The Project Gutenberg EBook of El teatro por dentro, by Eduardo Zamacois

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Title: El teatro por dentro
       Autores, comediantes, escenas de la vida de bastidores, etc.

Author: Eduardo Zamacois

Release Date: December 25, 2007 [EBook #24031]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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_Eduardo Zamacois_

EL TEATRO POR DENTRO

AUTORES, COMEDIANTES, ESCENAS DE LA VIDA DE BASTIDORES, ETC.

  BARCELONA
  Casa Editorial Maucci
  Mallorca 166

  BUENOS AIRES
  Maucci Hermanos
  Cuyo, 1059 al 1065

1911

_Es propiedad de la Casa Editorial Maucci de Barcelona._

Compuesto en mquina TYPOGRAPH.--Barcelona.




LA FORMACIN DE LA COMPAA


Para que una compaa de las llamadas de verso merezca francamente y
sin limitaciones el calificativo de buena, no basta que sean notables
todos los artistas que la componen; importa tambin que entre unos y
otros haya cierta proporcin  equilibrio, pues de ello inmediatamente
se derivar una belleza nueva: belleza de sntesis, belleza de conjunto.

Parece que la formacin de una compaa es tarea fcil, sobre todo
cuando el empresario es persona inteligente y propicia  no regatear al
negocio aquellos gastos que ste reclame. Nada, sin embargo, ms
difcil, ms ingrave y quebradizo, ms sujeto  imprevistas mudanzas.

El que la campaa teatral haya de celebrarse en Madrid, es detalle que
favorece y allana eficazmente las dificultades con que el director 
empresario ha de luchar. Los artistas prefieren una contrata modesta en
Madrid,  marcharse  provincias, donde las temporadas generalmente son
cortas, con un buen sueldo. Ellos, gobernados como estn por el pueril
sentimiento de la vanidad, adoran los elogios de la Prensa cortesana, y
en los pequeos rincones provincianos la Fama no hace vibrar nunca sus
trompetas gloriosas. En Madrid, adems, tienen su casa, su familia,
hostil casi siempre al molesto ambular de la farndula, y lo que pierden
en sueldos, lo ahorran en viajes y en fondas...

La circunstancia de que la contrata sea para Madrid, es, por
consiguiente, lo nico que positivamente favorece los intereses del
empresario. Todo lo dems,  pesar del dinero y de los probables honores
que va ofreciendo, le es inhospitalario y adverso, como la playa de un
pas enemigo.

La persona encargada de organizar una compaa, debe hacer con los
artistas algo de lo que las partes de una orquesta realizan para ponerse
de acuerdo  al unsono. El director, verbi gracia, coge un diapasn, y
golpendolo contra una mesa que le sirve de caja sonora, levanta una
nota limpia, clara, rotunda...,  la que inmediatamente se ajustan los
diversos elementos orquestales, desde la flauta plaidera al violn
roncador y enftico. As el empresario, para la organizacin de su
compaa, necesitar elegir una actriz  actor tipo, que encarnar un
grado, X, de perfeccin artstica, y con arreglo  este modelo deber
luego buscar los otros elementos, procurando celosamente que ninguno de
ellos le sea muy superior, ni tampoco excesivamente inferior, sino que
todos se hallen  tono, , lo que es lo mismo, que ocupen
aproximadamente el mismo nivel, porque nada perjudica tanto al reparto
y dichoso xito de una obra teatral, como esas absurdas compaas
extranjeras que suelen visitarnos, y en las cuales vemos frecuentemente
agrupados, alrededor de un artista de mrito deslumbrante y magnfico,
diez  doce tipos, borrosos anodinos, insoportablemente vulgares. Con lo
cual, y como justo castigo  cuanto rompe estpidamente la inexorable
ley de las proporciones, la figura capital, lejos de ser engrandecida y
mejorada, pierde, por efecto de la sombra que sobre ella proyectan los
dems, mucho de su orgulloso relieve y prestigio.

Amn de este equilibrio espiritual, un director inteligente debe
preocuparse de buscar, entre las diversas partes de su compaa, cierta
armona fsica. Claro es que en la realidad,  sea en aquella verdadera
vida de la cual el artificioso microcosmos teatral slo es trivial
remedo  mezquino trasunto, no siempre los hombres ms altos son los
ms fuertes y temidos, ni hay ley fisiolgica ninguna que se oponga 
que de un cabeza de familia raqutico y aislado se derive una prole
vigorosa y lucida. Pero en la ficcin escnica, los acontecimientos y
las imgenes se encadenan de muy distinto modo, y as el espectador,
bien sea por hbito  por predisposicin caprichosa de sus sentidos, no
comprende que un barba dbil y pequeuco pueda ser padre de una
primera actriz, robusta y alta, ni menos reducirla con sus amenazas 
sumisin y obediencia; ni tampoco que el segundo galn aventaje al
primero en estatura y gallarda, ya que su misma cualidad de segundo
implica cierta nocin de inferioridad  dependencia. Qu queris? Acaso
sean estos resabios del Teatro romntico, en donde el protagonista,
siempre noble, jarifo y apercibido  la pelea, derrotaba fcilmente 
sus rivales; pero los hechos son as, y no hay para qu rebelarse contra
el vigor todopoderoso de la costumbre.

Quedamos, pues, que si la primera actriz es elegante y gallarda, la
segunda deber serle inferior, aunque no con exceso, ya que lo ms
seguro es que el corazn veleidoso del protagonista vacile entre ambas,
y necesario ser justificar estos momentos de indecisin sentimental.
Por razones anlogas, el segundo galn deber aproximarse bastante, en
cualidades fsicas y morales al primero; y el barba guardar cierta
armona--aire familiar  de parentesco--con la caracterstica, y las
otras figuras secundarias  de relleno irn escalonndose de mayor 
menor, pero sin brusquedades y suavemente, de modo que el conjunto no
ofrezca suturas lamentables ni altibajos violentos.

Finalmente, en la nmina  coste de una compaa, influye mucho, amn de
que la contrata sea  no para Madrid como antes dije, el que los
artistas vayan solos  sean matrimonio, hermanos, etc. Actores
acostumbrados  cobrar, por ejemplo, treinta pesetas diarias, y cuyas
esposas disfrutan habitualmente de un sueldo igual, por el lgico deseo
de no separarse de ellas, se avendran  contratarse por un haber muy
inferior. Detalles son estos de gran importancia, y que un empresario 
representante de teatros no debe echar en olvido.

Adems de este prudente equilibrio y semejanza de unos artistas con
relacin  otros, el director de la compaa necesita tener muy bien
determinada la clase de literatura que sus comediantes han de cultivar,
de tal suerte, que las comedias encajen en la arquitectura  complexin
material y moral de sus intrpretes y parezcan como confeccionadas  su
gusto y medida; pues actores conocemos que no saben moverse dentro de
los moldes pulidos y ricos en policromias interiores de la comedia
moderna, y que en los dramas romnticos y violentos, por el contrario,
saben llegar  las notas ms agudas de la emocin; y otros, en cambio,
fros, correctsimos, incapaces de un verdadero gesto trgico.

Terminados todos estos perfiles, acoplados y unidos todos estos cabos
sueltos, el empresario puede poner manos activas  su obra, en la
seguridad de que su labor no ser balda. Los que creen  los actores
gente dscola, interesada y de manejo difcil, se equivocan. El rasgo
caracterstico del comediante es la vanidad: este sentimiento constituye
su acicate mejor, y en ocasiones, su mejor rendaje. As, quien sepa
sujetarles por esta su gran debilidad, podr gobernarles  su capricho y
sin esfuerzo.




LOS BALES MAGOS


En Pars, como en Madrid, al llegar este mes, los teatros sufren esa
crisis econmica que nuestros comediantes llaman la cuesta de Enero,
pues siempre las festividades pascuales trajeron consigo gastos
imprudentes que desequilibraron el haber de las familias; con la
diferencia que all dicho malestar es menos intenso, por lo mismo que la
poblacin flotante es muy considerable y se renueva mucho.

Los contratos que actores y empresarios firmaron  fines del pasado
Septiembre, terminan ahora, con las primeras claridades del da que
desvanece en la imaginacin infantil el encanto brujo de la Noche de
Reyes. Momentos son estos de grave inquietud y trasiego para los
servidores de la farndula: en las _terrases_ de los cafs cosmopolitas
del _Boulevard_, como en los aireados mentideros de la calle de
Sevilla, por la tarde, y de la Puerta del Sol,  ltima hora de la
noche, las buenas y las malas noticias revuelan como bandada de pjaros
sobre bancal de trigo, las discusiones de los descontentos arrecian, y
las ofertas de empresarios fantsticos llueven que es bendicin para
desvanecerse horas despus como por ensalmo diablico. Hay que asegurar
el trabajo durante los meses que an faltan hasta el 30 de Mayo, da que
seala, con la llegada del verano, la clausura de los principales
teatros cortesanos y la completa renovacin de las compaas. Por ahora
slo se trata de cambiar ligeramente el personal de cada coliseo, para
refrescar un poco el cartel y as atraer mejor la atencin ingrata del
pblico. Los comediantes que se hallan  disgusto en Madrid, buscan en
provincias compromisos ventajosos; y otros, por el contrario, que
pasaron en ciudades de segundo y tercer orden la primera mitad del
invierno, regresan  la corte con propsitos de xito y de lucro.

Este vaivn febricitante dura poco, que ni los empresarios pueden
descuidar sus negocios, ni los representantes diligentes desaprovechan
la ocasin de robustecer sus compaas con la adquisicin de los buenos
artistas que hallan desocupados. Las bajas habidas en los teatros
provincianos, acuden  cubrirlas los comediantes residentes en Madrid y
viceversa; es un cambio rapidsimo de intereses, un flujo y reflujo
pintoresco y alegre, con alegra zumbadora de enjambre, que recorre toda
la nacin de un extremo  otro.

Ya los mejores teatros quedaron tomados, ya las compaas principales
salieron... Y en los mentideros madrileos slo quedan los malos
comediantes, los fracasados;  los inadaptables, los ariscos, los
orgullosos, que no aceptaron las proposiciones que recibieron por
juzgarlas despreciables y hasta ofensivas  sus merecimientos.

Ellos son los que forman despus esos negocios efmeros que en el
_argot_ de bastidores se denominan bolos, y que puede durar ocho das,
dos, uno... Para esto sus organizadores buscan una actriz  actor de
cierto prestigio, cuyo nombre presta autoridad al cartel, y el resto de
la compaa se improvisa de cualquier modo, utilizando indistintamente
artistas de verso y de zarzuela. La vspera del viaje la compaa se
rene  ensayar, y para facilitar el trabajo se eligen obras de las que
figuran en el repertorio de todas las compaas: _La Dolores_, _Juan
Jos_, _Marina_, _Los sobrinos del capitn Grant_... El montaje exacto
de las mismas es lo de menos; lo importante es que los artistas se
conozcan y se acoplen bien, para que el conjunto no padezca mucho. As,
el ensayo se limita generalmente  repetir las escenas ms difciles,
las culminantes: todo lo dems queda encomendado  su inspiracin, al
artificio embaucador de las decoraciones y de la batera.

Y llega la noche, esa noche impregnada de extraa melancola en que los
pobres comediantes, al volver del ensayo con los prpados cargados de
sueo, se aplican  sacar de su equipaje los trajes que han de necesitar
para el xodo que emprendern al siguiente da.

Muchas, muchsimas veces, he asistido  esta operacin llena de
evocaciones tristes. Ah, los buenos, los aventureros, los sufridos
bales magos!... Arcas de hechicera donde se dieron cita armas de todas
clases, pelucas de todos colores, trajes de vivos matices pertenecientes
 pocas separadas en la historia universal por siglos; y en cuyos
costados hay etiquetas con el nombre de ciudades distanciadas entre s
por millares de leguas. Bales magos! Al abriros el comediante  quien
acompaasteis en su peregrinacin por el mundo, recibe como un perfume
de cosas idas, de luces extintas, de aplausos perdidos en la frialdad
infinita de lo olvidado. Y el artista suspira. Sobre todo las mujeres.
Pobres actrices!... Uno tras otro van apareciendo el traje con que
representaron _La nia boba_, las tocas monjiles de Doa Ins, la
rubia peluca de Mara Antonieta, la falda corta y las medias blancas
de la Dolores...; y cada objeto despierta en ellas los recuerdos,
punzadores como espinas, de cien noches triunfales. Ya est el hatillo
hecho; ya nada falta; ahora,  dormir, que la noche va muy de vencida y
hay que madrugar.

Y  la maana siguiente todos se renen en la estacin: ellas locuaces y
nerviosas, ellos simpticos, con sus semblantes afeitados y sus
sombreros blandos de fieltro; y todos alegres, por efecto de la
costumbre que tienen de fingir.

--Vmonos?

--Vmonos.

Suenan un silbido y una campana. El tren se pone en movimiento. All va
la farndula, imagen de la vida...




A PROPSITO DE ELEONORA DUSE


Cuenta Ceferino Palencia que hace bastante tiempo, hallndose l en
Buenos Aires con su compaa, fu  visitarle  su cuarto del teatro un
caballero de nacionalidad italiana, verdadero hombre de mundo,
inteligente, elegante y buen mozo. Representaba cuarenta aos. Aquel
seor, que haba viajado mucho y trataba personalmente  todas las
actrices y actores clebres de Europa, prodig  Mara Tubau las ms
fervorosas alabanzas.

--Conozco--prosigui,--varias comediantas que la aventajan en la
interpretacin de ciertos papeles, pero dudo que ninguna la iguale en la
riqueza de sus aptitudes, ni en la asombrosa variedad y extensin de su
repertorio.

No sabiendo cmo corresponder  tantas lisonjas, Ceferino Palencia dise
 encomiar exaltadamente la labor de las artistas italianas: en teatro,
como en pintura, como en ciencias, Italia sera siempre la ms gloriosa
de las naciones latinas. Y concluy:

--Para m, una de las mejores, por no decir la mejor de las trgicas
contemporneas, es Eleonora Duse. Qu voz, qu fuerza emotiva, qu
agilidad de expresin tiene!... No opina usted lo mismo?

El interpelado, que haba palidecido hasta la lividez, repuso con un
gesto ambiguo. Palencia, aunque sorprendido por aquella frialdad que
atribuy  un exceso de modestia patritica, continu elogiando el arte
extraordinario de la Duse. A cada momento, y  guisa de ilustraciones
interpoladas en el curso de su apasionada jaculatoria, preguntaba:

--La ha visto usted en _La dama de las camelias_? La ha visto usted en
_Fedora_?... Y en _Lucrecia Borgia_?... Y en _Mara Estuardo_?...

Segn Ceferino Palencia hablaba, el semblante del caballero italiano iba
nublndose; endureca sus facciones el fuego de un rencor violento y
recndito; temblaban sus labios. De pronto, perdiendo el dominio de si
mismo, grit imperativo:

--Seor Palencia!... Yo le ruego, yo le suplico... que no hable jams
de Eleonora Duse delante de m.

Estaba rojo, sus manos se crispaban colricas, su respiracin se
convirti en jadeo fragoroso. Despus, recobrndose prestamente en una
transicin de voz y de ademn que sus compatriotas Novelli y Zacconi
hubiesen admirado, agreg:

--Perdone usted mi incorreccin: no he podido contenerme... El solo
nombre de esa mujer funesta me vuelve loco... Ha de saber usted que yo
soy el marido de Eleonora Duse...

El cronista ignora la historia ntima de la insigne actriz italiana,
pero no duda de su intensidad. Pasiones de fragua y fieros dolores deben
de haber asolado  esa pobre alma,  la vez dulce y sombra. La
existencia de este infierno interior se transparenta en los recursos
insuperables de su arte, en el abismo negro de sus ojos, cargados con la
enorme tristeza de haber visto pasar la dicha, en la nerviosa elocuencia
de sus manos lvidas, en todas las actitudes de su cuerpo raqutico,
delgado, desprovisto de atractivos sensuales, y sin embargo, tan
imponente en los arrebatos homicidas de la tragedia, y tan envolvente,
tan adorable, tan refinadamente femenino, en las horas azules de la
caricia. La gran artista, rival de Sara, sufri mucho, porque toda su
vida fu de amor, y ese padecer acerbo informa su arte y lo fecunda.
Para desesperarse, como para rer, no necesita Eleonora Duse recurrir 
la vulgaridad de los gestos aprendidos: con asomarse  su propio corazn
habr hecho bastante. Yo la he visto llorar, lectora; la viste t
tambin?... Y si tuviste esa fortuna, no es cierto que en ella el
llanto, ms que una ficcin, parece un recuerdo?

Acerca de todo esto, un excelso poeta, Gabriel D'Annunzio, podra
referirnos una historia bien triste.

En estos das ha corrido por Pars la noticia absurda y grotesca de que
Eleonora Duse, que desde hace mucho tiempo vive retirada en Florencia,
se casaba con un opulento modisto de la Ciudad-Sol.

Indignada la ilustre actriz, escribe al director de una revista
francesa:

Vivo muy alejada de todo y no doy motivos  la prensa para que se ocupe
de m. Hoy leo la ridcula noticia, lanzada por la Agencia Stfani, de
mi matrimonio. Quin ha podido inventar eso? He telegrafiado  M. Worth
lo siguiente: Espero de su caballerosidad que desmienta tal noticia, se
lo suplico. Yo con mi silencio no debo autorizar ese se dice
calumnioso y contrario  la lnea de conducta de toda mi vida.

Este telegrama es, sencillamente, el retrato de un alma. Eleonora Duse,
cansada, envejecida, fatigada de sufrir esa inquietud imprecisa y sin
nombre que tortura  los artistas y que raras veces halla trmino y
reposo, porque ms que amor, es deseo de amar, empieza  aborrecer la
popularidad. Para ella, como para otras muchas histrionisas clebres, el
olvido es blsamo precioso; la que as sobre los escenarios de la
farndula, como en el gran teatro de la vida, fu siempre protagonista
envidiada, ahora solicita un puesto obscuro de comparsa. Por piedad! Un
poco de silencio, un poco de reposo; que no se hable de ella, que los
peridicos no repitan su nombre ms, que cuando vaya por la calle nadie
vuelva la cabeza para mirarla: la exclamacin admirativa: Ah va la
Duse... que antes llenaba sus odos de orgullo, ogao la asusta y la
hiere, y es para su pobre alma desilusionada, un azote.

Vivir, s, pero vivir en paz, alejada de s misma, cual si asistiese al
desenlace sereno de su propia historia; vivir en la sombra, en el
olvido, que tiene la serenidad augusta de la muerte...

Se comprende ahora el asco con que Eleonora Duse habr recibido la
noticia estpida de su matrimonio?...




RAQUEL, LA TRGICA


En un saln de la Comedia Francesa y guardado respetuosamente entre los
cristales de una vieja vitrina, hay un zapatito, un zapatito blanco, de
tacn muy levantado y punta muy fina, que perteneci  Raquel. Y el
cronista, que conoca la doliente historia de la gran trgica, se
preguntaba atnito:

Cmo bajo esos pies tan pequeos, tan frgiles, tan lindos, ms hechos
para holgar entre pieles que para correr descalzos sobre el polvo  la
nieve de los caminos, ha podido pasar media Europa?...

Porque Raquel (Elisa Flix era su verdadero nombre) fu hija de bohemios
y hasta los diez aos ella y sus hermanos siguieron  sus padres por
todas las carreteras de Alemania y de Suiza. Sucia, desgreada, curtida
por los vientos y el sol, desnuda de pie y pierna, el cuerpecito
raqutico y asexual vestido de andrajos, la pobre nia durmi al raso,
donde la noche la sorprenda; y fu de villorrio en villorrio pidiendo
limosna, apurando todas las hieles de desdn que tiene para los mendigos
la caridad pblica; y en las calles de Lyn bail, al son de la
pandereta que golpeaba su padre, sobre la tragedia de sus piececitos
ensangrentados...

Desde Lyn, la familia, andando siempre, se traslad  Pars. All la
nia tambin bail por las calles y cantaba esas tonadillas alegres,
canciones de bohemia que parecen flotar sobre los caminos como un
perfume rstico y que los nmadas aprenden nadie sabe dnde. Su voz de
contralto y las graciosas muecas y arrumacos de su rostro atraan  la
gente.

Entre estos curiosos, acert  detenerse una tarde M. Choron, profesor
de canto y fundador de la Real Institucin de Msica Religiosa. La voz
de la nia mendiga le interes: era extensa y dulce, y haba en ella un
ardor extrao. Choron llam  la futura histrionisa con un gesto.

--Qu edad tienes?--la pregunt.

--Once aos.

--Quieres que yo te ensee  cantar?

--S, seor; ya lo creo!...

Su respuesta fu rpida, terminante; en su cara cobrea, los grandes
ojos artistas brillaron de ambicin. La diosa Fortuna acababa de pasar
junto  Raquel, y Raquel la sigui...

Meses despus, Elisa Flix dejaba la escuela de canto para concurrir 
la clase libre de declamacin que explicaba Saint-Aulaire, comediante
meritsimo, fro, correcto, cuya tcnica haba de dejar en el espritu
de su discpula huella perdurable y excelente. En aquella poca, Raquel
no pensaba dedicarse  la tragedia; prefera la comedia; sus das de
hambre no haban podido secar la vena caudalosa de su buen humor. Era
indcil, endiablada, aventurera y alegre como un muchacho. Sus
compaeras la llamaban _Pierrot_, y ella misma firm con este pseudnimo
muchas cartas ntimas que Mlle. Valentina Thomson ha publicado ms
tarde.

La primera entrevista de Raquel con el gran actor Samson, que luego
haba de dirigirla y favorecerla eficazmente, merece relatarse.

Pequea, desmirriada, sin otro encanto que el prestigio de sus ojos
magnficos, la pobre nia acababa de cumplir quince aos y representaba
doce apenas. Inconsolable, su madre repeta:

--Qu desgracia! M. Samson, cuando te vea, dir que todava eres muy
joven.

Entonces, con objeto de dar  su hija mayor plasticidad y
representacin, la astuta mujer endos  Raquel varios trajes, unos
encima de otros: ya que no poda ser alta, sera ancha. Raquel, bajo su
disfraz, rea  carcajadas: aquella truhanera, de verdadera bohemia, la
haca feliz. De este modo, las dos mujeres se presentaron en casa de M.
Samson, que las esperaba. Al ver  Raquel, el clebre actor tuvo una
ruda explosin de sinceridad.

--Imposible, seorita--dijo,--por qu vamos  perder el tiempo? Usted
no sirve para el teatro; est usted demasiado gorda... usted ya no
crece...

Hija y madre se miraban consternadas. Qu hacer?... Al fin, la madre,
reconocindose autora nica de aquel descalabro, confes su superchera.

--Todo esto--balbuceaba,--M. Samson... todo esto... sabe usted?... es
trapo.

El comediante se ech  rer.

--Pues hgame usted el favor de desnudar  esta seorita--repuso,--y
sabr  qu atenerme.

Raquel ingres en el Conservatorio en 1836, y al ao siguiente apareci
como primera actriz sobre el escenario del Teatro Gimnasio, y en un
drama histrico de escaso mrito, titulado _La vandeana_. Nerviosa,
vehemente, dotada de impetuosidades sobrehumanas, poseedora de una voz
capaz de repetir todos los alaridos dantescos de la tragedia, con ella
resucitaron las heronas sangrantes y solemnes de Corneille y de Racine:
_Cinna_, _Safonisbe_, _Andrmaca_, _Ifigenia_... Pero siempre, 
despecho de tantos triunfos, persista en ella el recuerdo romntico de
_La vandeana_, su primer drama, con el que sali de la obscuridad y que,
segn la frase feliz de Julio Janin, fu para Raquel _La Marsellesa_ de
sus das de hambre...

La mendiga que bailaba al son de la pandereta bohemia en las calles de
Lyn y de Pars, muri agasajada, envidiada, rica; la que anduvo
descalza y alegre por tantos caminos, march rpidamente por el de la
gloria. Tena, al finar su vida, treinta y ocho aos. Qu actriz, en
menos tiempo, habr subido ms alto?




ANTE LA BATERA


El famoso actor Edmundo Got habla en sus _Memorias_ del desdichado
estreno de _La mariposa_, obra de Victoriano Sardou,  quien yo conoc
septuagenario y con un rostro burln y astuto, de vieja histrionisa, y
que tena en la poca  que Got se refiere un semblante reflexivo y
dulce, de institutriz.

_La mariposa_, como se dice en la pintoresca jerga de bastidores, se
hundi.

El primer acto--cuenta Got,--obtuvo muchos aplausos; pero los otros dos
fueron silbados y pateados, especialmente el segundo. El peso de la
batalla lo llevbamos Agustina y yo. Agustina, que no consigue acoplarse
del todo al repertorio moderno, empez  vacilar, como de costumbre, y
acab por perder la cabeza. Me qued solo y vencido...  casi vencido.
No obstante, continu luchando valerosamente...

Estas palabras, que atestiguan la noble abnegacin del clebre
comediante francs, no deben sorprendernos, porque ese herosmo, que ha
llenado la historia del teatro de ancdotas conmovedoras, es una flor de
hidalgua que brota muy fcilmente en el impresionable y generoso
corazn de los siervos de Tspis. Precisa conocer la vida efusiva,
febril, toda emocin y toda sobresalto, de teln adentro, para medir el
cario fraternal, la amistad desinteresada y llena de sacrificios, que
liga al autor y  sus intrpretes ante las luces de la batera una noche
de estreno.

Hasta entonces, durante el lento devanar de los ensayos, el dramaturgo
fu una especie de pequeo dictador, sin cuyo consentimiento y
beneplcito ninguna iniciativa prevaleci: los actores le pedan la
entonacin verdadera de las frases difciles, el pintor escengrafo le
expuso sus bocetos, las actrices le consultaron el color de sus pelucas
y de sus trajes, el guarda-muebles acept sus rdenes, sin su aprobacin
el director de escena no hubiese hecho nada... Y en este vaivn de
discusiones minsculas, de reprensiones, de enmiendas, de consejos,
seguidos muchas veces  regaadientes y slo por el imperio de la
disciplina, cuntas vanidades chafadas, cuntos pequeos orgullos
hervidos, cuntos ocultos rencores surgieron aqu y all, como espinas,
porque el dramaturgo,  pesar de su amabilidad, de la corts blandura
que pona en sus rplicas y de su vigilante empeo en no disgustar 
nadie, no pudo, sin embargo, complacer  todos!... Esa misma
impresionabilidad ardiente que caracteriza  los sacerdotes de la
farndula les hace susceptibles y vidriosos: ayer fu la primera actriz
la que se irrit secretamente contra el autor, porque ste, al ensearle
ella el sombrero con que pensaba vestir la obra, no demostr
entusiasmarse mucho; hoy es el galn quien se disgusta, porque el
dramaturgo, en el ensayo, le corrigi un ademn con demasiada viveza;
maana, en fin, sern la caracterstica,  la dama joven,  el actor
cmico, los que se creern ofendidos por el desdichado autor, que
preocupado con las multiplicadas peripecias de su obra, al marcharse del
teatro no les saludar con bastante afecto...

Semejante  una gran rfaga de aire, la noche del estreno tiene la
virtud de barrer todas estas pequeas impurezas. Nadie, mejor que los
comediantes, sabe cunto arriesga un autor en esas horas, de las que
acaso dependen, no slo su porvenir personal, sino tambin el xito de
la temporada y los intereses de la comunidad. Hay, pues, que defenderle,
porque aquel hombre es como la bandera en quien van vinculados el
prestigio y la gloria y el dinero de todos. Entonces, frente  la
batera, cara  cara con el pblico, el dulce y temible enemigo de los
artistas, las pequeas antipatas se olvidan: hay que vencer, aunque
luego, ya en la intimidad y pasado el peligro, los rencores y los celos
retoen. As, no hubo comediante famoso que alguna noche de quebranto y
borrasca, cuando la muchedumbre comenzaba  manifestar con bastoneos y
murmullos su disgusto hacia la obra, no sintiese el deseo heroico de
hacer algo genial, extraordinario, para contener la catstrofe.

Hay muchos actores que, como aquella Agustina de que habla Edmundo Got,
se empavorecen y desconciertan ante la hostilidad del pblico; pero, en
cambio, otros, los ms esclarecidos, gustan de luchar con l brazo 
brazo y de fascinarle con su gesto hasta vencerle y obligarle  juntar
las manos para aplaudir. Acerca de todo esto, don Jos Echegaray podra
referirnos muchos y muy curiosos lances, especialmente si recordase el
estreno de _La escalinata de un trono_, drama que la trgica Mara
Guerrero, bella, soberbia, irresistible, defendi como una leona.

Pero tan hermoso espritu de solidaridad y sacrificio slo late perenne
en las relaciones de los actores para con el autor. Entre s, los
comediantes, separados por el deseo de brillar, celosos unos de otros,
se destrozan fieramente en una lucha taimada y sin cuartel: sus
rivalidades personales rebasan los lmites de los bastidores y les
acompaan sobre el escenario, y all se recrudecen. Ante la sala
silenciosa y palpitante, tan fcil al aplauso como  la protesta, los
artistas se despedazan, noblemente unas veces, recurriendo otras 
triquiuelas de mala ley. Los hombres olvidan su galantera, las mujeres
su misericordia. Si el galn puede pisarle una frase  robarle un
efecto  la primera actriz, lo hace, y viceversa. Se acabaron los
sexos; nadie tiene piedad de nadie; la sed de gloria lo envenena todo.
El encono llega al extremo de que el actor cmico, por ejemplo, diga un
chiste que no estaba en su papel,  deja caer una silla  haga algo
hilarante y grotesco, sin otro propsito que el de distraer al pblico
para que no aplauda  otro actor que se haba preparado un mutis
magistral...

Diremos por esto que los comediantes son peores que los dems hombres?

No. Por qu?

Acaso todos nosotros, abogados, mdicos, ingenieros, comerciantes, en
el gran teatro humano, no hacemos lo mismo?




LOS NOVELISTAS EN EL TEATRO


La figura enorme de Balzac, que  pesar de hallarse en la ubrrima y
gloriosa plenitud de su labor, necesitaba escribir diecisiete y
dieciocho horas diarias para pagar sus deudas, es prueba concluyente de
que raras veces el libro produce lo necesario para vivir holgadamente.
Los novelistas, sin embargo, sienten cierto aristocrtico desdn hacia
la literatura dramtica,  su juicio sobradamente artificiosa y
mercantil.

Cuentan que Honorato de Balzac y Alejandro Dumas se encontraron una
tarde en la puerta de la Comedia Francesa. Dumas acababa de entregar el
manuscrito de _La seorita de Belle-Isle_.

--Cuando me sienta cansado--dijo orgullosamente Balzac,--escribir para
el teatro.

A lo que Alejandro Dumas repuso, irnico:

--Le aconsejo  usted empezar cuanto antes, querido amigo.

El autor de _Antony_ tena razn. El teatro,  pesar de esos moldes
inquebrantables de tiempo y de espacio en que necesariamente ha de
desarrollarse, no es inferior  la novela: es... otra cosa; y el
radical antagonismo de ambos gneros, si divorciados esencialmente, ms
separados an en cuanto concierne  su complexin y arquitectura, impide
fijar entre ellos puntos discretos de comparacin.

Lo que s reconozco son las grandes dificultades de la novela, los
milagros de penetracin filosfica y de arte indispensables para
escribir una obra-tipo: una _Madame Bobary_, por ejemplo. La novela es
narracin de acontecimientos, descripcin de figuras y de escenarios,
examen cientfico, y al mismo tiempo bello y ameno, de caracteres. A un
dramaturgo le basta con escribir al margen de su original la siguiente
acotacin: Saln elegante.--Es de noche.--Fulana y Zutana aparecen por
la izquierda y en trajes de baile... No necesita aadir ms; el resto
queda encomendado  la diligencia de los comediantes y del director de
escena. Pero el novelista tiene que decirlo todo, y de manera que sus
explicaciones, sin pecar de aburridas, sean lo bastante minuciosas para
dar al lector la emocin exacta del ambiente  lugar donde los
personajes van  moverse. Alternativamente psiclogo y pintor, su
inspiracin ir del sujeto al objeto, y viceversa, ora alambicando la
germinacin y crecimiento de nuestra vida sentimental, ora estudiando
las impresiones que el mundo exterior determina en los individuos, y las
reacciones amables  perversas que en stos produce, segn su educacin
y temperamento. Paisajes, costumbres, caracteres, modos de hablar,
antecedentes tnicos, nada cae fuera del vastsimo campo de accin de la
novela: gnero admirable, amasijo exquisito de ciencia y de arte, donde
campean, junto  las trascendentes afirmaciones de la sociologa y de la
medicina, las frivolidades de las nueve musas; obra suprema, en fin,
ordenada  reflejar dentro de una inquebrantable unidad todos los
colores y todos los rumores, y todos los perfumes y todas las
complejidades, sin guarismos, de la vida. Novelar es bucear, inquirir.
Una buena novela es un laboratorio. Hablan los personajes, y el autor
debe decirnos por qu hablan as,  lo que es igual, cules sean sus
sentimientos; y remontndose, habr luego de explicarnos tambin por qu
sienten de aquel modo y no de otro diferente, lo que inmediatamente le
obligar  internarse por las selvas obscuras de la herencia.

Por lo mismo, la inspiracin del novelista es eminentemente analtica;
su labor capital, faena de clasificacin y desmonte.

Esta cualidad, fertilsima, omnmoda y preexcelente dentro del libro, se
transforma en enemiga tenaz,  veces invencible, del novelista, cuando
ste, sin verdadera vocacin, y atrado slo por las ganancias pinges
que suele reportar el teatro  sus mantenedores, trata de encerrar las
frondosidades de su fantasa dentro de los prietos moldes de la comedia.
La transicin es demasiado brusca; su costumbre de avizorar
pacientemente en las almas para desmenuzar los mviles de cada
sentimiento  pasin, les vuelve prolijos; sus personajes, obligados 
decir todo lo que en el libro los novelistas, aun los ms impersonales,
acostumbran  explicar por su cuenta al lector, hablan demasiado; las
escenas van devanndose con lentitud desesperante; los actos pesan.

La nica razn, por tanto, de que sean contados los grandes novelistas
que hayan obtenido en el teatro verdaderos triunfos, es una razn de
temperamento; porque rarsimas veces suele unirse al vigor analtico que
desciende  las causas de todo fenmeno, esa visin sinttica que
nicamente aprecia los efectos, y que si alguna vez examina su origen,
siempre lo hace de soslayo y como al descuido. El teatro es sntesis,
refundicin, abreviatura: algo que para interesar, para vivir, necesita
tener toda la rapidez palpitante de la vida; la intensidad, superficial
y compendiosa, del gesto; la pintoresca movilidad de una cinta
cinematogrfica.

Un ejemplo?

La casa de la dicha, de Jacinto Benavente.

Seguramente los que aplaudieron las magnificencias de pensamiento y de
forma que resplandecen en Rosas de otoo, La princesa Beb, y La
noche del sbado, no recuerdan ese dramita que representado dura media
hora apenas, y es, no obstante su brevedad, una de sus creaciones ms
afortunadas y memorables del extraordinario dramaturgo. La casa de la
dicha tiene una simplicidad ibseniana. Todo en ella es perfectamente
vulgar: los tipos, el dilogo, el asunto. Federico, el protagonista,
es un padre modelo y un esposo ejemplar, consagrado  la felicidad de
los suyos; su amabilidad, su buena conducta, la dulzura de su carcter,
le han granjeado las simpatas del vecindario. Inopinadamente aparece un
inspector que, de orden judicial, va  prenderle por falsificador. La
esposa, que ignora la vida secreta de su marido, grita: Qu has hecho,
Federico, qu has hecho?... El responde: Mujer, calla por Dios!
Vamos... El matrimonio sale escoltado por los agentes; la nia, viendo
que se llevan  sus padres, llora desoladamente. Una vecina exclama:
Pobre hija! Qu ser de ella? Si se pensara en los hijos, no se hara
nada malo. A lo que la portera responde con esta frase, que resume
toda la filosofa sencilla y enorme del drama: Quin sabe! Tambin
por ellos se hacen muchas cosas.

Hoy... ayer... siempre,  cada momento, leemos en la Prensa diaria
noticias parecidas: Anoche, el inspector seor Z. detuvo en su
domicilio  X., reclamado por este Juzgado, por delito de
falsificacin... Efectivamente, son incontables las veces que en el
gran teatro amargo de la realidad se ha representado La casa de la
dicha. De aqu su fuerza, su terrible fuerza de lance humano y vivido;
vigor que no proviene de la originalidad de los caracteres, ni de la
novedad desusada del argumento, ni de las brillanteces artificiosas del
estilo, sino del hecho mismo; porque en el teatro, donde un ademn, 
una inflexin de voz,  un timbre que suena, pueden tener ms elocuencia
que una frase, la retrica es lo de menos. De aqu que el mrito
literario (no artstico) de muchas obras teatrales modernas sea bien
exiguo.

Pero los novelistas ignoran esa sencillez preciosa del arte teatral;
acostumbrados  explicarlo todo, tipos y paisajes, no comprenden que,
ante las luces de la batera, se pueda responder con una mirada  un
largo discurso, ni que un suspiro de amor y una ventana abierta para dar
paso  un rayo de luna, basten  servir de desenlace  una comedia; de
aqu su frondosidad barroca, sus vaguedades y esa pesadez de detalles
que el pblico no perdona. Adase  lo expuesto el desdn que sienten
hacia el teatro, y que Honorato de Balzac no disimulaba, y se
comprendern sus frecuentes fracasos.

Al teatro hay que ir por amor, por vocacin respetuosa, no por
bastardo prurito de lucro y granjera. Hay que querer, con cario
fetiquista, esa vida, bella y ridcula  la vez, de la farndula; hay
que sentir la majestad de los escenarios, la religin de sus pobres
paredes de trapo, de sus bambalinas, de sus cielos de gasa, de sus
rboles pintados, de sus montaas y de sus bosques drudicos, fabricados
con madera y cartn, de sus multitudes que rugen, obedeciendo  una
seal, entre la obscuridad de los bastidores; y hay que amar tambin 
ese tipo extrao, compuesto de docilidad y de orgullo, de fatuidad y de
sencillez, indomable  ratos y  ratos tambin manejable y candoroso
como un nio, que se llama actor.

nicamente as podremos comprender la grandeza del teatro y la majestad,
majestad de altar, de esos telones que unos hombres vulgares levantan
todas las noches ante el misterio de la vida.




EL DOLOR DE ESTRENAR


Un pblico heterclito se agolpa impaciente bajo la gran claridad blanca
irradiada por los tres arcos volticos que alumbran la fachada del
teatro: los automviles se acercan trompeteando; uno tras otro; los
lands se detienen al borde de la acera, y de ellos descienden
diligentes mujeres hermosas cubiertas de pieles y de encajes, con la
magnificencia de sus cabellos y la nieve de sus gargantas desnudas,
aljofaradas de piedras preciosas; mantones plebeyos, capas, boinas,
gabanes elegantes y relucientes sombreros de copa, se acercan  separan,
siguiendo esos extraos calofros que rizan el lomo temblequeante de las
multitudes, y al cabo desaparecen por las puertas del teatro; puertas
voraces, contradas en una especie de succin insaciable.

Un joven, modestamente vestido, atraviesa resuelto aquel enjambre de
mujeres y de hombres,  los que mira con una expresin compleja de
respeto y desdn. Va pensando: Algn da, muy pronto quizs, vendris 
orme... Desaparece por una puertecilla lateral. Un empleado que pasea
por all metido en un largo gabn de pao azul, el aire aburrido, las
manos  la espalda, le detiene:

--Qu desea usted?...

El interpelado responde aplomadamente:

--Ver al seor X... Conozco el camino.

Y sigue adelante, pisando recio, y dueo de s mismo. Su entereza le
salva; parece de la casa. El portero le saluda amablemente. Menos
mal! El intruso recorre un largo pasillo, empuja una mampara, tuerce 
la izquierda, baja dos peldaos, sube despus una escalerilla estrecha.
Ya est entre bastidores. Aquel segundo corredor parece una calle, y
lo es, en efecto; una calle del grande y amable mundo de la farndula: 
ambos lados del pasillo hay puertas numeradas, stas cerradas, aquellas
abiertas. Un individuo, con fiebre de impaciencia en los ojos, va de una
 otra precipitadamente, diciendo:

--Seorita A..., seorita B..., seorita C..., que se va  empezar!

Los cuartos se abren con estrpito,  invaden el corredor murmullos
arpegiantes de conversaciones y de risas, y frufruteos de faldas.
Aparecen las actrices sobresaltadas, los rostros embadurnados,
prendindose an los ltimos alfileres, y luego, gallardas en medio de
su inquietud, se dirigen hacia el escenario. Pasa un actor, rgido,
aparatoso, con una enorme nariz ciranesca y un bigote postizo. El recin
llegado le interroga:

--Tiene usted la bondad de decirme: el seor X...?

El comediante, sin detenerse, mira  su interlocutor de arriba abajo;
adivina en l  un autor incipiente; su gesto es despectivo.

--Al fondo, en el saloncillo...--responde.

Y se va.

El visitante encuentra al seor X... discreteando amenamente con varios
autores: all estn, sentados y formando semicrculo, D. Pedro y don
Luis, dramaturgos de altsima y merecida reputacin; el seor N...,
crtico literario muy estimable; el seor O..., sainetero excelente,
Pontfice Mximo de la Risa, y otros escritores de menor historia y
cuanta. De pie, y apoyados familiarmente sobre el respaldo de los
sillones, algunos comediantes, vestidos ya para salir  escena, escuchan
la conversacin y celebran sus donaires.

Al aparecer el intruso, todas las miradas refluyen hacia l, y por cada
uno de aquellos semblantes burlones y mundanos de gente de teatro,
pasa el mismo pensamiento, la misma expresin de sorpresa irnica: Un
autor novel! Siente el mozo en las mejillas el choque, casi hostil, de
tantos ojos curiosos, mas no se desconcierta, y confiado, sereno, con
esa serenidad risuea que distingue  los fuertes de voluntad, avanza
hacia el grupo:

--El seor X...?

--Servidor de usted.

Se levanta despacio, disimulando un gesto de mal humor, y sale al
encuentro del visitante.

--Yo soy H... Usted habr recibido una carta que le anunciaba una
visita...

--Ah, s!...

Los dos hombres se dan la mano.

--Pues aqu tiene usted mi comedia. Tres actos. Usted la leer, no es
eso?...

--S, s, seor... por qu no?... Advierto  usted que tengo en ensayo
muchas obras. Sin embargo...

--Cundo quiere usted que vuelva por aqu?

--De hoy en un mes.

--Perfectamente. Servidor de usted.

--Beso  usted la mano.

Y transcurre aquel mes y el siguiente, y el seor X... no lee la comedia
de H..., tales y tantas son las preocupaciones que le agobian. Pero la
espera no debilita las energas del joven autor; al contrario, seguro de
vencer, busca recomendaciones, insiste, suplica, porfa, amenaza, y
luego, diplomticamente, se amansa y vuelve  rogar. Cunta paciencia,
cuntos paseos intiles, cuntas antesalas humillantes le cuesta el
pequesimo honor de ser ledo!

--El seor director?

--Acaba de marcharse.

--Demonio! A qu hora podr verle?

--Hoy, imposible. Venga usted maana.

Y al da siguiente:

--Est?

--S; pero muy ocupado. Psese usted por aqu ms tarde.

Y despus:

--El seor?...

--Se ha ido enfermo.

--Cmo ha de ser! Volver maana.

Y la persecucin contina sauda, implacable, hasta que el seor X...,
vencido, obsesionado, lee la comedia.

--S--dice,--la obra est bien; pero si quiere usted verla representada
en mi teatro, ha de modificarla mucho.

H..., sin vacilar, responde:

--Cuanto sea preciso.

Y cmo no, si ve la victoria inmediata, resplandeciente, detrs del
estreno?... Lleno de inmensa fe en s mismo, pone manos diligentes  su
labor: pule, corrige, burila, aligera unas escenas, alarga otras,
justifica ciertas situaciones, interpola en el papel de la primera
actriz varias frases un tanto platerescas y enfticas, pero que
seguramente han de ser aplaudidas..., y con todo ello, ya bien peinado
y puesto en limpio, vuelve al despacho del seor director.

--Aqu tiene usted mi comedia; , mejor dicho, nuestra comedia.

--Muy bien; la leer otra vez.

--Y suponiendo que le guste  usted mucho, cundo podr representarse?

--La temporada prxima.

Un ao perdido,  dos...  acaso tres!... Bueno,  la juventud, para la
que toda la vida es porvenir, el tiempo no le importa.

Estos odiosos trances por que han pasado cuantos escritores llegaron al
teatro antes de haber conquistado en el libro  en la Prensa un nombre
respetable, constituyen los prolegmenos--nada ms que los
prolegmenos--de lo que propiamente podra llamarse el dolor de
estrenar; Glgota dursimo, Calvario de ingratitud, al que ningn
autor, ni aun los privilegiados, puede estar nunca completamente seguro
de haber subido.

Aquella alegra indescriptible, tan vehemente y aguda, que llegaba  ser
dolorosa, con que el dramaturgo novel vea acercarse la noche de su
primer estreno, es algo precioso que va amortigundose, por grados
insensibles y fatales, en el curso soporfero, interminable, de los
ensayos. Todos los das, desde las dos hasta las cinco  las seis de la
tarde, el autor asiste  esa labor lenta, tenaz, puramente mecnica, de
los comediantes, que, poco  poco, van asimilndose sus papeles. Desde
el primer ensayo de mesa, hasta que la obra, mal aprendida an, baja
 la concha, cuntas horas montonas, cuntas repeticiones, cuntos
tanteos baldos, cuntas energas apagadas en el martirio, sin gritos ni
gestos, de la paciencia!...

Al principio, el autor experimenta un placer inefable en orse.

Todo eso, tan bonito y que suena tan bien--piensa,--lo he escrito
yo...

Cuanto el apuntador va diciendo, lo repiten los actores, lo que equivale
 dos representaciones simultneas y paralelas. Pero el gozo narcisiano
de escucharse se reproduce tantas veces, que llega  emborronarse; los
pensamientos,  fuerza de resobados, se deslustran y vulgarizan; las
frases pierden su frescura, su elasticidad jugosa; las escenas de ms
alta tensin dramtica, pierden su calor. Lo que fu inspiracin, ahora
es rutina; las figuras se desdibujan, el inters se apaga..., y al pobre
autor, desconcertado, incapaz de recobrar la tensin nerviosa en que se
hallaba al escribir su obra, le parece que nada de aquello que oye
decir, es suyo.

Adanse  esto las perplejidades torturantes que en el nimo del
dramaturgo incipiente van sembrando las pequeas exigencias de los
actores y los consejos, impertinentes casi siempre de los amigos. En un
entreacto del ensayo, la primera actriz le llama con cierto misterio.

--Quiere usted explicarme--murmura,--cmo debo decir esta frase?...
Yo la he estudiado mucho y no la siento.

Aade algunas observaciones:

--Ve usted?... Si la grito, desentona; si la digo con irona,
tambin...; si la digo riendo, peor!...

Efectivamente; la primera actriz parece tener razn. Adems, ha
confesado que aquella frase no la siente, y no sintindola, cmo va 
repetirla bien?... El autor trata entonces de sustituir algunas
palabras; pero esto, as, de sopetn, tampoco es posible; mejor ser
cambiarlo todo.

--No pase usted apuros--exclama;--maana la traer  usted una frase
nueva!

Lo peor es que la caracterstica tambin le pide otra frase para adornar
un mutis que, bien aderezado, puede ser de gran lucimiento para ella; y
que el galn afirma que tal  cual escena es empachosamente larga, y
conviene  todo trance aligerarla; y que el actor cmico se lamenta de
que su papel es corto, y hay en l pocos chistes... Batindose en
retirada, el autor infeliz promete  todos lo mismo:

--Yo lo pensar, yo lo estudiar... Desde luego, lo que usted indica me
parece muy bien. Lo importante es que usted, dentro de su papel, se
encuentre  gusto...

Pero su suplicio no termina aqu. Al salir del ensayo, su mejor amigo le
traba por un brazo.

--Tu obra--dice,--es muy hermosa; pero,  mi juicio, est mal
construda. Yo, en lugar de tres actos, hubiera escrito cuatro, ms
cortos; y casi todo lo que ahora es segundo acto, pasara  ser
primero...

El autor defiende su obra, insiste el otro, discuten acaloradamente y no
llegan  un acuerdo. El amigo concluye, con nfasis proftico:

--Hijo mo, haz lo que quieras; mi opinin leal, ya la sabes; yo creo
que caminas  un desastre. Ahora, t all!...

Y cuando se marcha el dramaturgo, desorientado, piensa que su pobre
comedia, en efecto, debe de ser muy poca cosa cuando nadie, ni la
primera actriz, ni el galn, ni la caracterstica, ni el actor cmico,
ni el amigo que ha presenciado los ensayos, acaban de encontrarla
completamente bien.

Un autor primerizo se halla en el teatro, segn la frase vulgar, como
gallina en corral ajeno. La misma timidez que informa sus gestos y
palabras, desautorizndole, eriza su camino de pequeos obstculos. Sus
incertidumbres, su miedo al fracaso, le hacen accesible  las
observaciones de todo el mundo. As, el apuntador, el electricista, el
maestro carpintero, el individuo encargado de mover el teln, animados
de los mejores deseos, tambin le aconsejan, aumentando con ello la
selva de sus terribles inquietudes.

Y, al fin, llega la noche del estreno; noche dramtica, cruel,
desgarradora; noche injusta, en la que el xito es para todos, y el
fracaso para el autor nicamente.

Pero no; no seamos pesimistas y coloqumonos en un trmino medio
prudente: supongamos que la obra ha gustado bastante.

Y despus?

Nada  casi nada. Los peridicos hablan sumariamente de la nueva
comedia, el nombre del dramaturgo vive unas cuantas horas la vida
febril, inapresable, de la actualidad, y el pblico que lee aquel nombre
por primera vez, lo olvida en seguida. Una noche, slo una noche, ha
bastado para destrozar y convertir en liviano recuerdo los esfuerzos,
las amarguras y las zozobras de tantos aos. La obra subsiste en el
cartel quince, veinte das...; luego cae en olvido. Su autor, que 
fuerza de verla ensayar casi la odia, ni siquiera tiene el consuelo de
ir  verla: no puede, se aburrira; todos sabemos que Alfredo de Musset
se durmi profundamente y hasta lleg  roncar, en un palco de la
Comedia Francesa, durante la representacin de Un capricho, su
comedia mejor...

Tal es, lectores, la escena de ese calvario dursimo, de ese triunfo
inane y filante, de esa victoria aniquiladora y cruel como una derrota,
por la que suspiran tantos autores y en la que slo hay la desilusin de
un gran dolor: el dolor de estrenar...




LOS OLVIDADOS




ALBERTO GLATIGNY


El espritu errabundo, lleno de lozanos verdores, de Alfredo de Musset,
flotaba sobre Francia, y la estrella del divino Hugo incendiaba el cielo
del arte con resplandores inmortales; era como un florecimiento
esplendoroso de juventud, el mocero, deslumbrado por los magos del
lirismo, sufra la sed exquisita de los amores caballerescos, de los
viajes arriscados, de las aventuras extremadas y peregrinas.

Alberto Glatigny era hijo de un carpintero. A los quince aos tropez en
la bohardilla de la casa paterna un volumen, rodo de polillas y medio
deshecho, de las Obras completas de Ronsard, y aquel libro, cuyos
versos se acostumbr  recitar en voz alta, fu para su alma temprana
una revelacin. Dos aos despus el futuro poeta hua de su pueblo para
ir  establecerse en Pont-Audemer, donde, mientras se dedicaba 
aprender el oficio de tipgrafo, escribi un drama en tres actos. Una
compaa de comediantes vagabundos pas por all, y Glatigny, cautivado
por aquel vivir errante, se uni  ellos: su alma debi de experimentar
entonces una emocin anloga  la que produce la msica en las tardes de
lluvia; la misma sensacin de melancola y de silencio que con vigores
rembranescos retrata Rusiol en su inolvidable cuento La alegra que
pasa.

Aquella existencia nmada enajen su alma. A esos enamorados de la
luna--dice,-- esos perseguidores de una estrella, les he amado con todo
mi corazn, y al buscarles por los incontables caminos de la vida, les
hall siempre. Yo he odo la alegre cancin que vibra en ellos, y os
juro que es una alegre cancin de amor y de esperanza, como aquella cuyo
eco mortecino susurrea entre los labios entreabiertos y risueos de los
nios dormidos.

Pocas historias conozco tan accidentadas ni tan dolorosas como la de
Alberto Glatigny, quien en poco ms de quince aos ejercit las
profesiones de apuntador, comediante, autor dramtico, improvisador y
poeta.

Tras una dilatada excursin por provincias, Glatigny, siguiendo la
opinin de varios amigos que le queran bien y el duro consejo de los
pblicos que le haban silbado, resolvise  cambiar el teatro por la
poesa, y march  la conquista de Pars. Iba solo, hambriento, sin
recomendaciones ni otro equipaje que un manuscrito guardado en el
bolsillo interior de su larga levita gris. En Pars conoci  Teodoro de
Banville, su maestro predilecto;  Baudelaire, Leconte de Lisle, Ctulo
Mends, Bataille, Monselet y dems contertulios del cafetn de Los
Mrtires, y figur entre los fundadores del grupo El Parnaso
Contemporneo, que tantos nombres haba de legar  la posteridad.

Durante aquella poca, Glatigny, que acababa de publicar Los Pmpanos
Locos, su primer libro de versos, luchaba desesperadamente con la
miseria. Cierta noche--escribe Mends,--en pleno invierno, bajo las
fras estrellas, despus de haber cenado una zanahoria cogida en el
campo, no tuvo otro abrigo que un extrao traje de teatro, fabricado con
peridicos viejos, manchados de vivos colores...

Cansado de tanta miseria, el desgraciado poeta volvi al teatro,
oficiando, simultneamente, de comediante y de autor, y en Nancy estren
La sombra de Callot, y en el Casino de Vichy la linda comedia Hacia
los sauces, que el pblico, no siempre avisado, rechaz injustamente.
Ms tarde regres  Pars, donde public el libro Flechas de oro, que
obtuvo gran xito, y se bati con Alberto Wolf, que haba censurado sin
miramientos la obra de Banville. El desafo fu  pistola. Al or pasar
cerca de su cabeza la primera bala, Glatigny se volvi hacia sus
padrinos, diciendo con resignacin exquisitamente cmica: Est visto
que han de silbarme en todas partes...

Pero la poesa produjo siempre poco, y Glatigny, que haba vivido una
corta temporada en el Concierto del Alczar improvisando versos, tuvo
que volver  su antigua vida nmada. Entonces compuso sus comedias Los
dos ciegos y El bosque, que ms tarde haba de representarse en el
teatro Oden; y poco despus, hallndose en Crcega, public un libro
autobiogrfico, esmaltado de graciosos paisajes de alma, que titulaba
El primer da del ao de un vagabundo, y le vali de Vctor Hugo un
billete de cien francos y una carta que empezaba as:

Su libro me ha recreado y conmovido. Usted, dulce y querido poeta, nos
mueve  sonrer con lo mismo que le hizo sangrar, y tiene usted el arte
amable y doloroso de extraer de sus propios sufrimientos un placer para
nosotros...

A los treinta y dos aos Alberto Glatigny regres al lado de su familia,
pero ya la enfermedad de riones que haba de matarle le tena cogido.
All, en Lillebonne, su pueblo natal, le esperaba, con el amor de la
santa Emma Gavien, la nica dicha que el destino le reservaba como
queriendo poner,  su triste vida un ocaso de mayo. Para el pobre
poeta, feo y seco, en quien las mujeres jams detuvieron una mirada,
aquel amor fu, al mismo tiempo que una gran alegra, una regeneracin.
Odi la bohemia, sinti la aficin al hogar y una saludable reaccin
ordenadora invadi su alma, ganosa de gustar en la quietud de su retiro
los placeres que no hall en los caminos y en el acogimiento fro y
banal de las habitaciones alquiladas.

Por aquella poca, lleno el pensamiento de su amor  Emma, escriba 
Mallarm:

      Et les yeux mouills, j'admire
    ce coeur humble et grand; alors
     pleins poumons je respire;
    je suis fort parmi les forts.
    Et voulant qu'elle soit fiere
    du moi, plus tard, je reprende
    la besogne familiere:
    j'arrete les vers errants.

Deseaba ser rico y famoso para ella; para que ella, _plus tard_...,
cuando l no existiese, pudiera enorgullecerse de haberle querido.

Pero no pudo; no pudo resistir la luz de aquella gran felicidad que
empezaba, y muri  los treinta y cuatro aos, cuando iba  ser dichoso.

Tal es la triste historia del olvidado Alberto Glatigny, llamado 
ocupar algn da entre los poetas lricos franceses del siglo XIX un
puesto de honor.




LA FARNDULA PASA...




VIRGINIA DJAZET


Alejandro Dumas hizo intilmente cuanto pudo para obligar  Virginia
Djazet, que entonces triunfaba sobre el escenario del Vaudeville, 
representar La dama de las camelias.

--Sera un nuevo triunfo para usted--deca el clebre autor adorado de
las mujeres;--acaso no le gusta  usted el tipo de Margarita tanto 
ms que el de Frtillon?

--No, seor, al contrario!

--Cmo? por qu?

--Muy sencillo: porque Frtillon se da, y Margarita Gautier se vende...

Y esta breve contestacin, llena de espiritualidad y de delicadeza,
retrata toda el alma de la actriz famosa; alma rebelde, paradjica,
elegante, irnica, cnica y sentimental  la vez, como la de Richelieu 
la del duque de Lauzun, y que parece una sntesis  evaporacin del
gran espritu adorable de Pars.

Mi vida--escriba la Djazet  cierto adorador que la invitaba 
publicar sus Memorias,--es mucho ms sencilla de lo que creen, y no
ofrecera nada de muy interesante, pues ni tengo bastantes vicios para
atraer la curiosidad, ni tampoco las virtudes necesarias para aspirar 
ser admirada.

As fu, en efecto; aquella mujer indcil, que pareca ingrata porque lo
amaba todo, que se rea malvola de sus adoradores y luego en Lyn
rompa su falda bordada para que envolviesen con ella  un obrero que
sacaron moribundo de un pozo; voluntad amoral, sin ms ley ni otro cauce
que su alegre capricho; libertina sin sensualidad y liviana sin codicia,
que lleg  ser citada como modelo de madres amantsimas, sin haber
podido sin embargo, recogerse jams en la uniforme santidad del
matrimonio.

Naci Virginia Djazet en Pars, el da 30 de Agosto de 1798, y  los
cinco aos, y bajo la direccin de su hermana Teresa, que perteneca al
cuerpo coreogrfico de la Opera, debut como bailarina. A los diecisis
aos, Virginia era una criatura llena de seducciones y de gentileza, con
las manos y los pies muy menudos y un cuerpo grcil, que comprenda
todos los ritmos y daba vida  todos los disfraces. El papel de Nabotte,
que cre en La belle au bois dormant, populariz el nombre de
Djazet, quien, despus de una larga excursin por provincias, regres 
Pars y entr en el teatro del Gimnasio, donde afirm su popularidad con
los estrenos de Carolina y La hermanita. Por rivalidades con la
Vertpr, entonces omnipotente, trasladse al teatro de Novedades, y ms
tarde al glorioso teatro del Palais-Royal, sobre cuyo escenario haba de
merecer aquel prestigio de travesura y de gracia genuinamente francesa,
que haba de consagrar su apellido y hacerle inmortal.

--Es la actriz universal--declara su bigrafo Mirecourt,-- cuyo genio
se avienen todos los papeles, como  su cuerpo se acoplan todos los
trajes.

Este rasgo ltimo constituye el mrito capital de su arte.

--Posea--dicen sus contemporneos,--una habilidad extraordinaria para
disfrazarse; los trajes varoniles, especialmente, vestalos  maravilla,
y movase dentro de ellos con tanto aplomo y desenvoltura, que el sexo
desapareca por completo en aquella mujer, tan mujer y tan linda. Era
Virginia Djazet algo ms que una actriz; era tambin una escultora, una
modeladora prodigiosa de s misma, y sus recursos para transformarse y
dar  su rostro expresiones diversas y  sus ademanes ritmos distintos
parecan inagotables.

Sobre su cuerpo proteico revivieron la silueta pensativa y delicada de
Rousseau, joven; el perfil epigramtico de Voltaire, la gracia
conquistadora de Richelieu, la hermosura arrogante de Enrique IV, la
cabeza atormentada de Napolen, y tambin la belleza infinitamente
espiritual de Sofa Arnould, la clebre intrprete de Gluck y de Rameau,
y la frivolidad _boulevardier_ de Frtillon, y la hermosura voluptuosa
de Ninon de Lenclos... Para todos estos elegidos del talento y de la
gracia, tuvo el genio multiforme de Virginia Djazet una inflexin
exacta de voz y un gesto feliz.

Adems de actriz, fu la Djazet mujer de frtil y amable conversacin.
Tena el ingenio alerta; la rplica libre y pronta, y sus frases, 
fuerza de graciosas, solan pecar de crueles.

Alguien, queriendo mortificarla, la dijo, en su cuarto del teatro, que 
Leontina, una belleza pomposa y rosada que gozaba entonces de gran
popularidad, la llamaban la Djazet del _boulevard du Temple_. A lo
que, picada Virginia, contest: No me extraa; el duque de Orleans
tena en sus caballerizas un jumento que llevaba su nombre.

Cierta noche, la Djazet tom parte en una representacin que la Empresa
del teatro de la Opera haba organizado  beneficio de las vctimas de
las inundaciones del Loire. Iba  comenzar la funcin, y la clebre
actriz atisbaba por una de las mirillas del teln el aspecto de la sala.
En aquel instante, cierto caballero que por su riqueza y noble rango
disfrutaba en aquellos bastidores de gran predicamento y libertad,
llegndose de puntillas  Virginia la cogi por el talle. Ella volvi la
cabeza. Se equivoca usted, caballero--exclam,--no soy de la casa.

Desesperado, uno de sus adoradores lleg  decirla: Deme usted siquiera
la limosna de un beso. Pero ella, aludiendo con una sonrisa  las
veleidades que la murmuracin la atribua, repuso: Una limosna as?...
Imposible. Tengo mis pobres...

En sus ratos escasos de soledad y melancola, la hermana de Frtillon y
de Lisette tambin era poetisa. Su lirismo tena un dulzor femenino y
penetrante de poderosa emocin. Claretie cita estos versos que la
Djazet compuso  propsito del cumpleaos de un amado, que bien pudo
ser el cancionista Federico Brat:

    Ami! Depuis un an, combien de jours de fte
       ont fleuri sous tes pas!
    Dans le sentier de l'art le bruit de tes conqutes,
    et dans celui du coeur que de palmes discrtes
       t'ont salu tout bas!...

Y as contina la composicin, en una fusin delicadsima de triunfos
crepitantes y de intimidad silenciosa.

El xito ms noble de Virginia Djazet, el ms personal, aquel que por
s solo hubiese bastado  perfumar, con un suave aroma de rosas viejas,
toda su vida, se lo proporcion La Lisette de Branger, cancin de
amor, cancin sagrada, que todas las bocas jvenes de Pars repetan de
memoria.

La compuso Federico Brat en honor del anciano y glorioso Branger, y
aquellas notas sencillas, prendidas en no s qu inexplicable hechizo
romntico, tuvieron la virtud peregrina de hacer latir todas las almas y
de agarrarse  todos los odos; y Lisette fu un tipo que de una
generacin  otra ha dejado un rastro de gracia liviana en las
obrerillas sentimentales y alegres de la Ciudad-Sol.

Una maana, Virginia Djazet fu  conocer  Branger  su retiro de
Passy. All, cuidando las flores de su jardn, estaba el buen viejo, 
quien el pblico tornadizo casi haba olvidado.

A su alrededor, los rboles, donde susurraba la suave brisa maanera,
esparcan sombra grata.

--Soy mademoiselle Djazet--dijo la actriz,--y como usted no puede ir 
verme al teatro, vengo  cantarle la cancin de Brat, esa cancin que
usted ha inspirado y que ya conoce todo Pars.

Acomodronse los dos sobre un banco, y en el encanto verde y plata del
jardn, la voz de la Djazet vibr cristalina:

      Enfants, c'est moi qui suis Lisette,
    la Lisette du chansonnier...

Y mientras cantaba, muy cerca de all, la seora Judit Frre, la anciana
compaera de Branger, la verdadera Lisette, oyendo aquella cancin que
ella inspir y que era su juventud, lloraba en silencio.

Cuando la actriz call, Branger tena los dulces ojos arrasados de
lgrimas.

--Hija ma!--balbuci,--hija ma!...

No pudo hablar ms, y la bes en la frente. Mucho despus, refiriendo
esta escena, la Djazet llena de admiracin, deca:

--Me di un beso! Es la representacin que he cobrado mejor.

Y al decir esto, no exageraba aquella mujer, todo corazn, que haba
ganado millones...




DE LA FARNDULA


Creer que nicamente los espaoles padecemos la dulce mana de escribir
para el teatro, es un error. No s qu hechizo arcano tiene la
literatura teatral, que as atrae y emborracha  los hombres; pero es lo
cierto que ninguno de ellos, amn de vivir el severo drama de su propia
vida, ha dejado de llevar consigo la ilusin de componer un drama,  por
lo menos una comedia de costumbres. Todos, mdicos, abogados, oficiales
de peluquero... conocieron la golosa tentacin. Algunos realizaron su
propsito, otros no; de todas maneras, esa obra constituye, en la aridez
de sus almas vulgares, un rincn verde, un osis de poesa, y tambin
su debilidad, su punto vulnerable.

Hace mucho tiempo, cerca de treinta aos, que Alejandro Bissn, que
ahora acaba de triunfar en el teatro Vaudeville con su comedia Mariage
d'etoile, llev una obra al empresario Mr. Laridel. El celebrado autor
de Las sorpresas del divorcio, hall  Laridel en un caf solitario y
sumido en una desesperacin sin gestos ni palabras, ante una copa de
_bitter_.

--Estoy arruinado!--exclam el empresario;--hoy  maana debo pagar
cincuenta mil francos, y como no los tengo, me cerrarn el teatro.

--Y yo que le traa  usted, en este manuscrito, una mina de
plata!--repuso Bissn.

Laridel se alz de hombros, con la indiferencia de quien sabe que todo
est perdido: se deba la luz elctrica; los tramoyistas no haban
cobrado sus jornales;  los artistas se les adeudaba cerca de dos
meses...

--No importa--dijo Bissn,--yo me comprometo  conjurar esos obstculos
durante dos  tres semanas, lo suficiente paria que mi obra se ensaye y
se estrene.

Al fin convinieron en que Laridel, so pretexto de ir  buscar 
provincias los cincuenta mil francos que necesitaba, desapareciera de
Pars, y que Alejandro Bissn asumira la responsabilidad exclusiva de
cuanto malo  bueno acaeciese en lo sucesivo de teln adentro.

Al da siguiente comenzaron los ensayos: los actores, entusiasmados con
la nueva obra, trabajaban febrilmente; las actrices, caso
extraordinario! no opusieron el menor reparo al reparto de papeles; Mr.
Bissn se multiplicaba, almorzaba y coma en el teatro, y con lo poco
que produca la taquilla pagaba  los ms necesitados y exigentes.

Una tarde,  la hora del ensayo, penetraba en el escenario un
hombrecillo sonrosado, redondo y alegre: era Mr. Chalonette, alguacil
del juzgado.

--Vengo--dijo secamente,-- cerrar el teatro.

Bissn, que ya esperaba aquella visita, recibi  Mr. Chalonette con una
cordialidad envolvente.

--Ha visto usted alguna vez un ensayo?--pregunt.

--No, seor.

--Pues, sintese usted; es muy curioso. Luego hablaremos.

En el segundo acto haba un episodio picante, lleno de travesura, que la
hermosa Mlle. Denise interpretaba con gran donaire. Mr. Chalonette la
miraba embobado, y el astuto Bissn, que espiaba  su enemigo, hizo
repetir la escena hasta tres veces. Despus, Mr. Chalonette levantse 
felicitar calurosamente  la gentil actriz, y ella, secundando los
planes taimados de su director, pareci encantada con la conversacin
espiritual del alguacil.

Todas las tardes Mr. Chalonette acuda  los ensayos, y tan grande era
su aficin, que lleg  tomar parte en ellos, con lo que Alejandro
Bissn dej de temerle; el terrible representante de la ley estaba
vencido.

Un da el dramaturgo almorz en casa de monsieur Chalonette. A los
postres, el alguacil, bajando los ojos y ruborizndose como un colegial,
declarse autor de una comedia que l crea representable. Bissn vibr
de jbilo; acababa de coger  su rival por el cuello;  partir de aquel
momento le perteneca; era su esclavo.

--Quiero conocerla en seguida!--exclam,--y si me gusta, empezaremos 
ensayarla maana mismo.

Rojo de contento, Mr. Chalonette sac su manuscrito y comenz  leer.
Acab la lectura de la ltima cuartilla entre los brazos engaadores de
Bissn.

--Eso es admirable!--repeta el dramaturgo.--Una obra maestra!...
Pero, quin iba  creerlo?

El alguacil balbuceaba:

--Y... diga usted... se estrenar pronto?

--Cmo?... Pues ya lo creo!... Antes de quince das.

La comedia de Alejandro Bissn fu un xito, y Laridel pudo pagar sus
trampas y vender su teatro en buenas condiciones. La deliciosa Mlle.
Denise prosigui su carrera triunfal. En cuanto  Mr. Chalonette, pag
con la cesanta su descomedida aficin  la farndula, y ya convencido
de que nunca ser autor, trabaja en una copistera y gana tres francos.

Lector, quiero darte un consejo, y es ste: en tus combates por la vida,
no temas nunca al hombre de quien sepas que tiene una comedia escrita.




CARTAS DE MUJERES


En las interesantes Memorias de Sara Bernhardt, hay un episodio
sencillsimo sobre el cual probablemente la atencin de muchos lectores
resbalar distrada, pero que me impresion fuertemente por ser un
momento interior que retrata con admirable fidelidad esa agridulce
emocin de orgullo y de coquetera que constituye cuanto las almas
artistas encierran de ms indeclinable y substancial.

Sara, la Unica, era muy nia todava, y en el convento donde se hallaba,
la comunidad se aperciba  celebrar la visita del anciano monseor de
Sibour, arzobispo de Pars. Para mayor amenidad y brillo de la fiesta,
la hermana Teresa haba compuesto una obrita teatral, dividida en tres
cuadros, y titulada Tobas recobrando la vista, que deba ser
interpretada por las alumnas mayores.

Pero  ltima hora la pequea Sara intervino en la representacin, y
declam su papel con tan sincera emocin y tan acabado arte, que
monseor, maravillado, hubo de felicitarla. La futura actriz, fuera de
s, loca de alegra, vibrando de orgullo, rompi  llorar.

Transcurrieron muchos meses, y aquella emocin pursima perduraba en la
nia, y baaba en luz radiante su almita ambiciosa. Una maana supo que
monseor de Sibour haba muerto asesinado... Qu sinti entonces
Sara?

Ella lo declara, sin sospechar tal vez el alcance inmenso de su
confesin. Sent--dice,--que el asesino me haba herido  m tambin y
despojado de algo precioso, pues acababa de robarme mi pequea gloria.

Comprendis?... Hasta all Sara vivi halagada secretamente por la
admiracin que sus aptitudes de artista inspiraron  monseor, y
pensando: El cree en mi talento y se acuerda de m. Pero el bondadoso
anciano ya haba muerto: cerrronse sus ojos  la luz, tinieblas
perdurables invadieron su memoria, y de su cerebro huy con la vida el
recuerdo de Sara. Por eso la nia volvi  llorar, porque se reconoca
menos admirada que antes, porque acababa de ver desvanecerse su pequea
gloria.

Traigo  colacin esta ancdota, porque ella explica con limpidez y
sobriedad aquel prurito  la vez desinteresado y egosta, que todos los
artistas tienen de eternizarse en la memoria de los dems.
Despreciadores de lo circunstancial y adjetivo, no parecen dolerse ni
del comer modesto ni del sobrio vestir, pero en cambio, aspiran  lo ms
alto,  la admiracin y rendimiento de los espritus,  que todos les
recuerden,  que as el acadmico, como el burgus modesto, como el
obrero, sepan sus nombres de memoria.

As no es extrao que siempre me produzcan vivo y pursimo alboroto
espiritual esas cartas de felicitacin que, de cuando en cuando,
recibimos los que escribimos para el pblico. Generalmente son de
mujeres, y es lgico que sea as, pues las mujeres leen ms que nosotros
y en sus almas ardientes y blandas, prontas al entusiasmo, no es difcil
suscitar el cosquilleo exquisito de la emocin.

Estas cartas, antes de romper la nema de sus sobrecitos perfumados, me
producen una inquietud semejante  la que en la adolescencia nos
causaban los billetitos amorosos; pero ms alquitarada, ms
refinadamente egosta. Me admira--pienso--y como me admira, me quiere
algo; que yo, en mis libros, desnud mi alma, y Ella la encontr
hermosa...

Das atrs el correo me trajo una de estas dulces sorpresas. Era una
tarjetita femenina, sin fecha y sin firma, que ola  violetas. Cmo se
llama su autora? Dnde reside?... Lo ignoro, pues ni el cartoncito ni
el sobre lo decan. Oh, el misterio, el potico misterio,  la vez
lancinante y sabroso!... Lectora, cuya alma sensible adivino, leyendo
astutamente entre lneas el dolor de mi alma: yo, para quererte, no
necesito conocer la blancura de tus manos, ni saber si son tus ojos
hermosos, ni de qu color tienes los cabellos. Me basta con la seguridad
de que hay lgrimas en ti para mis penas, y en tus labios jvenes
sonrisas de hermana para mis alegras; le basta  mi vanidad con tus
cartas annimas, que caen sobre mi mesa de trabajo como flores cogidas
en el silencio de tu rincn provinciano, y  mi voluntad laboriosa con
la conviccin de que t has de leerme.

Este platonismo, este refinamiento sentimental que atribuyo  los
artistas, no es exagerado. Un artista, cuanto ms grande, mayor
importancia otorga  la gloria. Ser admirado constituye la mitad de su
vida, acaso toda su vida; es una sed rara que, no habiendo de calmarse
nunca,  ratos, sin embargo, parece satisfacerse con una gota: as lo
ms frvolo, una carta, un simple apretn de manos, nos embriaga. Ello
explica las lgrimas que arranc  Sara Bernhardt el asesinato de
monseor de Sibour.

Todos los que viven del arte son egostas, con egosmo implacable y
feroz. Yo mismo, viendo pasar un entierro, me he olvidado del muerto
para pensar: Ese que va ah me conoca tal vez...

Y, como Sara, he comprendido que la desaparicin de aquella vida mermaba
un poco mi pequea popularidad.




LA CAMARGO


En los libros del amensimo Arsenio Houssaye y en la interesante
Correspondencia de Diderot con Grimm hallamos abundantes noticias
relativas  Mara Ana Camargo, la bailarina ms clebre de la Gran
Opera, de Pars, en el siglo XVIII.

Aunque nacida en Bruselas, por las venas de la Camargo corra sangre
espaola, y la pequeez de sus manos, la finura de sus torsos y la
brevedad de sus pies, decan claramente la distincin de su raza,
familia noble que haba dado  la Iglesia arzobispos y cardenales. En
los varios retratos que de ella hizo Nicols Lancret, el nico pintor
que ha rivalizado con Watteau en frivolidad y elegancia, la Camargo
aparece en la plenitud deslumbradora de su gracia.

En el valo nacarino, ligeramente carnoso, del rostro, los grandes ojos
italianos llameaban tempestuosos y alegres; tena la nariz respinguea y
corta, voluntarioso el mento, la boquirrita breve y roja, como la herida
de un florete; alrededor de la nieve de su frente sajona, los cabellos
latinos, encrespados y negrsimos, tejan un marco de bano. Y luego, su
cuerpo, admirable escultura, trepidante y flexible, donde se unan  las
redondeces blanqusimas de Rubens, las impacientes nerviosidades
goyescas.

Enamorada del apuesto conde de Melun, Mara Ana huy de su casa,  los
dieciocho aos, una noche, llena de perfumes y de estrellas, del mes de
Mayo de 1728.

A partir de aquel momento, su vida fu un vrtigo de oro y de glorias,
una disipacin sin freno, un perpetuo festn. Sus ruidosos xitos de
bailarina restaban gravedad  sus extravos; el reflexivo Mercurio de
Francia elogi su arte muchas veces; los poetas ms notables de su
poca festejaron su belleza, y si algunos satirizaron sus locuras, lo
hicieron suavemente; el mismo Voltaire, en el apogeo entonces de su
autoridad de su gloria, compuso en honor de Mara Ana y de mademoiselle
Sall estos versos famosos:

    Ah! Camargo que vous tes brillante!
    Mais que Sall, grands dieux, estravissante!

Que vos pas sont lgers, que les siens sont dansants! Elle est
inimitable, et vous tes nouvelle!

      Les Nymphes sautent comme vous,
    et les Grces dansent comme elle.

La Camargo, frvola, interesada, caprichosa, perversa, enamorada siempre
de la belleza, de la distincin y del dinero, es, dentro de la sociedad,
galante y artista, que formaron las fastuosidades del Rey-Sol y de Luis
XV, su hijo, como un smbolo de carne rosa.

Fu aquel un perodo admirable de desafos  primera sangre y de
madrigales. Los lacayos gozaban de la confianza de sus seores, y en el
gabinetes de las damas principales los abates componan versos; en los
bailes palatinos, las marquesas, utilizando los trenzados ceremoniosos
del minu, se dejaban oprimir los dedos. Haba, para todos los errores,
una inagotable tolerancia; el bizarro marqus de Fimarcon se escapaba
por las noches, disfrazado de mujer, de la crcel, adonde le llev un
sucio asunto de intereses, para ir  los bastidores de la Opera; otro
noble remita  la bailarina seorita de Plissier 20.000 francos en un
billetito, donde le declaraba su amor, y el mismo venerable cardenal de
Fleury sonrea bonachn y se encoga de hombros ante las lamentaciones
del modesto burgus que iba  pedirle justicia contra el raptor de su
hija....

Mara Ana Camargo us largamente de aquella libertad de costumbres. A su
amor estuvieron ligadas las figuras ms ilustres: el conde de Clermont,
rico como un prncipe oriental, el valiente Marteille, muerto en el
campo de batalla; el marqus de Lourdis, pendenciero y libertino; y vi
 sus pies  Vitry,  quien llamaban el hermoso pastor, y al caballero
de Rieux, de belleza apolina, y al brillante duque de Richelieu,
seductor irresistible, cuyos tacones colorados haban pasado por todos
los _boudoirs_ nobles de la Corte, y conoci tambin al veterano Gruer y
al msico Royer, ante quienes, una noche de locura, ella y otras dos
clebres bellezas de la Opera representaron El juicio de Pars...

El tiempo, entretanto, continuaba su obra devastadora; pasaron los aos,
muchos, cerca de cuarenta, y una maana la Camargo llor ante el espejo
viendo que sus mejillas haban perdido su frescura, que sus ojos no
tenan brillo y que eran grises sus cabellos. Entonces, majestuosa y
triste como una reina que abdica, pidi su retiro, que Luis XV la otorg
con una pensin vitalicia de 1,500 libras. Abandonada por sus
adoradores, y olvidada del pblico, Mara Ana se refugi en su hotel de
la calle de San Honorato, donde vivi varios aos entregada  sus
cacatas,  sus perros y  sus gatos; aquellos seran sus ltimos
amantes, los ms fieles.

Y ya la Camargo era muy viejecita, ya pareca que todo  su alrededor
haba concludo, cuando el buen dios Azar vino  consolarla
permitindola dar al mundo un adis romntico, de inmensa ternura, que
fu como violeta humilde entre el manojo de calientes claveles de su
vida.

Cierta tarde, la antigua bailarina recibi la visita de un seor anciano
que dijo llamarse Mateo Breuil. Frisaba en los sesenta aos, vesta de
negro y era hombre enjuto de carnes y de ademanes ceremoniosos y
pausados. En su semblante, cruelmente arrugado por las emociones, haba
tristeza y dulzura.

Al ver  Mara Ana, que le observaba atenta, el desconocido se inclin
respetuoso.

--Ya s, seorita--dijo,--que mi nombre no despierta en usted ningn
recuerdo.

--En efecto...

--No me extraa: Yo nunca he sido presentado  usted; no me he atrevido
 tanto; sus ojos, sus grandes ojos, que un tiempo fueron alegra de
Francia, me hubiesen anonadado...

Muy sorprendida, la Camargo repuso:

--Y bien? No comprendo...

El seor Breuil continu:

--Usted estaba muy lejos de m, porque volaba muy alto; los hombres ms
ricos, los ms clebres, los ms nobles, solicitaban su amor, y yo, que
lloraba por usted desde mi plebeyo asiento de paraso, era pobre y
vulgar. Cmo alcanzarla?... Pero los aos han pasado, y con ellos los
brillantes cortejadores que usted tuvo se fueron; ahora se halla usted
sola, y por lo mismo, tal vez, un poco triste. Y yo, Mara Ana, que la
quiero  usted con un amor inextinguible, que se impone  la fealdad y 
la vejez, yo, que he conquistado una fortuna y permanezco soltero porque
de todas las mujeres que he conocido me separaba la imagen de usted y la
seguridad de que algn da seramos el uno del otro, vengo  ofrecerla 
usted mi libertad. Nos casaremos, si usted quiere. Mi mano es sta...

Hablando as, el seor Breuil, los ojos arrasados en lgrimas, se haba
hincado de rodillas. La escena era demasiado tierna para no interesar el
corazn artista de la Camargo, y sus manos trmulas estrecharon
cordialmente las viejas manos de su adorador.

--No--dijo,--casados, no; para qu? La edad de las pasiones est ya
lejos. Seremos amigos, nada ms que amigos...

Y el Sr. Breuil repuso:

--Lo que usted quiera.

Todas las tardes se reunan, y charlando de sus lejanas mocedades
pasaron horas muy bellas. El concluy por instalarse en el piso segundo
del hotel de Mara Ana. Nunca salan  la calle. Por las noches rezaban,
jugaban al ajedrez, lean novelas y componan msica. Y era dulce, con
dulzura inexpresable, el ocaso de aquellos dos ancianitos, que ante la
proximidad de la Nada juntaban la nieve de sus cabezas.

Muri Mara Ana Camargo el da 29 de Abril de 1770, y su cuerpo, vestido
de blanco, reposa en la iglesia de San Roque. Cerr sus ojos el seor
Breuil, el nico de sus amados que no conoci la miel de sus besos.




LAFONTAINE


Aquella noche, despus de cenar, los dos viejecitos cayeron en la cuenta
de que  Enrique Thomas, que ya pasaba de los diecisis aos, era
necesario ensearle un oficio. En una carrera no haba que pensar; los
pobres, como ellos, no deben poner el hito de sus ambiciones tan alto.

--Si fuese carpintero...--dijo el padre:--porque en Pars los
carpinteros ganan mucho.

--Mejor sera ebanista.

--O sastre...

Hubo un silencio.

--Y si le hicisemos cura?--exclam la madre.

Y la opinin de la buena viejecita, que era muy catlica, prevaleci.
Enrique Thomas entr en un seminario.

Repentinamente, el futuro actor, que ms tarde haba de pasar  la
posteridad bajo el seudnimo de Lafontaine, se hall con las manos
cargadas de libros soporferos, que le hablaban de asuntos trascendentes
y graves, y preso el suelto y gallardo cuerpo juvenil entre los negros
pliegues de una sotana. Fu su primer disfraz.

Desde las ventanas del seminario, en las horas dulces de asueto, Enrique
Thomas oteaba el campo verde, y desde el remoto horizonte, voces
aventureras, voces de libertad y rebelda, fascinaban su alma peregrina
de bordels. Cada camino que se alejaba serpeando, cada buque que sala
del puerto, susurraban en sus odos una cancin de adioses. Sin duda
eran interesantes la Metafsica aristotlica y la _Suma_ de Toms el
divino; pero ms bello era vivir enamorado de unos labios rojos,
dormir al pie de un rbol, saludar desde la cresta de un monte la salida
del Sol.

Y una madrugada, Enrique Thomas, alucinado por los trinos arpados de las
alondras, brinc los altos muros que circuan la huerta del seminario y
huy de Burdeos. Su xodo fu breve. Otra maana, un gendarme le detuvo,
le pidi sus papeles, y hallndole indocumentado, le volvi  la casa
paterna.

Pobre fugitivo!... Sus progenitores no tuvieron para l ningn gesto
cordial: apenas le hablaron; en sus sobrecejos, endurecidos por la
clera, no haba perdn.

--Si no quieres ser cura, sers grumete--orden el padre.

Y pocos das despus, Enrique Thomas sali de Burdeos en un bergantn,
peor para l que un presidio. All, bajo la frula tirnica del patrn,
trep  las vergas, mond patatas, hizo guardias penosas. Aquella
existencia dur tres meses, y fu para l lo que para muchos toreros la
primera cornada. Lafontaine sinti el miedo de vivir, el horror
silencioso de esa lucha por el pan, que slo desenlaza la muerte.

Cuando regres  Burdeos declar que no volvera al mar, y
sucesivamente, trat de ser carpintero, herrero, broncista, sastre...
Pero su complexin bohemia era ms fuerte que su voluntad, y como antes
en el seminario, ahora en el taller su alma de vagabundo languideca.
Qu tediosos los das: las noches qu largas, qu iguales!...

Lafontaine huy otra vez, y sus bigrafos le encuentran en Pars
vendiendo de casa en casa las obras por entregas que publicaba el editor
Lachatre: novelas folletinescas, libros de viajes, libros de Historia,
de Geografa, de Arquitectura. Enrique Thomas iba leyndolos por las
calles, devorado su espritu por una comezn repentina de saber, y luego
los venda, empleando para ello su pintoresca y abundante verbosidad
meridional. Su clientela adoraba en l; era simptico, envolvente,
inagotable. Jams tuvo el editor Lachatre un representante igual.

Cierta noche Lafontaine vi en el teatro de la Porte-Saint-Martn 
Frdrick Lemaitre, al gran Frdrick, romntico y enorme como Hugo, y
su alma--dice Daudet,--experiment esa trepidacin reveladora que slo
sienten los artistas y los amantes. Enrique Thomas se decret un
porvenir.

--Ser actor--dijo.

A la noche siguiente fu  visitar al viejo y popularsimo Sevestre,
protector de los comediantes jvenes y especie de cacique  de
gobernador general de todos los pequeos teatros de los arrabales
parisinos. Contaba  la sazn Lafontaine poco ms de veinte aos: era de
mediana estatura y recio de hombros, y al mirar ladeaba la cabeza en un
gesto resuelto y simptico de desafo; tena la boca byroniana, triste y
audaz; los ojos, fulgurantes; el mento, conquistador; la nariz,
respinguea y cnica; el ademn, amplio; la frase frondosa y colorista.
Todo en l era fuego, conversacin, impulso; el gesto se adelantaba  la
palabra; la palabra  la idea. Su alma pareca un desbordamiento.

Tanta vivacidad y tanta belleza impresionaron las viejas pupilas, llenas
de experiencia, de Sevestre.

--T has trabajado alguna vez?--le pregunt.

--Nunca.

--Entonces...

--Pero no importa. He visto representar  Frdrick, y s que sirvo; lo
s... Me atrevera  hacer lo que l hace!...

Haba en sus afirmaciones exaltacin inquebrantable, fe inmensa,
contagiosa; demonio de muchacho!... Y Sevestre, bonachn, se dej
convencer, y Enrique Thomas debut. Su viril hermosura interes  las
mujeres; sus ojos, ardientes, emocionaron; su voz, metlica,
admirablemente templada, como la de Talma, para orquestar la furiosa
sinfona de las pasiones, hizo vibrar las almas. El pblico aplaudi, y
Enrique Thomas, despus de trabajar algn tiempo en los teatros de
Sceaux y de Grenelle, pudo pisar el escenario glorioso de la
Porte-Saint-Martn.

Su primer maestro fu Frdrick Lemaitre. El famoso actor, que entonces
llegaba al cnit deslumbrante de su celebridad, sinti hacia el
aventurero bordels un afecto paternal; l mismo le deca cmo debe
estudiarse; refrenaba sus intemperancias, correga la exaltacin
meridional de sus gestos y la dureza hirviente de su voz. Por las
noches, despus de la funcin, le llevaba  su casa, y all le obligaba
 sacudir el sueo y  meditar sus papeles. Lafontaine se rebelaba,
juraba  grandes voces que l no poda sentir as, que su ademn era
otro; quera marcharse... Pero Frdrick le dominaba con su experiencia
y le impona el grillete de su voluntad.

--Esto se dice as--repeta,--nada ms que as.

Y Enrique Thomas, agotado, enervado, casi doloroso, conclua por
someterse.

Muchos aos despus pas al teatro del Gimnasio, y all, bajo la
autoridad dursima del veterano Montigny, siempre descontento y regan,
acab de perfeccionarse en su arte. A Montigny todo le pareca mal.

--No levante usted tanto los brazos; no abra usted tanto los ojos...
Baje usted la voz... Pero por qu se encoge usted de hombros? No
comprende usted que ese ademn rara vez puede ser elegante?...

Oh! Montigny era peor an que Frdrick... A Lafontaine, rabioso,
despechado, se le saltaban las lgrimas; su alma inquieta de
seminarista, de grumete, de repartidor de obras por entregas, toda su
alma dscola y errante, protestaba iracunda contra tantas y tan
estrechas imposiciones. Pero al cabo ceda y su tcnica se refinaba.

No obstante, Enrique Thomas fu siempre un actor tempestuoso,
arrebatado, que estuvo ms cerca de Mounet-Sully que del circunspecto
Le-Bargy. En Kean obtuvo un xito inmenso. Haba algo en l que le
pona fuera de s mismo. Mas no por esto su prestigio menguaba; al
contrario. Las mujeres le adoraban, y ms de una noche, al salir del
teatro y en medio de las sonrisitas envidiosas de sus compaeros, se vi
en el dulce compromiso de subir  un coche que no era el suyo.

       *       *       *       *       *

Yo conoc  Lafontaine  fines de 1897, en Versalles. Era muy viejecito.
Del antiguo seminarista bordels, del bizarro galn joven del teatro del
Gimnasio, ya no quedaba nada: los ojos haban perdido su mocero
ardimiento; los labios, plidos, temblaban en el valo pulcramente
afeitado del rostro enjuto; el ademn era fro y borroso; el busto se
inclinaba hacia la tierra; en el mento, antes desafiador y petulante, ya
no quedaba voluntad. Caminaba  pasos lentos y breves, y al hacerlo se
apoyaba en un bastn. Por lo tristes y lo blancos, de nieve parecan sus
cabellos.

Resida en Versalles haca mucho tiempo, sin otra compaa que su
esposa, viejecita como l,  quien adoraba; y en la decoracin fastuosa
de aquellos jardines, que sirvieron de refugio  los amores de Luis XIV,
el rey libertino y magnfico, la figura delgada, vestida de negro, del
anciano actor pareca ms fnebre.

Una tarde de Diciembre, Lafontaine y su esposa paseaban por el bosque, y
la color gris del cielo nuboso y el crujir de las hojas cadas y el
silencio de las fuentes heladas deban tener para ellos elocuencia muy
triste. De pronto, un rbol se desplom sobre la anciana, aplastndola.
Lafontaine lanz un grito, su mejor grito tal vez, y perdi el
conocimiento. Su corazn estall. Cuando le recogieron estaba muerto.

Los peridicos hablaron de l muy poco, porque entonces el _affaire_
Dreyfus lo llenaba todo. _Le Journal_, al dar la noticia, aada:

A su entierro no fu nadie.

Nadie!

Oh, lectora! A ti, que de haberle conocido joven, acaso le hubieses
amado tambin, no te espanta la horrible negacin, el vaco espantoso,
el abismo de ingratitud, contenidos en esas dos slabas?...

Nadie!

Sic transit gloria mundi.




EL PBLICO


Examinando atentamente y con algo de mala intencin las obras de
nuestros novelistas, no es difcil sorprender en ellas inseguridades de
desarrollo, titubeos y frivolidades de concepto, que atestiguan cun
menguado  somero es el lastre cientfico de sus autores. Y cmo no,
cuando para muchos de ellos, todo, en literatura, es cuestin de
forma?...

A este reproche justsimo los aludidos podran redargir que los libros
de vulgarizacin cientfica de los naturalistas y de los mdicos
adolecen del defecto contrario: todos ellos descubren un desconocimiento
prctico de los hombres y de las cosas, la ignorancia que tienen de la
vida esas buenas almas, apacibles y sabias, que maduraron en la
austeridad candorosa de los laboratorios y de las bibliotecas; son obras
fras, en las que falta ese complejo perfume de vicios, de virtudes, de
alegras ingenuas y tambin de recndito dolor, que constituye lo que
apropiadamente podramos llamar olor  humanidad.

Yo estoy seguro de que si el amensimo Gustavo Le Bon, despus de
estudiar concienzudamente el alma de los pueblos asirio y caldeo, y de
buscar en Herodoto, y de aprenderse de memoria pginas de Suetonio y de
Salustio, se hubiese tomado el trabajo de frecuentar durante dos  tres
temporadas los bastidores de un teatro, hubiera podido aljofarar con
muchos y muy nuevos y curiosos puntos de vista su famoso libro
Psicologa de las multitudes.

Nada, en efecto, ayuda tanto  escrutar la vida, como la contrafigura
de la vida; es decir, el teatro, porque sobre el escenario, ante el
resplandor de la batera y entre rocas de madera y muros y horizontes de
trapo, laten el amor, los celos, la ambicin, la codicia, el disimulo,
todas las ruindades y pasiones, en fin que rien y se cotizan en el
cruel mercado humano; que es la farndula, lector, un mundo abreviado
 miniaturizado, del mundo...

As, para conocer pronto  un pueblo, no nos detengamos  examinar sus
museos, ni sus bibliotecas, ni sus peridicos, ni menos sus costumbres,
pues todo esto--lo ltimo especialmente,--exige hondos y sostenidos
sacrificios de atencin; nos bastar con estudiar sus teatros. En el
escenario, como sobre un espejo, el nima de la estirpe se retrata. Poco
importa que los intelectuales comulguen en estas  aquellas tendencias
estticas, pues todas esas modas de belleza son accidentales y
pasajeras: lo importante para el _turista_ que por primera vez se asoma
 una ciudad, es el rebao, la multitud abigarrada y omnipotente; y
sta, en sus juicios, siempre fu inconsciente y unilateral.

El espritu irreflexivo y nuboso de los pueblos septentrionales vibra en
las obras de Ibsen y de Bjorson, sus dramaturgos predilectos; los
teatros londinenses copian el carcter ingls, fro y correcto, incapaz
de batir palmas en honor de ningn artista; el carcter alemn, carcter
fuerte, enamorado sanamente de la diosa Risa, se refleja en comedias un
poco grotescas, llenas de traviesa hilaridad; como el alma francesa se
burla y coquetea en las obras de Lavedn, de Bataille y de Capus; obras
eclcticas, como dictadas por la gran indulgencia de un supremo
cansancio. En cambio el alma espaola, hosca y rebelde, reaparece en su
insana aficin  los dramas sanguinarios, inspirados por ideas atvicas,
homicidas, de valenta y de honor, como la caliente idiosincrasia
italiana clarinea violenta en las tragedias--tragedias infernales de
sangre y de holln--con que asombran  Europa Grasso y Aguglia Ferrau
en sus _tournes_.

En estos largos trazos  contornos, el alma de cada pueblo no vara, y
siempre aparece nica y semejante  s misma. Mas dentro de sta aun
restan por estudiar muchos detalles, muchos dintornos imprevistos, que
constituyen el gran espritu temblequeante de las multitudes; y para su
perfecto conocimiento y anlisis, nada tampoco ms til que el teatro.

El pblico es un demonio raro, una conciencia que,  pesar de su
propensin  lo rutinario,  lo institudo, ofrece anomalas extraas,
crisis momentneas, fuera de toda lgica y razn, en que el espritu
enorme de la colectividad se retuerce y re  ruge, como una mujer en un
ataque de histerismo.

A qu motivos deben achacarse esas contorsiones icarias de la
multitud?... Nadie podra decirlo; pero los comediantes que luchan con
ella diariamente, las adivinan y las temen, por lo mismo que ni su arte,
ni aun la experiencia--madre ubrrima de todo saber--les d ardides
seguros para combatirlas.

--Hoy el pblico--dicen,--viene de mal humor.

Este grito de alarma lo d el apuntador, el traspunte, el racionista,
que, distradamente, se detuvo  mirar por el agujerillo del teln de
boca, cualquiera... Tratndose de esto, ningn hombre de teatro se
equivoca. Si le preguntsemos al que lo dice el por qu de su
afirmacin, probable sera que no supiese contestarnos. Pero, no
importa: seguros debemos estar de que no yerra y de que el peligro
existe; es algo amenazador que flota en el aire, que vibra, como un
gruido de clera, en el estrpito con que los espectadores van ocupando
sus asientos.

La noticia ha corrido por los bastidores, ha penetrado en el saloncillo
de autores, ha llegado tambin  los camerinos, donde las actrices
acaban, entre risas, de alegrar con carmn la frescura bermeja de sus
labios. Durante un momento todos quedan preocupados; hoy el pblico
viene de mal humor. Qu suceder cuando el teln se levante?... Y por
las frentes pasa un gesto de inquietud; han sido aquellas palabras como
una corriente de aire fro...

Las mujeres son las ms sensibles  esta emocin miedosa: Rosario Pino,
Nieves Surez, Lolita Bremn (las devotas abundan) antes de salir 
escena se persignan llenas de uncin; Ramona Valdivia coge su papel y
lo repasa febrilmente, haciendo un ltimo y desesperado esfuerzo de
memoria; la misma Mara Guerrero, tan duea de sus nervios y de su
pblico, palidece y en el livor del rostro la nariz dirase que se
encorva, y que los ojos, los grandes ojos trgicos, se inmovilizan y
oscurecen.

Y es que todos los artistas, aun los ms independientes y de
personalidad ms firme, son esclavos de la multitud; el gran enemigo
cuya voluntad multiforme palpita hostil en la amplitud de la sala.

Otras noches, en cambio, el pblico est bueno. Por qu? Tampoco se
sabe; pero es as, y actrices y actores acuden entonces al escenario
rientes y tranquilos, como  una fiesta.

Dentro de estos, que podramos llamar antojos  caprichos de la
opinin, hay reglas constantes: el pblico, v. gr., de los sbados y
domingos, es malo; el de las tardes, bueno, y ms accesible que
ningn otro  la emocin de la risa; el pblico de los estrenos es el
ms descontentadizo, pero tambin el ms respetuoso y atento. Pero,
dentro de estas lneas generales, se producen aberraciones
inexplicables: hay en las obras teatrales donaires de situacin  de
frase que unas noches son redos y otras no; como hay momentos
dramticos que unas veces dominan en absoluto la atencin de la
multitud, y otras, sin razn concreta ninguna, la dejan impasible.

El origen de estas mascaradas del sentir colectivo es lo que los
comediantes ignoran y lo que todava ningn psiclogo ha explicado. Yo
creo que en tales extravagancias del humor influyen los vaivenes
polticos, las jugadas de Bolsa, y, ms que nada, el tiempo; una noche
de lluvia y de ventisca agra el carcter de los espectadores, y, sin
que ellos lo adviertan, les irrita y predispone  la protesta; la noche,
en cambio, que sigue  un da tibio y soleado, inclina  los espritus 
la indulgencia, el aplauso y la risa. Tan poco somos, tan poco valemos,
que todo el rumbo de nuestras ideas basta  cambiarlo  veces un simple
vaso de vino  un rayo de sol!

Y es porque el alma del pblico, esa alma que creemos enorme y terrible,
es, en el fondo, un alma frgil y movible de mujer.




CMO ESTUDIAN LOS ACTORES


Quin podra medir las miradas de ideas, de voliciones, de recuerdos,
de anhelos, vertiginosamente minsculos, que cooperan al gnesis de una
obra literaria?

Es evidente, con evidencia vertical que no necesita limitaciones ni
comentarios, que los agentes capitales de la produccin mental son el
momento nervioso por que atravesaba el artista, la orientacin
pasajera de su espritu, la cantidad de sangre que circulaba por los
capilares de su cerebro durante aquellas horas de convulsin creadora; y
un poco detrs, las grandes tendencias de su carcter, sus alegras 
sus abatimientos recientes, su idiosincrasia y otros varios detalles
tnicos, que ponen  la historia de cada individuo un largo proemio.
Pero an hay otros factores: son todas las lecturas, todas las
impresiones que fu recogiendo en su camino por la vida, todas sus
ufanas y desengaos de un instante, todo ese polvillo de realidad que
sobre el espritu va depositando la experiencia, lo que desde lejos,
desde muy lejos, influye ms  menos eficazmente en el definitivo entono
y arquitectura de la obra artstica. Sumemos todo ello, y tericamente
(porque el humano clculo nunca puede descender  profundidades tan
arcanas), veremos cmo el fruto de Belleza, sea libro, pgina musical,
lienzo  escultura, es el cociente de cuantas ideas surcaron el alma del
artista desde su niez ms remota, el acorde sinfnico de cuanto ha
odo, la sntesis pasmosa de todo lo que ha visto.

La fisiologa  mecnica de ese maravilloso fenmeno que llamamos
pensamiento, es bien sencilla: el artista recibe directamente las
impresiones sensitivas, las amolda  su temperamento, las devuelve
despus. Nada ms.

La labor del comediante, en cambio, es ms compleja, porque en ella
interviene otro elemento inspirador: el autor. Quiero decir que el
cmico, al mismo tiempo que busca personalmente en la naturaleza los
insustituibles acicates inspiradores de su arte, ha de examinarla 
travs del criterio de los dramaturgos que interpreta, y componrselas
de modo que el estudio directo, que es el de la naturaleza, y el
tortuoso  reflejo, que es el de los autores, se complementen y
fortifiquen de suerte tal, que lo vvido confirme lo ledo, y esto, 
su vez, ratifique y corrobore lo por l visto y escuchado.

Aqu reside la dificultad suprema del arte teatral, el abismo de
imperfeccin que constrie  los grandes comediantes  esfuerzos
inacabables de observacin y estudio. Tngase presente que el escritor,
cuando produce, ve y oye simultneamente  sus personajes, cual si
tras el teln corrido de la frente las ideas maniobrasen en un
diminuto escenario, y que ms tarde el actor, si quiere ser perfecto, ha
de hallar dentro de s mismo aquella voz y aquellos gestos que antes
vibraron en el cerebro del artista genuinamente creador.

Es necesario--dice Iffland,--que el actor se aplique  explicarnos por
qu razones el personaje es tal como all aparece, y qu circunstancias
depravaron su alma; siendo, en suma, el paladn oficioso del carcter
que representa.

Ello supone una fusin completa, una identificacin sin omisiones ni
suturas, entre el dramaturgo y el comediante, un dilatado trabajo de
penetracin que ste habr realizado para capturar cuantas vibraciones
agitaron el alma de aqul. As no debe extraar que actores como
Zacconi, como Novelli, como Coquelin, esos reyes del gesto que han
bordado las perfecciones supremas de su arte, tengan un repertorio
pequeo; los Balzac no abundan; la intensidad, grata  los atenienses,
generalmente se logra  expensas de la cantidad, que admiran los
brbaros. Hay tipos, como el de Hamleto, cuyo estudio bastara  llenar
la vida de un actor. Mis meditaciones acerca de este carcter--dice
Macready,--han perdurado hasta el final de mi carrera.

Para obtener tan elevadsimos grados de seleccin, el comediante no slo
habr de pulir su espritu, sino tambin educar su rostro, su voz y sus
ademanes, de suerte que todo ello, en un preciso momento, vibre al
servicio de la misma expresin.

La vida--escribe Rafael Salillas,--es una obra que se desenvuelve en
nuestro interior y que tiene en la fisonoma su escenario, un escenario
que cambia, que no es el mismo en la sucesin de los tiempos, que
empieza por ser un teatro Guignol y se muda en teatro cmico y dramtico
y trgico, y lrico tambin y de todas las variedades conocidas: gnero
chico y gnero grande.

Lo que el ilustrado mdico dice, refirindose  las evoluciones por que
pasa la cara de los nios, es perfectamente aplicable al semblante de
los actores. Considrese que, como el mar acepta todas las presiones del
viento, as la fisonoma del comediante queda obligada  traducir
cuantas impresiones le imponga el dramaturgo. Estos, ya lo sabemos,
jams saben expresar acabadamente lo que piensan, y todas sus
creaciones, aun las ms perfectas, son aspectos  aproximaciones de un
ideal esttico, que el abismo infranqueable que divorcia al fondo de la
forma, hace inaccesible. El tormento de la frase lo han padecido los
genios mayores; si Shakespeare hubiese podido decir todo lo que quiso,
su gloria sera infinitamente ms grande. Toda obra, por tanto, deja en
el nimo de su creador la inquietud de algo inconcludo, de algo no
dicho, que inmediatamente le impulsa  escribir otra... y otra despus.

As el semblante de los actores: sus facciones deben aspirar  poseer
aquella movilidad que el autor lleva en el pensamiento; sus ojos, sus
labios, su entrecejo, constituirn un libro de infinitos tomos, un
devenir inacabable. Es el escenario, unas veces cmico, otras trgico,
por donde sucesivamente resbalan todas las gracias, todas las muecas
torvas, todos los guios del juvenil contento, de las pasiones, de la
melancola viril. Cada expresin nueva, por tanto, que el actor
descubra, debe constituir una verdadera y legtima obra de arte.

Anlogas consideraciones podran hacerse  propsito de la voz. Como los
ojos, la garganta de un actor excelente puede expresarlo todo, , al
menos, apuntar panoramas psquicos muy diversos, que no es ms
generoso en policromias el espectro solar, que lo es la escala
cromtica en penumbras y matices de armona.

Lo acredita as la costumbre que muchos profesores franceses de
declamacin tienen de que sus alumnos traduzcan, con una frase vulgar
cualquiera, estados de nimo diferentes. Por ejemplo, el discpulo habr
de exclamar:

--Hola..., un perro!...

Alternativamente, segn las inflexiones de la voz, estas tres palabras
le servirn para revelar alegra, terror, clera, fastidio,
indiferencia. Todo el encanto radicar en la diccin, en la distribucin
hbil, apenas perceptible, de los acentos, en la suavidad con que la
intencin resbale de una slaba en otra. Es una gimnasia de inagotables
actitudes, un dinamismo altamente educador, que suelta, fortalece y
sutiliza la anatoma del aparato vocal. Se me dir que tantos
refinamientos son excesivos?... No! De esto y de bastante ms necesitan
ser capaces los buenos actores. Acaso ellos, sobre el escenario del
teatro, no deben hallar, como nosotros en el escenario de la vida, la
exactitud de esos gritos  de esas modulaciones que, en determinados
momentos, son como miniaturas maravillosas de cuanto fuimos y hemos de
ser?

M. Andrieux divida  los comediantes en tres grupos: los que cantan,
los que gritan y los que hablan.

Vulgarmente, los artistas dramticos empiezan gritando sus papeles.
Esto suele indicar exceso de facultades, y tambin emocin, falta de
imperio sobre s. Es un defecto que la misma Sara Bernhardt ha padecido:
 la vista del pblico, un estremecimiento nervioso la obligaba 
crispar los dientes, y por entre sus mandbulas cerradas la voz pasaba
sibilante, con una dureza metlica que despus muchos actores,
equivocadamente, han querido imitar. Otros comediantes cantan; stos
son peores: son los esclavos del latiguillo odioso, los siervos del
ritmo, en quienes la costumbre de orse mata el hechizo avasallante de
la emocin. Para obviar ambos defectos, el actor necesita tener presente
que la perfeccin suma de su arte es la naturalidad. El actor que,
sabiendo de memoria su papel, lo diga, no como quien repite, sino como
quien improvisa, esto es, hablando desenfadadamente unas veces,
tartamudeando otras, segn acontece en la vida, habr conseguido darnos
la sensacin de la realidad.

A estas excelencias, que pudiramos denominar adquiridas  de estudio,
necesita el actor aadir una gran capacidad de asimilacin y cualidades
fsicas nada vulgares. Un comediante bizco, patizambo  jorobado, por
mucho genio que tenga, nunca lograr imponerse ni agitar el corazn de
las multitudes. Como los profetas, como los oradores, como todos los que
triunfaron con el gesto, el actor necesita ser bello. A despecho de los
siglos, Grecia y Roma viven en nosotros. Adoramos la lnea. A
Cuasimodo le perdonamos el extravo de su espina dorsal, porque
sabemos que, bajo su joroba de bufn, hay un buen mozo.

Dumas (hijo) crea que un comediante poda triunfar slo con la
emotividad, con lo que l denominaba el demonio interior. El veterano
crtico Francisco Sarcey, se muestra ms iconlatra; proclama la
importancia de la forma. Al pblico--dice,--se le seduce con una buena
figura y una voz expresiva. Lo dems es obra del instinto.

El antiguo comediante y luego profesor del Conservatorio,
M. Worms, tambin reconoce la supremaca de la escultura.
Primeramente--escribe,--las cualidades fsicas son indispensables: la
voz, que tan decisiva influencia ejerce sobre el pblico; la mirada, ese
reflejo intenso del pensamiento, sin el cual no puede haber comediante
bueno; un temperamento nervioso y sensible; la capacidad de
exteriorizar rpidamente, un don de observacin robusta, y memoria,
capacidad que desempea papel importantsimo en el funcionamiento 
dinmica de todas estas facultades.

Coquelin, ms astuto, establece ciertas clasificaciones: para traducir 
los clsicos exige una irreprochable diccin; para la interpretacin
de obras inferiores, una buena presencia, y en la voz un tic
agradable.

Mounet-Sully, slo quiere que el comediante tenga sensibilidad,
imaginacin. Pero esto es raro: los actores todos, desde Mlingue 
Luciano Guitry, piden para sus compaeros, antes que genio, elegancia y
belleza.

A propsito de esto, podran citarse muchas ancdotas. Cuentan que
cierta noche, M. Dormeuil, director del antiguo teatro del Palais-Royal,
le dijo  Derval, al hermoso Derval, que entonces empezaba su carrera y
tena el pelo muy rubio y las cejas muy abundantes y negrsimas:

--Hijo querido, qutese usted esas cejas; hoy se las ha pintado usted
demasiado.

Sorprendido el actor, repuso:

--Cmo? Que me las borre?... Pero si son mas!

El bondadoso M. Dormeuil repar mejor.

--Es cierto--dijo.--Oh! Usted triunfar pronto. En usted esas cejas
constituyen una originalidad y un contraste ms.

La observacin es justa. Como Derval, otros muchos actores han acelerado
la hora de sus xitos, merced  la expresin sugestiva de sus facciones.
Sirva de ejemplo Antonio Vico: yo creo que la mitad de su poder trgico
residi en el bosque hirsuto, terriblemente amenazador y elocuente, de
sus cejas irritables.

Claro es que, por obra de ese poder mejorador que la funcin ejerce
sobre el rgano, as como la gimnasia desenvuelve los msculos del
acrbata, de modo anlogo la costumbre de fingir una y otra vez las
mismas expresiones, perfecciona las particularidades fisonmicas de los
artistas de teatro, educa la lnea de los labios, d expresin  la
frente y al mento, agranda los ojos, de suerte que hallaremos
constantemente en los actores veteranos una diversidad de miradas y de
guios, que nunca tiene el rostro del comediante joven.

Pero la educacin del semblante no basta: la distancia que separa al
escenario de las butacas, la riqueza de las decoraciones, y ms que
nada, el resplandor de la batera comen mucho; es decir, merman la
importancia de las figuras, las empequeecen y emborronan, y de ello ha
nacido el _maquillaje_  arte de fortalecer  abultar las expresiones,
de modo que stas puedan llegar al pblico en su absoluta intensidad y
pureza.

El _maquillaje_ es al semblante lo que ste es  la idea: algo que lo
reanima, que le d plasticidad y relieve, una especie de careta  de
segundo rostro, que, unido al primero, al rostro real, coopera  la
materializacin perfecta, acabada, del pensamiento del autor.

Todos los grandes artistas de teatro han reconocido la importancia del
_maquillaje_, cuya invencin se atribuye  Daniel Bac, famoso actor bufo
de en tiempos del segundo imperio. El clebre Lafont no tardaba nunca
menos de tres horas en pintarse; y M. Febvre se extraa de que en los
Conservatorios no haya una clase especial donde los alumnos puedan
aprender, razonadamente, el arte de caracterizarse.

El _maquillaje_, en efecto, constituye una especie de rinconcito de la
ciencia, cuyo discreto cultivo requiere ciertos conocimientos
anatmicos. Caracterizarse como suelen hacerlo Jos Santiago  Sim
Raso, que supo ofrecernos en El rayo verde y en Los malhechores del
bien dos cabezas inolvidables, es muy difcil. Requiere saber todos
los secretos habladores de la fisonoma: las arrugas por donde corre la
burla, los pliegues del abatimiento, los surcos de la desconfianza y de
la clera; y conocer tambin, como un pintor, la armona que debe mediar
entre las pelucas y aadidos y las expresiones del semblante, el modo de
ensanchar los ojos, de aviejar la boca, de dar  los labios aquella
expresin y aquel color ms en consonancia con las palabras que han de
decir.

Adems, estos minuciosos detalles coadyuvan  esa autosugestin, tan
preciosa para el arte del comediante. El traje influye en el actor: la
trusa y la espada inspiran por educacin, acaso por atavismo, pruritos
romancescos de aventuras y conquistas; un traje de labriego predispone 
las zancadas desvadas,  los ademanes torpes; una peluca de viejo
induce  encorvarse hacia adelante y  deslizar temblequeos de
ancianidad en las manos y en la voz.

Cuenta Ginisty,  propsito de esto, la historia tierna y conmovedora de
cierto actor fracasado que, no pudiendo ya presentarse en pblico,
serva de segundo apunte y para hacer una voz desde bastidores. La
noche en que se estren la comedia Un seor  una seora, el anciano
actor deba representar, desde dentro, el papel de un postilln. Para
lo cual, cediendo  su inveterada costumbre de caracterizarse, se visti
de pies  cabeza, y se ti la nariz y las mejillas de rojo, dndose de
ese modo  s mismo la impresin de que era un cochero borracho. Sus
camaradas le embromaban por aquel celo, que estimaban intil.

Pero l repuso:

--No lo creis: esto me ayuda  entonar las palabras.

Amn del examen constante, insaciable, de la obra que han de
representar, los actores deben aplicarse  rebuscar en la realidad
cuantos elementos puedan robustecer las impresiones que las lecturas les
proporcionan, y dar  la ficcin escnica visos de hecho verdadero y
vvido.

Como los pintores, como los novelistas, los actores buscan en la calle,
en el ateneo  en la taberna, datos  croquis que luego adaptarn  las
figuras  caracteres que quieren interpretar. Algunos comediantes que,
como Coquelin y Pepe Santiago, saben algo de dibujo, tienen un lbum
donde apuntan ligeramente las cabezas y los gestos que ms interesaron
su atencin.

Regnier de Maligny, en su Manual del comediante, dice que stos
necesitan conocer los tipos reales y estudiar principalmente:

En el campo, la voz, los ademanes, sencillos y francos, de los
campesinos. En las iglesias,  los verdaderos y  los falsos devotos.
En las audiencias,  los abogados,  los fiscales y  los jueces. En
los hogares de los nobles y de los ricos,  los criados y  los
subalternos arrogantes. En los palacios de los prncipes,  los que
los custodian y  cuantos van all de visita. En los cementerios, 
los parientes verdaderamente afligidos y  los herederos que aparentan
estarlo.

Los consejos de este viejo Manual, un poco pueril, son, en el fondo,
de una exactitud insuperable. Jams la agilidad creadora del genio
iguala la fecundidad inexhausta de la naturaleza; todos los caracteres
que novelistas y dramaturgos desde Corneille hasta Rostand, han
inventado, no suman la muchedumbre de tipos, de temperamentos y de
familia, que pueden pasar ante nuestro balcn en el espacio brevsimo de
una hora. Algunas de esas huellas que la realidad dej en la formacin
 ideacin de un personaje escnico, han pasado  la historia. Garrick
declara en sus Memorias que los gritos, muecas y lvida desesperacin
de cierto amigo suyo que perdi el juicio porque una hija de dos aos se
le haba cado  la calle desde un balcn, le sirvieron despus para
componer el borrascoso carcter del rey Lear.

Despus de tan mltiples y prolijas meditaciones, llegan los ensayos
llamados de mesa, que algunos directores de escena tan peritsimos
como Fernando Daz de Mendoza, estiman adversos  la espontaneidad que
debe dar gracia y frescura  la labor del comediante; luego los ensayos
de conjunto  generales, donde cada actor se habita  conocer el
verdadero sitio que ocupa en la obra con relacin  los otros
personajes, y, finalmente, la noche, siempre pavorosa y terrible, del
estreno.

La actriz inglesa Cristina Nilsson, dice: No son artistas los que
pretenden ignorar esa hiperestesia dolorosa que precede  los dbuts.

Son contados los artistas que, como el malogrado Antonio Perrn,
conservan, en medio de la sobresaltada emocin general, el amistoso buen
humor de su sangre fra. Vico, en los entreactos, permaneca absorto.
Mara Tubau rehuye toda conversacin. Pepe Rubio busca la soledad y va y
viene, la vista fija en el suelo, las manos cruzadas  la espalda. Son
noches de fiebre en que, de teln adentro, nadie nos estrecha la mano,
en que parece que nadie nos conoce...

El pnico de esas horas crueles obliga  muchos comediantes  adoptar
ciertas precauciones. Algunos buscan  sus nervios un acicate en el
ayuno; otros procuran irritarse momentneamente, artificialmente, para
no sentir el miedo al pblico. Talma, por ejemplo, antes de salir 
escena, arremeta  su criado, le abofeteaba, le insultaba:

--Traidor... miserable... ponte de rodillas!...

Esto le permita autosugestionarse mejor; despus se iba. En la mucha 
poca rudeza de aquellos golpes, conoca el pobre servidor la tensin
nerviosa en que su amo se hallaba.

--Hoy--deca,--M. Talma me ha pegado muy fuerte; trabajar bien.

Otros artistas, por el contrario, buscan la codiciada perfeccin en la
serenidad, en cierta laxitud ntima que les deja sentir mejor. As,
Adelaida Ristori, la vspera de los grandes estrenos, visitaba un
cementerio, y leyendo los epitafios se conmova hasta el llanto con
aquellas expresiones del humano dolor. Y Fanny Kemble, horas antes de
interpretar por primera vez el papel de Julieta, se fu al parque de
San Jaime  leer el libro de Blum, titulado: Principales caracteres de
las Santas Escrituras, porque aquello--dice,--serva de excelente
sedativo  la exaltacin de mi cerebro.

El pblico, que al penetrar en un teatro adquiere con el billete de su
localidad el derecho  que le diviertan, desconoce todos esos obstculos
que amargan los xitos, fciles al parecer, del comediante. Estos, por
su parte, tambin los ignoran. Si los supiesen, al salir del
Conservatorio, la carrera del arte escnico aparecera ante ellos como
una cuesta agria, inhospitalaria, casi inaccesible, que trataran de
subir muy pocos.




LA MONTANSIER


Hace un siglo que en cierta habitacin reservada del teatro Vaudeville,
de Pars, se conserva el silln de aquella mujer extraordinaria que se
llam la Montansier. El amigo que camina delante de nosotros, nos
dice, detenindose y bajando un poco la voz:

...Aqu se sentaba la Montansier para dirigir sus ensayos.

Es un silln canonjil, amplio y cmodo, de respaldo y asiento cuadrados,
entre cuyos brazos tranquilos creemos ver agitarse la figurilla picante
y grcil, llena de movilidad y de iniciativas, de la famossima
empresaria del Palais Royal. Y hay alrededor del viejo mueble olvidado,
como una evaporacin de silencio, de melancola y de paz.

Margarita Brunet naci en Bayona el ao de 1730. Sus padres eran obreros
modestos. Una tarde llegaron  la ciudad varios artistas de aquellos
que  mediados del siglo XVIII llevaban  travs de Europa, y sobre una
carreta, la alegra pcara de sus almas ingraves. Los rostros
pintarrajeados de los cmicos, sus trajes vistosos, los acordes
carnavalescos de su charanga, que tronaba en la plaza, agitaron el
espritu, hasta all tranquilo, de la joven, con un viento de libertad.
Sera bonito huir, romper lo ordenado, entregarse  la atraccin de esos
horizontes donde la diosa Aventura celebra diariamente, en la vaguedad
ondulante de todos los caminos, sus ritos de poesa y misterio.

Y alucinada por la alegra que pasa, Margarita Brunet, sin despedirse
de nadie y sin amar  ninguno de sus raptores, sigui  la farndula...

Cuando lleg  Pars, tena veinte aos, y fu  instalarse en casa de
su anciana ta, Mme. Montansier, mercera de la calle San Roque. La
futura actriz era entonces una muchacha menudita, pizpireta, gran
conversadora, diablica de puro insinuante. Sus labios, rebosantes de
risas y de gracia, su palidez meridional y la hermosura de sus ojos
negros, rindieron la admiracin de muchos viejos nobles que,  la puesta
del sol, paseaban la majestad de sus largos casacones bordados bajo los
rboles de las Tulleras. Algunos la protegieron generosamente, y
Margarita,  quien todos apellidaban la Montansier, tuvo, como las
reinas medioevales, una Corte de Amor.

A los treinta aos conoci  Neuville, un actor que representaba en
teatrillos de nfimo orden papeles de segundo galn; el admirable
Neuville, tolerante y discreto, con quien la Montansier ya vieja y
gloriosa, haba de casarse treinta y cuatro aos ms tarde. Realmente,
Margarita Brunet, con este ltimo rasgo de fidelidad, tan en desarmona
con su olvidadizo temperamento, no hizo ms que pagar una deuda sagrada:
Neuville, en efecto, fu quien, al mismo tiempo que conquistaba aquel
corazn ingrato, fij su destino. Deslumbrado bajo las pupilas
fulgurantes y arcanas de su dolo, el modesto actor repeta:

Has nacido para actriz. Por qu no te atreves? Yo te aseguro que en
los papeles de reina, habas de estar muy bien.

Al cabo, la Montansier se decidi, y protegida por algunos personajes
acaudalados, tom en arrendamiento el teatro de Rouen. As comenz su
carrera de empresaria aquella mujer excepcional, que mand construir el
teatro del Havre y tuvo en Pars dos teatros suyos, por los cuales,
durante sesenta aos, desfilaron las actrices y actores ms clebres de
aquella poca: Mlle. Mars, la intrprete feliz de Molire y de Marivaux;
la Monvel, las hermanas Sainval, el clebre Dugazn, maestro de Talma;
el gracioso Brunet, el solemne Grammont, que muri decapitado;
Tiercelin... y otros muchos. Y los autores festivos entonces ms en
boga: Dorvigny, Martainville, Aude...

El primer paso largo hacia la Fortuna lo di Margarita Montansier en
Versalles, hallndose de directora en la Sala de la calle Sator.

Representbase aquella noche una obra de Fabart, titulada Los
Segadores, y el coro cantaba alegremente alrededor de una olla en la
que humeaba una sopa de coles. El olor de la frugal comida impresion 
la reina Mara Antonieta, quien de incgnito y acompaada de la princesa
de Lamballe, presenciaba la funcin desde un palco proscenio. Mara
Antonieta quiso probar la sopa, y de este modo, ella y la Montansier se
conocieron y fueron amigas. Poco despus, y merced al favor de la Reina,
Margarita construy en la calle Rservoirs otro teatro ms grande y
lujoso, que lleg  ser una especie de antesala de la Comedia
Francesa, ya que all deban examinarse todos los artistas que aspiraban
 pisar el escenario sagrado de la calle Richelieu.

Tantos quehaceres no bastaban  satisfacer ni la actividad ni la
ambicin de la joven actriz, quien la noche del 12 de Abril de 1790,
abra, con el nombre de Teatro Montansier, las puertas del clsico
coliseo del Palais-Royal. La inauguracin fu un xito completo.
Representronse Los esposos descontentos, pera cmica de Dubuisson y
Storace, y El sordo, comedia en tres actos, de Desforgues; y el
pblico, que haba pagado los palcos  dos y tres libras, no ces de
aplaudir  los artistas. La Montansier y Neuville estaban encantados; el
empresario, un buen abate llamado Bouyon, que amaba  la Montansier
paternalmente, y  quien aos despus, en un motn, colgaron de un
farol, se frotaba las manos...

Amn de una inteligencia siempre despierta y de una voluntad que jams
conoci los desmayos y cobardas de la fatiga, la Montansier posea el
don de la oportunidad; esa rara virtud, casi omnipotente, que guarda el
hito de todas las victorias.

En el mes de Junio de aquel mismo ao, el Gobierno, que anhelaba
celebrar el primer aniversario del asalto de la Bastilla y comprenda
que los trabajos de demolicin estaban muy atrasados, invit al pueblo 
tomar parte en ellos.

Esta invitacin cvica--dicen Bordier y Chartn en su Historia de
Francia,--electriz todas las cabezas; las mujeres participaron del
general entusiasmo y lo propagaron; los estudiantes, los seminaristas,
hasta los mismos frailes, dejaban sus claustros y corran al Campo de
Marte, con un pico al hombro.

La Montansier no fu la ltima en corresponder al patritico
llamamiento, y secundada por el obediente Neuville, cerr su teatro y
acudi al Campo de Marte, al frente de una risuea compaa compuesta de
autores, msicos y comediantes. Muchas mujeres imitaron su ejemplo, y
esto aument su popularidad. Ella, finalmente, decret el traje que las
parisinas que deseasen contribuir  la patritica labor, deban de usar.
Era algo muy frvolo, muy de bazar, pero muy bonito: un trajecillo de
muselina gris, que disimulase bien el polvo; medias y zapatos del mismo
color, y un ancho sombrero de paja adornado por una escarapela. En los
diminutos azadones que esgriman, ardan flores y cintas tricolores...

Adems de actriz notable y de empresaria de iniciativas y recursos
inagotables, fu la Montansier una de esas mujeres envolventes en
quienes el arte de sumar simpatas y de saber servirse de ellas, es algo
innato y natural. As, en su casa, que un corredor pona en comunicacin
con su teatro, Margarita reuna todas las noches  los prohombres de
aquella poca de furiosas tormentas polticas, y bajo los ojos
conciliadores, un poco burlones, de la actriz, los Montaeses y los
Girondinos deponan sus odios pasajeramente y se daban las manos.
Sentados indolentemente sobre los largos divanes de aquella casa
indulgente, artistas llenas de belleza y de gracia, y hombres temibles
llenos de voluntad, hablaban de poltica  charlaban de amor: all se
conocieron el actor Volange y el duque de Orleans; all naci la amistad
de Bonaparte, desconocido an, y de Talma; por all pasaron tambin las
cabezas poderosas que poco despus, y una tras otra, haban de
acrecentar la fama siniestra de Guillotn: Camilo Desmoulins, San Jorge,
Barrs, Dantn, Marat, Robespierre...

Cuando Francia sufri la acometida de las naciones coaligadas, la
Montansier, queriendo disipar el mal recuerdo de su amistad con la
difunta Mara Antonieta, organiz y puso bajo las rdenes inmediatas de
Neuville un lucido batalln compuesto de actores, autores, figurantes y
maquinistas. Tambin se alistaron como cantineras y Hermanas de la
Caridad, varias actrices. Este pelotn de voluntarios se port
bizarramente en la sangrienta jornada de Jemmaques, donde el general
Dumouriez se cubri de gloria. Entonces la Montansier, que as saba
vencer como sacar partido de sus victorias, form una compaa
dramtica, al frente de la cual corri  reunirse con sus compaeros, y
sobre el mismo campo de batalla di, para recreo y esparcimiento de las
tropas, una funcin teatral al aire libre.

Estos rasgos magistrales de ingenio y de oportunismo, no bastaron, sin
embargo,  serenar la desconfianza que inspiraba  los demagogos, y la
Comunne la encarcel, so pretexto de que el Teatro Nacional,
levantado por la Montansier en la plaza de Louvois, y que luego se llam
Teatro de la Repblica y de las Artes, fu construdo con objeto de
poder quemar  mansalva la Biblioteca Nacional.

Cuando la Montansier recobr la libertad, su voluntad, nunca domada, aun
tuvo bros para dirigir otras campaas teatrales, organizar compaas
nuevas y exigir al Gobierno, como indemnizacin  los daos que la haba
ocasionado injustamente, siete millones de francos!...

Pero ya la Montansier se senta vieja, usada; sus antiguos amigos y
protectores haban muerto, y su espritu, aunque siempre animoso, haba
perdido aquella elasticidad rebelde de los aos tempranos. Entonces la
clebre aventurera mir  Neuville, el bondadoso Honorato, su primero y
tambin su ltimo amor, y se cas con l...

Falleci la Montansier el da 13 de Julio de 1820,  la edad de noventa
aos. El pblico que concurra  los jardines del Palais-Royal, conoca
de vista  esta viejecita de cabellos plateados, que todas las tardes,
desde su ventana, posaba la mirada de sus largos ojos inteligentes sobre
aquella multitud, donde ya no quedaba ninguno de los hombres que la
amaron.

Con esta mujer empieza la historia del Teatro francs en el siglo
XIX...




OCTAVIO MIRBEAU


Es Octavio Mirbeau, antes que nada, un gran descontento, un atrevido
removedor de ideas, un profesor de energas, que dira Barrs, y
tambin un filntropo. Descendiente de una antigua familia de notarios,
creerase que en l se reconcentr el espritu de protesta de todos sus
tataradeudos, almas mollares, pensamientos apagados sin luchas,
voluntades pacficas envejecidas mansamente en la uniformidad
perdurable, horriblemente triste, de los despachos notariales. Mirbeau
siente odio hacia aquella quietud que encorv la espalda de sus
predecesores y su verbo,  ratos impetuoso y flamante como el de Hugo,
excita  los vastos combates, desdea  los hipcritas, maldice de los
rutinarismos sociales y descubre  los vencidos y  los dbiles el fuego
santo de las rebeliones.

Mirbeau es normando; desde nio am el peligro; era gil, fuerte y
violento; sus compaeros le teman; muchas veces, para acreditar su
valor, se arrojaba ante los coches que pasaban por la carretera de
Trvires, su pueblo natal. Curs la segunda enseanza en un colegio de
jesutas, del que sali, como su desdichado Sebastin Roch, llevando
en el alma, el odio al cura, odio inagotable y fecundo, capaz de llenar
toda una vida.

A los veintids aos entr, como crtico de artes, en la redaccin de
_El Orden_, desde cuyas columnas defendi los atrevimientos
revolucionarios de Rodin, Pissaro, Claudio Monet, etc.; pero la novedad
de sus opiniones y las violencias de su estilo, le dejaban cesante poco
despus. Entonces, imitando el ejemplo de un amigo recin venido de
Conchinchina, dedicse  fumar opio, deseando conocer por s mismo las
torturas que tanto celebraron Baudelaire y Quincey. El exquisito veneno
de Oriente, le trastorn; dominado por una melancola invencible, pasaba
los das sentado, sumido en un largo ensueo sin impulsos, esperando las
revelaciones de la Pereza, esa gran amiga de los artistas, que Gautier
llam la dcima musa; comiendo un huevo crudo cada veinticuatro horas
y fumndose algunos das ciento ochenta pipas. Esta situacin dur
varios meses.

Despus de ser subprefecto en Ariege una corta temporada, Octavio
Mirbeau regres  Pars, donde reanud en _Le Gaulois_ sus tareas
periodsticas. De pronto, y cediendo tal vez  una pasin que haba de
serle fatal, acometi temerarias operaciones burstiles, que le
procuraron ganancias copiosas. Pero luego, herido por una gran traicin,
huy de Francia y compr un barco pesquero, sobre el que anduvo
navegando dieciocho meses por los mares britnicos, lejos de la
humanidad traidora que le haba lastimado.

Vuelto  la vida literaria, public El comediante, folleto terrible,
que le vali una contestacin inolvidable de Cocquelin y el odio de
todos los actores, quienes, reunidos en asamblea general, prometieron
dedicar  monsieur Mirbeau su indiferencia y su desdn. De esto
vengse Mirbeau, fundando con Pablo Hervieu y Groselande, _Las Muecas_,
hebdomedario satrico que fustig con crueldades juvenalescas  las
figuras capitales del teatro francs.

Las tres novelas que fijan rotundamente la orgullosa personalidad de
Mirbeau, son El Calvario, libro admirable, segn Bourget, por la
sencillez magistral de la factura, sus asuntos de punzante sinceridad y
el valor con que desnuda las ms secretas heridas del alma.

El Calvario es el fracaso del amor. Minti, el protagonista, adora 
una mujer indigna,  quien desprecia, pero de la que no puede zafarse.
Algo terrible, superior  su voluntad, le lleva  ella. Una noche,
vindola dormida, se complace en imaginrsela muerta, y siente en su
fresco aliento un imperceptible olor  podrido. No obstante, la adora;
tiene la atraccin de las vorgines; ser esclavo suyo hasta morir. Las
mejores pginas que Balzac, Dumas y Daudet consagraron  la descripcin
de este pavoroso estado de alma, son muy inferiores al cruel examen que
Mirbeau hace del fatalismo trgico, ineluctable, de las pasiones
infames.

El abate Julio es el fracaso del sacerdote obligado, por sus votos, 
no tener familia. El abate Julio, en quien el autor retrat  cierto to
suyo clrigo, es hombre sencillo, indulgente, lleno de compasin hacia
la humanidad y que olvida los latinajos de ritual junto al lecho de los
moribundos; sus labios piadosos balbucean frases profanas, ingenuas, de
un lirismo mstico infinitamente dulce.

Pobre nia--dice,--que te vas al da siguiente de llegar! De la vida
slo conociste las primeras sonrisas, y te duermes  la hora del
sufrimiento inevitable... Vete  la claridad y al reposo, almita
querida, hermana del alma aromosa de las flores y del espritu msico de
los pjaros!... Maana, en el jardn, aspirar tu perfume en el perfume
de mis rosales, y te oir cantar sobre las ramas de mis rboles...

Finalmente, Sebastin Roch, es el fracaso de la educacin, el
infortunio incurable del nio, cuya alma inteligente y dulce
corrompieron maestros infames. Es un libro terrible, pesimista y amargo,
donde aparece, como en los cuadros de Greco, un fondo de holln poblado
de figuras lvidas.

Consecuencia, derivacin  remate de esta triloga dolorosa, son Los
malos pastores, obra sombra donde todo naufraga, porque de todo
triunfan la injusticia, la desesperacin y la muerte, como en el drama
de Bjornson, Ms all de las fuerzas.

Los rasgos ms ostensibles de su carcter son la acometividad, la
rebelin, el odio; pero el odio--como dice Rodenbach,--slo acredita un
exceso de amor. Aborrece  los poderosos porque el sufrimiento de los
dbiles acongoja su corazn. Tambin maldice la guerra: para l, sobre
la idea de Patria, siempre acotada y estrecha, est la idea de
Humanidad; su altruismo llega al suicidio: No, yo no matar--dice
Sebastin Roch;--acaso me deje matar; pero no matar. Y el protagonista
de El Calvario besa la frente del prusiano  quien hiri mortalmente
en la batalla.

Actualmente, Octavio Mirbeau tiene poco ms de cincuenta aos: es un
hombre recio y tranquilo; la serenidad de su ademn revela un gran vigor
latente; su cabeza balzaciana, fuerte y cuadrada, tiene una expresin
noble de severidad tolerante; la nariz es ancha, el bigote rojizo y
spero; bajo el frontal, que la lucha de las pasiones y del pensamiento
arrugaron, las cejas, algo canosas ya, pintan dos arcos inquietos,
irascibles y enrgicos; al hablar adelanta el mentn con gesto retador y
audaz. Todo acusa la austeridad de un carcter resuelto y severo;
nicamente los ojos azules, un poco hmedos, como propensos al
enternecimiento, descubren el temple ntimo y ms alto de aquel espritu
mejor inclinado  la emocin y al entusiasmo, que  la burla; su cuello
robusto tiene, como dice Goncourt, el tinte sanguinolento de la piel
del hombre que acaba de afeitarse. Observndole ceudo y como
preocupado, dispuesto siempre  la exaltacin agresiva del impulso, me
acuerdo de Anatolio France, corts, plido, inalterable, irnico como un
dios de marfil.

En casa de Mirbeau los colores verde-claro y amarillo del mobiliario
evocan las alegras del campo y del sol; desde los balcones, abiertos
sobre la Avenida del Boulogne, se ve un gran trozo del Bosque. Aunque
avecindado en Pars desde hace muchos aos, el alma fuerte de Mirbeau
conserva el recuerdo sano de los paisajes normandos; la aficin  la
naturaleza,  los horizontes inmensos donde las grandes almas enamoradas
de lo Absoluto, hallan consuelo...




VICTORIANO SARDOU


He visitado  Victoriano Sardou en su casa del Boulevard Courcelles,
casa magnfica y fastuosamente amueblada, que podra servir de escenario
 un drama de gran espectculo: tapices soberbios visten las paredes: la
tonalidad obscura del mobiliario insina algo de la complexin soadora
y romntica de su sueo; todo all es penumbra y quietud; de los
levantados techos cuelgan complicadas araas de bronce.

Conoc  Sardou una tarde de invierno. Al entrar en su despacho el gran
dramaturgo, que saba el objeto de mi visita, sali  mi encuentro,
alargndome sus dos manos con efusin seductora de cordialidad y
agasajo; fu uno de esos gestos admirables que, suprimiendo de cuajo las
frialdades ambagiosas de la etiqueta, equivalen  una intimidad de
varios aos.

Sardou es de mediana estatura, viste limpiamente, pero con el descuido
de los hombres que llegaron  abuelos, y no usa joyas. Todos los rasgos
de su semblante afeitado y cetrino acusan resolucin y osada; el mentn
es vigoroso, la nariz larga parece rer entre dos pmulos muy fuertes,
el labio superior se escapa hacia adentro dando  la boca el rictus
irnico de Voltaire; una larga melena gris cubre sus orejas y su cuello;
bajo las cejas despeinadas por los aos, los ojos, escpticos y agudos,
parecen repetir lo que Schopenhauer escriba  un amigo suyo: Estos
jvenes vienen  conocerme para poder vanagloriarse, cuando viejos, de
haberme visto en carne y hueso y de haberme hablado... Nada en l, sin
embargo, descubre al humorista bilioso; el ademn es copioso y alegre y
fcil la risa; sobre aquella cabeza, menos grave que la de Wagner, 
quien tambin se parece, ni el fastidio ni el desengao hicieron blanco
nunca.

Victoriano Sardou naci en 1831, y sus primeros aos se deslizaron bajo
el bello cielo provenzal. Ya en Pars, sus padres quisieron dedicarle al
profesorado; pero l empez  estudiar medicina, atrado, ms que por
una verdadera curiosidad cientfica, por el aspecto trgico de las salas
de diseccin. Bien pronto las exigencias de la vida le obligaron 
abandonar los estudios. Aquellos tiempos fueron terribles; la miseria le
expulsaba de todas partes; para poder comer, unas veces daba lecciones
de griego y de latn, otras escriba biografas en _La Europa Artista_,
 pasaba las tardes pescando  orillas del Sena...

Entretanto, su buen talento y su inquebrantable tenacidad, le
permitieron escribir varias obras dramticas: entre ellas Bernardo
Palissy, Nuestros ntimos, Flor de Liana y Reina Ulfra, que la
famosa Raquel no quiso representar.

La fatalidad persegua  Sardou. El primer drama que estren se titulaba
La Taberna, y fu estrepitosamente silbado por los estudiantes,
enemigos del segundo Imperio: todo contribuy al fracaso de la obra;
hasta la circunstancia de apagarse el gas cuando comenzaba la escena ms
interesante... A pesar de lo ocurrido con La Taberna en el teatro
Oden, Carlos Desnoyers acept Flor de Liana para el Ambig; pero
Desnoyers falleca poco despus, y su sucesor perdi el manuscrito.
Fval pide  Sardou un drama _raro_, que no recuerde nada conocido, y
Sardou escribe El jorobado, que deba interpretar Mlingue; pero ste,
que era muy celoso y no quera aparecer ridculamente  los ojos de su
mujer, se neg  representarlo. El actor Montigny rechaz la comedia
Pars del revs, que Scribe hall _inmunda_; y la censura prohibi los
ensayos de Cndido.

Con estos reveses el destino se di por satisfecho, la ola amarga haba
pasado, y el joven luchador, ya bien templado el nimo por la
desgracia, iba  caminar, sin tropiezos, hacia la victoria. Su obra Las
primeras armas de Fgaro, estrenada por Djazet, fu un xito que le
vali ser llamado el nieto de Beaumarchais. Casi al mismo tiempo
triunfaba en el teatro del Palacio Real con Gentes nerviosas, y poco
despus robusteca su fama con El seor Garat, y la lindsima comedia
Patas de mosca.

--Cincuenta aos hace que escribo para el teatro--me dice Sardou,--y el
xito an sigue sonrindome. Ah est La bruja, estrenada ayer... Como
para La Fontaine, mi preocupacin nica es gustar, lo que logro
examinando escrupulosamente los gustos de mi siglo. Ya s que la crtica
no es benvola conmigo, pero crea usted que los autores que maldicen del
pblico y hablan de corregir sus gustos, es porque no poseen el arte de
agradarle.

El matrimonio haba de marcar en la inspiracin del autor de
Divorcimonos un nuevo y felicsimo oriente. Esta es la poca  fase
_moral_ de su obra, y coincide con ciertos pruritos de recogimiento y
honestidad que la desenfadada sociedad del Segundo Imperio sinti
despus de veinte aos de orga. Nadie mejor que Victoriano Sardou, que
haba frecuentado las veladas de Compigne y los bailes de las Tulleras
y salvado  la emperatriz en la terrible jornada del 4 de Septiembre,
poda responder  tal deseo: as sus xitos se multiplicaron. A este
perodo deben referirse las obras Patria, y El odio; sus deliciosas
comedias La familia Benoiton y Viejos muchachos, y sus dramas
Serafina y Rabags, en quien unos vieron  Emilio Ollivier y otros 
Gambetta.

No discutir aqu el teatro de Sardou, del que conozco ms de cuarenta
obras; pero, aun censurando, en general la labor del autor de La Tosca
y de Madame Sans-Gne, cuyas rebuscadas artificiosidades repugnan
cuantos creen que la belleza y la verdad teatrales pueden convivir sin
estorbarse, no cabe negar que sus fbulas estn hbilmente compuestas,
que las escenas chorrean pasin y enrgico colorido y que sus
personajes, y muy especialmente sus mujeres, tienen algo extrao y
atrayente sobre todo encomio.

Como otros muchos autores, Victoriano Sardou acostumbra  escribir, no
ya los crquis  siluetas de aquellos argumentos que ms tarde habr de
desarrollar, sino tambin pensamientos, frases dispersas, citas,
artculos de peridicos en los que subray con lpiz rojo algunas
palabras, y otros pequeos elementos cuya significacin y alcance slo
l sabe, y que luego su imaginacin y su memoria, laborando juntas,
sabrn interpolar entre los hilos del nuevo drama. Estas notas, escritas
ligeramente de sobremesa, en el paseo, yendo de cacera  en el mismo
coche que le lleva  le trae del ensayo, forman ms de cien grandes
legajos; algunas fueron apuntadas hace veinte aos.

Para trabajar, Sardou elige aquella situacin que ha de ser motivo
capital  escena culminante del drama, y seguidamente comienza 
preparar cuantos episodios han de anteceder y de seguir  dicho momento;
de tal modo que ste sea consecuencia obligada de cuanto le precede y
tambin origen fatal y nico de lo que le sigue.

Realizado este trabajo preliminar, Sardou se sienta  escribir. En l,
como en Daudet, la produccin es violentsima; produce de un tirn,
rpidamente y como delirando. A veces se le oye exclamar: Ah,
tunanta!... O bien: Ah, miserable, ya eres mo!... La clera de sus
personajes le quema, irritndole hasta el paroxismo, obligndole 
salpicar el primer original de sus obras de interjecciones y frases
soeces. Tambin, segn las circunstancias, llora  re.

--No es raro--dice,--hallar huellas de lgrimas en mis manuscritos.

Terminada la obra, Victoriano Sardou, que es, simultneamente, un
visual y un auditivo, dedica toda su atencin  ponerla en escena. A
su juicio, es tan difcil presentar bien un drama, como escribirlo.

Sardou, que se indign hasta el insulto contra el famoso Irwing, porque
ste haba representado el papel de Robespierre con botas de reverso y
no con medias blancas de seda, no permite que nada quede encomendado 
la discrecin  cuidado de los actores. El lo vigila todo, desde el
ornato del escenario hasta la forma y calidad de los muebles: si sobre
una mesa, verbi gracia, ha de haber algunos libros, l determinar
cuntos sern y de qu tamao. Las mismas actrices, aun las ms
rebeldes, aceptan su autoridad, consultndole el corte y color de los
trajes que vestirn la noche del estreno. Sardou d su opinin, que es
irrevocable.

--Si no lo hiciese as--dice sonriendo con su risa mordiente como un
epigrama,--todas querran presentarse vestidas de rojo, para mejor
llamar la atencin del pblico.

Esta hegemona que el gran dramaturgo ejerce sobre la gente de teatro,
naturalmente indcil y orgullosa, proviene de sus muchos triunfos, de su
dilatada experiencia, y, principalmente, de sus portentosas facultades
de actor.

Sardou, con quien han trabajado, desde Djazet y Felia, hasta Rosa Bruck
y Mounet-Sully, imita acabadamente el ademn y la voz de todos los
actores; entre su pensamiento y su accin hay siempre harmona perfecta,
el ritmo y desembarazo de sus movimientos, son impecables. Cuando un
actor no halla una expresin  la justa entonacin de una frase,
Sardou, que presencia el ensayo desde una butaca, no puede reprimir su
impaciencia y brinca al escenario.

--Esto--exclama,--se dice as...

He tenido varias veces el gratsimo placer de verle ensayar, y declaro
que la gallarda, donaire y brioso apasionamiento de este anciano de
setenta y tres aos, son magistrales. Todos lo reconocen as y nadie se
atreve  contradecirle; y probablemente muchos de los artistas que hoy
ocupan lugares eminentes en la escena francesa, se congratulan
secretamente de que Victoriano Sardou no haya querido nunca ser actor.

       *       *       *       *       *

M ltima conversacin con Victoriano Sardou ha sido interesante y muy
larga. El insigne dramaturgo, me habla de su niez, de su abuelo, que
sirvi como mdico en los ejrcitos del primer Imperio, de cmo conoci
 Lamartine dirigiendo  caballo un motn popular, de su primera
entrevista con la Djazet, de la fe inmutable que siempre tuvo en s
mismo, de su soberbia posesin de Marly le Roi...

A travs de su relato pintoresco, frvolo, lleno de travesuras y de
risas, recuerdo el duro camino que el autor de Fernanda ha recorrido
antes de llegar  tan alto. Y entonces me acomete esa curiosidad que
inspiran todos aquellos que, viniendo de muy abajo, subieron mucho: los
grandes artistas, los reyes del oro, los exploradores que violaron el
secreto de las cumbres inaccesibles... y que se traduce en esta
pregunta:

--Diga usted, usted que trep tan arriba: qu piensa usted del mundo?
Hay, en efecto, horizontes que yo no sabr nunca? Qu conoce usted que
yo no haya visto?

A estas interrogaciones que, al cabo, no me decido  formular, los ojos
burlones y penetrantes de Sardou parecen responder:

--No se apure usted; no se inquiete usted; lo extraordinario no ha
existido jams. Schlling tiene razn: Todo es uno y lo mismo.




PABLO HERVIEU


Pablo Hervieu tiene cuarenta y siete aos, ha compuesto doce volmenes
de novelas y cuentos y nueve obras teatrales: el orden y el trabajo
gobiernan su vida: su voluntad es fortsima, la amplitud de su
conciencia pone entre sus actos concatenacin lgica inmutable; idea
despacio y escribe lentamente y por modo casi definitivo, cual si no
quisiera molestarse luego en copiar lo hecho: es, quizs, el nico autor
dramtico francs que no ha sido silbado.

Hervieu me recibe en su despacho: es una habitacin cuadrangular, alegre
y muy clara, con dos ventanas abiertas sobre la Avenue de Boulogne; los
muebles son elegantes y cmodos; ni los cuadros ni los chillones
bibelotes japoneses abundan; los libros, no cabiendo ya en los
armarios, invaden el divn y las sillas; es como una marea desbordada
de papel; una biblioteca porttil amenaza desplomarse bajo el peso de
las ltimas publicaciones; no obstante, en aquel hacinamiento catico de
novelas y de revistas, adivinamos cierta ordenacin  clasificacin; el
maestro recuerda, aproximadamente, dnde estn sus libros, y si quisiera
buscar alguno, es indudable que tardara en hallarlo pocos minutos.

Por las abiertas ventanas penetran torrentes esplndidos de sol y
canciones de pjaros; estamos  fines de Mayo. El tiempo es magnfico;
en la chimenea, tras un biombo chinesco, arde un buen fuego. Este
detalle me sorprende; Hervieu, advirtindolo, sonre, haciendo ese gesto
dcil del hombre que no sabe rebelarse contra sus hbitos.

--Tiene usted razn... ya hace calor... Pero, en fin, la costumbre...

Pablo Hervieu se halla sentado ante su mesa de trabajo; un cigarrillo
humea entre sus dedos delgados y largos de aristcrata; su ademn es
modesto y sobrio, pero resuelto; habla poco y sin prisa, y levantando
ligeramente la voz al pronunciar las ltimas slabas de cada frase, lo
que acusa ese espritu enrgico que los graflogos descubren en los que,
al escribir, dirigen hacia arriba el trazo final de las letras. Tiene el
semblante comunicativo y simptico, la mandbula fuerte, el mentn
cuadrado; este rasgo y la expresin cavilosa del frontal, traducen bien
su carcter tenaz, reservado, impenetrable tras el mutismo de las
cavilaciones.--Soy--dice,--como una casa cuyas ventanas tuviesen las
cortinas corridas.

Pero lo que ms atrae mi curiosidad, son sus ojos, grandes, quietos y
verdes, de un verde muy claro; ojos distrados que parecen desdear lo
que los labios van diciendo.

Aunque fuerte, Pablo Hervieu es pesimista y escptico.

La intimidad--escribe en su libro Pintados por s mismos,--ya lo
sabes, es el medio de decirle  un amigo lo que un enemigo piensa de
l.

Y en otra parte:

Creo en el poder del amor sexual, del instinto creador. La amistad, la
cordialidad... son sentimientos inseguros, impulsos efmeros, como esos
enternecimientos que experimentamos hallndonos de sobremesa, durante
una digestin agradable... extraordinario no ha existido jams.
Schlling tiene razn: Todo es uno y lo mismo...

Hablamos de los caracteres que la produccin reviste en los grandes
autores. Hervieu no comprende las vehemencias alucinantes de Balzac  de
Flaubert, ni la fiebre creadora de Daudet: l empieza  escribir poco 
poco, merced  un gran esfuerzo voluntario y sin gozar el flujo
impulsivo de la verdadera inspiracin: sus ideas van presentndose
lentamente y como  remolque, alinendose entre los renglones de una
escritura vigorosa y apretada, donde las es jams dejan de tener su
punto correspondiente. Mientras trabajo--dice,--guardo conciencia de mi
esclavitud, soy como el viajero que espera, bajo las tinieblas del
tnel, ver lucir de nuevo la claridad del da.

Pablo Hervieu empez escribiendo novelas, y en medio del florecimiento
naturalista entonces imperante, sus libros, prudentemente mondados de
descripciones soporferas y de chocarreras malsonantes, marcaron una
tendencia nueva, extraa y personalsima.

Pintados por s mismos es una novela de una tan fortsima, rebuscadora
y punzante psicologa, que llega  producir en el lector delicado la
sensacin del dolor fsico. Los tipos estn magistralmente descritos; la
carta con que desenlaza la obra la devota condesa de Pontarm (que
imagina vivir, como Pangls, en el mejor de los mundos), tiende sobre
este libro lleno de infamias, de arteras cobardes y de rastreras
ambiciones, la sonrisa consoladora de una irona exquisita.

De parecida ndole son sus obras Flirt y La armadura, libro de
fuerte y copiosa lgica, donde la sociedad aparece esclavizada, ms que
bajo el amor, por el dinero.

No obstante, aquellos libros en que Hervieu d una nota ms seductora y
ms original, son Los ojos verdes y los ojos azules y El
desconocido. En nuestros profundos--escribe el autor,--ocurren
emociones vagas, vertiginosas, por las cuales comprendemos que una
pequea parte de nosotros mismos ha vivido ya...

Escuchando al maestro, y bajo la accin sedante de su ademn y de sus
ojos tranquilos, recuerdo las incoherencias maravillosas de esos dos
libros que emulan las pginas mejores de Maupassant, y que un nervioso
no podra leer de noche y  solas. Hoffmann, dando forma y color  sus
excentricidades, jams supo escribir nada semejante. El terror, en
Hervieu, como en Maupassant, no se v, y he aqu su fuerza; es la fuerza
de Lo otro, de lo que nadie sabe; el poder atrayente y poderoso de los
cuartos cerrados, de los viejos retratos, de los cortinajes que el
viento estremece suavemente ante la puerta de las habitaciones 
oscuras...

Un determinismo absoluto y perfectamente razonado rige lo maravilloso en
Hervieu. A Hervieu le enamoran los locos y cuanto hay de independiente y
sobrenatural en su desvaro; el protagonista de El desconocido es un
demente lgico. La emocin trgica de este libro es poderossima; un
ambiente de manicomio lo envuelve; la aficin fisonomista del hroe, que
se complace en dar noticias estupendas para estudiar las rayas que el
pnico  la clera pintarn sobre el rostro de su interlocutor; el guio
suigenrico de aquel mdico covail que muestra los caninos al rer slo
los caninos! en virtud de un peregrino fenmeno atvico de ferocidad;
sus consideraciones acerca de la muerte y de la posicin en que debemos
dejar los ojos de los cadveres... todo tiene una originalidad
imborrable.

Hace tiempo que Pablo Hervieu no publica novelas. Por qu? Obedece
este cambio  un sesgo nuevo de su inspiracin,   una idea de
lucro?...

A mis preguntas Hervieu ha respondido con un ambagioso alzamiento de
hombros; probablemente ni l mismo lo sabe: al principio imagin
novelas, y escribi novelas; luego quiso escribir para el teatro, y nada
le impidi llevar adelante su propsito; en los caracteres ordenados y
tenaces como el suyo, la inspiracin es siempre esclava dcil de la
voluntad.

El sagacsimo psiclogo Alfredo Binet divide  los autores dramticos en
grafistas,  improvisadores que escriben al correr de la pluma;
oidores, que, como Curel, autosugestionados por su concepcin, oyen
lo que sus personajes dicen y trabajan cual si escribiesen al dictado; y
articuladores, en quienes persiste una relacin constante entre la
palabra y el yo consciente. Pablo Hervieu pertenece  estos ltimos.
Estoy completamente solo--dice,--soy yo, quien habla... quien hace
esfuerzos para expresar lo que siente...

A su juicio, lo capital es el argumento de la obra y la trabazn,
vigorosamente lgica, de las situaciones; la calidad de los muebles, la
disposicin y ornato del escenario, no le preocupan. En cambio, el
pblico le asusta; jams est contento de s mismo;  veces, la objecin
ms leve de un actor inteligente, le mueve  descomponer toda una
escena. Sin embargo, es un carcter resuelto, refractario  dejar
inconcludo aquello que empez. Comprendo--dice,--la indignacin, la
lucha, las escenas de fuerza, mejor que el enternecimiento. Este rasgo
culminante de su psicologa alcanza  sus personajes, aun  los
secundarios: todos son lgicos y fuertes; todos tienen menton...

El teatro de Hervieu no es un teatro con tesis, como algunos mal
informados creyeron; s un teatro de ideas, teatro veraz, lgico, un
poco triste, real, en fin... donde siempre aparece la dolorida pequeez
humana de hinojos ante los grandes precipicios sociales.

Brunetiere afirma que Pablo Hervieu tiende  crear la tragedia moderna,
despojndola de aquel aburrido carcter histrico que siempre tuvo. Esta
es la gran novedad de su obra. Acaso las costumbres contemporneas son
incapaces de remontarnos  la emocin trgica? Acaso lo irremediable ha
hudo de la vida?

La condicin inevitable y suprema de la tragedia es la fatalidad:
distnguense, desde luego, lo trgico de la situacin, y lo trgico
del carcter. En ambos casos importa que la escena slo pueda
desenlazarse de un modo, y que las voluntades presas en tal conflicto
 torneo, no puedan seguir ms de un camino: intilmente la razn
aconseja y la prudencia y la ternura suplican juntando las manos; los
acontecimientos continan su curso, los personajes avanzan como
autmatas empujados por la espalda. Qu puedo hacer? Qu debo hacer?
Qu necesito hacer?... Esto se lo preguntaron Edipo, Orestes, Hamleto,
Don Alvaro... todos!... Pero sus dudas no aprovechan, sus reticencias
tambin son vanas; callan lo que debieran decir, hacen lo que no
quisieran hacer, y, como fuera de s mismos, marchan hacia lo
Inevitable, que es la desesperacin, la muerte, la sublimidad en el
horror. Sean cuales fueren los grados que alcance la civilizacin, lo
trgico existir siempre: el determinismo ha reemplazado sin ventaja,
pero tampoco con mengua, la antigua teora de la fatalidad; y Pablo
Hervieu, fiel  las leyes inexorables del derecho y de la lgica,
resucita, gracias al Cdigo, la leyenda de Nmesis.

Recordemos el argumento de La ley del hombre, y los dos terribles
conflictos de Las tenazas. Qu har aquella mujer  quien su marido,
escudado en la legalidad, no quiere devolver su independencia? Qu har
aquel hombre que no puede recobrar el hijo que la ley confi  la
madre?... Nada: la fatalidad de lo establecido, de lo vigente, les
sujeta por el cuello, forzndoles  caer de rodillas.

Y El Ddalo?

Su artculo me ensea un artculo, muy bien escrito, de Zeda. El
ilustrado crtico de _La Epoca_, pregunta: Resuelve  no resuelve el
divorcio los conflictos matrimoniales? Este es el problema que plantea
Hervieu en su Ddalo.

Hervieu sonre.

--No me he propuesto exponer nada--dice,--ni resolver nada. Componiendo
esta obra, slo quise describir los tormentos de dos hombres  quienes
la ley hubiese autorizado  desposarse con la misma mujer.

Continuamos hablando. Durante la entrevista, que ha sido larga, Pablo
Hervieu ha guardado su actitud respetuosa y amable; su frase siempre fu
breve y exacta, y ni el entusiasmo ni la irona descompusieron en un
pice el ritmo sereno de su ademn; sus ojos avizores no cesaron de
mirarme fijamente, saliendo al tropiezo de mi pensamiento, como ganosos
de conocer mis penas, mis ambiciones, mi historia... todo eso que los
hombres no se cuentan nunca. El silencio de Pablo Hervieu tiene la
expresin inquietante de una pregunta; callando, parece repetir lo que
su mano escribi:

Haz que yo pase por todo aquello por donde t pasaste...




ALFREDO CAPUS


El rasgo tpico ms seductor y ms nuevo de todo el meritsimo edificio
literario de Alfredo Capus es la indulgencia. Como Scrates, el autor de
La Vena cree que nadie es malo voluntariamente: los hombres son
buenos  perversos, leales  traidores, segn las circunstancias, por lo
que stas deban asumir la responsabilidad total de cuanto el individuo
dice y ejecuta. Capus, que en sus frescas mocedades, traduca y
comentaba  Darwin, aplica al mundo moral cuanto aquel insigne
naturalista escribi relativo  la presin que el medio ejerce sobre el
individuo. Todo es obra del momento, y nunca hay en nuestra alma dos
estados absolutamente idnticos, como no contiene el trascurso del da
dos minutos cuya intensidad luminosa sea matemticamente igual: lo
mximo suele estar sujeto  lo minsculo;  veces una simple frase 
una mirada de irona, quiebran la recta de una decisin herica. Nadie
es porfiadamente bueno; nadie, tampoco, es sistemticamente malo: quien
ayer fu honrado porque estaba ahito, maana, hallndose hambriento,
puede ser ladrn.

El criterio sincretista de Capus, su tolerancia inextinguible, su
bondad, nunca fatigada, embellecen  sus personajes, aun  los ms
torcidos y aviesos, dotndoles de una amoralidad frvola, espontnea y
riente, que les hace irresistiblemente simpticos. Para qu indignarse
contra aquellos vicios que, ms que de la maldad ingnita del hombre,
provienen de su triste debilidad y apocamiento? Unicamente las grandes
almas, capaces de juzgarse  s mismas, sienten el placer del perdn.

Conozco vuestro carcter--dice el noble Andrs Jossan, protagonista
triunfador de La Castellana,  Gastn la Rive, vencido, envidioso y
artero;--lo conozco muy bien; lo he tenido...

Trepando lgicamente de induccin en induccin y fiel  las bases
primeras de su tica, llega Alfredo Capus  proclamar un fatalismo
nuevo, originalsimo, exquisitamente consolador. A saber: que todos los
hombres, aun los ms desgraciados, tienen en su historia un momento en
que el dios xito les sonre y ofrece la mano. Todos, por tanto, debemos
recibir impvidos las injurias de la adversidad, y esperar sin
desmayos, como el rabe que aguardaba ver pasar ante la puerta de su
tienda el cadver de su enemigo,  que la fortuna generosa nos brinde
sus mercedes.

Esta reparticin fatalista de los bienes y de los males, responde
evidentemente  ciertas leyes inviolables por las cuales Capus trata de
medir el porvenir de todos los individuos. No olvidemos que Alfredo
Capus es ingeniero de minas, y que as como antes, en su modo de juzgar
las virtudes y errores humanos, aparece el literato influenciado por el
naturalista defensor de la adaptacin al medio, ahora le vemos sujeto
al criterio inexorable y rigorista del matemtico que, sabiendo cmo
todas las palpitaciones csmicas, desde la rotacin de las nebulosas y
de los astros, hasta el primer rebullo vital de la clula, son el
cociente de una suprema operacin algebrica, busca el equilibrio del
mundo moral en una especie de frmula numrica que presida el reparto,
al parecer arbitrario y casual de las bienandanzas y pesadumbres.

En La Vena le dice Julin  Carlota:

Creo que cualquier hombre medianamente dotado y ni muy tonto ni muy
tmido, tiene en su vida una hora de suerte, un instante durante el cual
los dems hombres parecen trabajar para l, en que los frutos vienen 
colocarse al alcance de su mano para que l los coja. Esa hora, Carlota
ma, triste es confesarlo, no nos la dan ni el trabajo, ni el valor, ni
la paciencia. Es una hora que suena en un reloj que nadie ha visto...

La teora es tranquilizadora: segn ella, los ms desdichados deben de
esperar, con resignacin alegre,  que el tiempo vuelva en el libro
augusto de los destinos aquella pgina donde est la hora feliz de su
victoria.

La activa labor de Alfredo Capus ha producido una obra higinica, limpia
de pasiones tenebrosas, risuea y simptica, llamada  dejar rastro
firme y original en la historia del teatro contemporneo.

Discutiendo la finalidad de las obras artsticas, escriba Flaubert:

El arte, teniendo en s mismo su razn de existir, no debe ser
considerado como un medio. A pesar de todo el genio que se derroche en
el desenvolvimiento de tal fbula tomada como ejemplo, otra fbula
cualquiera podr servir para demostrar lo contrario: los desenlaces no
son las conclusiones.

Esto precisamente marca el gran relieve artstico de Capus, en cuyo
teatro no hay desenlaces, dando  esta palabra su restringida
significacin tradicional. El autor de Rosina (la ms atrevida de sus
obras), no se propone demostrar esto  aquello con sus comedias, sino
que todos los caracteres y situaciones de cada obra forman un total
homogneo, compacto, sin artificiosidades ni suturas, del que se
desprende,  guisa de aroma, una filosofa dulce, fatalista y eclctica.
Capus, que conoce exactamente la historia de sus personajes, les
acompaa en sus combates, celebrando sin entusiasmo sus virtudes, que l
sabe son cualidades mudables, emigradoras y del momento; censurando por
idntica razn sin acritud sus extravos y punibles tolerancias. Por lo
que sus producciones son retales admirables de psicologa que, aunque
rigorosamente lgicas en el fondo, se muestran tras esa dulce
incoherencia que hace amable la vida; obras que se desenvuelven
fcilmente, sin convulsiones, redimidas de aquellas terribles y absurdas
lneas verticales con que los cultivadores del antiguo teatro
desfiguraban la realidad.

--Nuestro modo de ser?--pregunta Bourget,--no es la obra
indestructible de las miradas que nos han seguido y juzgado durante
nuestra infancia?

Tan hbil observacin se cumple en Alfredo Capus, cuya obra literaria es
sagaz remedo  disimulado trasunto de su propia vida.

A los veinte aos, y mucho antes de concluir su carrera de ingeniero,
Capus escribi varios juguetillos cmicos. Despus, no queriendo salir
de Pars, dedicse al periodismo, y colabor en _Le Figaro_ casi
diariamente, derrochando en notas breves, redactadas  vuela pluma y
por estilo desenvuelto y brillante, el espritu socarrn del inmortal
barbero de Beaumarchais. Ms tarde la firma de Capus sufri un
eclipsamiento de varios aos, que acaso fueron muy tristes, y durante
los cuales el futuro autor, aleccionado por las hieles de la vida,
adquiri esa filosofa bonachona y paciente que caracteriza toda su
labor.

La primera obra seria de Alfredo Capus fu una novela titulada Quien
pierde, gana,  la que siguieron de cerca otras dos: Falsa partida y
Aos de aventuras. Aquellos libros pasaron inadvertidos ante el gran
pblico. Capus, que sin duda conoca el mrito de su trabajo, esper,
sin abatimiento ni pesadumbres,  que la crtica le hiciese justicia.
Como sus tipos mejores, Capus estaba cierto de que los aos venideros
desvaneceran la oscuridad en que la indiferencia del presente dejaba su
nombre, y entretanto continu estudiando, aguardando lo que l mismo
llamaba ms tarde la ocasin, la vena.

Alfredo Capus no sobresale como creador de caracteres; este dn,
inagotable en Balzac, lo disfrutan muy pocos. Entre los personajes de
Capus, el lector advierte puntos numerosos de semejanza, todos se
parecen y l lo reconoce as. Hay--dice,--una docena, una veintena,
cuando ms, de sujetos-tipos.

Quien pierde, gana, es el libro donde Alfredo Capus verti la
originalidad mayor de su espritu; es el cimiento ms fuerte de su obra,
la sangre que riega la entraa de sus comedias mejores.

Su argumento es sencillo.

Farjolle, tahr de profesin, se enamora de una planchadora llamada
Emma, con quien se casa, y lo hace sin escrpulos, seguro de que los
celos retrospectivos no han de atormentarle. Farjolle que es pobre, ya
no frecuenta los garitos, pero su espritu de jugador contina,
esperanzado y alegre, aguardando la suerte. Esta llega al fin. Una
antigua oficiala de Emma, que tiene relaciones con el director de un
diario importante, protege  Farjolle, que se dedica al periodismo.
(Asunto de La Vena.)

Entretanto, Emma burla  su marido con Vlard, que tambin ayuda 
Farjolle. Este lo sabe, y acompaado de un comisario, sorprende  los
culpables en delito flagrante de infidelidad. Parece entonces que todo
va  concluir, que todo entre ambos cnyuges est roto; pero Emma se
aferra al brazo del esposo, le demuestra que sus relaciones con Vlard
constituyen un capricho frvolo que terminar, sin denuestos ni
lgrimas, en cuanto ella quiera, y Farjolle, optimista y eclctico, se
deja persuadir. Este resbaladizo incidente llenaba aos despus el
chistoso segundo acto de Los maridos de Leontina.

Como los negocios de Farjolle siguen rumbo prspero, el comandante
Baret, antiguo amigo suyo, le entrega una fuerte suma para que la emplee
en algn buen negocio. As lo hace Farjolle, mas con tan enemiga
fortuna, que lo pierde todo, y Baret, al saberlo y convencerse de que
Farjolle no puede reembolsarle su dinero, le procesa y encarcela. Es una
escena magistral que reaparece casi ntegra en la comedia Brignol y su
hija.

Emma resuelve la situacin rindindose al amor del banquero Letorneur,
viejo y rico, quien, amn de pagar los cincuenta mil francos que
salvarn  Farjolle, ofrece  Emma un regalo de doscientos mil francos,
y ella acepta, y el esposo perdona y se aplaca, porque aquella cantidad
les asegura de una vez para siempre un porvenir sin luchas. Este
episodio, que desenlaza el libro, inspira casi todo el tercer acto de
La bolsa  la vida.

Farjolle, tolerante escptico, despreocupado, sostenido por la tenaz
ilusin de que la fortuna ha de visitarle alguna vez, personifica toda
la tica de su autor.

El teatro de Alfredo Capus registra xitos inmensos. No me extraa.
Capus, cruzado de brazos y sonriendo benvolo ante la superficialidad de
todas las virtudes y defectos humanos, traduce fielmente el espritu de
nuestra poca; poca sin ideales, en que los hombres, convencidos de la
levedad de sus mritos, perplejos y acobardados por el desplome de la
vieja fe y el amanecer de una moral nueva, huyen de las afirmaciones
rotundas, y slo se complacen en la grandeza tolstoiana del perdn.




EDMUNDO ROSTAND


Doce aos hace que conoc  Edmundo Rostand; fu una tarde de invierno,
en la redaccin de _Le Gaulois_. Das antes se haba estrenado Cyrano,
y aquel xito, sin precedentes en la historia del teatro, pareca ceir
 la figura delicada del joven autor un halo de oro y de luz. Un
apretado grupo de literatos y periodistas rodeaba al poeta. Era ste un
hombre de mediana estatura, frgil, y vestido con arreglo  las leyes de
la ms estricta elegancia inglesa. Bajo la ancha frente, su rostro,
segn aparece en la hermosa caricatura que le hizo Cappiello, se
modelaba sobre la lnea vertical de un perfil lleno de voluntad. Hablaba
en voz baja, y sus manos, dbiles y blancas, accionaban muy poco.
Pareca distrado. Su aspecto, al mismo tiempo, era amable y glacial.

Eugenio Rostand, padre del poeta, fu en sus mocedades un versificador
estimable que tradujo  Ctulo bastante bien, y que ms tarde dedicse
ahincadamente  la fundacin de Bancos populares, de habitaciones para
obreros y otras obras benficas. De aquel filntropo, que ofrend  la
caridad un inolvidable y largo poema de buenas acciones, hered su hijo
la delicadeza sentimental, la exaltada ternura femenina que aroman toda
su obra y ponen en cada una de sus estrofas la fragancia de una lgrima
y el blsamo evanglico de una caricia.

Naci Edmundo Rostand en Marsella en 1868. A los veinte aos public un
libro de versos  lo Teodoro de Banville, titulado Musardises
(Frivolidades  Pasatiempos), que ofreci en una dedicatoria alada,
rebosante de ingenio melanclico y dulce,  sus buenos amigos los
fracasados.

      Personnages funambulesques,
    Laids, chevelus et grimaants,
    Pauvres dons Quichottes grotesques
    Et cependant attendrissants...

Aquella obra sin pretensiones pas inadvertida; era un libro que estaba
bien y nada ms. Poco despus Rostand, en unin de Enrique Lee, un autor
hoy completamente olvidado, escribi en cuatro noches, y con destino al
teatro de Cluny, un vaudeville en cuatro actos titulado El guante
rojo. La crtica actual nada dice de aquel vago engendro, del que ni
siquiera tengo noticia que llegara  estrenarse. Al ao siguiente el
poeta, modesto y obscuro, desposaba  cierta seorita de notable belleza
y distincin, que tambin publicaba versos bajo el seudnimo de
Rosamunda Grard, y  quien los literatos que concurran  las
reuniones de Leconte de Lisle haban aplaudido fervorosamente ms de una
vez.

Rosamunda, que estudiaba la declamacin con Fraudy, y Edmundo
Rostand, distraan sus ocios y los de sus amigos ntimos representando
comedias. En cierta ocasin, no teniendo nada que ensayar, el futuro
dramaturgo escribi un dilogo en verso titulado Los Pierrots.
Rosamunda cogi el manuscrito y se lo llev  Fraudy para que lo
leyese, y ste, entusiasmado, habl de ello con Julio Claretie, quien
impresionable y optimista como buen meridional, llam  Rostand  su
despacho de la Comedia Francesa para decirle que su obrita le haba
gustado mucho y que pensaba estrenarla.

Reunido el Comit encargado de la admisin y revisin de obras, el
dilogo de Rostand,  pesar de los esfuerzos de Fraudy, que lo ley
magistralmente, fu rechazado por unanimidad.

Aquel mismo da haba muerto Banville, y el recuerdo de sus Pierrots
emborronaba sin duda, el mrito de los de Rostand. Claretie estaba
desesperado. Nunca me consolar--escriba luego al futuro autor de
Cyrano--de ver desvanecerse esa pompa irisada de jabn... Para
recobrarse del descalabro sufrido, Julio Claretie pidi  Rostand otro
acto, asegurndole que, por lo menos, sera ledo. El poeta (lo ha
confesado l mismo despus, corroborando as la teora, un poco
fatalista, de Capus), _sinti_ en aquel momento pasar la fortuna, y
repuso:

--Le traer  usted tres actos.

As fu; al mes siguiente, Edmundo Rostand, que trabaja muy de prisa,
cumpla lo ofrecido, entregando  Claretie el manuscrito de Les
Romanesques. El poeta ley su obra ante el Comit; la lectura dur una
hora y quince minutos. Transcurrieron varios das sin que el fallo de
aqul se conociese; molestado en su amor propio, Rostand reclam de
Claretie una contestacin categrica. Al cabo, los miembros del Comit,
seores graves, llenos en casos tales de impertinente y campanuda
suficiencia, declararon que la obra sera admitida siempre que su
lectura no durase ms de una hora. Realmente no era mucho exigir.
Alegre y confiado, Rostand empez su tarea por acostumbrarse  leer ms
de prisa, suprimi las acotaciones, abrevi las explicaciones
concernientes  la mise en scne, pero no sacrific ni un solo verso.
Reunido nuevamente el Comit, Mounet-Sully sac su reloj, del que ni un
instante apart los ojos. Esta vez la lectura de Les Romanesques dur
una hora justa; la obra fu admitida.

Fu aquella--dice el poeta,--mi entrada en la escuela de la paciencia.

Transcurrieron dos aos. El poeta se hallaba en Luchon cuando el
bondadoso Claretie le escribi rogndole que fuese  Pars, sin prdida
de tiempo, para leer su comedia  la compaa. Hzolo as Rostand, y su
obra ya estaba definitivamente corregida y sacada de papeles, cuando M.
de Curel entreg el original de L'Amour brode. El autor novel qued
postergado; era natural. Pasaron otros tres  cuatro meses, y Rostand,
al fin!... pudo leer su comedia. La impresin fu excelente: el papel
de Sylvette lo interpretara Mlle. Reichenberg; M. Le Bargy,
representara el de Percinet; Fraudy se embozara en la capa y
ceira la espada del bravucn y delicioso Straforel.

Inmediatamente comenzaron los ensayos, y, caso raro!... segn los
actores iban dominando sus papeles, su entusiasmo del primer momento
decreca. Este malestar fu en aumento: Le Bargy, Fraudy, Leloir,
Laugier... todos aconsejaban  Rostand que retirase su obra; aun era
tiempo; para qu ir  un fracaso que tantos comediantes experimentados
y meritsimos estimaban seguro?... El poeta lleg  creer que se haba
equivocado, y que sus amigos los actores tenan razn. Mlle. Reichenberg
era la nica que le animaba; ni un instante, en el trfago enervante de
los ensayos, decay su fe; la exquisita actriz, confiada y alegre,
sostuvo la voluntad, ya vacilante, de Rostand, y le infundi nimos para
llegar al estreno.

La obra, efectivamente, triunf; el primer acto, sobre todo, risueo,
pintoresco, rebosante de frescura y de elegante frivolidad, hipnotiz al
pblico;  cada verso de Sylvette  de Straforel, contestaban los
espectadores con un aplauso. Julio Claretie, el verdadero descubridor
de Rostand, reventaba de gozo. Esto ocurra en la Comedia Francesa la
noche del 21 de Mayo de 1894.

Citar,  propsito de Les Romanesques, una ancdota muy curiosa:

Una noche, Edmundo Rostand, que, segn deca Coquelin, posee facultades
extraordinarias de actor, interpret en Marsella y en honor de sus
conterrneos, el papel de Percinet. Al terminar la representacin, un
empresario ingls ofreci al poeta doscientos francos diarios por
trabajar en Londres. Sonriendo, el ilustre autor repuso:

--Pero si yo no soy actor!... Soy Edmundo Rostand...

--Ah! En tal caso--replic su interlocutor, imperturbable,--mejoro mi
oferta. Le convienen  usted cuatrocientos francos?...

La proposicin, efectivamente, era tentadora, pero Rostand la rechaz;
los tiempos varan: el gran Molire, en su lugar, seguramente la
hubiese aceptado.

En 1895, y sobre el escenario de la Renaissance, estren Sara Bernhardt
La princesa lejana. Son cuatro actos brumosos y tristes, vagamente
simblicos, escritos sin duda bajo la turbia luz de las literaturas
septentrionales, entonces en auge. No obstante, el verbo conciso y
difano, con limpidez meridiana, del excelso poeta latino, derramaba
sobre las vaguedades del conjunto relieves preciosos. El asunto de la
obra tiene melancolas de gloga. Un viejo prncipe solitario concluye
por enamorarse ciegamente de cierta princesa, de quien todos le refieren
bellsimos y peregrinos lances, y no quiere morir sin conocerla.

      Ils en parlrent tant que soudain, se levant,
    Le prince, le pote pris d'ombre et de vent,
    La proclama sa dame, et, depuis lors fidle,
    Ne rva plus que d'elle et ne rima que d'elle,
    Et s'exalta si bien pendant deux ans qu'enfin,
    De plus en plus malade et pressentant sa fin,
    Vers sa chre inconnue il tenta le voyage,
    Ne voulant pas ne pas avoir vu son visage...

La dotacin del buque donde el anciano prncipe enamorado de la sombra
y del viento, se embarca, la componen foragidos, piratas y aventureros
de la peor especie. No importa. La nave as parece un corazn
avanzando,  despecho de los ruines instintos que lo muerden, hacia la
perfeccin del Ideal.

La Prensa, que quera ver  Rostand ms cerca de Regnard que de Ibsen,
maltrat  La princesa lejana. Pero ello no bast para que su autor,
que pareca complacerse en pulsar y examinar minuciosamente todos los
registros variadsimos de su inspiracin, estrenase dos aos despus La
Samaritana. A pesar de sus innegables bellezas lricas, esta obra, que
el poeta calificaba de evangelio en tres cuadros, gust poco. El poeta
cometi la torpeza--su imprevisin merece llamarse as,--de sacar 
escena  Jess, y la figura del divino apstol del perdn, es demasiado
subjetiva, demasiado abstracta para encerrada entre bambalinas. El
pblico, unnimemente, la rechaz; fu una cada  plomo.

Cyrano de Bergerac se estren el 28 de Diciembre de 1897. Cmo en
poco ms de tres aos pudo Rostand salvar la enorme distancia de
perfeccin que separa Les Romanesques del magnfico Cyrano?...
Porque Cyrano de Bergerac es algo sublime, arquetipo, maravillosamente
armnico, donde todas las vibraciones innmeras de la carne y del
espritu humanos dejaron prendidos un suspiro y un matiz; obra
admirable, alternativamente pintoresca y sombra, alegre y trgica,
caballeresca, triste, herica unas veces  lo Bayardo, y otras,
elegante, frvola y burlona  lo Luis XIV, noble siempre, latina, en
fin, hasta en sus quintas esencias ms ntimas y depuradas, ella sola
embebi y conserva en la catarata refulgente y sagrada de sus
alejandrinos toda el alma y toda la inspiracin de Edmundo Rostand.

El xito alcanzado por Cyrano no tiene precedentes en la historia del
teatro. A su autor, que asisti al estreno y aun tom parte en la
representacin disfrazado de cortesano de Luis XIII y como comparsa, la
crtica le ensalz, y diputndole inmortal, buscle un puesto de honor
entre los dioses del arte. Ningn dramaturgo haba llegado  la gloria
antes que l; cuando iba por los boulevards, el pblico se detena
paria verle pasar; los autores le espiaban, le imitaban; diariamente la
Prensa hablaba de l; hasta los mueblistas y los sastres explotaron la
popularidad sin fronteras del poeta: hubo sillones Rostand, chalecos
Rostand, corbatas y cuellos  lo Rostand. Aquel nombre glorioso,
repetido por millones de labios, volaba por los hilos del telgrafo de
un continente  otro y llenaba el mundo: hasta las estrellas parecan
saberlo.

Despus del estreno de L'Aiglon, drama en seis actos, que si no
emborron, tampoco mejor en un pice el prestigio de su autor, ste,
que siempre fu hombre de constitucin delicada y voluntad apacible, y
por lo mismo inclinado  la vida rstica, se retir  su magnfica
posesin de Villa Arnaga, en Cambo.

Para ser feliz, cierto poeta oriental necesitaba fabricar una casa cuyos
slidos muros hablasen de su breve trnsito por la tierra  la
posteridad; engendrar un hijo que prolongase su raza, y escribir un
libro que eternizase su espritu. De igual opinin debe de ser Edmundo
Rostand: sus hijos Juan y Mauricio aseguran la conservacin de su
apellido, y Cyrano, por s solo, le garantiza la inmortalidad. Por
qu no tener tambin una casa?... Y con este pensamiento, el gran poeta
levant esa Villa Arnaga, que, si no es la ms excelsa de sus obras,
tampoco es la peor.

Ocupa el palacete de Rostand la cima de un altozano situado en la
confluencia de los ros Nive y Arnaga. Un trozo del bien cuidado jardn
que la rodea es copia afortunada del Petit Trianon versalls. Los
terrenos colindantes, sembrados de encinares, son feraces y agrestes, y
en la quietud estrellada de las noches de esto se oye la voz del Nive,
espumoso y violento. El paisaje, rudo y tranquilo, tiene una majestad
religiosa:  un lado, el terreno deriva en ondulaciones suaves hacia
Bayona; al otro aparecen los Pirineos, con sus lomas nevadas, y la
vecindad de Roncesvalles habla al turista de herosmos centenarios. El
mismo Rostand dirigi y compuso la arquitectura,  trozos vasca y 
trozos bizantina, de su hotel. Las habitaciones, decoradas por Juan
Veber, Enrique Martn, Gastn La Touche, Mlle. Dufau y otros artistas,
ofrecen perspectivas esplndidas. El gabinete de Rosamunda lo pint
Veber con asuntos tomados de los cuentos de Perrault: un mundo
extravagante y encantador de ogros, de gnomos encapuchados, de paisajes
fericos, donde los rboles tienen formas humanas, evocan las
extraordinarias aventuras de La bella dormida en el bosque y de
Cendrillon.

La luz y las pinturas de cada estancia estn armnicamente dispuestas;
entre aquellas elevadas paredes, que los azules cerleos, los tonos
verdes claros, los violetas y los amarillos llenan de sol y de panoramas
de Arcadia, las habitaciones, amuebladas fastuosamente, parecen ms
grandes.

En ese retiro, Edmundo Rostand pas varios aos, y su silencio, caso
raro! preocupaba  la opinin. De tarde en tarde los crticos
preguntaban: Qu hace Rostand?...

A fines de 1902 lleg  Pars la noticia de que el desterrado de Arnaga
haba concludo de escribir una comedia maravillosa, arquetipa:
Chantecler.

Es superior  Cyrano de Bergerac, clarineaban los peridicos.

Inmediatamente el gran Coquelin toma el tren para Cambo. Mame. Rostand
le recibe, y sus grandes ojos, pensativos y dulces, reflejan melancola
profunda.

--No puede usted ver  Edmundo--dice;--Edmundo est enfermo.

El insigne comediante explica su deseo, ruega, se exalta, llega  la
clera, y al fin, consigue su propsito. Rostand se muestra abatido, y
le estrecha las manos framente.

--Mi obra, en efecto--declara,--est terminada. Puse en ella toda mi
alma. Slo me falta corregirla. Pero crea usted que estoy desanimado: 
trozos me disgusta,  trozos me agrada. La verdad?... Ignoro lo que he
hecho.

Coquelin quiere conocerla: para eso ha ido  Cambo. El poeta se
defiende; al cabo, con la bonhomie de un dios que se resignase 
descender unos momentos de su altar, coge el manuscrito de Chantecler
y lee. Admirable! Coquelin se entusiasma, grita, llora; su corazn, su
gran corazn, donde cupo Cyrano, estalla de jbilo. Rostand le escucha
conmovido: es posible que aquella comedia sea su obra mejor? Al
principio duda; luego, poco  poco, dignamente, se deja persuadir y
ofrece al actor emprender sin prdida de tiempo la correccin de
Chantecler.

De regreso  Pars, Coquelin alquila un teatro para ir arreglando la
mise en scne de la nueva comedia, y continuamente y en todas partes
repite los versos esplendorosos del Himno al Sol, que oy de labios
del maestro y que se trajo robados en la memoria. Su entusiasmo es
crculo de fuego donde se abrasan cuantos le rodean; los rotativos
propalan la noticia, que, al rebasar las fronteras francesas, es
recogida por la Prensa de todas las naciones y vuelve  Pars ensalzada,
magnificada. El estreno de Chantecler se convierte en un asunto de
inters mundial.

Transcurren varios meses, durante los cuales la curiosidad pblica,
lejos de descaecer con la espera, se exacerba  irrita. De pronto,
Coquelin aparece desesperado: Rostand se halla gravemente enfermo de
neurastenia; los mdicos le han prohibido trabajar. Un peridico
indiscreto pregunta: Est loco Edmundo Rostand?... Y cuenta que sus
criados le han hallado metido en un bao sin agua y completamente
vestido Pobre Coquelin!

Pasan otros dos aos; de tarde en tarde,  intervalos prudentemente
calculados, los diarios hablan del maestro: el recuerdo de Chantecler
persiste triunfador.

Al cabo, el poeta, ya recobrado de sus achaques, llega  Pars para
dirigir por s mismo los ensayos y decorado de su obra; y cuando parece
que las dificultades que se oponan al estreno estn vencidas... muere
Coquelin.

La desaparicin del famoso _coq_ levanta entre los grandes comediantes
parisinos formidable revuelo: todos quieren sustituirle: Le Bargy
declara que, por representar Chantecler, est dispuesto  salir de la
Comedia Francesa; los societaires de la Casa de Molire protestan; el
asunto llega  la Cmara, y las discusiones continan, hasta que Edmundo
Rostand entrega su comedia  Luciano Guitry. Buena eleccin! Lentamente
las discusiones de los actores van encalmndose, y con la noticia de que
los ensayos han empezado, la curiosidad ardiente del pblico recibe un
terrible y definitivo espolazo. Tambin se habla de la mise en scne,
que ser fastuosa y originalsima. Jusseaume, Paquereau y d'Amable, han
pintado las decoraciones; los trajes son soberbios: algunos han costado
doce mil francos. Las plumas empleadas en el vestuario pesan novecientos
kilos y valen ms de seis mil duros. Pero no hay que impacientarse:
Rostand no quiere que su comedia se estrene hasta pasado el primer
aniversario del fallecimiento de Coquelin. Es una delicadeza respetuosa
que todos aplauden.

Al cabo, los peridicos fijaron la fecha del estreno de Chantecler, 
inmediatamente una multitud hipnotizada se arremolin ante las taquillas
del teatro de la Porte Saint-Martn. En pocos das el importe de las
localidades vendidas para las primeras representaciones de la obra,
ascendi  la enorme suma de doscientos mil francos. Todo Pars, ora
por legtima curiosidad, ora por snobismo, quera verla. El Sena,
desbordndose, suspendi la tan esperada funcin. Transcurrieron ocho 
diez das. El ro comenz  bajar, la circulacin iba restablecindose
rpidamente, el sol devolvi su regocijo habitual  las calles
inundadas... Y por cuarta  quinta vez, los peridicos anunciaron el
estreno de Chantecler.

Este se celebr, al fin, en la noche del 7 de Enero de 1910, y ante la
misma batera que hace trece aos alumbr los ltimos momentos
magnficos de Cyrano de Bergerac.

En la historia general de la literatura tropezamos con otras obras
similitudinarias de la de Rostand: Las aves, de Aristfanes, por
ejemplo, y El reino de los caballos, de Swift;  Goethe tambin le
tent el mismo asunto.

Julio Claretie dice que los antecedentes de Chantecler deben de
buscarse en la famosa Historia cmica de los estados  imperios del
Sol, que public en la primera mitad del siglo XVII aquel gran
extravagante, mitad sabio, mitad espadachn, que se llam Cyrano de
Bergerac. En este libro memorable habla su autor de su odio  las aves
nocturnas y de la libertad que di al loro que una prima suya tena
encerrado en una jaula; y asegura que los pjaros sostienen entre s
largas conversaciones, y que l mismo haba aprendido el arte de
entenderse con ellos; aadiendo otros muchos pormenores donosos 
propsito del severo proceso que las aves incoaron contra l, y del que
sali libre y sano merced  la bondadosa intervencin de cierta urraca
amiga suya.

Edmundo Rostand ha dicho que el asunto de Chantecler se le ocurri
bruscamente una tarde que, al regresar  Villa Arnaga, entr en el
corral de una casa de labor  beber un vaso de leche. Mientras le
servan, el poeta examin el sitio donde estaba: sobre un montn de paja
y de estircol haba varias gallinas, un pato, un perro, un mirlo en una
jaula... y todos parecan sostener animado dilogo. De pronto las
conversaciones cesaron: por qu?... Lentamente, muy orondo, muy
teatral, el mirar impertinente y dominador, un gallo se acercaba...

--Chantecler!...--pens Rostand.

Y ya no vacil: la obra estaba hecha.

Poco  poco, influenciado por la quietud montaraz y brava de la regin
vasca, el poeta fu empapndose de todos los colores, de todos los
gritos de la naturaleza, que haban de vibrar ms tarde en las estrofas
del extrao poema que iba componiendo. Su comedia sera de animales,
porque el lirismo de una obra potica no armoniza con el horrible
prosasmo de la indumentaria moderna; y por otra parte, es imposible
vestir con trajes de los siglos XV  XVI personajes que han de pensar y
hablar modernamente.

Todas estas dificultades--ha declarado el mismo Rostand al periodista
Emilio Berr,--se obviaban sustituyendo  los hombres por animales.
Acaso unos y otros, en lo que tienen de ms esencial, no son
idnticos...?

El primer acto de Chantecler se desarrolla en un corral: el segundo en
una eminencia desde donde se columbra un valle: amanece; el tercero, en
una huerta: el cuarto, en una selva; es de noche.

Argumento:

Una faisana, ligeramente herida por un cazador, cae en el corral donde
impera Chantecler, hermoso y sultn. La belleza frgil y mimosa de la
hembra conquista y rinde la voluntad arisca del gallo, quien, en un
soberbio Himno al Sol, la descubre su amor. Varios pjaros nocturnos,
en quienes el poeta personifica los malos instintos, celosos de
Chantecler, quieren exterminarle, y para ello le preparan una
emboscada, en la que un gallo ingls, de espolones acerados, ha de darle
muerte. Chantecler, sin embargo, triunfa de su enemigo, y sigue  su
faisana al bosque, donde espera vivir libre de envidias y de rencores.
Una vez all, ella,  fuer de hembra envolvente y dominadora, quiere
aprisionarle entre los hilos de su cario, torcer su porvenir, impedirle
que cante. Discuten... Pero Chantecler, ms fuerte que Reinaldos, no
olvida la sagrada misin que debe cumplir sobre la tierra,  impone  su
amada su voluntad.

       *       *       *       *       *


    LA FAISANA

    ...Je suis la Faisane
    Qui du male superbe a pris les plumes d'or!

    CHANTECLER

    Vous n'en restez pas moins une femelle encore,
    Pour qui toujours l'ide es la grande adversaire!

    LA FAISANA

    Serre-moi sur ton coeur, et tais-toi!

    CHANTECLER

    Ja te serre,
    Ou, sus mon coeur de Coq! Mais c'et t meilleur
    De te serrer contre mon me d'veilleur!

    LA FAISANA

    Me tromper pour l'Aurore! Eh bien, quoi qu'il t'en cote,
    Trompe-l pour moi!

    CHANTECLER

    Moi! Comment?

    LA FAISANA

    Je veux...

    CHANTECLER

              Ecout...

    LA FAISANA

    Que tus restes un jour sans chanter!

    CHANTECLER

              Moi!

    LA FAISANA

              Je veux
    Que tus restes un jour sans chanter!

    CHANTECLER

              Mais, grands dieux,
    Laisser sur la valle, au loin, l'ombre installe?...

    LA FAISANA

    Oh! quel mal cela peut-il faire  la valle?

    CHANTECLER

    Tout ce qui trop longtemps reste dans l'ombre et dort
    S'habitue au mensonge et consent  la mort!

       *       *       *       *       *

Chantecler es el drama del esfuerzo humano en su lucha implacable por
la vida; es el calvario del varn fuerte que, luego de vencer  su rival
poderoso y de sobreponerse  las asechanzas de los cobardes que le
envidian, encuentra  la faisana, la mujer emancipada, celosa del poder
y de los ideales del macho--ideales que no comprende y ante los cuales
se siente postergada,--y que slo  regaadientes concluye por rendirle
pleitesa.

El distinguido crtico y acadmico Emilio Faguet, consigna--y es una
observacin curiosa que merece anotarse--la escasa intervencin que
tiene el amor en el Teatro de Edmundo Rostand. As es, efectivamente. En
La Samaritana y en L'Aiglon, v. gr., este sentimiento falta por
completo; Les Romanesques, ms que la historia de dos enamorados, es
una stira contra el amor; en La princesa lejana, la pasin que anima
al anciano prncipe es algo abstracto y platnico, casi mstico; y en el
mismo Cyrano de Bergerac, no es el Cyrano enamorado, sino el
espiritual y heroico, el que predomina.

Algo semejante ocurre en Chantecler. En vano la faisana tratar de
sobreponerse  la voluntad del gallo galn y dictador. Chantecler
cantar siempre: su clarn es el grito que ahuyenta las sombras de la
tierra, y aleja las estrellas sin apagarlas, y llena los campos de
matices y echa sobre los surcos la alegra fecundante del trabajo: l es
quien llama al sol; l, smbolo de toda actividad, es la llave de oro de
la vida...

En estos das, y mientras cuatro compaas francesas se disponen 
salir de Pars para llevar  las principales ciudades de Europa y de
Amrica el gran grito lrico de Chantecler, Edmundo Rostand ha vuelto
modestamente  su retiro de Cambo.

Rostand es un ordenado que, como Balzac, escribe de prisa y siempre de
noche. A pesar de sus triunfos, el poeta est triste; continuamente se
lamenta de su constitucin dbil, que le impide realizar largos
esfuerzos mentales.

--Yo concibo mucho--dice,--pero no puedo trabajar: me canso; por lo
mismo, presiento que la mitad de las fbulas y de los personajes que he
ideado, morirn conmigo...

Y, aunque trabajase mucho, sera igual. Yo s que ese dolor que
atormenta al poeta no tiene cura: como  todos los grandes, la sed que
atormenta  Edmundo Rostand, es sed de Infinito...

       *       *       *       *       *

DESDE MI BUTACA

APUNTES PARA UNA PSICOLOGA DE NUESTROS ACTORES

POR

EDUARDO ZAMACOIS

En este sujestivo libro que ningn actor ni ningn aficionado al teatro
debe desconocer, se explica la tcnica, el modo de declamar, de
accionar, de prepararse para la escena, de estudiar; el ser ntimo, en
fin, de los ms renombrados actores que actualmente pisan la escena de
Espaa y Amrica. Salpicado el relato de ancdotas curiossimas,
constituye esta obra perfecta un verdadero tesoro del arte de Tala.

Un tomo de 288 pginas con 13 buenos retratos de actores y actrices: 2
pesetas.


CARTAS DE AMOR

POR

MARCEL PRVOST


Este libro, cuyo autor goza de gran fama y renombre en todos los pueblos
cultos, se distingue de entre los ms notables en lo que llamaramos
salirse de filas. En sus maravillosas pginas, de un atrevimiento
elegante y encantador, desfilan bellas amadoras que en sus cartas dejan
su espritu galante, delicado y malicioso. Un tomo de 254 pginas: 1
peseta.


Obras de Guy de Maupassant

A PESETA el tomo en rstica y  1'50 encuadernado.

El buen mozo.--2 tomos.
La seorita Perla.
La criada de la granja.
Berta.
Bajo el sol de Africa.
El testamento.
La loca.
La abandonada.
Miss Harriet.
Intil belleza.
El suicido del cura.





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number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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