a
la polica. l no desconfiaba de Mauli. Por repugnante que fuese el
hombre, era empleado policial y no haba entonces motivos para temer de
l. As se lo dijo a Nacha, con lo cual logr tranquilizarla un tanto.
En la polica prometironle que mandaran un agente para vigilar la
casa. El agente entr en el conventillo, fu hasta el cuarto de Nacha
y le asegur que vigilara toda la noche.

A la maana siguiente, Julieta, que haba dormido en el cuarto de
Nacha, se fu a su trabajo. Quedaron en que Nacha la llamara si
retornaban sus terrores.

Pero no ocurri as. Nacha fu a la tienda y volvi casi contenta.
El haber declarado a Monsalvat cmo era su cario hacia l, pareca
haberle liberado. Hasta entonces crey que lo engaaba, que se conduca
mal con l. Ahora, qu enorme peso se haba sacado de su conciencia!
Por otra parte, Monsalvat haba comprendido. Cierto que l sufra, pero
Nacha esperaba que ahora volviese a su mundo y se olvidara de ella.

Monsalvat no vi a Nacha cuando regres ella de la tienda. Del
ministerio se dirigi a la casa de Torres. El mdico llegaba de la
calle en ese instante.

--Yo te lo advert--dijo Torres al oir a Monsalvat, que le contaba
la conversacin con Nacha.--Nada bueno ibas a sacar de meterte con
esas mujeres. Y ahora, eh? son las desilusiones y las amarguras. En
fin, has perdido casi un ao de tu vida. Pero no es solamente eso.
Tu reputacin est por el suelo. Tienes que rehabilitarte ante la
sociedad, eh?

Monsalvat escuchaba todo esto, profundamente dolorido. No
comprenda cmo este amigo, el nico que conservara, le ignoraba
tan absolutamente. l haba ido a confiar su angustioso sufrimiento
al solo ser de su condicin que aceptara escucharle, y he aqu que
sus palabras eran mal interpretadas. Consider intil explicar, y,
sin dar la mano a Torres, sali de aquella casa, abatido y enfermo.
Ya no esperaba nada de nadie. La vida pesaba demasiado para l. Ni
ilusiones, ni esperanzas. Oh abismos de la soledad! Todo perdido,
irremediablemente perdido.

No quiso volver a su casa. Anduvo vagando por las calles, distrayendo
sus pensamientos. A la hora de comer entr en una Brasilea y tom
un caf con leche. Luego sigui su vagar por las calles, como un
sonmbulo, interminablemente, lentamente. Por fin se fu a su casa
y se puso a leer. Pero tuvo que dejar la lectura. Trat entonces de
escribirle a Nacha una larga carta. Trat de convencerla de que ella le
quera, de contagiarle su sentimiento, de mostrarle los das claros y
sonrientes que vendran para ellos si Nacha aceptase su cario.

Pas una hora, pasaron dos horas, pasaron tres horas... Monsalvat
escriba y rompa, y continuaba escribiendo. Se levantaba, daba
unos pasos, volva a sentarse. Eran las dos. Todo dorma. La calle,
silenciosa; el conventillo, silencioso.

Pero no dur mucho tiempo este silencio. De pronto, oy como si un
automvil se detuviese all cerca. Luego oy como que abran la puerta
y como si pasos de hombre cruzaran el patio disimuladamente. Se asom a
la calle y no vi nada. Sali entonces al pequeo corredor sobre el que
daba la puerta de su cuarto. Pero el corredor tena una alta pared que
impeda ver. Baj las escaleras y lleg al patio. No andaba un alma.
Todo estaba en silencio. Solamente en el cuarto de Mauli, casi frente
al de Nacha, haba luz. Supuso que el sujeto habra llegado. Monsalvat
volvi a su cuarto. Se acost. Y por efecto del cansancio, no tard en
dormirse.

Al cabo de unos minutos un ruido extrao le despert. Parecile un
grito. Pero un grito apagado, ahogado, tal vez un grito lejano. Sin
embargo, debi ser all cerca, en la calle, bajo la puerta. Oy casi
simultneamente voces de hombres, ruidos de pasos y de un automvil que
se acercaba. Salt de la cama y se lanz al balcn.

Debi dar un grito espantoso. Haba visto el automvil detenerse a la
puerta, y cuatro hombres que llevaban una mujer y la metan dentro
del carruaje. Y vi el coche que hua, la mujer que gesticulaba y los
vecinos que se asomaban a las ventanas. Y l segua gritando, como un
loco, en la impavidez de la noche. Y se arroj escalera abajo, y sali
a la calle, mientras el automvil hua a todo escape y doblaba en la
primera esquina.




                                  XX


Monsalvat, descorazonado, no saba qu hacer. En la polica no pudieron
darle la menor noticia del paradero de Nacha. Slo constaba, por el
testimonio de tres vigilantes, que, en la noche de la desaparicin de
Nacha, un automvil pas a toda velocidad, hacia las dos de la maana,
en direccin al sud. Uno de los agentes aseguraba haber visto dentro
una mujer, a la que varios hombres sujetaban. Otro agente afirmaba que
no iba en el auto mujer ninguna. Torres, a quien Monsalvat consult
el caso, le manifest su satisfaccin. A su juicio se trataba de un
rapto simulado, en complicidad con la propia Nacha, que tal vez deseaba
apartarse de Monsalvat y no saba cmo hacerlo.

--Lo probable, eh?, es que se haya ido con Arnedo. Esa muchacha,
acostumbrada a tener un hombre, no poda vivir en el celibato, eh?,
a que tu apostolado la condenaba. Se acordara del Pampa, seguro. Y
esos bichos, esos muchachos compadrones, saben interesar a las mujeres.
La que se enamora de uno de ellos es para toda la vida. Si conocer
casos! Te digo que es una suerte. Ahora, eh?, podrs ser libre. Ya era
ridculo lo que estabas haciendo.

Monsalvat le mir fijamente, con dureza. Torres comprendi el reproche
de su amigo pero no desisti. Estaban en el consultorio del mdico,
de pie, frente a frente. Torres vesta un largo delantal blanco que
acentuaba su aspecto morisco y haca ms negros sus ojos, sus cortos
bigotes y su cabellera enrulada.

--S, ridculo--insisti el mdico.--Crees que estn los tiempos
para acciones sublimes? Querer salvar a una infeliz muchacha de la
prostitucin, pase. Enamorarse y hasta querer casarse con ella, pase
tambin. Todos los das ocurren barbaridades de ese calibre. Pero lo
absurdo es que un hombre de tus aptitudes se dedique al oficio de
apstol y ande entre atorrantes y mujeres perdidas, con el propsito de
redimirlas.

Monsalvat no quiso escuchar una palabra ms. Y sali de all, sin
despedirse, triste y abatido.

Pocos das despus recibi una carta de Nacha. Eran cuatro lneas,
escritas con precipitacin. Decale que la haban encerrado en una
casa mala de la Boca y que el Pampa no la vea. Rogbale que no la
buscase. Era su destino el ser una mujer de mala vida. Era su destino
y deba cumplirlo! Terminaba desendole que fuese feliz y pidindole
que volviese a su mundo, a aquella vida sin preocupaciones, de donde
ella le haba sacado sin saberlo. Monsalvat permaneci un largo rato
contemplando la carta, releyndola, detenindose en cada palabra como
si buscase entre lneas las seas de la casa donde sufra Nacha.

No se di por vencido Monsalvat. Se propuso buscar de nuevo a Nacha.
Haba conservado aquella lista de las mal llamadas casas de citas,
que no eran en su mayora sino vulgares lenocinios, ms o menos
clandestinos. No figuraba en la lista ninguna casa de la Boca. Pero
haba diez o doce de Barracas. Una tarde, despus de la oficina, se
dirigi a una de ellas.

Era un departamento bajo, al fondo de una casa de dos pisos, en el
rincn oscuro de una calle cortada. Llam a la pequea puerta. Sali a
abrirle una vieja desdentada, inmunda, repugnante. La mujer, descalza,
barra el piso lleno de agua. Monsalvat no haba visto nunca un tan
lamentable ejemplar humano. La vieja, alta, toda huesos, se cubra con
un batn, que, muy abierto arriba, dejaba ver el comienzo de dos pechos
flcidos, trgicos de fealdad. Para no mojarse habase arremangado el
vestido y veansele las piernas hasta la rodilla. Tena un vientre
abultado; puntiagudo. Completaba su figura una cabeza desgreada y
una boca que rea nauseabundamente. No haba un diente en aquella
boca. Veansele las encas, anfractuosas y lvidas. Monsalvat pregunt
por la duea de la casa. Era aquel harapo humano. La vieja le pidi
disculpas, en un castellano de conventillo, y le hizo entrar en una
pieza, rogndole que esperara mientras iba ella a vestirse. Un extrao
olor, que result ser de incienso, apestaba el cuarto, lleno de humo.
Con sonriente asombro Monsalvat vi las paredes atestadas de estampas
de santos. En una repisa una vela iluminaba a un San Antonio. Las
estampas eran deplorables cromos. Las haba sobre la cabecera de la
cama, sobre las cuatro paredes, hasta sobre la puerta del cuarto. Unas
eran pequeas, otras tendran medio metro de altura. Estaban unas junto
a otras, sin orden, tapizando de bienaventuranza las paredes. Monsalvat
pensaba si en aquel cuarto, entre tan austeros testigos, las alumnas
de la duea de casa ejerceran su oficio.

La mujer volvi, algo arreglada. Detrs de ella entr una muchacha
como de diez y siete aos, de pelo colorado, muy sorda y pobremente
vestida. Monsalvat imagin que fuese alguna sirvienta de casa pobre de
las inmediaciones. Cuando la vieja supo el motivo que all llevaba a
Monsalvat, le pidi dinero. Monsalvat le di un billete de diez pesos.
La vieja record entonces que, el da anterior, una muchacha refiri
all la historia de una mujer robada y encerrada en cierta casa de la
Boca.

--Dnde puedo ver a esa muchacha?

La vieja hizo que la chica se le acercara y le grit al odo que quin
cont esa historia. La chica dijo un nombre.

--Ah, es una que no ha de volver. Estuvo aqu por casualidad. Pero
puede verla, sabe dnde? Conoce la casa de la Vasca? Pues all hay un
baile maana a la noche. La muchacha ir. Pregunte por Getrude. Es una
media flacona, morenucha, maera...

Monsalvat no quiso irse sin reprochar a la vieja su oficio, y sobre
todo el recibir muchachas menores. La vieja rea desmesuradamente, con
su boca desdentada, descoyuntndose y echndose para atrs. A cada rato
se pasaba la manga por la nariz.

--Bah, usted se cree entonces que nosotras perdemos a las muchachas.
Sera bueno! Mire, diga: yo tengo, a ver?... cincuenta y dos aos.
Nada ms. Y parece que tuviera sesenta y cinco, lo menos. Y mire: en
veinte aos que llevo en este oficio no enga ni perd a ninguna
mujer. Sera bueno! Yo no he obligado a las mujeres a perderse.
Oficio ilcito, dice usted. Pero es lcito ser dueo de la gran tienda
_La Ciudad de Pars_, donde es tan poco lo que pagan a las empleadas
que las obligan a perderse. Diga: yo s muchas cosas del mundo. Antes
he tenido otra posicin. A mi casa iban personajes. Sera bueno! Pero
yo no exploto a nadie, propiamente, como en esas tiendas. Yo no soy
cmplice de crmenes, como los _asionistas_ de esas grandes empresas.
Mire: las mujeres no perdemos a otras mujeres. Son los hombres, los
ricos principalmente, los que pierden a las mujeres. Son los dueos de
conventillos, los dueos y gerentes de fbricas. Casa de prostitucin!
Sera bueno! Ms casa de prostitucin que la ma es cualquiera fbrica
donde pagan a las mujeres treinta pesos. Y ltimamente, a ver?, si
alguna mujer pierde a otra no somos las pobres. Qu jorobar! Son las
ricas, con su lujo, con el mal ejemplo que dan... Sera bueno!

A la noche siguiente, Monsalvat se dirigi a la casa de la Vasca, donde
encontrara a Gertrudis. Debi andar por calles oscuras, siniestras.
Por fin encontr la casa, en un recoveco de callejuelas, cerca del
Hospicio de las Mercedes.

Era un paraje extrao, de una rara austeridad de color y de lneas,
y de una desolacin enorme. Imposible concebir nada ms spero, ms
trgico. Una calle angosta y corta ascenda entre dos paredones, que
al final torcan bruscamente. Desde all no se vea sino el cielo y
la noche, y, hacia la parte por donde Monsalvat entrara, los muros y
los rboles del manicomio de mujeres. Circulaba un silencio de yermo,
dorma una soledad de crimen. Monsalvat sinti un escalofro, un vago
miedo. Pero no un miedo de los hombres, sino un miedo del silencio, de
aquella paz lgubre, del infinito. Monsalvat torci por la calleja.
Ahora vi muchas luces lejanas. El paisaje se haba hecho ms vasto.
Un lirismo con quin sabe qu de fatal se dilataba en la noche. De un
lado de la calle, una pared baja; y en lo hondo, un ancho y negro cauce
de ferrocarril. Inmensos bultos sombros y sin formas--vagones que
dorman--se aglomeraban y confundan all abajo. Muy lejos, hacia la
masa de la ciudad, advertida en algo de grande que estremeca el aire,
surga el polvillo de las iluminaciones elctricas. Hacia otras partes,
mezclbanse sombras vagas y amarillentas luces. En el lado izquierdo
de la calle alinebanse unas cuantas casas. Una de ellas era la que
buscaba Monsalvat.

La puerta estaba entornada y llam. Se oan conversaciones, risas,
msica de un piano. Le gritaron que entrara y entr. Al fin del zagun,
una muchacha que beba cerveza en compaa de un compadrito le pregunt
qu deseaba. El aspecto de Monsalvat debi infundir desconfianzas al
compadrito. Contestaron que la seora estaba ocupada, que haba baile
en la casa. Pero Monsalvat insisti sin vacilaciones y lo hicieron
pasar. La seora, una vasca altsima y fornida a quien encontr en el
patio, desconfi tambin. Monsalvat invent una historia para poder
quedarse, y adems le di dinero a la mujer. Gertrudis era la muchacha
que beba cerveza. La seora la llam aparte, para que hablase con
Monsalvat.

--Yo qu s!--exclamaba Gertrudis.--He odo contar eso, pero vaya a
saber si es verdad! Y a ms, que no me acuerdo. Hace muchos das.

--No hace muchos das, porque el robo fu la semana pasada...

--Bueno, no s. No le digo que no s nada? Y a ms, que no fu yo la
que cont. Sera otra cualquiera.

Monsalvat advirti que el compadrito los espiaba. En las piezas
interiores bailbase un tango. Monsalvat vea desde el patio el perfil
de un mulatn que tocaba el piano. Era un pianista pintoresco. Golpeaba
la madera del piano, silbaba, a veces cantaba. Se adverta el aire
espeso de los cuartos; llegaba hasta el patio la sensualidad de la
danza como una cosa que fermenta. Haba en el ambiente moral algo de
descompuesto. Monsalvat iba a marcharse, fastidiado, cuando la muchacha
cambi. Le pareci a Monsalvat haber notado una seal que el compadrito
hiciera a la muchacha. Pero no di importancia al hecho. Gertrudis,
ahora sonriente y amable, decale que iba a darle la direccin de la
casa, y le peda por favor que no contase porque podan asesinarla. En
esto se acerc el compadrito. Salud a Monsalvat sacndose el sombrero.
Gertrudis dijo una calle y un nmero. Y le explic al muchacho de qu
se trataba. El compadrito se ofreci para acompaar a Monsalvat. l
conoca la casa, y si el seor iba solo, no lo dejaran entrar. El
muchacho se haca sencillo, humilde, bueno. Monsalvat pens que tal vez
sera un trabajador, algn muchacho decente. Y en su optimismo de la
humanidad, acab por aceptar la compaa. El muchacho se despidi de
tres o cuatro amigos y salieron.

Caminaron como un cuarto de hora, por calles oscuras y enteramente
desconocidas para Monsalvat. Comenzaban a abundar los terrenos baldos.
De pronto, al acercarse a una esquina, el muchacho produjo un silbido
extrao. Pareca que hubiese agujereado la oscuridad. Monsalvat iba a
preguntarle qu ocurra, cuando se sinti rodeado por cuatro sujetos
que lo amenazaban con puales y revlveres. Comprendi la inutilidad de
hablar ni de indignarse, y entreg cuanto tena.

Monsalvat no se desanim. Tampoco sinti enojo contra los ladrones.
Pens que tal vez aquellos pobres diablos necesitasen ese dinero, y
no se acord ms del incidente. Camin en la misma direccin a que le
haban trado, suponiendo llegar en seguida al ro. Y as ocurri.
Apenas vi el Riachuelo se juzg en tierra civilizada. Y despus
de informarse, se ech a caminar, dispuesto a hacer a pie el largo
trayecto que era necesario para llegar por all a la Boca.

Ahora Monsalvat pensaba en su situacin. La duda le acosaba y se
senta infeliz. El fracaso se le apareca en su camino incesantemente.
Recordaba la confesin de Nacha, aquella noche, la vspera del rapto,
en presencia de Julieta. Cmo era posible que Nacha temiese el ser
atrada por Arnedo, un hombre brutal, que la tiraniz perversamente?
Cmo era posible que ahora, con sus ideas de bien, despus de varios
meses de vida honesta, Nacha creyese fcil el retorno al vicio,
pues vicio era el irse con Arnedo? Qu abismos, qu misterios
incomprensibles haba en el ser humano? Monsalvat no crea que Nacha
hubiese dejado de amarle. Le amaba, s, y no slo espiritualmente,
como ella supona; no slo como una hija a su padre, como una hermana
a su hermano y como un creyente a su Dios. Le amaba tambin con todo
su ser. Pero Nacha, acosada por el instinto, en un momento en que
Arnedo la persegua, debi recordar su vida con el Pampa, las caricias
del Pampa, todo el amor violento e insaciable que le daba el Pampa. Y
entonces, Nacha dud. Y crey seguramente que no amaba a Monsalvat sino
al Pampa, y tuvo horror de s misma, y horror de la vida y horror de su
destino. Monsalvat iba costeando el ro, donde viejas barcas dorman.
Alguna cancin de marinero interrumpa el silencio. Tabernas de nombres
exticos, que recordaban todos los pases del mundo, orillaban la
calle. Dentro de las tabernas, hombres mugrientos beban. Monsalvat
vea su vida de otro tiempo. Rememoraba sus viajes, sus aos en Italia,
las mujeres que all en Europa le amaron, su existencia despreocupada
y feliz. Y he aqu que todo aquello lo haba abandonado, y que ahora,
despus de haber estado en una casa infame, despus de haber andado en
compaa de un ladrn, iba caminando por un barrio miserable, en busca
de una mujer de mala vida. Tuvo lstima de s mismo.

Pregunt a un sujeto que pasaba por la direccin que le di Gertrudis.
No era lejos de all. Dijo adis al Riachuelo, que le haba hablado
de sus ms bellos recuerdos, que le haba entristecido, y se encamin
hacia la casa.

Pas por una calle que tena de un lado una enorme pared, que pudiera
tomarse por el muro de una catedral o de un convento y que tal vez
fuese una fbrica o una vulgar barraca. Cruces negras jalonaban en
lo alto la pared. Pas luego por otra calle de tabernas o posadas de
escandinavos. Monsalvat se asom a dos o tres. Exticas decoraciones
interiores. En alguna, la familia haca sociedad con los parroquianos.
Una casita con vago aire colonial y tiestos de flores en los balcones
lindaba con una hermtica casucha que tena un gran farol en la puerta
y esta palabra en el farol: Fram. En otra posada de sas, una vieja
ramera, un deshecho humano vestido extraamente, una mujer que debi
ser bella y que por irrisin o paradoja del destino conservaba en la
cara restos de nobleza, haca reir, borracha, a cuatro hombres altos,
rubios y silenciosos que parecan marineros. Pas luego por otra
calle arbolada y en donde las tabernas, con su interior pintado de un
solo color, azul o verde, y siempre intensos, hacan pensar en las
decoraciones de los bailes rusos. Y entre casuchas edificadas sobre
pilotes a causa de las inundaciones,--casuchas de madera, y las ms
pobres de madera y latas--lleg a la direccin que oy a Gertrudis. Vi
que no era un nmero falso. Empuj la puerta y entr. No, all no poda
estar encerrada Nacha. Sera el ms espantoso de los crmenes llevarla
a aquel lugar donde slo poda vivir y frecuentar la hez humana. Era
un patio techado, de vastas proporciones, cuadrado por piezas altas
y bajas. Ms de cincuenta sujetos mal entrazados, sucios, hediondos,
permanecan sentados o formaban grupitos. Hasta haba algunos negros,
seguramente norteamericanos. Nadie hablaba. Tres o cuatro mujeres,
vestidas de rojo rabioso, con guardas negras arriba y abajo, recorran
los grupitos tratando de excitar a aquellos pobres diablos, con
repugnantes torpezas. No, Nacha no estaba all. No era creble que el
Pampa la encerrase en un lugar tan horrible. Y sali, con la seguridad
de que le haban hecho una broma brutal.

Al da siguiente, empeado en hallar a Nacha, anhelando salvarla de
las garras siniestras en que tal vez haba cado, retorn a aquella
casa cerca del Hospicio. Y a fuerza de dinero logr encontrarse a solas
con Gertrudis. La muchacha, con una inconsciencia infinita, rea de su
broma. Despus le ech la culpa al malevo.

--Y cmo vive usted con un hombre as, con un ladrn?--le pregunt
Monsalvat.

--Y...? Yo no le he averiguado el oficio, pues.

--Pero usted sabe que l roba y asalta...

--Bueno, y qu hay con eso? Y a usted qu le importa?

Despus de larga discusin y de prometerle dinero si no le engaaba,
Monsalvat logr la direccin deseada.

Era una casa de buen aspecto, entre el Parque Lezama y la Boca. Costle
entrar. A su pedido, la duea de la casa le present a todas las
muchachas que en aquel momento estaban all. No vi a la que buscaba.
Pero como haba una que dijo conocerle, y precisamente del cabaret, de
aquella noche en que l defendi a Nacha, Monsalvat se fu con ella.
Era una muchacha gangosa, gorda y de aire estpido.

--Yo te vi aquella noche, sabs?, y quera conocerte. Qu dicha
haberte encontrado, viejo!

Le tuteaba como si fuese un amigo, aunque nunca hablara con l.
Monsalvat le explic el objeto de su presencia all. La muchacha qued
desilusionada. Pero le di a Monsalvat algunos datos.

--Yo no s nada, sabe?--dijo, sin tutearle ahora.--Pero sent hablar.
Una noche trajeron a una muchacha. La tuvieron dos das, creo. Yo falt
esos das. Y ya se la han llevado. Y dice que es Nacha? Quin le
dira, tan pretenciosa!

Monsalvat, sombro, pidi la explicacin de esta palabra.

--S, porque creo que la han llevado a una casa de sas... de lo
ltimo. De la calle Olavarra o Necochea, no s cul. Y si quiere
encontrarla, vaya a esas casas y pregunte.

Monsalvat tuvo que ir a esos lugares. Dos veces haba bajado al
infierno, pero nunca imagin que ahora debiese descender hasta los
ltimos crculos del abismo. Y para buscarla a Nacha baj all. Baj
a la sima espantosa donde yacen las infelices que han perdido todo:
el alma, la personalidad, la posesin de su cuerpo. No son dueas ni
de su cuerpo, porque su cuerpo pertenece a unos hombres inicuos que
las venden. Las venden como a los perros, como a los caballos. No son
siquiera esclavas. Los esclavos tenan ciertas libertades, por lo
menos la libertad de huir, de matar o de matarse. Ellas no pueden nada
de esto. No tienen libertad para estar solas ni para estar tristes,
ni para rechazar al hombre que les disgusta, al borracho que babea,
al inmundo que apesta. Monsalvat recorra aquellos lugares, hablaba
con las infelices. Estaban todas ellas bestializadas. Ya no tenan la
menor idea de la moral. Ignoraban la existencia del bien y del mal.
Toda aquella vida que llevaban les pareca natural, y no aspiraban a
nada, sino a comer y a dormir. Monsalvat no comprenda cmo la sociedad
toleraba semejante crimen. Asesinar a miles de hombres, robar, cometer
los mayores delitos, no era nada junto al crimen que significa hacer
de un ser humano una bestia. Porque este crimen representa el escarnio
de la dignidad humana. Y si fuese un solo ser! Pero eran en el mundo
millones de infelices. Monsalvat vea sin cesar el desfile monstruoso y
fantstico de aquellas mujeres. Las vea manchar las ciudades, pudrirlo
todo, envenenar la estirpe humana. Y vea detrs de ellas, con los
ltigos en lo alto, con sus bolsillos hinchados de billetes, con sus
conciencias deformes, a los culpables del gran crimen. Y detrs de
ellos, espolendolos, protegindolos, vea a los cmplices que eran la
Sociedad, el Estado, la Polica, los que venden la mentira, los hombres
todos, que han hecho del mundo, que debi ser sencillo y hermoso, una
cosa horrible, gigantescamente desoladora.




                                  XXI


Ninguna buena noticia obtuvo Monsalvat en aquellos lugares de la Boca.
Nadie saba nada. Le hicieron ir de un lado a otro, para burlarse de
l, para robarle. Asegurbanle que tal sujeto le dara informes, y
all iba Monsalvat a buscarle, de cafetn en cafetn, de taberna en
taberna. Recorri de este modo todos los sitios de la Boca, de este
barrio siniestro y rojo. Fu a las casas de juego, a los lupanares, a
las posadas. Estuvo en distintas fondas y tabernas, en cada una de las
cuales se hablaba un diferente idioma. Aqu oa frases en ingls o en
alemn, all palabras noruegas o rusas o finlandesas. En este sitio
reconoca las extraas lenguas balcnicas; en aquel otro los brbaros
dialectos rabes del norte de frica. Entr en un bar de coreanos, en
un restorn chino. Trat en un mes toda clase de gentes. Una turba de
vividores, de pobres diablos, y de delincuentes desfil ante sus ojos.
Hasta en un caf y en un club de caftens lleg a entrar. Y todo intil,
completamente intil.

Una tarde volvi a aquella casa donde estuvo Nacha unos das. Cmo
no se le ocurri ir antes? Pero en vez de dirigirse a alguna de las
muchachas se encar directamente con la patrona. Le ofreci mil pesos
si le averiguaba el paradero de Nacha. La patrona era una vieja llena
de maas y de embustes, dicharachera, mal hablada. Fumaba unos puchos
gruesos y cortos que preparaba ella misma, con hojas de tabaco del
Paraguay. Al oir que le prometan mil pesos abri los ojos. Y entonces,
interesada por aquella oferta, refiri todo.

Lo detestaba al Pampa. La haba engaado y explotado. Arnedo llev
all a Nacha, en efecto. La rob una noche, ayudado por su patota
y en complicidad con Mauli. Nacha qued en la casa, encerrada como
si estuviera presa. No quera aceptar ningn hombre, y pareca una
furia insultando a todo el mundo. Arnedo, entonces, amenazndola
con un revlver, la hizo escribirle a Monsalvat. Con esto, Arnedo
pensaba dominarla, convencerla de que era intil la resistencia a sus
propsitos.

--Y a Arnedo, lo aceptaba?--pregunt Monsalvat.

--De ande, mi vida!--exclam la vieja, metindose el pucho en
la boca.--A se lo puteaba lo mismito que a m y a toda la santa
humanidad. Arisca la potranquita! Y a ms, que l tampoco la buscaba.
Lo que quera al traerla aqu, era vengarse. De quin? No me pregunts
m'hijito.

--Y no sabe usted dnde est Nacha?

--Yo...? S, pues... Este...

Se cambi el pucho al otro rincn de la boca, y agreg:

--Mir, mi vida. Si me aflojs cincuenta de la nacin te voy a dar un
lindo dato. Y te advierto que esta vieja no miente. Diciendo la verd
me he criao y diciendo la verd me he de morir.

Monsalvat le entreg el dinero, y la vieja le di dos consejos. Uno,
que hablase con un tal Amiral, un infeliz que era amigo de Arnedo y
que por plata le sacara al Pampa la verdad. Y otro, el mejor segn la
vieja, que viese a una lavandera llamada Braulia, conocedora de todos
los clandestinos del barrio porque "saba" llevarles muchachas.

Y all fu Monsalvat en busca de la Braulia. Era una negra y viva
en un cuartucho de tablas, al fondo de un terreno baldo. La negra,
hedionda, motosa, parlanchina, le dijo que a la noche siguiente le
contestara. Monsalvat deba esperar en un caf, sobre el ro. Pero
temiendo una celada, pues haba aprendido a desconfiar, pregunt
por qu no poda esperar en la calle, en una esquina, o en un caf
conocido. La negra declar que tena que ir donde ella deca. Y si no
le gustaba a Monsalvat, se quedara sin la muchacha.

A la noche siguiente fu al caf. Su entrada no llam la atencin.
Los parroquianos, unos diez sujetos divididos en tres grupitos, le
haban filiado en un segundo; pero fingieron no advertir su presencia.
El caf era un antro repugnante, una cueva de techo bajo, y sillas,
bancos y mesas llenos de grasa y mal olor. Un mulato serva en mangas
de camisa. Tres negros, norteamericanos sin duda, borrachos a no
poderse tener, cantaban una cancin con ritmo de _cakewalk_. Abran
la boca anchamente, estiraban sus jetas y mostraban las encas rojas
y los dientes blanqusimos. Cantaban al son de un acorden colosal,
muy parecido al bandonen. Desde la mesa que haba ocupado Monsalvat,
vease una barcaza roja y encima el cielo estrellado. Por la calle
pasaba a cada momento algn borracho.

Monsalvat esperaba al mensajero de la negra, cuando un hombre se le
acerc. Le dijo que perteneca a la polica secreta y le aconsej que
se fuera. se no era sitio para l, y si le haban citado all--segn
Monsalvat explic--era con toda seguridad para robarle. Monsalvat
abandon para siempre el barrio.

Entonces decidi ver a Amiral. Pero a Amiral era poco menos que
imposible encontrarle. No coma jams en su casa, y muchas noches
tampoco iba a dormir. Y como Monsalvat no lo conoca y Amiral era
ntimo de Arnedo, no poda escribirle citndole.

Mientras consegua entrevistarse con Amiral, Monsalvat continuaba
buscando a Nacha. Empez a faltar al empleo y a dedicar sus tardes
enteras a esta desesperada bsqueda. Con aquella lista que le diera
Torres, fu hurgando en todos los rincones de "la vida".

--Aqu no est. No la conocemos--le decan.

Y con su lista en el bolsillo iba a otra casa y luego a otra y luego
a otra ms. Explicaba, discuta, daba mil datos sobre Nacha. Algunas
veces rogaba, pero otras se enfureca e insultaba a las mujeres. All
no estaba. No la conocan. Exasperado, con la agitacin de un posedo,
sala a la calle y, trepndose al primer automvil que pasaba, daba las
direcciones de otras casas. Ya no pensaba sino en encontrar a su amiga.
Lleg a creer que todo el mundo se haba complotado para engaarle.
Pero l la encontrara porque contaba con una poderosa fuerza: la
voluntad de encontrarla.

--Aqu no est. No la conocemos.

Cmo? All tampoco estaba Nacha? Entonces, se la haba tragado
la tierra? No saban nada...? Mentira! Le estaban engaando,
queran explotarle como tantas veces lo hicieron. Todo era embustes,
hipocresa, maldad en las mujeres de la vida. Y pensar que l las
haba defendido, que l se arruin por ellas! Ah, Nacha, Nacha!
Adnde la haba llevado su destino triste? Ella decale en la
carta que no la buscara, pues su suerte era ser una mujer de mala
vida. Pero por lo mismo la buscara. Con ms ardor que nunca, con
ms desesperacin que nunca. La buscara, no ya por amor, sino para
salvarla de caer en el pozo de aguas ptridas en cuyo borde se
tambaleaba trgicamente.

--Aqu no est. No la conocemos.

Cada una de estas frases, y otras semejantes que oa, sonaban en su
cuerpo como un brutal latigazo. Sala de las casas malditas, enfermo,
fsicamente dolorido. Y no se habituaba a las negativas. Al principio,
entraba en los lupanares con el alma ardiente de esperanzas. Pero ahora
entraba vacilante, con una cara extraa: dispersa su mirada en las
personas y las cosas circundantes, o fijos sus ojos en los de la mujer
a quien se diriga. Saba que all tambin diranle: no est. Y sin
embargo entraba, y haca la pregunta. Casi siempre hua del lupanar,
sin agregar una palabra. Pero ms de una vez, ante la estupefaccin de
las mujeres, lanz una angustiosa exclamacin, o cay sobre una silla,
con sus dos manos en el rostro.

--Aqu no est. No la conocemos--oa en todas partes.

Y entonces pens que tal vez hubiera muerto. Y al imaginar la muerte
de Nacha, algo le oprimi la garganta, mientras su cuerpo sinti la
sensacin calmante de sumergirse en un bao de agua tibia. Nacha
muerta! Qu hara l sin Nacha? Volvera a su mundo? O se quedara
all, entre los de abajo? Pero cmo era posible que Nacha muriera sin
que l lo presintiese y lo supiese? No, Nacha no haba muerto! Nacha
viva, y le amaba a l, y estaba esperndole.

--Aqu no est. No la conocemos--decanle siempre.

Y bueno! Acaso l no saba que Nacha no estaba all? Nacha le amaba
y le esperaba. Que supieran todas que Nacha le esperaba. Esto era la
verdad. Y si l fu a esa casa a preguntar, lo hizo por cumplir su
deber. Nada ms. Podan las mujeres de esas casas irse al diablo. Ya
no les preguntara ms a las muy ladronas. Nacha le esperaba! Qu
se le importaba a l, ahora, del mundo entero? Qu le importaba de
la sociedad, ni de los que sufren, ni del cabaret, ni de los obreros
asesinados en la plaza, ni de la muerte de su madre, ni de la muerte de
su hermana? En su corazn se haba entrado un pajarito azul, y cantaba,
alocado, incesantemente, una dulce cancin de dicha. Nacha le esperaba!

Pero en dnde?

Mientras tanto, Monsalvat se observaba. Not que a veces se le haca
un vaco en la cabeza, y que entonces se pona plido y que no poda
caminar como antes. Otras veces, era un dolor en la nuca; un dolor
sordo, persistente, un dolor como causado por una cua que le hubiesen
clavado all. Pens si sera aquello debilidad cerebral, si estara
enloquecindose. Se alimentaba psimamente y casi no dorma. Se acost,
y permaneci en la cama una semana.

Una tarde lleg un sobre del ministerio. Era la exoneracin. Monsalvat
sonri sin darle importancia. Junto con el sobre vena una tarjeta del
subsecretario, donde le deca que el ministro lamentaba el haberle
exonerado, pero ante las innumerables inasistencias de Monsalvat
y sus distracciones--algunas de las cuales pudieron tener serias
consecuencias--no poda dejarle en el ministerio. Monsalvat tir
aquellos papeles al suelo, sonriendo, mientras deca, en voz alta:

--Bueno! Y qu me importa de este detalle insignificante, si ella me
quiere y me est esperando?

Pero el detalle de la prdida del empleo, lejos de ser insignificante
para l, vena a complicar su situacin econmica. Porque haba llegado
Noviembre y no haba pagado el tercer servicio de su hipoteca. Deba,
pues, dos semestres y el Banco le apremiaba. Pero de dnde sacar
los tres mil doscientos pesos que representaba la deuda de esos dos
semestres? Adems, como daba ms dinero del que poda dar y en su nueva
recorrida por los lugares malditos no falt quien explotase su buena
fe y le robase, haba tenido que endeudarse con usureros, obligndose
a intereses fabulosos que no haba pagado. Pero el mismo Banco le sac
de apuros, vendiendo su propiedad. La venta produjo apenas sesenta mil
pesos. Fu en un da muy caluroso del mes de Noviembre y hubo escasa
concurrencia al remate. Ya por entonces comenzaba a advertirse la
tremenda crisis econmica que deba estallar catorce o quince meses
despus, en mil novecientos trece. El valor de la propiedad descenda,
la crisis presentase en todas partes, y nadie se arriesgaba a comprar
casas sino a precios muy bajos. El Banco cobr los cuarenta mil pesos
de la hipoteca y los dos semestres adeudados. Monsalvat pag a los
usureros y qued con poco ms de diez mil pesos. Con esta suma pensaba
vivir dos aos, en caso de no encontrar trabajo ni empleo. Pero
estaba escrito que la suerte le sera hostil. Deposit sus diez mil
pesos en un banco extranjero que, pocos meses despus, debi quebrar
ruidosamente.

Una maana encontr por fin a Amiral. Monsalvat, sin prembulos ni
circunloquios, le dijo lo que deseaba de l: que averiguase de Arnedo,
hbilmente, donde estaba Nacha. Amiral, apenas oy nombrar a esta
mujer de vida galante, sonri madrigalescamente mientras se retorca
sus largos y enhiestos bigotes color choclo. Y abriendo y cerrando sus
kilomtricos brazos, exclam:

--Bien deca yo! Claro, no poda ser que un hombre como usted, que
ha estado en Pars... As es que yo, cuando oa que usted se haba
puesto a regenerar muchachas alegres, no quera creerlo. Yo pensaba que
usted era un mozo vivo, que aprovechaba la vida. Y ahora veo que no me
equivoqu...

Monsalvat tuvo intenciones de abofetear al pobre diablo. Pero se
contuvo, por Nacha. Amiral, incapaz de observar el estado de nimo de
Monsalvat, le mir con toda su malicia, y agreg, en tono confidencial:

--Usted hizo bien en valerse de una estratagema, porque aqu en Buenos
Aires, es una desgracia!, no hay ambiente...

Monsalvat no intent disuadir de su conviccin a aquel imbcil. Y se
limit brutalmente, sin rodeos, a ofrecerle mil pesos si averiguaba
de Arnedo el paradero de Nacha. Amiral titube. Pens que tal vez le
corresponda ofenderse. Pero en seguida, consultada su conciencia,
resolvi aceptar. No corresponda ofenderse tratndose de mil. Ahora,
si le hubieran ofrecido cincuenta o cien... entonces s.

Algunos das pasaron. Monsalvat observaba con pnico el avance de
su desequilibrio nervioso. Una tarde, tomando un caf con leche en
una confitera del centro, sinti en el cerebro aquel vaco de otras
veces. Se alarm, y en seguida le temblaron las manos, le ba el
cuerpo un sudor fro, y tuvo que levantarse con ayuda del mozo de la
confitera y hacerse subir a un auto que le llev a su casa. No poda
leer ni escribir. Su inteligencia pareca dispersa, rota en pedazos.
Haba perdido toda su voluntad y su energa. Senta Monsalvat como
si su organismo entero tuviese cada da menos cohesin, como si las
partes todas de su individuo no formasen un solo ser y no obedeciesen
a una sola ley. A veces parecale que vivan en l varios hombres
distintos. Y as uno de ellos observaba los movimientos sin motivo y
los pensamientos inexplicables del otro. Monsalvat fu un espectador de
s mismo.

Por fin, una maana de Diciembre, Amiral le dijo que Arnedo nada saba
de Nacha. Despus de tenerla encerrada en una casa varios das, la
llevaron a otra, y despus de dos semanas huy de all.

Monsalvat la crey perdida para siempre. Y se asombraba de que las
palabras de Amiral no le hubiesen impresionado. Se qued como un tonto,
mirando a lo lejos. Pero sentase tan mal, senta tan disgregado todo
su ser, que tuvo necesidad de buscar a algn amigo. Fu a casa de
Ruiz de Castro. No quiso visitar a Torres, temiendo que el mdico le
considerase enfermo o loco. Ruiz de Castro se impresion hondamente al
verle. Monsalvat lo not, balbuce algunas palabras incoherentes, sus
piernas se doblaron.

Una noche dolorosa haba entrado en l y rodeaba su alma y su cuerpo.
Su inteligencia no vea en aquella repentina oscuridad del mundo. Su
ser habase tornado insensible para la belleza y la realidad del mundo.




                                 XXII


El momento trgico de la tempestad haba pasado. Qu profunda calma en
las cosas! Todo callaba en el universo.

Monsalvat viva en un sanatorio de Almagro, llevado all por sus
amigos. En el pequeo parque con altsimos eucaliptus, Monsalvat
paseaba casi todo el da, tranquilo, silencioso. No pensaba en nada. No
quera pensar en nada. Sentase un hombre nuevo, haba nacido otra vez.
Qu poda importarle el pasado? Haba que mirar hacia adelante, vivir
siempre en el porvenir. Nacha ya no exista para l. O mejor dicho,
crea que no existiese. Y con Nacha haba desaparecido de su corazn
y de su inteligencia un mundo entero: un mundo de sentimientos y de
ideas. No era que Monsalvat rechazara en realidad su vida de todo un
ao. Era que, pasada la tempestad, ante el mundo nuevo que miraban sus
ojos no poda vivir con los mismos sentimientos y las mismas opiniones
de antes.

Pero si Monsalvat tena la paz, no tena algo que l amaba ms que la
paz: la libertad. Y desde que se sintiera fuerte y sano, dese huir de
aquella casa. Adems, haba all, en aquel sanatorio para nerviosos y
epilpticos, un par de locos pacficos, de maniticos. A Monsalvat
le molestaba la presencia de aquellos pobres seres, pues le hacan
imaginar que su empeo de reformar el mundo era la ilusin de un
manitico.

Sus amigos visitbanle muy poco. Se daban a s mismos la excusa de que
el sanatorio quedaba lejos del centro. Pero estaban satisfechos de su
amistad y buen corazn, ya que pagaban a Monsalvat el sanatorio.

Una tarde, cuando Monsalvat estaba completamente sano, Ruiz de Castro y
Torres le visitaron. Hablaban en el jardn, sentados en un banco. Por
primera vez desde su enfermedad se toc el tema prohibido. Monsalvat
lo haba en cierto modo iniciado, refirindoles a sus amigos aquella
sensacin como de haber nacido nuevamente. Torres quiso conocer el
verdadero estado de Monsalvat, y as le dijo:

--Ahora habrs comprendido, eh? la inutilidad de todo lo que has
hecho...

--Eso nunca--afirm Monsalvat.--Hacer el bien jams puede ser intil.

--Aceptemos que hayas hecho un poco de bien a otros--terci Ruiz.--Muy
bien. Pero es indudable que te has hecho un mal a ti mismo.

--Ests equivocado. Me he hecho un gran bien a m mismo. Y tanto, que
ahora no estoy descontento de m. No s lo que he de hacer maana; pero
s que si soy otro hombre, lo debo a mis ideales.

--Volveras entonces a las andadas?--exclam Torres con fastidio.--No
veo en qu eres un hombre nuevo. Al contrario, eh? lo que hallo en ti
es que la vida no te ha enseado nada. Parece mentira que despus de un
ao de fracasos, de fracasos en todo sentido, eh?, todava pienses en
salir t solo a reformar el mundo.

Monsalvat qued un instante pensativo. Luego dijo:

--La vida, no los fracasos, porque no fracas, me ha enseado la poca
eficacia del esfuerzo individual. Ahora creo que no solamente nunca
lograra reformar el mundo, sino que tampoco lo reformaran cien mil
hombres que procedieran aisladamente como yo.

--Vaya, hombre! Por fin--exclam Ruiz de Castro.--Era tiempo de que te
convencieses de que el mundo es irreformable.

--No he dicho eso. No! Al contrario, ahora lo considero ms reformable
que nunca. Pero ahora s que es necesario una disciplina, un mtodo,
un programa. Ahora s que el ideal individual, la accin de un solo
hombre, son poco eficaces para el buen xito. Pero no reniego de ese
ideal ni de su accin, pues de all parte el impulso. La accin, por
acertada que sea, no puede triunfar si no la precede y la acompaa
un ideal exaltado. Me comprenden? El mundo ha de ser reformado en
absoluto, hay que construirlo otra vez. Pero se debe ir poco a poco. No
con demasiada lentitud, sin embargo. Poco a poco, s... Pero de cuando
en cuando, el fuerte impulso de los idealistas, de los soadores, de
los locos, de los que proceden por corazonadas!

Los dos amigos se miraron. Consideraron sin duda que Monsalvat era caso
perdido.

--Pero para qu tanta reforma del mundo? Para casarte con una
loca?--exclam Torres, brutalmente.

Monsalvat no contest. Su amigo comprendi la injusticia de sus
palabras, y para atenuar su efecto trat de mostrarse carioso. Habl
de temas triviales. Estaba junto a Monsalvat, y su brazo, extendido
sobre el espaldar del banco, tocaba los hombros del amigo. De vez en
vez, con cualquier pretexto, sobre todo si haba que reir, bajaba un
poco el brazo y apretaba cariosamente la espalda de Monsalvat.

Se fueron descontentos. Monsalvat vi que todo en l, sus opiniones,
su vida del ao anterior, sus sentimientos, eran comprometedores para
aquellos hombres. Les crea buenos y relativamente generosos; pero
dbiles ante las opiniones del mundo. No dudaba de que, por ms que le
quisiesen, entre l y la sociedad optaran siempre por la sociedad.
Y desde entonces, Monsalvat no pens sino en huir de aquella casa.
Quera huir para que sus amigos ignorasen adnde iba. Ya que l les
comprometa, iba a ahorrarles el trabajo y la pena de abandonarle. l
abandonara a sus amigos. Quera pasar por un desagradecido antes que
aceptar la molesta situacin que se origina entre personas que desean
cortar una amistad y no se atreven o no pueden o no saben hacerlo.
Monsalvat quera tambin ser libre. No ya con la libertad material,
que lograra cuando quisiese; sino libre de aquellos amigos que
representaban el nico hilo que le ataba an a la sociedad.

Y un da huy del sanatorio. No llevaba sino lo puesto. Ni un centavo
en el bolsillo. Desde Almagro vino al centro a pie. Era el amanecer. Un
cielo lmpido, transparente, se ahondaba en una vasta profundidad azul.
Algunas estrellas se retardaban todava. En las calles las ltimas
sombras iban retirndose lentamente. Las ms tenaces se aguaban bajo
los rboles y rodeaban los troncos y las ramas, como velos oscuros. A
lo lejos, por el lado del puerto, acababa de surgir una tenue claridad
rosada. A Monsalvat aquel primer contacto con la vida exterior,
despus de varios meses de clausura, causbale una extraa sensacin
de alegra, de inocencia, de rejuvenecimiento. Oh, s! El mundo era
nuevo, haba nacido otra vez!

Y mientras recorra las calles solitarias, se complaca en ese bello
sueo. No senta ni el fro ni el cansancio. Imaginaba que todo haba
sido reconstruido. El cielo era ms hermoso que antes, las cosas
tenan una pureza desconocida, los hombres vivan en el mutuo amor.
Pens que siempre debi ocurrir lo mismo. Cmo podan los hombres
no amarse mutuamente, ignorar la pureza del corazn, con aquel cielo
y aquellos colores y esa claridad que avanzaba con tanta gracia, con
tanta armona, con tanto cario para los hombres y las cosas? Pero
entonces record que los hombres, salvo los pequeos de la tierra, no
contemplaban jams estas claridades. Y pens que tal vez por ello no
advertan el advenimiento de otra claridad, de otra aurora que iba
pronto a llegar...

Pasaban las calles arboladas. Iba despertando la ciudad. Gentes
humildes, trabajadoras en su mayora, aparecan ahora a cada momento.
Las puertas de las casas se abran. El cielo haba perdido su hondo
azul y se volva claro, refulgente, luminoso. El mundo estaba rosado,
como si una cndida suavidad lo envolviera. Luego surgi el sol, y la
maana se llen de rumores, de luces, de alegras, de miserias. La
vida! Monsalvat respir aquella libertad. Sintise sano y bueno. El
fro haba huido de su cuerpo y no pensaba en nada.

Pero no pas mucho tiempo sin que la fatiga le saliese al encuentro.
Quiso alejarla. Intilmente. Ella se prendi a sus piernas, abraz su
cuerpo y le hizo difcil el caminar. Iba llegando a la plaza del Once.
Cuando estuvo all se sent en un banco. Descans una hora, dormit un
rato. Despus pens en su situacin. Adnde ira? Ante todo necesitaba
casa. En un hotelucho de la plaza del Once, un establecimiento ambiguo
y srdido, le negaron pieza por no llevar valija. En otros hoteles de
modesta categora sucedile lo mismo. As pas la maana. Por fin se
acord de un espaol, cuya mujer tena casa de huspedes en la plaza
Lavalle, y al cual favoreci l en otro tiempo. Y all se encamin.

Era ms de las doce y el hambre comenzaba a hostigarle. En la plaza
Lavalle, al pasar por los Tribunales, quiso disimularse. No deseaba
que le viese ninguno de sus antiguos compaeros. Apresur su paso,
mirando a los que venan en direccin contraria. Pero de pronto, al ir
a cruzar la calle, top con un sujeto mal entrazado, que le saludaba
con actitudes serviles. Era Moreno. El hombre dijo que frecuentaba
siempre los Tribunales en procura de copias o de algunas comisioncitas.
Monsalvat le pregunt por la mujer y por Irene.

--Mi doptor, la desgracia se enseore de mi castigado hogar. Irene...
Pero a qu recordar males pasados? Otro da, mi doptor, le contar
largamente los sucesos. Ahora, luchamos con mejor xito contra el
ensaamiento de los Hados. Mi mujer es encargada en un conventillo. Un
poco lejano, all en Barracas, cerca del puente. Pero en fin, vivimos,
mi doptor.

Mientras el hombre segua hablando, Monsalvat encontr la solucin
necesitada. Preguntle a Moreno si haba un cuarto desocupado en la
casa.

--En efecto, mi doptor. Lo hay. Pero, por qu esa pregunta?

--Porque yo lo tomo desde este instante.

Moreno qued estupefacto. Luego protest, con grandes aspavientos. l
nunca permitira que el doctor Monsalvat, una antigua lumbrera de la
ciencia jurdica, fuese a vivir en un miserable tugurio. Pero Monsalvat
insisti. Eso era cosa de l. Moreno imagin que sin duda Monsalvat
trataba de ir a ese barrio para hacer alguna gran obra de bien, y
consinti en llevarle. Adems, pens en sus seguros beneficios. No
le faltara algn pesito para los vicios, algunas comisiones, alguna
ddiva de importancia. Sin contar con los buenos pretextos que l
inventara: negocios, deudas urgentes, falta de ropa.

El procurador daba las seas de la casa cuando unas palabras de
Monsalvat le exaltaron a la cumbre del azoramiento. El doctor le
haba pedido algunas monedas para el tranva. Moreno, a causa de la
impresin, qued con los brazos abiertos, rgido. Haba dado a su cara
una expresin de espanto.

--No es broma, mi doptor?--exclam luego, incrdulo.--Es posible
que a este infeliz Moreno, a Moreno el paria, a Moreno el hijastro de
la providencia, le pida unas monedas el sapiente, el ilustre doctor
Fernando Monsalvat?

El procurador observ el aspecto de Monsalvat y comprendi que su
situacin no era envidiable. Estuvo a punto de negarle que en el
conventillo hubiera cuarto. Pero record todo lo que Monsalvat hizo
por su familia, y, en un momento de generosidad, sac de su bolsillo
diez centavos y se los entreg al abogado. Cuando Monsalvat se alej,
el hombre qued un cuarto de hora con los brazos cruzados, cabeceando
filosficamente, meditando sobre los destinos humanos.

Monsalvat instalse en el conventillo.

Escribi a su madrastra, es decir, a la mujer legtima de su padre,
exponindole sus derechos a la herencia y pidindole una cantidad, a
cambio de ellos. Su padre haba muerto sin testar, pero l sospechaba
la existencia de un testamento al que sin duda hicieron desaparecer.
Los amigos de Monsalvat, Ruiz de Castro principalmente, queran
obligarle a pleitear, pero l jams consinti. En la carta dirigida a
su madrastra, a la que apenas conoca, hablaba con modestia, invocando
la justicia, pero tambin insinuando su deplorable situacin econmica,
como para despertar sentimientos fraternales. Mand la carta con Moreno.

Su madrastra era una mujer perversa. Desde nio, le hizo a l todo
el dao que pudo. Nunca asinti en que conociera a sus hermanas. Las
nias deban ignorar la existencia de aquel pecado de su padre. Ellas
deban creer que Fernando era un pariente lejano. La seora no contest
la carta. Limitse a poner dentro de un sobre un billete de cincuenta
pesos. Monsalvat, que no se fijaba en cantidades y que no adverta
la maldad ajena, no comprendi la intencin ofensiva de semejante
envo. Por el contrario, admiti el dinero alegremente, y todava se
lo agradeci en una afectuosa carta. Los cincuenta pesos fueron para
comprarse un poco de ropa, para pagar parte del alquiler del cuarto y
para remunerar las comisiones de Moreno. Durante el segundo mes vivi
del agradecimiento de la mujer de Moreno, que le permiti quedarse all
sin pagar. Dijo la mujer al propietario del conventillo que el cuarto
estaba desocupado. Monsalvat no tena ni qu ponerse. La mujer de
Moreno le daba algo de comer: lo que sobraba en su cuarto, que era bien
poca cosa.

Mientras tanto, l escriba artculos y los mandaba a los diarios y a
las revistas. Convencido de que algo tena que decir, haba concluido
por sentir en l la vocacin de escritor. En una revista le publicaron
un artculo. Los treinta pesos fueron entregados a su protectora.

Ese mismo da se prepar para salir. Llevaba dos meses de clausura, dos
meses extraos, viviendo una vida puramente interior, lejos del mundo,
lejos de todo. Acostado casi todo el da, slo hablaba con Moreno, que
se meta en el cuarto a darle conversacin. l le haca referir la
triste historia de Irene, que se la oy as innumerables veces. Pero a
Monsalvat, por ms que la supiese de memoria, siempre le interesaba.
Le conmovan los sufrimientos de aquel padre que, al narrar tantas
tristezas, perda su ridiculez y adquira algo de noble. Le conmova la
tragedia de aquella pobre Irene que le haba querido apasionadamente.

Irene, enamorada de un hombre que Moreno sospechaba fuese Monsalvat,
haba pasado unas semanas como una loca. Era todo nervios,
exaltaciones. Por cualquier insignificancia se pona furiosa,
amenazaba a la madre, insultaba a Moreno, pegaba a los hermanitos. En
seguida le sali un novio. Un muchacho que trabajaba en una peluquera
del barrio. Era feo, extremadamente moreno, y de poca airosa figura.
Ella lo acept, nadie saba por qu. No le gustaba, deca de l que era
un estpido y un vulgar. Sin embargo, iba a casarse. Pero un da, una
mujer del barrio le dijo a Irene que el peluquero tena una amante, una
mujer casada que viva all cerca. Era exacto, pero la denunciante no
cont que el peluquero acababa de cortar esas relaciones para casarse
con Irene, a quien comenzaba a querer. Irene sintise humillada. Le
pareci una injuria espantosa que aquel hombre la engaase. Su amor
propio la enfureci, la enloqueci. Y una tarde, en que sus padres no
se hallaban en la casa, Irene, para vengarse, llam al primer hombre
que pas por la calle, y, despus de explicarle todo, se le entreg. El
peluquero lo supo. Exasperado, el muchacho acudi con un revlver y lo
descarg sobre Irene. No la hiri. Intervino la justicia y el peluquero
fu a la crcel. Irene huy de la casa. Nadie saba dnde estaba. Lo
nico que pudo averiguar Moreno era que todas las semanas su hija
visitaba al peluquero en la prisin. Pero de qu viva? Y cmo viva?

--Se ha perdido, doptor, se ha perdido!--exclamaba el padre
llorando.--Era la flor de mi casta! Era buena, trabajadora... Y linda
como ella sola, mi hija querida! Y pensar que yo tengo la culpa, yo, el
ms grande de los borrachos. Las consecuencias del vicio! Porque mi
hijita es una hija del alcohol. Por eso sali como sali.

Y se tapaba la cara con ambas manos, sentado en la nica silla del
cuarto, mientras Monsalvat se vesta.

--Clmese, Moreno, ya la hemos de encontrar.

El hombre levant los brazos al cielo, y lgubremente, entre sollozos,
exclam:

--Te fuiste, hija ma! Te fuiste para no volver. Por qu quisiste
asesinar a tu digno padre, el desgraciado, el maldito procurador
Moreno? Destino implacable! Suerte injusta!

Terminaba Monsalvat de vestirse--de colocarse un sobretodo de verano
sobre la camisa, pues haba empeado el saco y el chaleco--, cuando
entr la mujer de Moreno. Dijo que unas seoras deseaban hablar con
Monsalvat. Monsalvat mir severamente a la mujer. Comprendi que se
trataba de damas pertenecientes a alguna sociedad de beneficencia y que
la mujer de Moreno les refiri el caso de Monsalvat: un doctor, un mozo
inteligente y fino, que viva en la miseria.

Monsalvat sali al patio, dispuesto a no mirar a las seoras, cuando
oy los gritos de una pobre mujer del conventillo. La mujer hablaba
con desprecio de las seoras, que no la socorran porque tena un hijo
y era soltera. Vociferaba contra "los curas", contra las sociedades
de beneficencia, contra las pobres que adulaban a las seoras para
sacarles dinero. Las dos seoras no parecan enojadas ni intimidadas.
Deban serles habituales semejantes escenas. Monsalvat les pregunt:

--Es cierto lo que dice esa mujer?

--Ay, pero si yo lo conozco!--exclam una de las damas caritativas,
que result ser Isabel, aquella muchacha que una vez comiera junto a
Monsalvat, en casa de Ruiz de Castro.

--Es Monsalvat!--exclam la otra, la gordita oradora y simptica, la
defensora de las instituciones.

Monsalvat les tendi la mano, sonriendo framente. Las dos estaban
apenadas de ver la situacin de Monsalvat. Pero trataban de disimular,
para no ofenderle. Monsalvat inquiri de nuevo si era cierta la
acusacin de la mujer, que an segua gritando.

--Es cierto, Monsalvat, pero...--empez la joven dama.

--Esa mujer tiene entonces razn. A ustedes les falta caridad. Hacen
esto por pasar el tiempo, por ocupar cargos en las sociedades de
beneficencia, por motivos mundanos, y nada ms.

Y ya lanzado por este camino, continu. Fu implacable, duro. Pareca
que ejerciese una venganza. Envuelto en aquel sobretodo que le vena
grande, haciendo raros movimientos con los hombros, abriendo los ojos,
que a causa de la flacura habanse agrandado, Monsalvat, conminando a
aquellas mujeres distinguidas, en un conventillo de Barracas, resultaba
una figura extraa. Las mujeres bajaban la cabeza, como aceptndolo
todo. Monsalvat, excitado, no advirti que la muchacha, Isabel, se
apartaba del grupo e iba en busca de la mujer que protestaba, para
darle todo el dinero que llevaba encima, su dinero, no el de la
sociedad. Y cuando Isabel volvi, tampoco pudo notar que la dama se
quitaba un guante y despus un anillo. Cuando l se interrumpi, la
seora, en tono humilde, serio, sin sentimentalismo, dijo:

--Monsalvat, tome esto y vndalo y dle el dinero a la mujer.

Monsalvat tom el anillo.

--Y si usted...

Lo mir, temiendo que se ofendiera. l hizo un gesto de rechazo. Ella
entonces quiso hablarle aparte, y entr en la pieza, sola con l.

--Usted necesita, Monsalvat. Acepte parte de lo que valga el anillo.
Hay el deber de vivir, Monsalvat. Crame que nosotras no somos malas.
Cuando aquella noche habl as, usted se acordar, era porque no
conoca el mundo. Despus he sufrido y ahora comprendo muchas cosas...

Monsalvat insisti en su negativa. Les di la mano, ahora con afecto,
y sali de la casa, acompaado de Moreno, que no sala de su asombro
por cuanto viera y oyera y que se ofreca a Monsalvat para vender el
anillo, cosa que l rechaz de plano. Monsalvat haba comprendido
que, en efecto, aquellas dos mujeres, y tantas otras de su condicin,
no eran malas sino buenas; y que si parecan malas ello se deba al
ambiente de egosmo en que se haban formado y vivido. La maldad no era
una cosa individual, sino un producto colectivo, una consecuencia de
las ideas dominantes y de la actual organizacin social.

Subieron a un tranva, en direccin al centro de la ciudad. Monsalvat
ahora se alegraba de que viniese Moreno. Sentase dbil. Durante las
dos cuadras que debi hacer a pie, apenas pudo caminar. Las piernas
se le doblaban. En el tranva iba al principio mareado. Las casas y
la calle no estaban en su verdadero plano. Suban, bajaban, parecan
lejanas. Como el tranva estaba lleno de gente, Monsalvat y Moreno
haban debido separarse. Moreno ocup un asiento delantero y Monsalvat
qued bastante atrs.

El tranva iba por la calle Piedras. A la altura de Mjico o de
Venezuela el vecino de Monsalvat se levant para ceder su lugar a una
mujer. Monsalvat no la mir. Slo vea su vestido negro, de luto. Pero
al cabo de un rato not que ella le observaba. Pens que tal vez le
conociera y se avergonz de su aspecto miserable. Pero era difcil que
le reconocieran, con la barba de una semana, aquel traje sucio, aquella
flacura impresionante, aquel aire de hombre debilitado o enfermo. Se
consol con estos pensamientos, pero, por si acaso, torci su cuerpo
hacia la ventanilla, para que la mujer no pudiese verle.

Mas apenas realiz esta maniobra, oy una voz que susurraba su nombre
dulcemente. Palideci, le temblaron las manos. Parecile que toda una
hilera de casas se hunda unos metros y se destea y que el tranva
marchaba inclinado, como si fuera a caerse.

--Cuantos meses sin vernos!--exclam ella.--Mam muri. Yo vivo en la
calle Tacuar, en la casa de huspedes. Hace tiempo que vivo all. Mi
hermana dirige la casa. Yo...

Monsalvat haba recuperado su normalidad. Pero no hablaba. No poda
hablar. Escuchaba la voz de Nacha como quien oye una msica de dulzura
infinita. Escuchaba y soaba. Pero no poda recordar sino vaguedades.
La mir a los ojos.

Nacha haba comprendido toda la vida trgica de Monsalvat. La haba
visto en su traje, en su aspecto de enfermo, en sus ojos que no tenan
la fuerza de otro tiempo y que ahora parecan despintados, grises,
incoherentes.

Al cruzar el tranva la Avenida de Mayo, un hombrn vulgarote,
apaisanado, se acerc a Nacha y la toc en el hombro. Nacha lo llam y
lo present a Monsalvat.

--Nos casamos pronto--dijo ella.--Es mi novio. Lo conoc en la casa de
huspedes, donde vive. Nos iremos al campo, a su estancia...

El sujeto miraba a Monsalvat con extraeza y desconfianza. Estaba
impaciente. Nacha, antes de levantarse, pregunt a Monsalvat su
domicilio.

--Mi casa?--exclam l, como si le hicieran la ms rara de las
preguntas.

Palideci otra vez, ahora intensamente. Volvieron a temblarle las manos.

--Quiero que sea mi testigo de casamiento--rog ella, oprimiendo la
mano de su amigo con una ternura que l jams conoci en toda su
existencia.

--Bueno, ya basta!--protest el novio de Nacha, con una voz ronca e
indignada.

--No puede negarse, Monsalvat. Se lo pido. Sea bueno conmigo. Dgame
dnde vive.

Monsalvat oy que alguien daba su direccin.

--Vive en mi casa, seora. Yo soy el procurador Moreno, a sus gratas
rdenes. Me considero un fiel amigo del ilustre doptor. Pertenezco a la
antigua familia de los Moreno de Chivilcoy, y aunque los rigores de los
Hados...

Monsalvat ya no senta el calor de la mano amiga. Nacha haba bajado
del tranva, arrastrada de un brazo por su futuro marido.




                                 XXIII


Mientras estuvo encerrada por Arnedo en aquellas dos casas, Nacha
sinti aumentar su odio hacia este hombre. Si antes del rapto tema
ser atrada por l, era imaginando que l la deseaba. Pero ahora haba
visto su error. Ahora haba comprendido que el Pampa era un verdadero
monstruo, al que ella no poda querer en ningn sentido. La haba
robado ese hombre, no para hacerla suya, como ella pens, sino por
venganza, porque detestaba a Monsalvat, por mal instinto, por algo que
haba dentro de l y que l no podra remediar aunque quisiera. Nacha
vea que el acto infame del Pampa era "la patada de ultratumba", de
que tantas veces oyera hablar a su madre. Era el indio ancestral que
reapareca en Arnedo y le obligaba a un acto de barbarie, sin utilidad
ninguna para l, y slo por hacer el mal.

En su primera prisin, Nacha, indignada, vi una vez al Pampa: cuando
con un revlver apuntndole, la oblig a escribir aquella carta que
sera una catstrofe para Monsalvat. Desde entonces Nacha senta una
infinita lstima por Monsalvat. Le imaginaba sufriendo por ella,
buscndola por todas partes. Ahora le quera ms que nunca. Pensaba en
l las veinticuatro horas del da, y no deseaba sino que llegase una
oportunidad en que pudiera darle toda su alma, sacrificarse toda entera
por el hombre bueno.

Las dueas de las dos casas le haban presentado a sus mejores
clientes. Nacha, furiosamente, los haba rechazado a todos. Quera
irse de all, amenazaba con la polica. Pero era tal la vigilancia
que no poda ni mandar dos lneas al correo. En la segunda casa logr
la amistad de una de las muchachas: una infeliz, de buena familia.
Laura, como se haca llamar, slo iba por las tardes. Hija de un ingls
alcoholista, casado en segundas nupcias con una perversa mujer de clase
media, Laurita, maltratada por su madrastra, olvidada por su padre,
cay engaada por el eterno novio, y luego el consejo de una lavandera
la condujo a la casa de perdicin. Nacha, por medio de Laurita, hizo
saber su situacin a uno de los hombres que iban por su amiga a la
casa, un abogado de influencia entre la gente del gobierno. El abogado
di parte a la polica, y una buena tarde Nacha qued libre. El Pampa
hubiera ido a la crcel, pero no hubo modo de que Nacha ni nadie diera
su nombre. Ella afirmaba ignorar quin la rob y la encerr all.

De la casa maldita, Nacha fu llevada a la polica con objeto de
declarar. El abogado habl all con ella. Era un hombre compasivo, y,
despus de enterarse de la situacin de Nacha, le ofreci un poco de
dinero y le pregunt qu pensaba hacer.

--Y qu he de hacer? Seguir mi destino, seor.

--Su destino? Eso es una palabra sin sentido. Cada uno se crea su
propio destino. Usted debe ir a la casa de su madre.

--No me recibirn, seor.

--Bueno. Ir yo, entonces, y arreglar el asunto.

Nacha se instal en el cuarto de Julieta, mientras tanto. Las dos
amigas fueron al conventillo donde Nacha haba vivido y se llevaron
los muebles y las ropas de Nacha. El encargado, humilde y untuoso, les
cobr medio mes, aunque el cuarto estaba alquilado a otra persona. Dijo
el hombre que Nacha deba pagar el depsito. Preguntaron por Monsalvat,
pero habase marchado de all. Pocos das despus, el abogado avis
a Nacha que poda volver a su casa. La madre haba muerto. Y era su
hermana Catalina quien diriga la pensin.

Nacha y Cata se saludaron como dos personas indiferentes. A Nacha le
emocionaba el volver a su casa, el no encontrar a su madre, y, sobre
todo, el pensar que all conoci a Riga. Hubiera llorado a gusto, pero
la sequedad de su hermana--sin duda estudiada, crea ella--la contuvo.

--Cundo fu la desgracia?--pregunt Nacha.

--Hace un mes.

--Se acord de m? Me habr perdonado antes de morir?

--Se acord y pidi que te buscramos. Pero no pudimos encontrarte.

Cata menta. No haba pensado en hacer buscar a Nacha. Confiaba en
que su hermana no apareciera, y as ella se quedara con la herencia
ntegra. Cata se haba casado haca aos, poco despus de que Nacha
huyera de la casa, con un sujeto muy inferior a ella. La madre no quiso
verla ms y la consider tan perdida como Nacha. Pero Cata enviud a
los dos aos y volvi a la casa. La herencia de la madre consista en
una casita en Liniers y en los muebles y dems objetos de "la pensin".
Unos treinta mil pesos, en total.

Nacha haba encontrado a su hermana cambiadsima. Haca diez aos,
Cata era gil y saltarina. Ahora habase puesto regordeta y pesada; y
como era bajita, su figura resultaba poco airosa. En aquellos tiempos,
aunque ambas vivan pelendose, tenan buen carcter. Cata habase
agriado. Pero el constante malhumor no se le transparentaba en su
blanco, fresco y lindo rostro. Nacha adverta con asombro el cambio de
su hermana. Cmo haba llegado a hacerse mordaz y mala, ella que fu
antes tan alegre? A quin sala su hermana tan envidiosa, tan celosa,
tan llena de pequeeces?

Nacha se qued en la casa. Sala rarsimas veces a la calle, para que
su hermana no sospechase de ella. Ayudaba a Cata en los mltiples
quehaceres domsticos, y lleg poco a poco a tener todo el trabajo, del
que Cata se haba desentendido hbilmente. Con los estudiantes de la
pensin y otros hombres que vivan all, las relaciones de Nacha eran
muy superficiales. Apenas hablaba con ellos, temiendo que Cata dudase
de su deseo de ser ahora una mujer honesta.

Pero estaba escrito que Nacha haba de sufrir en todas partes. Cata la
espiaba incesantemente. Si Nacha se detena en el patio para cambiar
dos palabras con algn pensionista, su hermana la miraba de reojo o se
plantaba all cerca para observarla. Nacha no poda discutir con su
hermana sobre el motivo ms insignificante, porque Cata la ofenda con
frases alusivas a su vida pasada. As, si se juzgaba del carcter de
algn hombre, Cata interrumpa:

--Claro, vos tendrs razn. Has tenido buenas ocasiones para conocer a
los hombres...

Si Cata hubiera reservado sus maldades para decrselas privadamente,
Nacha las habra soportado. Pero llegaba hasta soltrselas en la
mesa, delante de todo el mundo. Algunos rean, pero otros compadecan
secretamente a Nacha. Una vez, como Nacha no comiera, Cata le pregunt:

--Qu? Encontrs mal este plato?

Nacha contest sencillamente que slo le gustaba ese plato cuando lo
haban preparado bien.

--Ah, claro!--exclam sarcsticamente Cata.--En las aristocrticas
casas donde has tenido la dicha de vivir, lo prepararan a la
perfeccin...

Nacha iba as, una gota cada da, bebiendo su amargura.

Por desgracia para ella, tampoco encontraba su felicidad en otro
lado. Haba buscado a Monsalvat insistentemente y no haba conseguido
la menor noticia. Cierto que, al principio, Torres o Ruiz de Castro
pudieron haberle dicho dnde estaba Monsalvat; pero ella no quiso ver a
aquellos hombres. Recordaba cuando Torres la enga, asegurndole que
Monsalvat quera a otra mujer e iba a casarse; y supuso que ahora la
engaara nuevamente. Para Torres, como probablemente tambin para Ruiz
de Castro, ella tena la culpa de la situacin de Monsalvat; ella era
el enemigo a quien haba que apartar.

No obstante, como los meses pasaban y su angustia iba en aumento,
Nacha fu una tarde al consultorio de Torres. Llorando le pidi
noticias de su amigo. Torres le declar la verdad. Monsalvat, enfermo
de los nervios en un sanatorio, haba huido y se ignoraba en absoluto
dnde pudiera hallarse. Nacha no crey. Imagin que Torres la engaaba,
y se fu, despus de reprocharle quejosamente, sin acritud, sus
crueldades para con ella.

Una maana lleg a la pensin un husped un tanto extico en aquella
casa de estudiantes. Era un hombrn corpulento, de anchsimas espaldas,
de andar despacioso, de manos enormes y dedos cortos y rollizos. No
era feo de cara, y sus facciones, vigorosas e inmviles, de lneas
firmes, parecan hechas a hachazos sobre un tronco de quebracho. El
hombre vesta bombachas el da de su llegada, y calzaba bota de potro.
Hablaba poco, como con miedo de desentonar. Pero rea, con robustas y
grandes risas, de las enormidades que solan decir los muchachos. Cata
le averigu su vida y cuanto haba que averiguar. Era rico, tena una
estancia en el Pergamino y haba ido a aquella casa recomendado por
un estudiante de sus "pagos": un bandido que les ofreca as a los
pensionistas, sus antiguos compaeros, excelente materia prima para
sus diversiones. Pero Cata no toleraba la menor impertinencia respecto
al criollo, a quien hizo su protegido. Mediante amables bromas al
principio y maternales consejos despus, Cata logr que el paisano
mejorase notablemente su indumentaria y olvidase sus modismos camperos.
El sujeto que, aunque tena cara de malo, era en el fondo un buenazo,
se prestaba a todo, con cierto asombro de Nacha y de los pensionistas,
que ignoraban adnde concluira aquello.

Un buen da Nacha lo comprendi todo. El paisano comenzaba a hacerle el
amor, instigado hbil y disimuladamente por Cata. Ya le intrigaron a
Nacha las maneras cariosas de su hermana desde que llegara el hombre,
y despus de un mes en que la hizo vctima de infinitas y pequeas
perfidias. Ahora vea que Cata haba planeado desprenderse de ella y
que contaba con la maleabilidad del sujeto y con los muchos atractivos
de Nacha.

Las galanteras del paisano para enamorar a Nacha no deban diferir
gran cosa de las que emplean los orangutanes. A ella, naturalmente, le
repugnaba aquel brbaro, por ms dinero que tuviese. Estaba resuelta a
rechazarlo cuando le declarase sus intenciones. Pero esto no ocurri,
pues fu la propia Cata quien habl en su nombre.

--No tens motivo para negarte. Tantos escrpulos, y has andado por
ah con todo el mundo!

Nacha baj la cabeza y permaneci as un largo rato.

--Yo no puedo tenerte aqu porque me compromets. Aunque ahora seas
una mujer decente, que lo dudo... porque cualquier da volvers a tus
andadas y la cabra tira al monte..., nadie ignora lo pasado. Y como
yo soy una mujer joven y puedo volverme a casar... tal vez no est
muy lejos de eso... tu presencia aqu es un grave inconveniente, un
compromiso... No te enojs. No hago sino decirte verdades...

Cata sigui hablando, dndole mil razones, aconsejndole ese sacrificio
que le hara perdonar sus faltas. Pero segn Cata no era sacrificio
para su hermana el irse a vivir en una magnfica estancia, junto a un
hombre "sencillo y enamorado", para ser definitivamente "una seora".
Cuando Cata termin de hablar, Nacha levant los ojos llenos de
lgrimas y slo dijo estas palabras:

--Est bien. Todo lo acepto.

El paisano, entonces, trat el asunto con ella. Nacha crey
indispensable referirle su vida. Le declar, con palabras textuales,
que haba sido una mujer pblica.

--Ya me lo haban contao, m'hijita--exclam el guaso, riendo
groseramente.

Nacha qued asombrada, no habiendo nunca imaginado que hasta all
llegara la perversidad de su hermana.

--Y vea, nia, yo la pastoriaba con la intencin de casarme. Es cosa
fiera vivir solo tuita la vida, y pens que una compaera como ust,
sera lindo, ju pucha!

Y el brbaro saboreaba, visiblemente, el goce brutal de poseer a Nacha.

No tard Nacha en comprender hasta el detalle la maniobra de Cata. Un
mdico, un pobre diablo de una lejana provincia, pero mdico de todos
modos, la cortejaba; y ella haba resuelto no dejarlo escapar. Para
esto urga la separacin de Nacha. El paisano habale dicho vagamente
que se casara; pero Cata, temiendo que no se decidiese y segura de que
no se atrevera a proponer lo otro, le refiri la vida de su hermana.
Al mismo tiempo le insinu llevrsela como querida.

--Hay muchos hombres de campo--le dijo Cata en el tono de quien
aconseja--, que se llevan una muchacha a la estancia. Y sin casarse,
claro. Para ellos es lo mejor. Yo no digo que hagan bien, pero no los
critico porque comprendo que es lo ms cmodo, lo ms prctico y hasta
lo ms barato. Despus, a los aos, si la muchacha result buena, se
casan. Y si no result buena, o les gusta otra, la dejan... Eso es lo
que hacen todos, todos...

Recalc la palabra _todos_, y agreg, para acabar de convencer al
paisano:

--Cmo son los hombres! Ustedes saben vivir!...

El paisano oy estas cosas con estupefaccin al principio y con golosa
sonrisa despus. Mire si se hubiera casado! Con razn desconfiaban
los paisanos de los puebleros! En cuanto a Nacha, se someta a vivir
con aquel hombre como quien hace un gran sacrificio. Pensaba ser
buena, fiel, sumisa. Al cabo de los aos, sobre todo si tenan hijos,
el hombre se casara con ella. Y as, la mujer honesta que iba a ser,
podra rescatar sus diez aos de mal vivir. Era una triste solucin
para ella, la ms triste porque la alejaba de Monsalvat para siempre.
Para toda, toda su vida!

Desde que se resignara a su sacrificio, observ al criollo con nuevos
ojos y le encontr algunas cualidades. Era leal, sincero, ingenuo,
manejable, valiente como buen hijo de nuestros campos, y no careca
de sentimiento. Nacha pens que una mujer inteligente y hbil poda
civilizar a ese hombre, sin grandes dificultades. Aquella maana del
encuentro con Monsalvat, el criollo, enamorado de veras y encantado
con el carcter de Nacha, le prometi casarse derechamente, en Buenos
Aires, antes de irse a la estancia, ahorrndole a la muchacha la
humillacin de aquella "prueba" a que haban pensado someterla.

Nacha sala a veces con su futuro marido. Iban a las tiendas, a comprar
ropa para la casa de la estancia. En la ltima de aquellas salidas fu
cuando Nacha encontrse en un tranva con Monsalvat.

A la maana siguiente, Monsalvat, recostado en su cama, lea, cuando
llamaron a su puerta. Dijo que entraran. Apareci Nacha. Vesta de
luto, como en la tarde anterior. La ropa negra, enmarcando su blancura,
le daba un gran encanto. Pareca feliz, alegre, como quien acaba de
resolver el problema de su vida.

Monsalvat qued recostado, a pedido de ella. Sentase mal de la vista,
y su esfuerzo por leer le haba hecho mucho dao. Dolanle los ojos;
vea las cosas zurdamente dibujadas y sin contornos definidos, como en
ciertos cuadros impresionistas. Nacha, sin decirle una palabra, observ
el cuarto, detalle por detalle; luego mir a su amigo detenidamente, y,
por fin, despus de quitarse el sombrero, dijo, con sencillez:

--He venido a quedarme.

--Saba que ibas a venir--content l, tendindole una mano.--Pero no
imagin que te quedaras para siempre.

--Para siempre...--repiti ella, tomndole la mano y sentndose en la
cama, junto a l.

--Y por qu haces eso? No ibas a casarte?

--Hago esto porque t necesitas que te cuiden y te acompaen...

--No te casas?

--No, ya no puedo casarme.

--Por qu, Nacha?

--Porque ese casamiento era una mentira...

Monsalvat sentase tan feliz que se imaginaba estar soando. Nacha
continu diciendo que no quera ni podra querer nunca a ese hombre.
Para qu sacrificarse, pues?

--Tienes razn--exclam Monsalvat.--El sacrificio sin objeto, sin
utilidad ninguna, es un absurdo y hasta una inmoralidad. Slo debemos
sacrificarnos cuando nuestro sacrificio producir un bien y cuando
amamos nuestro sacrificio. Yo creo, Nacha, que el sacrificarse debe ser
el ms alto goce espiritual...

Nacha qued pensando que as era el sacrificio que ella comenzaba
ahora. De haberse casado con el paisano, habra tenido, entre muchas
ventajas, sta de que jams ella disfrut y cuyo valor slo un
vagabundo o una mujer como la que haba sido ella podan apreciar
enteramente: la seguridad en la vida. Dinero, casa, comodidades, hogar,
todo lo habra tenido casndose. Y alguna vez, cuando el hombre, quince
aos mayor que ella, muriese, quedara libre y con una fortuna en sus
manos. En cambio, acompaando a Monsalvat no tendra sino tristezas.
En vez de una estancia, un cuarto de conventillo; en vez de hogar, un
pobre amigo que necesitaba de sus cuidados; en vez de comodidades,
pobrezas. Y en vez de ese da de libertad y de fortuna, largos aos de
sufrimientos, junto al lecho de un enfermo! Entre los dos sacrificios,
ella elega el de seguir el destino de Monsalvat. Era triste este
destino... Pero ella se sacrificaba con todo su amor, con todo su
placer, con toda su alegra!




                                 XXIV


La desaparicin de Nacha caus a su hermana un colosal disgusto.
Faltle tiempo para desacreditarla entre los pensionistas, contando su
historia y hasta inventando lo que no exista. El paisano, furioso, se
crey engaado y vejado. Con razn desconfiaba l de los puebleros!
Y se march de la casa, de bombacha y bota de potro, como el da de
su llegada, imaginando vengarse as de Cata y de su hermana, de los
estudiantes que ahora lo "titeaban" impunemente, y de todas las gentes
de la ciudad.

Pocos das despus de haber tomado una pieza en la misma casa donde
Monsalvat viva, Nacha escribi a su hermana. Decale que no temiese
ser comprometida por ella, pues su deseo de alejarla estaba realizado;
aunque de otra manera que casndose con el paisano y yendo a vivir en
una estancia. Poda Cata quedarse bien tranquila y asegurarse a su
mdico. Ella no la molestara, no la vera ms si se lo reclamaba. En
cuanto al paisano, rogaba a Cata que, para aplacarle, echase a ella
toda la culpa, que la desacreditase cuanto quisiera, que hasta le
atribuyese nicamente a ella el plan de aquel noviazgo. De este modo,
Cata se lavara las manos y el hombre podra continuar en la casa.
Nacha hubiera deseado pedirle perdn al pobre hombre, explicarle su
caso. Pero pens que ni el hombre ni tal vez nadie la comprendera, y
prefiri que la odiara.

Nacha haba conseguido, de aquel abogado que la protegiera
desinteresada y honestamente, algn dinero que le devolvera apenas se
vendiese la casita de Liniers al dividirse la herencia. Pag los meses
que deba Monsalvat, y emple el resto en proveer a su amigo de ropa.
Monsalvat no quera aceptarle nada y hasta lleg a enojarse. Pero como
Nacha amenaz con dejarle, tuvo que acceder.

Poco a poco fu Monsalvat mejorando. El cario de Nacha result un
poderoso tnico para su salud. Salan todas las tardes a pasear. Iban
a Palermo, al Zoolgico, al Parque Lezama. Al cabo de dos meses,
Monsalvat estaba curado de su debilitamiento.

Pero en cambio, otro mal an ms grave se haba definido. A medida
que mejoraba su salud, iba empeorando su vista. Ya no le era posible
leer diarios; y libros, solamente los impresos en letras grandes, y
con el auxilio de una lupa. Una maana encontrse conque no poda leer
nada, ni con la lupa. Aun los objetos del cuarto no los vea sino muy
vagamente. Todo estaba en una penumbra, en una misteriosa, trgica
penumbra. Hasta entonces, aquel mal de la vista le preocup muy poco,
creyndolo algo pasajero. Pero aquella maana comprendi que iba
volvindose ciego. Una triste noche comenzaba a caer sobre su vida, y
sintise solo, aislado del mundo entero, aislado para siempre de sus
amigos, de Nacha misma, en una horrible soledad. Y cmo se reconcentr
en lo ms hondo de su alma, cmo se elev, en su dolor, por encima
de todas las preocupaciones humanas! Todo se torn pequeo, efmero,
ante aquella gran tristeza que presenta. Hasta sus ideales furonle
indiferentes en medio de su sordo y lento dolor. Tena la sensacin de
que haba comenzado a morir, de que una parte de su ser haba ya muerto.

A Nacha habale dicho varias veces que vea mal. Adems ella lo notaba.
En los das anteriores Monsalvat necesit apoyarse en su brazo para
caminar. Pero Monsalvat haba hablado de aquello cuando no lo crea
grave. Ahora, que se consideraba ciego, no se atreva a decirle nada
a Nacha. Parecale que dicindolo, su mal se agravara. Era mejor
ocultarlo y, cuando todo pasase, entonces se acordara y le contara
sus temores a Nacha. Pero, pasara ese mal? Monsalvat pretenda
sugestionarse a s mismo, inculcarse esperanzas. Y no tanto por la
esperanza en s, sino para poder vivir, para seguir viviendo. Era
demasiado triste aquella muerte de sus ojos, aquella noche de su vida!

Pero cuando Nacha entr en el cuarto aquella maana, lo comprendi
todo. Aunque ella no dijera una palabra, Monsalvat tuvo la sensacin de
que Nacha ya lo saba. Al sentir a la amiga junto a l, su emocin le
traicion. Extendi los brazos hacia ella y la atrajo.

--Nacha!--exclam, con la voz rota, mientras se cubra los ojos con
las manos, para indicar la causa de su dolor.

--No te aflijas tanto. Esta tarde iremos al mdico. Tengo confianza en
que sanars...

Nacha lloraba silenciosamente, y, aunque l no poda ver su llanto,
ella le ocultaba el rostro.

A la tarde fueron al consultorio de un especialista clebre. Nacha
ya haba explicado el caso a Torres, con minuciosos detalles. Torres
visit a su amigo y le observ insistentemente. No le augur a Nacha
nada bueno. As es que ella no esperaba del especialista una respuesta
favorable. Haca algunos das de la visita de Torres. Desde entonces,
Nacha pasaba las horas en una constante angustia. En la soledad de su
cuarto, lloraba sin cesar. Y cuando estaba en presencia de Monsalvat,
no haca sino mirarle, mirarle a los ojos, como obsesionada, como si no
pudiese dirigir los suyos hacia otra parte.

El especialista examin al enfermo largamente. Cuando termin hizo
a Nacha un gesto con las dos manos, indicando que aquello no tena
remedio. Y en seguida, contestando a una pregunta de Monsalvat, repuso,
afectuosamente:

--No es tan grave su caso, mi amigo. Le ordenar unas inyecciones y
espero que mejorar un poco.

--Usted cree que puedo mejorar...?

--Un poco, s... no es imposible... los recursos de la ciencia son
muy grandes... la naturaleza nos da tantas sorpresas... en fin... no
debemos desesperarnos... hay cosas peores en la vida...

Desde este instante, Monsalvat y Nacha no desearon otra cosa que
encontrarse solos. Cada uno lo deseaba por distintos motivos.
Monsalvat, para desprenderse siquiera de una parte de aquella angustia
que le ahogaba. Nacha, para darle su consuelo.

Porque ella tena una idea. Desde que habl con Torres vena pensando
en aquella idea que, en medio de su sufrimiento, le daba una gran
felicidad.

Llegaron a la casa y entraron en el cuarto de Monsalvat. Nacha cerr la
puerta con llave, para evitar que les molestasen los hijos de Moreno.

--Tengo una cosa que decirte, una cosa muy importante--empez Nacha,
dndole a Monsalvat una silla y sentndose a su lado.

--Es horrible mi situacin, Nacha!--acert apenas a balbucir Monsalvat.

--Mira, no te aflijas. Ya encontraremos la solucin. Todo en la vida
tiene una solucin. La cuestin est en encontrarla...

Nacha haba atrado al ciego hacia ella y le besaba en la frente. Su
mano le acariciaba el cuello, los ojos, la cabeza. Monsalvat, en otro
momento, se habra asombrado de aquella ternura de Nacha para con l.
Slo en tres o cuatro ocasiones transcendentales, en medio de grandes
penas, se haban besado en la frente. Pero ahora, aquellos carios le
parecan cosa natural. Lo que no saba era cmo interpretarlos, Le
amara Nacha? Le amara con amor de amante y no como una hermana,
segn crey hasta entonces? Por su parte, l senta un renacer de todo
su amor. Una dulzura interminable le iba invadiendo. Sin embargo,
exclam:

--No vale la pena vivir as!

Estas palabras decidieron instantneamente a Nacha. No le mir ella,
pero adivin que l esperaba. Y con lentitud, llenos de lgrimas los
ojos, le acerc la cabeza y puso sus labios en los de l.

--No digas eso, no digas eso!--le susurraba ella sin dejar de
besarle.--No hay que hablar contra la Vida porque es insultar a Dios.

En medio de su gran tristeza, Monsalvat era feliz. Nacha era tambin
feliz. Vea que l la amaba siempre y que sus palabras y sus carios le
consolaban. Y era, sobre todo, feliz Nacha, porque senta cunto amaba
a aquel hombre. Cmo no lo comprendi antes? Pero pens que era mejor
as. De este modo, la revelacin de su amor disminua enormemente el
mutuo sufrimiento de la tragedia.

Nacha sinti que haba llegado el momento de hablarle a Monsalvat de
"su idea".

--Quiero decirte una cosa. Escchame. Vas a ver cmo todo tiene
solucin en la vida...

Monsalvat dirigi su rostro hacia ella, como para mirarla. Pero no
dijo una palabra. Presenta lo trascendental para su vida. Presenta
algo muy bello y muy grande. Su corazn lata con golpes de una
extraa fuerza. Su alma viva aquel silencio con la vida de aos
enteros. Recogido en lo ms hondo de su alma, esperaba. Esperaba con
una ansiedad mezclada de fe, de sufrimiento, de amor. Haba en su
trgica expectativa tal vez un poco de lo que hay en los momentos que
preceden a una tempestad o un poco de lo que debi haber en el alma de
Beethoven, momentos antes de escribir la Pattica.

Pero ya el silencio termin. Ya oa l la voz de Nacha que sala muy
lenta, impregnada de la emocin del instante, confiada y resuelta.

--Una vez... hace ms de un ao... me pediste... una cosa. Yo entonces
me negu... Me negu, querindote en el alma... para no inutilizar tu
vida... Lo diste todo por m... lo perdiste todo por m... Ahora, yo
puedo pedirte aquello mismo...

Call. Instantneamente vi lo que era Monsalvat: un hombre enfermo,
ciego, que nunca podra trabajar lo suficiente para vivir con holgura;
un hombre solo, sin nadie en el mundo; un hombre sin ms porvenir que
su tristeza y su noche. Pero entorn los ojos y continu:

--Ahora... yo quiero... que te cases conmigo...

Monsalvat medit un momento, con la cabeza inclinada. No se mova. No
se mova tampoco Nacha. Ninguno quera turbar aquel silencio en que se
resolva la tragedia de dos vidas.

--No--afirm Monsalvat.

Nacha se ech a llorar. l entonces explic.

--Te quiero demasiado, Nacha, para aceptar tu sacrificio. Que me
acompaes, que me cuides durante un tiempo, est bien. Pero que te unas
para toda tu vida con un invlido, nunca, nunca!

Cmo sonaron estas palabras en el corazn de Nacha! Dos martillazos no
le hubieran dolido ms. Pero tuvieron la virtud de redoblar su firmeza.
Le inspiraron las palabras de salvacin.

--No es slo por cario ni por agradecimiento... Es por m misma!

--Piensa que sufrirs toda tu vida y que eres joven, Nacha. Piensa que
faltndome recursos podrs padecer hambre y miserias...

--Sufrir con resignacin... Una vez me dijiste que era necesario
sufrir... No he olvidado nunca tus palabras!

--Pero, toda, toda la vida, Nacha?

--Toda la vida. Lo acepto y lo deseo. Quiero rescatar la ma. Quiero
merecer ser perdonada.

--Por quin, Nacha?--exclam l, atrayndola.

--No s. Por Dios, si existe. Por la Vida, contra la cual he faltado.
Por el Amor, al que tanto ofend. Por m misma. Necesito perdonarme a
m misma...!

Monsalvat le ofreci sus labios. Era su respuesta.

--Tu vida es ma--dijo ella dulcemente y con una sonrisa de felicidad,
que Monsalvat sinti.--Tu dolor es mo. Ya slo la muerte conseguir
separamos.

Monsalvat vea una gran Luz. Era una Luz infinita que llenaba el
mundo, que estaba tambin dentro de su alma y que se proyectaba hacia
el futuro, hasta el trmino de sus das!




                                EPLOGO


Dos aos haban pasado desde el casamiento de Nacha. Ella y Monsalvat
vivan en la casa de huspedes de la calle Tacuar, que Nacha gobernaba
hbilmente. Su hermana, casada con su mdico, habase marchado a una
provincia lejana. Nacha no tena sino ternuras para su marido, y l,
con aquella mujer a su lado, casi no necesitaba de sus ojos.

No era el no ver lo que apenaba a Monsalvat, sino la inutilidad en que
aquella desgracia le suma. Hubiera deseado trabajar y continuar su
obra en favor del pobre y del cado. Pero qu poda hacer un ciego? Se
limitaba a reunir a los chicuelos del barrio, a los cuales, en forma
agradable y divertida, les enseaba muchas cosas. Lstima no poder
ensearles a leer! Confiaba en la lectura casi con supersticin. Crea
que la renovacin del mundo vendra por el amor y por el libro. Se
haca comprar por Nacha libros para los nios, y regalbaselos a los
que mejor aprovechaban de sus enseanzas.

La presencia del ciego haba puesto una extraa nota en la vulgaridad
de la casa de huspedes. Los estudiantes lo adoraban, eran todos
amigos suyos, y algunos verdaderos discpulos. Leanle diarios
y libros. l explicaba, comentaba. Los estudiantes jams le
contradecan. Si no estaban de acuerdo, pedanle una explicacin de
sus pensamientos, deseando convencerse, pues tenan la certeza de
que toda idea que aceptase el ciego deba ser la mejor. Su palabra,
habitualmente tranquila, se inflamaba en ocasiones: cuando hablaba de
las imperfecciones del mundo. Pero no se indignaba contra nadie. Su
espritu haba alcanzado la serenidad.

Desde que el ciego estaba en la casa, no se oan las palabras groseras,
los torpes relatos que en otro tiempo. Las bromas de estudiantes haban
pasado tambin, y se dijera que la generacin de ahora tuviese de la
vida un concepto noble y trascendental. El jugar a las cartas haba
sido reemplazado por la lectura de cuentos, de versos, de artculos
de diarios. Todo estudiante que descubra un bello libro o una pgina
maravillosa, pensaba: "Le va a gustar a don Fernando", y a la noche le
lea un trozo. Si alguna vez alguien propuso una broma, no falt quien
se opusiera, diciendo:

--No hagamos eso. Puede no gustarle a don Fernando.

El ciego les predicaba el Amor, dando a esta palabra su sentido ms
vasto. Quera que sus jvenes amigos amasen a sus semejantes, que no
tuviesen odios para nadie, que disculpasen las doctrinas errneas.
Quera que amasen a alguna mujer, porque amando los corazones se
engrandecan y el alma se purificaba. Sus discpulos llegaron a amar a
sus novias o a sus amantes con amor exaltado y espiritual, no dando al
instinto y a la materia sino el lugar secundario que les corresponda.

Algunas veces la lectura de un libro en comn entusiasmaba al ciego.
Era casi siempre el relato de alguna bella accin, la presencia de una
alma grande, de una pasin maravillosa o la visin de un mundo nuevo.
Entonces, Monsalvat haca callar al lector, y a su lado, en la mesa del
comedor, Nacha y cinco o seis estudiantes rodebanle para escucharle.
Su palabra adquira una entonacin clida, un intenso fervor. El
pequeo auditorio emocionbase el oirle hablar de la Vida, de la nueva
Humanidad, del Amor, del Bien, de la Justicia. Como blancas palomas sus
frases revoloteaban por el cuarto, llenando el ambiente de pureza, de
dulzura, de bondad.

Y as pasaban los das para el ciego. Y su noche sin fin no era ahora
trgica como en los primeros momentos, sino dulce, apacible y poblada
de voces familiares. Tal cual estrellita asomaba all en lo alto.

Y as pasaban las semanas y los meses, hasta que llegaron los ltimos
das de Julio de mil novecientos catorce. Das trgicos, das de
fiebre! La Guerra estaba en todas las conversaciones, en todas partes
donde dos personas se encontraban. Aullaban las sirenas de los diarios,
anunciando las noticias terribles. Las multitudes iban de un lado a
otro, enfermas de inquietud, obsesionadas con la guerra, alucinadas,
delirantes. En los diarios, agitados por la locura, los ttulos se
agrandaban; saltaban, vibrantes y estremecidos, a los ojos de los
lectores. Una conmocin frentica, una angustia extraa, un temblor de
pesadilla haba en los rostros, en las cosas, en los diarios, en el
aire, en todo el ambiente.

Y esta emocin monstruosa lleg naturalmente hasta Monsalvat. El ciego
hacase leer los diarios unos tras otros; hacase llevar a la calle,
frente a los pizarrones, para oir a la gente y sentir la angustia y
el latido de la multitud. Pero l no haba perdido enteramente su
serenidad. Al contrario de los estudiantes, y de todas las gentes, que
se ponan en un bando o en otro, Monsalvat permaneca neutral, ajeno a
aquellas pasiones insanas.

Por fin comenz la Gran Guerra. Un atardecer de Agosto, los estudiantes
llevaron a la casa la noticia de que la caballera alemana acababa de
invadir Francia. Estaban todos en la mesa. Los que entraron, gritaron
desde el umbral, emocionados, con la voz temblante:

--Ya empez! Alemania ha invadido el territorio francs!

El latigazo de una conmocin brutal di de golpe a todos los que all
estaban. Hubo un instante de silencio. Luego vinieron las palabras de
asombro, de maldicin, o de simpata hacia alguno de los bandos. Un
estudiante se levant y grit un Viva Francia!

Slo el ciego no deca nada. Permaneca como recogido en s mismo.

Por fin, notando su silencio, alguien le pidi su opinin.

Y entonces l habl. Haba en su voz un gran dolor, pero al mismo
tiempo su rostro expresaba la serenidad, el optimismo, la ilusin.

--Esta guerra es un crimen monstruoso--dijo.--Es el mayor de los
crmenes que se hayan cometido sobre la tierra. Y no tanto por la
muerte de los seres humanos como producir, sino porque destruye una
de las ms bellas ilusiones que soaron los hombres de corazn.

Se hizo un silencio. Nadie hubiese atrevido a moverse. Por el rostro
del ciego pas algo sombro.

--Pero a pesar de todo, bienvenida sea la infamia de esta guerra!
Ellos lo han querido y Ellos lo tendrn.

Los estudiantes se miraron unos a otros, interrogndose con los ojos.
Pero en seguida comprendieron quines eran Ellos: eran los poderosos de
la tierra, los que detentan la riqueza, los que poseen la fuerza, la
felicidad, todo, todo, todo!

--El Da se acerca--exclam el ciego.--Esta guerra, es el comienzo
del gran Da. Yo lo siento venir. Yo lo siento ya dentro de m. No s
cmo vendr. No s si llegar poco a poco, o si llegar de pronto,
fulminantemente, como un rayo vengativo. Pero s que se acerca el gran
Da: el da de la Justicia!

En la hondura del silencio que sobrevino, pareca oirse el latir
vigoroso de los corazones jvenes y el trabajar del pensamiento en cada
cerebro. A los ojos de algunos, las lgrimas asomaban.

Con la cabeza erguida y alta, se dijera que Monsalvat, mirando el
porvenir por los ojos de su alma, vea ya muy prximos, hacia el final
del gran Crimen, el principio de aquellos aos de Justicia, con que
soaba.

La noche del ciego habase llenado de estrellas...


                                 FIN


_Enero-Noviembre de 1919._


             IMPRENTA MERCATALI, CALLE JOS A. TERRY 285
                             BUENOS AIRES





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